El último mensaje en la historia – Capítulo 8: El Ascenso

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Su viaje no duraría mucho más, tanto el tiempo como el camino se terminaban. Ya el joven se hallaba a solo unos kilómetros de su destino final, una gran torre escondida por el cielo. Aquel edificio imponente lo esperaba, una inmensa torre, que esconde su tope entre un mar de nubes oscuras. Era cierto, ya no quedaba mucho.

Hacia horas que la lluvia había retornado a su fuerza. Los relámpagos y los truenos resonaban a cada segundo, el sol apenas atravesaba a la superficie. Al joven no le importo, no como antes. Un gran relámpago anuncio su llegada. Después de tanto, al fin había llegado al lugar del mensaje. Se hallaba, ahora, frente a la torre. Al verla hablo por su comunicador

–          Sira ¿En qué piso esta?

–          El mensaje proviene del piso 76 – respondió – justo en el punto medio del edificio.

–          Supongo que no hay un ascensor que funciones…

–          No me parece, maestro.

–          Está bien… Nunca es fácil, igual.

Él entró y yo lo vi entrar desde afuera, moviendo con fuerza las puertas principales, y entrando con cuidado a la torre. No pasó mucho para que comenzara los estruendos en la habitación. No estaba solo en aquel edificio. Disparos y gritos llenaron el ambiente, estos resonaban una y otra vez, cargando el entorno en un caos. Parecía una guerra. Al seguirlo supe la razón. Distintos ojos iluminados, todos de diversos colores, lo miraban fijamente. Escondidos entre basura, escombros y la oscuridad lo miraban fijamente. La gran sala, lo suficientemente grande y abierta para meter un carro, se llenó del movimiento de aquellas cosas.

Ya unos cuantos cuerpos metálicos estaba en el suelo, pero frente al joven aun había una docena más, listo para atacar. Eran todos mecanismos: humanoides, animalisticas, simples y complejos, todos se acercaron para atacar. El joven solo podía contraatacar, empujándolos y moviéndose poco a poco por la habitación. Cada disparo iluminada aquella tétrica imagen, cada bala tumbaba un cuerpo metálico al suelo solo para que otro ocupara su lugar. Ya no había duda al jalar del gatillo ni al ver los cuerpos caer. Solo había seguridad, gritos y llantos. En medio del caos el joven gritó.

–          ¡Sira! ¡Escaleras!

–          El lado sur de la habitación, unos cuantos metros a tu izquierda.

–          ¡Entendido!

Con disparos y gritos se hizo paso por la habitación. No era elegante, pero cumplía su función. Al pasar, cerró la puerta detrás de él. Los golpes de aquellas maquinas resonó por todas las escaleras. Una y otra vez sin desistir en su violencia. No perdió tiempo, agarrando un bocado de aire, empezó su carrera por las escaleras hacia el tope. Detrás de él la puerta se abrió dejando pasar algunas máquinas, las primeras siendo aplastas por las siguientes. Tuvo suerte, muchas de ellas quedaron atrapadas en el contorno. Tomo la oportunidad de subir, subir y no detenerse. En poco tiempo, perdió a sus perseguidores. Ahora solo subía sin detenerse.

Su carrera comenzó con fuerza. Cubriendo los primeros veinte pisos sin mucho problema. Mas el cansancio pronto se acento. La ir y la adrenalina se perdían y poco a poco su cuerpo se hizo pesado. Ya los sonidos de los golpes en la pared eran una distante memoria, aun una muy viva motivación, pero no duradera. Cayó en el piso veinte nueve, cubierto de sudor y frente a la puerta del piso treinta. Era una pelea encontrar aire para respirar, se ahogaba con cada bocado que daba. Se acomodó, temblando, en el suelo antes de vomitar. La tos volvió. Al ver su propia sangre en sus manos lo hizo retroceder espantado. Perdido en ese estado, casi no vio la luz que le hablaba.

–          Maestro, su ritmo está muy elevado y su temperatura corporal está subiendo mucho. Recomiendo tomar un descanso.

–          Cuantos… – empezó a decir entre bocados de aire – ¿cuantos de esas… cosas crees que había, Sira?

–          El radar de movimiento cuenta unos treinta restante en las zonas cercanas a ti. También cuento varios más en otros pisos.

Entre bocados de aire dijo

–          Si… me lo imagine… No estamos solos en este edifico. Todos los robots que no vimos en la calle… deben estar aquí ¿verdad?… Nunca es fácil.

–          ¿Maestro?

–          No tardaran en encontrarnos – miró las escaleras hacia abajo – Espero que no nos encuentren.

De su bolsillo saco una pequeña cantina y alimento. A pesar de su cansancio, devoró todo sin dejar nada. Lo mismo hizo con el agua, bajando todo su contenido de una. Se deshizo de la basura y saco de otro bolsillo una jeringa. No dudo en inyectarse de una. Por esto la luz reprimió.

–          El uso excesivo de morfina puede causar daños a su cuerpo, maestro. Más en su estado actual.

–          Estoy temblando  – contesto – Tengo que seguir y tengo que pensar. No entiendo porque hay tanto de ellos aquí. ¿Qué tiene de especial el edificio?

–          Desconozco la historia del edificio, maestro. No hay datos relevantes que respondan. Pero es posible que hayan sido atraídos aquí por algo. Una señal del edifico o tal vez alguna frecuencia causada por la torre y la lluvia.

–          Ese es el problema Sira – dijo recobrando el aliento – no están vagando, están buscando algo. Y parece que no lo encuentran – tras una pausa – ¿El mensaje de auxilio, quizás?

–          Lo desconozco, maestro.

–          ¿Por qué buscarían el mensaje? ¿O saben que alguien lo envió?

–          Lo ignoro.

Luego de un momento reflexionando el chico dijo

–          Quizás… Es como decía Cid…

Pero las circunstancias no le permitieron continuar su reflexión. El sonido de gritos y llanto se escuchaba por las escaleras. El descanso había terminado y la luz se lo recordó.

–          ¡Maestro, se acercan!

Rápidamente, abrió la puerta del piso treinta y de inmediato se detuvo. El ducto de escaleras ya no existía más. En cambio lo que había frente a él era apenas el esqueleto expuesto de la habitación. Una habitación gris, oscura, mojada y destruida le dio la bienvenida, una expuesta a los elementos del exterior. La lluvia y el viento fuerte golpearon su rostro mientras entraba con fuerza al edificio. Su cara de sorpresa casi fue adorable.

–          Sira – hablo el joven, la sorpresa aun le impactaba – Dame una análisis estructural del edificio.

–          Un segundo…La estructura principal aún se mantiene en pie.  Muchas de las paredes externas han sido derribadas, pero las habitaciones principales siguen ahí.

–          No hay nada que detenga la lluvia ahora…

–          Aún es posible subir por escaleras principales, pero muchas habitaciones quedaron desconectadas de las más arriba.

–          Habrá que escalar…

–           Maestro, debo informarle – siguió hablando – entre más alto este más fuerte serán los vientos. Hay un peligro mayor al ascender.

–          Recuérdame actualizar tus discursos motivacionales, Sira. Dime algo bueno al menos.

–          Entre más subas mejor será la vista, maestro.

–          Gracias, Sira…

El camino hasta el piso cincuenta fue complicado. El impacto del viento y la lluvia lo asaltaban a cada paso. Era notable su cansancio. Se detenía cada piso para recobrar su aliento, cada vez los ataques de tos eran peores, más de una vez limpiaba su propia sangre de su boca. Pero no se detenía.

Una habitación a la vez, escalaba la torre antigua hacia su tope. Su rostro mostraba la decisión de sus acciones, como también su cansancio. La palidez se asentó. Ya no trotaba sino caminaba, dejando atrás el peso de su equipo para poder subir más. Ataques de tos y vomito lo acechaban. Ya no era el joven energético que vi en el bunquer, más parecido tenia ahora con un cadáver. Su cuerpo, cubierto de sangre seguía tanto como podía.

Se acercaba al piso cincuenta. Agotado, se dejó pasar entre las puerta para encontrar otro habitación expuesta. La lluvia y el viento entraban con fuerza pero para ese punto ya no importaba. Sin ver, dio unos pasos hacia el centro de la habitación, basura y escombros estaban esparcidos por todos lados. No importaba en verdad, lo que vio fue lo más importante. Cada paso lo llevó más cerca del borde de la habitación, si lo quería podía dejarse caer, nada lo detenía ahora. Pero no hizo eso, en cambio se paró sobre el borde para ver a la distancia. No había estado tan ceca de las nubes como ese momento. El movimiento sutil de aquel mar gris sobre el cielo era casi hipnótico. Y debajo de aquel mar, el gran leviatán se expandía ante su horizonte, durmiendo bajo la lluvia eterna. Era hermoso. Como si un bosque se hubiera construido dentro de una ciudad.

Pude ver su sonrisa y su risa mientras contemplaba aquel ambiente. Pero no duraría.  Sin advertencia, una ráfaga de viento fuerte lo tumbó al suelo seguro. La sonrisa pronto desapareció mientras miraba el camino que aun debía tomar hacia el tope. Acostado en aquel suelo, dijo con voz débil.

–          Aún falta… Debo…continuar.

Extendió su mano. Pero no agarró nada. Las gotas caían sobre su rostro, golpeado su cara constantemente. No sabía si era lluvia llanto lo que bajaba por sus mejillas. Ya la fuerza la perdía y con ella su brazo no pudo mantenerse alzado. Pero nunca llego a tocar el suelo. No deje que eso pasara. Le dije con una voz suave mientras sostenía su mano.

–          Descansa. Haz hecho bastante. Descansa por ahora.

No me dijo nada, no había nada para decir. Su mirada estaba fija en el camino hacia arriba. Me acomodé a su lado descansando su cabeza sobre mis piernas. Poco a poco el cansancio se apodero de su cuerpo, hasta caer en un profundo sueño. Le acariciaba la cabeza y le dije

–          Descansa. Aún falta un poco, pero por ahora descansa. Esperaré a que regreses.

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