Isabel

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Pero, entre toda esa desquiciante monotonía, cero relaciones. Lo que suponía a su vez  no conocer a nadie del sexo opuesto. Cero ligues más cero chicas igual a cero experiencias amorosas y sexuales. Una necesidad hormonal propia de la edad que en ocasiones se hacía urgente, y cuando ésta apremiaba y no le quedaba más remedio que sofocarla, resolvía el asunto él mismo, aunque ¡cuánto le costaba y de qué manera lo postergaba!

Sin embargo, y aunque demostrara lo contrario a veces, a Curt sí que le atraían y le excitaban las chicas; es más, las pensaba en el sentido más romántico de todos. Le gustaba, por ejemplo, el pelo brillante y largo de Carla Risum, columpiándose sobre su espalda de lado a lado, del color de las avellanas y con mechones cobrizos tras los baños de sol, tan largo y abundante con rizos en las puntas, cayendo justo por encima de sus hoyuelos de Venus, esas graciosas y diminutas marquitas que se le formaban entre las caderas y los glúteos, y que él atisbaba por sorpresa cuando ella se agachaba o, sentada delante suyo, se estiraba hacia adelante para escribir. Le gustaba esa magistral salpicadura de pecas en el rostro de Maddie Columbus, bordeando las mejillas y con una sensual hilera de ellas copando su nariz, confiriéndole una mezcla de diablura e inocencia. Le gustaba el escote de Sandy Mulligan, firme y descaradamente exhibido, desafiando a la gravedad, y como ella siempre se empeñaba en vestir tejidos muy finos y ceñidos incluso en los días más frescos, Curt se maravillaba ante sus pezones erguidos, que luchaban por escapar de la tela y provocaban toda imaginación. Le gustaban mucho los andares de Winona Francis, esos andares elegantes de gacela, con sus piernas largas y blancas, sus golpes de cadera, su cuello erguido, la esbeltez de sus hombros y los movimientos delicados de sus brazos delgados al caminar. Le gustaban todas. Cada una le parecía bella en algo concreto, en un rasgo destacable que luego recordaba con más nitidez, y a veces memorizaba aquellos que  más le gustaban y hacía un rompecabezas en sus fantasías, donde creaba a su mujer perfecta.

Con todo, siempre hubo una que destacó por encima de todas. Una mujer que siempre fue por delante, y que siempre iría, a quien ninguna otra desbancaría.

Isabel, la tierna Isabel.

La hermosa Isabel.

Isabel llegó a la casa de Curt desde España con el propósito de perfeccionar su inglés bajo la condición de que, siempre y cuando se precisara su ayuda, ejerciera de institutriz para los chavales. Aunque la palabra “institutriz” hiciera pensar en una remilgada y estricta señora entrada en la madurez y de talante firme, en realidad no les separaba una gran diferencia de edad: Isabel tenía apenas siete años más que Ewen y diez más que Curt. La razón de su estancia a largo plazo era que, a cambio de su hospedaje, sus padres recibían una subvención estatal —derivada de un programa de inserción que ofrecía oportunidades académicas a personas con escasez de recursos, y que les venía de perlas siendo éste otro motivo de alarde filantrópico en sus reuniones sociales— por alojarla en las habitaciones sobrantes destinadas al servicio, una especie de anexo a la casa principal; las ventanas de los cuartos de Curt y de Isabel estaban frente a frente, y parecía que se dedicaran a tener diálogos nocturnos, porque eran los únicos que aguantaban hasta las tantas de la madrugada con las luces encendidas.

Si había alguien capaz de arrancarle palabras cercanas a Curt, aunque éstas fueran pocas y rotundas, ésa era Isabel. Todos los hombres se quedaban absortos tras ella, todos se enamoraban de Isabel en secreto…o al menos eso era lo que le parecía al Curt de catorce años de edad, cuando la miraba y la admiraba sin llegar a saciarse nunca.

Cuando su hermano regresaba algunos días de visita se perdía en el cuerpo de Isabel, en sus ojos castaños y su piel olivácea. Ese interés pasaba inadvertido para todos, excepto para Curt, con quien la rivalidad no había disminuido un ápice. Curt recordaba con orgullo de qué forma venció esa primera gesta entre hermanos, cuando Ewen tuvo que marcharse con aires renuentes al célebre y lejano internado, y como consecuencia él se quedó a solas disfrutando de esa codiciada compañía femenina, venciendo la disputa como en una favorable jugada de azar. Algo que Ewen siempre reprocharía a su hermano con sutiles gestos de repudia y miradas de desdén, aunque en realidad ninguno de los dos fuera juez y parte de aquella decisión.

Ewen comenzó a traer una chica a casa por navidades a partir de sus diecisiete años; pasado el curso y durante un intervalo de tiempo más prolongado, también lo haría en los veranos. Trajo consigo, siguiendo su tónica habitual en la vida, la novia que se esperaba para él, la que hubieran escogido sus padres y en la que él jamás se hubiese fijado de no haber estado tan condicionado por la doctrina paterna y las tradiciones genealógicas. Se llamaba Rebeca, nacida en el germen de una familia de economistas ahorradores, que cotizaban al alza con una buena reputación y amasaban un patrimonio nada desdeñable en el centro de negocios más próspero de la ciudad de Amsterdam. Arquetípica era la palabra que, pensaba Curt, la definía. Llevaba el mismo corte de pelo lacio y de media melena cayendo sobre los hombros como una tabla y sin apenas volumen, peinado siempre de la misma forma aburrida sin que un mísero mechón despuntara o se cruzase sobre su frente, fiel a la moda adoptada por las muchachas de la época y pertenecientes a su mismo estrato social. El idéntico vestuario de colores crema, juvenil pero a la vez recatado, reducido a variantes de cuellos de cisne, mangas francesas, faldas a la altura de las rodillas y cortes rectos de telas suaves y excelentes. Los mismos diamantes relucientes pero no ostentosos, de diseño refinado, decorando los lóbulos de sus orejas. El mismo tipo de conversación, y al parecer de Curt, el mismo tipo de represión. Una chica al principio comedida pero segura y desenvuelta entre sus iguales, seria, anodina, académicamente perfecta —por supuesto—, destinada a convertirse en una eminente instructora, quizás el fichaje estrella de alguna universidad privada experta en inversiones y tipos de interés, de postura estirada, práctica y parca en cuanto a muestras de cariño se refería. Prejuzgándola de una forma cruel, Curt suponía que se abría de piernas con suerte una vez al mes, tras una larga tanda de ruegos y después de recibir el pertinente regalo, o una ansiada promesa; porque, se decía a sí mismo, así eran esas chicas.

Tras unos cuantos años de relación tradicional, sin convivencia previa, al graduarse ambos y cumpliendo todos los pronósticos, Rebeca se convertiría en la esposa de Ewen, y engendrarían ambos una única hija. Apenas cruzaría cinco frases con Curt antes del enlace: para Rebeca, como para la mayor parte del círculo social familiar, él siempre representaría al chico díscolo, la oveja negra de la familia, desmerecedor de su atención, de su clase y de la reputación familiar en la que ella también pasaría a estar incluida: un traidor a la historia y a la importancia de su apellido.

A Curt no le importaba qué pensara su cuñada sobre él, porque se regocijaba averiguando, sin haber de realizar demasiadas pesquisas, que Ewen no era feliz junto a ella. Y no era feliz, simplemente, porque Ewen deseaba a Isabel. Isabel, que había pasado ya a ser una semi—desconocida para él; porque para aquella joven, Ewen no era más que el pre adolescente a quien ayudó en ocasiones con sus deberes y sus exámenes. La había perdido por el camino, y entonces hubo de conformarse con el plato ya preparado, renunciando contra su voluntad a la oportunidad, y al placer, de degustar el que contenía sus ingredientes favoritos. Ewen la recorría con la mirada cuando se le brindaba una ínfima oportunidad, averiguaba siempre donde se encontraba, preguntaba adónde iba, se obsesionaba con sus pasos. La buscaba con los ojos reclamando su atención, mientras disimulaba esos amagos de arrebato sentado al lado de la fría Rebeca y aparentando seriedad y compostura; controlando los impulsos por saltar como una fiera sobre la mesa baja de centro instalada en uno de los salones, los sofás artesanos de coleccionista, la repostería y los juegos de tazas de té, y plantarse con ademanes de caballero frente a Isabel, quien solía resguardarse en la habitación contigua y medio oculta tras la puerta, quizá a la espera de alguna orden. Porque ansiaba conversar junto a ella, reír con ella como cuando era un niño, acariciarla, disfrutar ante la vista y el tacto de sus finos vestidos veraniegos, de tirantes minúsculos y colores cítricos sobre su piel bronceada, de su rostro natural y sin maquillaje ni artificios, de su cabello leonino y rebelde cayendo como una cascada sobre la espalda, los hombros, las orejas, los brazos y senos que durante años había soñado tanto. Mas eso fue algo que toda su vida se limitó a imaginar, nunca osó hacer y jamás pudo tener.

 

Comentarios

  1. Luis

    29 abril, 2019

    Buena historia que sigue conmoviendo por su rudeza y su lenguaje claro y definido. En fin, estimada Esteff, sigues superándote y creando expectativas. Un saludo y mi voto!

  2. Esruza

    29 abril, 2019

    Muy bueno, Estef.¿Cuándo vas a terminar tu libro? para que no
    se nos olvide lo anterior.

    Un abrzo y mi voto.

    Estela

  3. Mabel

    29 abril, 2019

    ¡Excelente! Un abrazo Estefanía y mi voto desde Andalucía

  4. GermánLage

    30 abril, 2019

    ¡Cómo te gusta recrearte en las palabras, Esteff! Tu ritmo es cada vez más perfecto, acompasado, insinuante. Sin darse uno cuenta se siente arrastrado por esa catarata de palabras que se desliza sinuosa como un torrente apacible que baja por la ladera hacia el valle. Hasta yo me veo contagiado por ese ritmo. ¿Y la acción de la novela? ¿Detenida en los meandros de ese Orinoco inacabable?
    Un fuerte abrazo, Estefanía.

  5. Estefania

    30 abril, 2019

    @germanlr jaja sí, me recreo mucho…. respecto a la acción de la novela, te explico. No sabía como estructurarla porque, tú sabes, tienes una idea preconcebida y a medida que escribes y expulsas lo que tienes pensado todo adquiere otras formas. Total, que lo que comenzó siendo una estructura más o menos fija, ha sufrido un gran cambio. La idea es relatar las vidas de mis dos personajes principales como un paralelismo hasta que el destino los una y entonces entre en juego la chica,la convivencia y etc.(explicado en capítulos salteados) hasta el final. Y así se quedará la novela. Eso es lo bueno de ponerlo todo sobre la mesa y por separado -o sea,en Falsaria-, que la mente se aclara y a veces incluso me ilumino.
    Enfin….muchas gracias ante todo y a todos los que me apoyáis, sois lo mejor y un gran bastón! a parte de ti, Germán, como no a @mabel, @temor

  6. gonzalez

    11 mayo, 2019

    Me gustó mucho, tan bella Estefania. Te dejo mi voto y un fuerte y cariñoso abrazo.

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