La laguna verde

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El matón atenazaba sus tripas desde dentro y Joaquín se retorcía de dolor. Gotas de sudor grueso le bañaban el rostro; el sufrimiento se consensaba y caía en forma de lágrimas. No importaba cuánto sus dientes crujiesen de impotencia, el matón había llegado para quedarse.

Quería vivir más; aún encontraba belleza en las cosas, aún deseaba. Aún soñaba con ser artista, de esos que rompen esquemas. No era justo, quién sabe qué podría lograr si tuviese toda una vida dedicada al arte.

Joaquín estaba embelesado con la gente mayor. Ellos podían vivir cuanto quisiesen, gracias a los avances de la medicina. Le encantaba observarlos e imaginar lo que han podido experimentar, con todo ese tiempo para viajar, conocer y desarrollarse. Incluso, antes de que tuviese al matón, los admiraba, porque sabía que nunca llegaría a vivir tanto como ellos, seguramente moriría de una enfermedad o venderían su cuerpo a los hospitales para usar su sangre. Su mamá decía que, antes, la gente no moría de cosas tan tontas como infecciones, que los antibióticos se podían comprar como caramelos en el quiosco y que la sangre de los niños no se cotizaba en los hospitales como poderoso rejuvenecedor. Joaquín a veces creía que ella estaba perdiendo la cordura, después de todo, los treinta no vienen solos.

A Elvira le gustaban los jóvenes, razón por la cual se había dedicado a la pediatría, solo para estar cerca de ellos. Le encantaba pedirles que se desvistan y tantear sus cuerpos en la «revisación general».

La pasión de ella por los adolescentes también la condujo a practicar escultura. En su cuarto secreto, guardaba réplicas de los jóvenes que más le atraían, todos desnudos, copiados detalle por detalle de las fotos que tomaba con las cámaras ocultas de su consultorio. Así podía seguir tocándolos.

Cuando Joaquín llegó a su consulta con su madre, ella le dijo que el matón nunca se iría, a menos que consiguiese penicilina. También en ese momento fue que, cuando ella gemía interiormente al palpar su firme y terso cuerpo, se dio cuenta que él también disimulaba placer. Solo bastó una miraba para que se entendiesen.

En los momentos en que el matón lo dejaba en libertad, Joaquín pintaba cuadros y murales y, al igual que ella, tenía una pasión por el arte secreto.

Su arte lo producía en su lugar especial, resguardado de las miradas ajenas: la laguna verde. Poca gente del pueblo iba por allí debido a que era muy complicado llegar; por eso el sitio era perfecto para lo prohibido. Allí es donde él tenía sus murales, pintados sobre las paredes en ruinas de lo que, irónicamente, alguna vez había sido un asilo para ancianos. También, ese era el lugar donde sus fantasías sexuales cobraban vida.

A ese lugar llevó a Elvira en su primer encuentro. La condujo con los ojos vendados y los descubrió cuando estaban frente a los murales. Estos eran alegres, impresionistas y con colores cálidos, todos con tonos de rojo. Allí, en su santuario, las pinturas representaban a toda la gente que había llevado: todas ancianas, alegres, sin el rígido rictus que las caracterizaba y con la recobrada picardía perdida.

Sonrieron y se besaron apasionadamente. El gusto metálico de los brackets de Joaquín inundó a Elvira con una ola de placer; mientras que el gusto terroso de la dentadura postiza hizo lo mismo con el joven cuando se diluyó en su boca.

Joaquín la tiró violentamente al suelo, le desgarró la ropa interior y comenzó a penetrarla. Físicamente, no se sentía diferente a tener sexo con una almohada, mullida e inerte. Mentalmente, estaba en éxtasis. Todas esas experiencias que parecían poder leerse en los mapas de aquella piel añosa ahora le pertenecían, eran suyas, él la dominaba.

Elvira se mordió el labio de excitación. Una gota de sangre rechoncha le corrió por la mejilla y se hundió entre las oscurecidas arrugas de su papada. Ya no recordaba lo que era tener piel, tensa, joven y vital, por lo que disfrutaba cada roce con el chico como una experiencia sagrada.

Había pasado tanto tiempo que su cuerpo ya no recordaba al sexo, por eso lo vivió como una primera vez. Pero su cuerpo no era el mismo y, cuando la bruma de la fantasía se hubo disipado, el dolor comenzó a sentirse.

En ese momento, se odió a sí misma. Su cuerpo le recordó que podía seguir estando viva pero, en el fondo, no era más que un cadáver.

Cuando se unían, ella era juventud, cuando se separaban volvía a ser el cadáver.

A pesar de que hervía de deseo, la mujer exclamo una pesada súplica. Algo que, en su mejor versión, expresaba la necesidad de apaciguarse, de admitir la vergonzosa verdad de que era demasiada vitalidad para que su cuerpo arqueológico lo soportase.

Joaquín no paró. Como había ocurrido todas las otras veces, el fuego de la pasión había encendido otros dominios: el de la furia. La injusticia de tener que morir a una edad de un décimo de la de ella le hizo temblar el cuerpo, vibrar, como si todos sus fluidos quisiesen salir y estallar, salir de su cuerpo. No, no era justo, pero al menos podría devolver algo de justicia al mundo.

Con la misma fuerza de la embestida inicial, sus manos se cerraron sobre el cuello de Elvira y luego apretó. Apretó y apretó, hasta que el las durezas cedieron frente a sus dedos y estos se hundieron en tejido blando y sin vida. Los últimos sonidos que produjo Elvira no fueron más que gorjeos, como si hiciese gárgaras.

Retiró las manos manchadas de sangre, las metió en el bote de pintura y, generando nuevos tonos con la tintura vital de Elvira, creó su última obra.

 

Mientras, el matón esperaba, agazapado en las entrañas del niño, tensando sus músculos para su embestida final.

Joaquín terminó su obra y pereció, destripado por dentro, con su cuerpo manchado de colores. El mural, pintado en el último frenesí de su vida, los mostraba junto al lago, desnudos y sonrientes. El cuerpo del muchacho yació allí, inerte, junto al de ella, su última víctima y sobre la tierra fertilizada de todas las ancianas a las que había hecho felices.

 

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