La casa de la señora Maricruz. Capítulo 1

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Es difícil pensar que el tiempo se detenga o que cambie abruptamente al cruzar una puerta como si fuera una frontera entre lo real y lo imaginario, esto era lo que sucedía en la casa de la señora Maricruz, si Maricruz a secas porque la verdad  nadie jamás se interesó en saber su apellido lo mismo que su afición por los vestidos de color morado, tenía varios. Otro dato curioso era el nombre de pila  de su esposo ya que todos simplemente lo llamaban “Mopri” o sea la palabra primo al revés, el personaje casi a todo hombre le decía primo o Mopri.

Con ese remoquete se hizo conocer durante todo el tiempo que habitaron la casa a orillas de la  carretera la cordialidad a la salida sur de la ciudad de Barranquilla.

No era fácil pasar por alto la increíble e impoluta decoración interna que yacía en aquella casa, todo era antiguo, se podían observar unos muebles de mimbre de color blanco, algo raro porque por lo general esos muebles los pintan de  marrón o color madera.

Se observaban además una pequeña colección de relojes de pared con su típico cu- cu a la hora de las comidas. El brillo de los pisos que a pesar de ser de cemento solo estaban tan pulidos que te podías ver completo al otro lado.

Eso eran apenas uno de los pequeños detalles que se alcanzaban a ver , ya que después de hacer el aseo diario la señora Maricruz colocaba un biombo hecho de pequeñas cañas de bambú, eso no dejaba ver todo el museo que había dentro de la pintoresca casa.

En la parte exterior yacía una cornisa con techo de viejas tejas que de tanto acumular agua y tierra ya tenía maleza viva. Dicho techo cubría la entrada del pequeño ventorrillo de estantes de madera donde colgaban bolsas de pan cortado la especialidad de la casa, frascos con dulces de sabor a aguardiente y pegaban con tachuelas unos cartones de veinte por cuarenta donde estaban adheridas papeletas de pimienta de olor, manzanilla, naftalina, dientes de ajo, boldo, clavito, anís estrellado, comino en grano, toda esa serie de especias que venían envueltas en papel celofán transparente.

El ventorrillo se hacía visible a la distancia por su respectivo letrero “Se vende pan con leche” lo quería decir que un solo producto no se vendía si no estaba acompañado del otro.

Allí estaba el disgusto de algunos clientes con Maricruz y el Mopri, estos eran radicales con esa medida.   Además nunca abrían los domingos y si alguien por casualidad le tocaba la puerta respondían tajantemente que estaban en tiempo de descanso y que abrían el lunes a las seis am.

El Mopri mantenía un moquillo acompañado de una tosecita debido a su afición al cigarrillo que ya estaba dejando según él. Cada vez que tosía se acomodaba las gafas fondo de botella color negro que usaba permanentemente. Quizás ese síndrome de abstinencia y su ceguera próxima  le producían ataques de rabia cuando se levantaba de su silla donde llenaba crucigramas acercándose lo más posible el periódico a los ojos, entonces un comprador solo le pedía algo pequeño o de menor valor.

Eso era una ínfima muestra de los embates de cólera que acosaban al Mopri, ni mencionar cuando por error una pelota caía en su portal, los muchachitos salían despavoridos antes que reaccionara el acalorado ogro.

Por el contrario la señora Maricruz que era un poco más sosegada cuando de atender al negocio se trataba  y cuando conversaba con el vecindario todos hacían alarde de su calidez.

La verdad no se supo cómo esa pareja podía convivir de la forma que lo hacía, él un verdadero altanero y ella una  dama a carta cabal y de dócil trato. Tal vez ella por eso mantenía la casa como un castillo medieval lleno de reliquias que llamaban la atención a los curiosos y no curiosos.

El solo hecho de mirar de reojo por las ranuras del biombo era una sensación de estar en otro tiempo y espacio, detalladamente se observaban muchos  adornos y en las paredes colgaban varios cuadros, por ejemplo  el de la pequeña niña desnuda sentada en un prado que se arrancaba una puya en el dedo del pie y el del niño que trataba de saltar una cerca huyendo de uno perros bravos.

Dichas imágenes podían tener cuarenta o cincuenta años, pero estaban impecables. A pesar que solo un cuadro no se podía observar porque siempre lo tenían tapado con una toalla o cualquier trapo, solo unos pocos  vecinos por no decir dos o tres habían podido observar algo de la misteriosa imagen.

Estos contaban que era una escena un poco pérfida o maligna, o algo parecido a esas escenas pintadas en la edad medía donde representaban el infierno, el purgatorio y el paraíso. Otros decían que era una alegoría de como pintaban a las brujas en la época de los castillos en Europa.

Ese era la incógnita que rodeaba el misterioso cuadro, por eso quizás lo mantenían en la sombra o tapado a los ojos de todo aquel indiscreto interesado en tener la primicia.

La señora Maricruz barría la puerta de su casa dos veces al día, muy temprano por la mañana y por la nochecita cuando los rayos del sol se perdían en la vorágine de la noche con su velo adormitado.

Con un cántaro de agua regaba la polvorienta entrada donde por efecto del viento de arremolinaban gran cantidad de hojas secas y basurilla endeble que daban un mal aspecto según la escrupulosa dueña de casa.

En una ocasión la señora Maricruz invito a unos vecinos a compartir en su casa una comida, estaba celebrando sus bodas de rubí o sea cuarenta años de matrimonio con el Mopri. Este muy retrechero con los invitados evadía las obvias preguntas de la concurrencia, como por ejemplo;

¿Por qué no tuvieron hijos?

¿De dónde venían? ,

¿Si tenían más familia en la ciudad?

Todo eso enfadaba al Mopri, por eso trataba de resbalar los interrogantes con cortas respuestas sin descuidar los movimientos de los presentes. Cuidadosamente vigilaba el cuadro que siempre llamaba la atención por el hecho de mantenerlo tapado.

Los participantes de la sobria celebración estaban sentados en el pequeño patio, a la vera de un pequeño jardín sembrado de margaritas y unas matas de hojas grandes que brotaban un vástago con abrojos  de color rojo.

Es posible que era la primera vez que mucho de ellos veían esa planta  y por supuesto estaban en ese lugar.  Quedaron asombrados como se veía todo esa tarde noche en la casa de aquella reservada pareja  que poco compartían con sus vecinos.

En medio de la parca reunión uno de los vecinos de nombre “Eudoro” al que todos en el barrio lo llamaban por su  apodo “Nalga e gallo” este logra escabullirse para observar el cuadro del cual todos conversaban. El Mopri se percata de la acción del curioso vecino porque vió una sombra que pasó diagonal a él, de inmediato lo intercepta en el estrecho pasadizo antes de llegar a la pequeña división que había entre la sala y el corredor trasero donde se hallaba la reservada pintura.

Llegó el momento de repartir el banquete todos se acomodaron en el patio uniendo dos mesas de comedor la de la señora Maricruz y una prestada, la comida le pareció deliciosa a los invitados aunque una comensal comentó que estaba muy cargada de condimentos, esto nunca falla en este tipo de eventos.

Luego de la velada tomaron café y poco a poco se fueron retirando de la casa en mención los asistentes a la celebración, el vecino “nalga e gallo” quedó con la inquietud y no daba por pérdida la oportunidad de echar un vistazo a si fuese de pasadita a la oculta pintura que lo mantuvo atento durante todo el rato que estuvo en la casa.

En un descuido del Mopri “nalga e gallo” pasa frente al cuadro y levemente alza la toalla que lo cubría, un raro espejismo lo mareó de repente y el atrevido vecino no pudo identificar con claridad de qué se trataba la imagen.

Aseguraba sin temor a equivocarse que “vio cosas raras que parecían moverse”, esto parecía aún más extraño  de lo que se comentaba.

Pasaron varios días después de aquella atención brindada por la señora Maricruz y los fisgones seguían empecinados en averiguar;

¿Qué contenía aquel cuadro?

¿Qué lo hacía tan especial para los dueños y tan lleno de misterio para los vecinos de la pareja?

¿Por qué los que veían el cuadro se mareaban y los dueños no?

En fin no había acuerdo entre los que especulaban sobre el contenido del cuadro, es más se llegó a saber que se pactaron varias apuestas entre varios vecinos   empecinados en saber el contenido del cuadro. Mientras tanto la señora Maricruz y el Mopri disimulaban ante el barrio que ignoraban el interés de los vecinos por la pintura, nunca comentaban nada al respecto.

No es fácil detener a un curioso, “nalga e gallo” no podía soportar la incertidumbre que le producía no saber qué fue lo que vio aquel día cuando intentó mirar de frente aquella imagen.

Entonces camuflado bajo un disfraz de agente de la sanidad fragua un plan para entrar a la casa del Mopri. Los agentes de sanidad solían revisar si había estanques de aguas en las casas y si encontraban dichos reservorio le arrojaban unas cucharaditas de DDT aquel poderoso pesticida usado para detener el crecimiento del mosquito. Todo eso lo repitió “nalga e gallo”  a sabiendas que el Mopri estaba corto de vista aprovechó el momento entrando sin permiso al ventorrillo o pequeña tienda, el Mopri había desarrollado un oído de tísico como dice el dicho popular y exclama;

¡Quién anda ahí!

¡La sanidad respondió “nalga e gallo”!

Con una voz medio ronca para ocultar su verdadero tono para que el Mopri no sospechara.

El Mopri le dice;

¡Un momentico!

Pero “nalga e gallo” con mucha suavidad aparta el biombo que separaba la sala del ventorrillo viendo algo que lo dejó pasmado, el Mopri estaba ligando o rindiendo con agua la leche  que venía en unos litros bocones tapados con unos delicados sellos de papel aluminio.

Aquella acción desconocida por los clientes llenó de coraje a “nalga e gallo”, entonces con la misma voz que anunció su presencia inclinando su cabeza para no dejarse ver completamente el rostro y  le dice al Mopri;

¡Señor eso que usted hace no está bien!

¡Qué cosa!

Le responde el Mopri con una pasmosa tranquilidad.

“Nalga e gallo” lleno de impotencia sigue con su teatro disfrazado de agente de sanidad y le dice al Mopri que debe revisar el patio para ver si hay reservas de agua estancada.

Su interlocutor estaba corto de vista era cierto, pero tenía una malicia impresionante   en un santiamén detecta cierto olor como a pollo remojado, el mismo olor que percibió aquella noche de la comida de aniversario cuando aguantó a “nalga e gallo”   para que no lograra  destapar la pintura. Eran ciertas las sospechas del Mopri aquel ahombre que estaba en su casa padecía un severo mal olor en las axilas que lo hacía tener sello propio.

Ambos protagonistas estaban en el filo de la navaja con sus actuaciones, por un lado el Mopri disimulaba el hecho de no haber reconocido la verdadera identidad del supuesto agente de sanidad, por otra parte “nalga e gallo” trataba de disimular lo más que podía su voz para no ser reconocido, pero algo le decía que estaba jugando con candela porque el Mopri no era ningún pendejo.

Antes de llegar al sitio donde estaba la pintura  o sea antes del patio los dos hombres no se miraban, como para mantener la distancia propia de la desconfianza entre las partes. Cuando llegan donde debería estar el cuadro “nalga e gallo” queda sorprendido al no ver nada colgado en las paredes, ahí se hizo evidente su verdadera intención, cosa que su acompañante la agarró de una.

El Mopri desprovisto de toda cortesía le dice a “nalga e gallo”;

¡Así que pretendías engañarme con ese ridículo disfraz, sea serio hombre, cuando tu ibas ya yo venía!

“Nalga e gallo” queda estupefacto al escuchar eso, nunca pensó que su coartada fallaría tan rápido. Por eso para no mostrar debilidad expresa lo siguiente;

¡Mopri ya deja la maricada y muestra que es lo que hay en ese  vergajo cuadro!

Al oír eso el Mopri le hace una seña a “nalga e gallo” para que vuelque su mirada a al lado izquierdo del rincón donde se hallaban unas sillas arrumadas y una ropa supuestamente sucia.

Aquel hombre quedó más intrigado, él no veía nada interesante en ese sitio, pero el Mopri insiste y le dice;

¡Levanta la ropa  y míralo tú mismo!

Al levantar la ropa “nalga e gallo” mira detenidamente,  mientras observa el cuadro siente lo mismo que la vez pasada pero con más intensidad hasta el punto que cae desmayado dándose un duro golpe en la frente.

En ese momento el Mopri no sabe qué hacer con el hombre, piensa que si de repente llegase su mujer no sabría que responder. La señora Maricruz había salido un momento a casa de su modista, para tomarse unas medidas de un vestido que le estaban elaborando.

Continuará……

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