Gula y adicción

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Cuando una persona ha engordado, en el mismo-proceso desarrolló también un apetito voraz. Los doce metros de tubo digestivo se han convertido en una insacia­ble Boa, que se distiende en cada comida y reclama más y más comida, como una Peggy. La fórmula para controlar esa hambre puede ser posible, siempre y cuando se tome conciencia de lo que nos pasa: que somos unos golosineros de a poquito o unos tragones de una sola sentada.

La primera pregunta que hacemos a los golosos es: ¿cuánto hambre siente? Y su respuesta invariable es:

¡Pues fíjese, mi Doc, pero es que no como casi nada! Me levanto y ni un té me alcanzo a beber. Así, como hasta medio día, cuando nos dan chance del brunch de canasta.

Sus miradas de güey manso demuestran que se encuentran en «ayunas» porque existe una gran «laguna» respecto a lo que comen los parados y que se encuentran atrapado en una telaraña de mitos y creencias difícil de desvanecer. A la semana de la primera sesión su queja constante es que no pudie­ron hacer la dieta, pues la Boa se vuelve Incontrolable. Dicen: «¡Ay doctor, todo lo que como se me queda adentro y no hallo la hora pa´ depurarme lo que me comí!

La báscula cruje y los voluntarios reclaman «algo» para calmar su gula.

Les explico que los hijos de las madres que consumen comida chatarra durante el embarazo y la lactancia son más propensos a comer en exceso, optan por la dieta de frituras y se convertirán en obesos más adelante en sus vidas. Esto demuestra de que hay una programación fetal de la alimentación en exceso. Lo fetos están condicionados a esa comida chatarra durante el embarazo, la que come su mamá, y luego lo refuerzan con los hábitos de alimentación de golosinas, azucar y frituras a todas horas según el macho de la casa.

¡A mi, mis timbres, doctor! Si soy charro de rancho grande, pos así mesmo yo he de comer. Aí búsquele algún menjurje, pa´ que la comida llene, pa´que la comida bajé y pa´que el colon desaloje la cloaca.

Y ciertamente hay en el mercado una serie de productos «a base de celulosa que se «hinchan» de agua en el estómago suprimiendo el hambre por saciedad y que no son medicamentos. Hay otros medicamentos de venta libre derivados de la fluoxetina, que son antidepresivos de origen, como el Prozac y el Ectiva, que inhiben el apetito nervioso, y otros mas como el Xenical que frenan la producción de las enzimas pancreáticas (lipaza y amilaza) que impiden la absorción de grasas y almidones provocando un cuadro de malabsorción intestinal tan eficaces como el olio di ricino.

Pero el estómago -y la mente del obeso—se acostumbra rápidamente a esa sensación artificial y el efecto desaparece gradualmente ya que no ha ingerido los nutrimentos que regulen esos impulsos voraces. Lo mismo sucede con los famo­sos «Chocos  o granulados para los astronautas» de Omnilife y demás Hervas, que no son otra cosa que sobrantes alimenticios industrializados, vendidos en cadenas o pirámides de cambaceo; verdaderos «cadáveres comestibles» que sustituyen la ingestión de cornida fresca, «viva, natural y energética».

Lo que impulsa a la gente a comer en exceso no es lo que el cuerpo necesita: agua y nutrimentos frescos, sino lo que los «otros Interesados» consideran que debemos comer al bombardearnos con la publicidad y los mensajes de los «nutra expertos» que nos cambian la vida con sus productos.

La cantidad de alimentos que nuestra gula y «los otros» nos demanda, tiene mucho que ver con los hábitos inadecuados «golosineros» de alimentación: de masa, de manteca, de chile y de dulce con su respectiva pexi light, que la costumbre y los modos familiares nos imponen: estímulos y emociones que premian, que frustran o que entran en contradicción con los buenos hábitos: en la casa, en la escuela o én el entorno social.

Finalmente, hay quienes pregonan que la grasa se puede eliminar del cuerpo simplemente porque una sustancia o yerba de moda tiene la capacidad de hacerlo. Dicen, por ejemplo, que esa enorme molécula de grasa puede atravesar el filtro del riñon para arrojarla por la orina. Dicen que la prueba está en las burbujas u «ojos de pescado» que se forman al caer la orina sobre el agua. Apariencia e ilusión: esos productos sólo contienen carbonatos -que alcallnizan la orina—y que al chocar con el agua aumentan la tensión superficial de los líquidos atrapando aire y for­mando burbujas.

Y sujeto todo el tapanco con la «faja moldeadora de moda» pues ya la hicieron las émulas de Peggy.

Lo mismo sucede con los productos o jabones que, untados sobre la piel, nos dicen que van a «licuar» la grasa o manteca de las lonjas y depósitos subcutáneos. Esa grasa licuada, pasa a la linfa y luego a la sangre, para volver a solidificarse al ser depositada nuevamente en los tejidos grasos -masajeados- en forma de manteca.

¡La grasa no se suda al exterior ni al través de la piel!

«La grasa es un leño, un combustible. Sólo quemándose en las células puede salir en forma de calor, agua y cetona». Eso dice la fisiología de Housey, el premio Nobel de medicina argentino. La premisa es: sí la comida en exceso nos enferma (obesidad), será la comida adecuada la que nos cure.

Es como dicen en alfinakilos.com: «la comida es la medicina».

 

CORTEX

 

 

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