Recalculando

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–          Gire a la derecha, por Avenida Rivadavia y continúe cinco kilómetros.

Se expresó la voz del GPS con ese acento característico, simulando un español enlatado.

Hice lo que ordenó, para evitar que mi copiloto digital se exaspere, pierda el rumbo y por momento grite frenéticamente: “recalculando”, como si uno no recalcula su camino muchas veces en la vida y  no por eso hace tanto escándalo.

Al doblar, comprendí que el camino seria eterno. Hacía cuatro días que llovía sin cesar, eran las seis de la tarde del viernes y yo pretendía tomar la avenida más larga de la ciudad para llegar al centro de ella.

Uno de los tantos ordenadores de tránsito inanimado, dio luz roja. Me detuve con resignación, escribí un breve mensaje << llego tarde, transito infernal>> y lo envié. Al instante obtuve luz de paso, como todos los que estaban a mi alrededor comencé la marcha, con el limpia parabrisas en su potencia más alta.

Unos pocos metros y la detención era nuevamente la realidad, en esta oportunidad aproveche para cambiar la programación musical, al menos que la compañía sea placentera hasta ser interrumpida por mi copiloto enojada y calculadora, que pretendería avanzar por donde sea y llegar a destino.

Nuevamente, el andar se reanuda e inmediatamente se paraliza. Las bocinas comienzan a dar concierto. Pese a la intensa lluvia, no falta aquel que decide humedecerse al atravesar la ventanilla y aventar un sinfín de directivas que cree ordenara un tráfico colapsado.

La soledad del ruido hace que me abstraiga por un momento, pero el bocinazo de quién está detrás mío, no tarda en llegar y su ademan furioso en el espejo me indica que hay que moverse cuatro centímetros.

Ahora sí! Ya estoy adelantada, cuatro centímetros, para dejar contenta a la larga fila trasera; me vuelvo a mis pensamientos, en verdad ellos regresan a instalarse: esté embotellamiento parece mi propia vida (pienso).

Avanzo, me detengo, sé a dónde voy pero elegí el camino quizás incorrecto, quede en el carril rápido y no puedo fugarme. Ya no sé si tengo ganas de llegar a destino o cambiar el rumbo y huir…

Otra vez, el alerta de mi perseguidor pidiendo que avance, esta vez quizás unos metros. Su expresión nuevamente furiosa por mi desatención y yo tan abocada a mis pensamientos que solo le sonrío y obedezco.

Paralizada por otra luz roja, retomo mis reflexiones tan superfluas y dolorosas que hasta deseo comenzar mi propio diluvio. Entre ojos empañados, pegoteados por el maquillaje, vislumbro el amarillo y luego el verde que me ayuda a salir de allí (externamente) dentro de mi no hay ninguna luz amarilla que me este dando esperanza de avanzar.

El transito comienza a fluir, como por arte de magia ya no somos tantos los que queremos tomar el mismo camino. Algunos habrán llegado a su destino, otros quizás abandonaron la lucha.

Yo continuo mecánicamente por mi carril, por momento espió nuevamente por el retrovisor para asegurarme que el señor enojado sigue allí, preocupado por mi ritmo de avance.

Al cabo de un instante, lo veo aparecer por el espejo derecho, pasa a mi lado a una gran velocidad y con una sonrisa en su rostro me mira, mostrándome que se podía avanzar con rapidez si uno no se dedicaba a reflexionar a lo largo del camino.

-Gire a la derecha, su lugar de destino estará a 300 metros. (Interrumpe la vos enlatada)

Destino: ¿en cuál de sus acepciones debería pensarlo? … lo analizaré en mi próximo viaje.

 

Comentarios

  1. Mabel

    30 abril, 2019

    Muy buena historia. Un abrazo Eva y mi voto desde Andalucía

  2. ANTONIO A

    5 mayo, 2019

    A mí también me ha gustado.
    Espero que las palabras que nos cruzamos nos ayuden en nuestros destinos.
    Saludos

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