La Ruta del Algodón

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LA RUTA DEL ALGODÓN.

 

No era fácil transitar por las concurridas calles de Codazzi (Cesar) en el norte de Colombia  por allá a principios de los años setenta, la fiebre del oro blanco como le llamaban al cultivo del algodón era el pan de cada día.

El pueblo entero parecía un hormiguero por las miles de personas que recorrían sus calles de arriba abajo y en las fincas algodoneras se sentían la presión de una empresa gigantesca ya que en una sola finca podían trabajar en cosecha hasta mil hombres en la recolección de esta fibra textil que teñía todo el territorio cercano a la serranía del Perijá como sui fuese un tapete totalmente blanco.

Apenas despuntaba el alba y los gallos anunciaban el inicio de un nuevo día todos los que se embarcaban en esta aventura olvidaban todas sus desdichas, ingresando monte adentro con un enorme costal en su espalda a la espera de tener un buen jornal con muchos pesos a su haber.

No les importaba pasar hambre o soportar las dolorosas chuzadas de las espinas de la planta que lastimaban las yemas de los dedos, estas muchas veces emanaban sangre como muestra de que el trabajo era cosa de hombres con firmeza de carácter.

Al municipio de Codazzi llegaron personas de todas las regiones del país inclusive personas provenientes de regiones tan lejanas como el viejo caldas y el Tolima. Esto debido a que cuando se trata de buscar fortuna la gente se engancha  en viajes inesperados que muchas veces no son lo que esperaban y otras veces resultan sin retorno, todo dependía de la voluntad colocada en la actividad que podía ser fuente de riqueza o al contrario en su peor pesadilla.

De lunes a viernes e inclusive hasta el sábado con los primeros rayos de sol y la tibieza que estos emanaban modestamente suavizados por vientos veraneros, los jornaleros buscaban con afán terminar su labor antes que el resplandor del astro rey mancillara su ímpetu de varón trabajador.

Con regularidad se podía observar los domingos desde tempranas horas, a los jornaleros haciendo compras de útiles de aseo y muchas cosas que los ayudasen a soportar la estadía en una tierra lejana que muchas veces les sacaba una que otra lagrima, al escuchar una canción conocida o al oír el canto de un pajarillo que tiempo atrás veían en su tierra natal.

Al contrario de estos nostálgicos labriegos llegaron otros que solo buscaban dinero para satisfacer sus deseos terrenales no les importaba familia ni nada. Era fácil verlos perder todo los centavos ganados con el sudor de su frente bajo el imperio del vicio del alcohol y la mala vida de los burdeles que proliferaron también en esta zona.

Estos no pensaban que la fiebre del algodón podía ser pasajera a pesar de que muchos finqueros alcanzaron días de gloria y el pueblo se desarrolló como emporio comercial de la región. Desafortunadamente nada es eterno y así como vino la mencionada fiebre del oro blanco así mismo se fue.

Poco a poco las tensiones de la economía mundial y los bajos precios internacionales acompañados del proteccionismo de los subsidios ofrecidos a los cultivadores en los estados unidos, dio como resultado una lenta pero catastrófica disminución de los cultivos.

Las deudas acumuladas por algunos terratenientes cultivadores con los bancos que llegaron a la región como muestra de traer desarrollo hicieron que los grandes sembradíos de la planta menguaran.

En todas las épocas de la historia hay entornos y situaciones que ayudan al desarrollo o decadencia de un territorio, así como el mundo antiguo conoció lo que se llamó la ruta de la seda o el comercio desde china hasta el imperio romano la cual duró aproximadamente dos mil años, Colombia  y más exactamente su costa  norte también tuvo su apogeo en el comercio con una planta que llenó los bolsillos de muchos y posiblemente calmó por un momento las afugías económicas de otros, en lo que se llamó la ruta de Codazzi y su oro blanco el  “Algodón”.

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