El viaje

Escrito por
| 41 | 3 Comentarios

Llegué a la islita solo, medio perdido, con un saco, una mochila, una caña y un par de libros; huyendo, otra vez… buscando. Y me recibió como siempre: distante, serena, ventosa, arisca, levantando muros para no dejarse querer.

Crucé las calles de arena del pueblo, me alejé un kilómetro, solté la mochila, el saco y después hice con piedras un pequeño fortín en forma de semicírculo para salvar el viento.

Durante tres días me vi forzado a sobrevivir: una mezcla agridulce que agudizó mis sentidos. Dormir al raso me atontaba, cuando venía a coger el sueño la claridad me daba en las narices; el ruido del mar a escasos metros me invitaba al sueño; el estómago vacío, tardé mucho en comer bien, hacía que el agua fría pareciera helada y que el sabor de las cosas se acentuara insoportablemente a veces, deliciosamente otras.

Así, juro que tardaré en volver a comer lapas crudas, que no hay mejor compañía que la inesperada, que el hambre es mala consejera, que el mismo mar que te acaricia al atardecer puede cortar al alba, que nada jode más que una púa de erizo bien clavada o que el juego de sombras sobre los acantilados de Famara es imposible de describir.

He caminado esta islita por sus cuatro costados, he soportado sus vientos, me he dejado abrazar por su arena, he robado sus conchas, me han revolcado sus olas y ha llegado a aplastarme su soledad. Me he acostado con ella cada noche, pero me sigue pareciendo distinta y fascinante cada mañana.

Al tercer día descubrí los erizos, machacándolos para utilizarlos como reclamo para los peces. Primero fue su olor en mis dedos, luego mi dedo en la boca y finalmente los probé. Apenas dan a un bocado pero después de tanta lapa me supieron a gloria. A puro mar. Y además me ayudaron a coger bogas, salemas, fulas, algún que otro tamboril, e incluso un sarguito parejo.

Con los mismos peces cogí más peces y a la cuarta noche me sorprendí haciendo un fuego porque el tamaño de los nuevos ya daba para asarlos. Brasas, aceite, limón y estrellas. Una combinación casi perfecta.

Ella dijo: Qué bien huele.
Y yo: ¿Quieres probar?
Ella dijo: ¿Por qué estás siempre solo?
Yo: Hace una luna preciosa, seguro que el jueves está llena.
Ella: ¿Eres de aquí?
Yo: Tenerife, ¿y tú?
Ella: Catalana.
Yo: Horror.

Se me acercó desde tres o cuatro casetas que había un poco más allá de mi fortín. En realidad se me venía acercando desde hacía un par de días. No probó el pescado, no paró de fumar.

Era una hippy a medio hacer o una niña bien venida a menos. Tenía el pelo colorado, a medio rizar, el cuerpo tostado y la cara limpia en todos los sentidos.

Compartimos esa noche. Y las dos siguientes. Se traía su saquito a mi fortín y nos daban las tantas hablando de islitas, libros y casualidades, tratando de pescar de orilla, liando cigarritos y volando. Al llegar la mañana volvía con su tribu, con la que no trabé relación, y yo intentaba dormir un rato.

María, sólo María, sabe de mí tantas casi cosas como yo; y yo sé algunas de ella. Ninguno podrá localizar al otro salvo que tropecemos nuevamente en la islita. Esa fue la condición que sellamos con un beso, largo y salado, la noche en que me vuelvo, con heridas en los pies y las manos que se traen arena dentro; con heridas adentro que comienzan a cicatrizar: el sol y la sal las han ido quemando en estos días.

Comentarios

  1. Luis

    3 abril, 2019

    Buen texto, muy sugerente, un saludo!

  2. gonzalez

    17 abril, 2019

    Me gustó mucho, Juancho. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo.

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Ir a la barra de herramientas