La última decisión

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Pese a los nubarrones de fuego que flotaban en el horizonte, acudí a la cafetería de la colonia como buen parroquiano. Observé que no había ni un solo cliente, pues la mayoría de los religiosos festejaba en las calles o en las iglesias el final de los tiempos. Me senté en una de las mesas, la cual estaba pegada a una de las ventanas, con el objetivo de admirar a los cuervos que se posaban en los cables eléctricos. Magdalena, la dueña del negocio, me obsequió media sonrisa. Yo le pedí lo de siempre: un trozo de pastel de zanahoria y un café.

Noté que alguien había dejado un revólver cromado encima de un sillón. Después de meditarlo algunos instantes, tomé la pistola e hice girar el cilindro. Ya tenía semanas sin asesinar a una persona y de verdad me estaba costando. Mientras jugueteaba con el arma, agucé el oído y escuché en la radio, a un locutor hablar con voz quebradiza sobre la ola de lumbre que estaba cubriendo al planeta.

—Aquí tienes, guapo —dijo Magdalena, poniendo la taza y el platito en la mesa.

—Gracias. —Clavé un tenedor en el turrón.

—Ya era tiempo de que se acabara toda esta mierda, ¿no crees?

—El Señor ya se estaba tardando —respondí—. ¿Qué tanto faltará para que su furia caiga sobre nosotros?

—Es cuestión de horas o de minutos.

Mis axilas empezaron a sudar. Me desabroché un par de botones de la camisa.

—¿Cree que usted será bienvenida en el paraíso?

—Para nada —dijo con resignación—. Si te contara todo lo que hice en mi juventud, de seguro te caes de espaldas, aunque no me arrepiento de nada.

—Entonces nos veremos en el infierno, mi señora.

—Yo me retiro. Ahhh, y por favor no vayas a estropear tu lindo y maléfico rostro con una bala. A la muerte debemos darle buena cara.

Ella salió a recibir a los jinetes del Apocalipsis con la frente en alto. Escuché una explosión que cimbró las ventanas. El olor a muerte impregnaba mis fosas nasales. El calor hacía que las vidrieras se empañaran.  Coloqué el cañón en mi paladar y puse el dedo en el gatillo. Sin embargo me arrepentí. Decidí saborear mi burbujeante café y aguardar a que el Señor me abrasara con su manto divino.

Comentarios

  1. Mabel

    2 abril, 2019

    Muy buen relato. Un abrazo Servando y mi voto desde Andalucía

  2. Luis

    2 abril, 2019

    Muy buen texto. Un saludo y mi voto!

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