San Violentín – Primera parte: perfecto error

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*Contiene escenas violentas y lenguaje fuerte.

      PRIMERA PARTE: PERFECTO ERROR.

      MOTEL.

      Cinco letras rojas con ese mensaje destacaban en medio de la oscuridad: se prendían y se apagaban igual que adornos de navidad. La pareja en el carro lo había visto, y ese fue el mejor sentimiento de alivio, lo más parecido a ir en medio del desierto y encontrar una tienda de veinticuatro horas con preciosos refrigeradores y bebidas alcohólicas. Qué hermoso hallar un lugar para por fin sentir el amor, respirarlo y crearlo, pensaba con mucha ilusión Dulce, una joven de unos veintitantos inviernos.

      —Gracias al cielo ya empieza lo bueno —dijo Mauricio con su habitual sonrisa encantadora. Y torció el volante cuando ya había encontrado la puerta, iluminada y guiada por una serie de señales rojas resplandecientes.

      Dulce suspiraba, enamorada. Mauricio era el orgullo más alto en su historial de coqueteos: tenía el humor más flexible; cuando se trataba de gastar bromas juntos, él accedía a responder toda tontería por más ridícula que fuese. Además, su físico era ganancia. Para ella era hermoso, con esa quijada marcada y poblada de barba afeitada y uniforme, le encantaba pegar la mejilla y sentir esa lija natural en su suave piel. A veces frotaba allí su cara con fetiche; una costumbre que le nacía al momento de verlo recién rasurado.

      —Es el primer catorce de febrero que hago algo así —le confesó ella con confianza.

      —Ah, ¿Sí? —se notaban ciertos celos incomprendidos—. Pues de lo que se perdieron esos pobres cabezones.

      —Mira, aparca allí junto a los baños, tendré que pasar.

      El auto se detuvo y la pareja bajó. Mauricio recargó sus codos en el toldo y admiró la belleza de la noche. Una tormenta se escuchaba a la lejanía: los truenos y destellos en el horizonte alertaban la presencia de una oscura cortina de agua fría que quizá iba a ponerle sabor al ambiente. El motel era doble, tenía la forma de la letra L, sus pasillos eran balcones, estaba pequeño, cinematográfico y lucía acogedor. Y lo confesó: había sido difícil encontrar un lugar así en medio de los montes helados del estado de Hidalgo. Alrededor todo eran bosques, riscos, montañas negras apenas visibles y kilómetros de nada.

      Miró entonces a la casilla que fungía como recepción y divisó la luz de un televisor encendido en una habitación contigua. Además, el estacionamiento estaba vacío. Si no había ni camioneros, nada podía destruir la tranquilidad que tenían preparados.

      Dulce salió del baño, ansiosa y contenta por comenzar con la ansiada noche.

      —No hay nadie —dijo, explorando con curiosidad entre las sombras—. Es perfecto. No habrá peleas de vecinos —echó una risita—. Odio cuando algo así pasa.

      —No, no hay nadie. Y eso asusta —jugó él—. ¿Qué tal si me caigo de las escaleras y me rompo una pierna? ¿Quién nos ayudará? No creo que el recepcionista acuda a mi hueso destrozado.

      —Ay, tú —le pegó con una palmada—. No seas tan tonto.

      Mauricio se divirtió con su propio chiste y la abrazó de los hombros, incitándola a caminar a la recepción. El activador de la alarma sonó detrás de ellos con un par de chispazos amarillos. Dulce estaba segura y cómoda en el brazo de ese hombre. Y a pesar de ser menor por diez años, no se arrepentía. Ella era como una colegiala, y él, como un empresario famoso. Sabía que sus encantos le podrían conseguir a quien sea. Lo mejor: no iba a necesitar de ese talento femenino durante un largo tiempo porque estaba segura de haber encontrado al correcto. Creía que no iba a haber nadie mejor que él. Mauricio se convirtió como en la viva imagen de su límite. La habían cazado. Nunca en su vida volvería a huir de nadie. Mientras fuese un compromiso correspondido, no había problema…

      —¿Alguien? —preguntó Mauricio tras dar un trío de golpecitos en la campana de la barra. Ambos se asomaban, pero no detectaban ninguna señal de vida.

      Al cabo de cinco golpecitos, por fin apareció un regordete sujeto de la edad de Dulce. Y para la chica él era como una representación del fracaso: universitario de calificaciones bajas, autoestima por los suelos y una actitud tan intensa como venenosa.

      —Bienvenidos —dijo el encargado del motel—. Tengo todas las habitaciones disponibles, están ustedes de suerte —no había impedimento para ver que las revistas de la barra eran todas pornografía barata e imágenes de mujeres desnudas, maquetadas con el peor diseño del mundo—. O suerte para mí —sonrió el chico de la gran panza—; aquí no se ha parado ni una mosca desde hace dos días.

      Dulce gesticuló con un poco de asco; unos recuerdos desagradables, y que ni siquiera había compartido con su amado de copete bien peinado, le asaltaron. Odiosos chicos obsesionados con su soledad y desesperados, se dijo y enjugó sus ojos.

      —Bueno —dijo Mauricio, reconociendo los gestos de su novia—, nos gustaría una habitación en lo más alto y apartado de este lugar. Deseamos descansar y ya es muy tarde —sacó su fiel pluma de una bolsa en el pecho de la camisa.

      —Híjole, señor. Ya lo creo que sí —de debajo de la barra sacó una carpeta enorme con muchas firmas en sus páginas—. Se ven muy cansados. Hacen muy bien. Me alegro que no pasaran este lugar porque el siguiente pueblo queda como a cien kilómetros. Es muy peligroso quedarse dormido en una carretera con esas curvas. Digo, si pasan el camellón es seguro que se van de boca muchos metros abajo. ¿De dónde vienen?

      ¿Qué le importaba al gordo pervertido? Pensó medio molesto Mauricio; sin embargo, no perdería sus encantadores modales y respondería. Esperaba que fuese la última cuestión acerca de su viaje o sus vidas.

      Y luego, para el colmo de ambos, el sonido de la televisión se oyó más alto. Unos cánticos femeninos provistos de la excitación más libidinosa y extrema que pudiese haber se filtraron a través de la puerta. Un silencio incómodo sobrevino después. Dulce tragó saliva y aclaró su garganta.

      —Venimos desde Guadalajara —respondió el galán con una sonrisa fingida—. Puro automóvil desde allá.

      —Supongo que como todos van a Pachuca. Hace mucho frío allí, viejo —se burló el desvergonzado—. Es probable que en algunos lugares hasta haya nevado. Ya ve que ya nieva por estos rumbos. Mejor váyanse con cuidado mañanita si desean tener hijitos algún día —rió como adolescente y se calló al ver que no tenía gracia para nadie.

      —Sí, joven. Gracias. Lo tendremos muy en cuenta. Por cierto, nosotros buscaremos la habitación, no se moleste —una vez pronunciadas esas palabras, Mauricio cogió las llaves y tomó con más posesión a su novia y la sacó de allí por si aquel monigote estaba empeñado en mirarle las nalgas al salir. Había dejado el dinero y su firma de acuerdo con un letrero al fondo.

      Afuera, el viento presagiaba la lluvia demente. Empezaban a creer que era malo, porque si el asfalto se empapaba sería una aventura suicida irse por la mañana. Dulce ya no encontraba el romance en el aire tras hurgar en su despreciable pasado, y por su parte, Mauricio temía una especie de acoso secreto. ¿Qué tal si ese bastardo era como un Norman Bates con agujeros en las paredes, listo para espiar?

      —No menciones esas cosas, amor. Ya estoy creyendo que podría ser así —le respondió Dulce.

      —¡Y luego ni siquiera apagó su porno! Demonios, qué bueno que no lo saludamos de manos al principio.

      —¡Mau!

      —No inventes, de seguro hubiera sentido mi mano pegajosa —una carcajada sincera y muy divertida surgió de su pecho. Mauricio había disminuido el horror al sonsacarle una risa a su pareja, aparte de reclamos por lo asqueroso de su humor. Pero eso se lo soportaría siempre, porque aquellos detalles eran sus preferidos.

      —Eres un grosero. ¡Te odio!

      No les había costado mucho trabajo encontrar la habitación. El número veintiocho estaba subiendo las escaleras y doblando a la izquierda. Mauricio, igual a un campeón, abrió la cerradura y cargó a Dulce como en una luna de miel. De una patadita interpuso la puerta entre el mundo y su próximo lecho de intimidad. Ahora sí, solos por fin y con la dicha de estar en una sola cama, la lanzó al colchón y calló encima de ella, atacándola con besos desesperados por todas partes: en los labios, en su cuello y en el nacimiento de sus senos. Pero al llegar allí, Dulce le detuvo con un dedito impertinente.

      —No tan rápido —le dijo, con su tradicional mueca de traviesa—. Me gustaría hacer algo antes.

      Se quitó al macho enamorado de encima y fue a buscar su teléfono con deliciosas canciones grabadas en la memoria, especiales para la noche. Y cuando miró el resto de la habitación, advirtió una ayuda de parte del destino: bocinas con una entrada especial para los teléfonos inteligentes y una luz tenue de esas que estaban en los cabarets aguardaban por su uso. Era como una coincidencia echa para ella sola. Abrió su boca en una enorme circunferencia y luego sonrió.

      —Bueno, el motel tiene como esa temática —admitió Mauricio, con los dedos entrelazados en su nuca—. El lugar sí está genial. Lo único malo es el obeso pajero.

      Dulce pateó el recuerdo del recepcionista y cogió su celular con entusiasmo. Puso el aparato entre el armazón que unía ambas bocinas y dos luces circulares aparecieron en los parlantes. Bajó el interruptor común y subió el que pertenecía al sistema de iluminación romántica. Qué noche de febrero iba a ser aquella, pensó al asombrarse con la majestuosidad de los focos.

      La canción que comenzó a reproducirse era tan melancólica como cursi. Desconocía la letra, incluso la cantante podría mencionar una triste historia o algo así, pero no le importó. La música era dulce y suave, con una ambientación perteneciente al sueño de amor más irreal e ilusionado.

      Dulce meneó sus caderas y tomó un mechón de su cabello para jugar con él. La voz de la mujer, afligida, enamorada, repetía la estrofa y cantaba en portugués. Al compás de los cantos, la novia daba vueltas y aflojaba su cuerpo para convertirlo en una bandera en medio de una brisa. Levantó su blusa con la delicadeza que utilizaría para remover la cáscara de una fruta. Su abdomen, plano, trabajado recientemente con ejercicios, daban los resultados esperados de rutinas llevadas a cabo durante meses. Dulce dio una vuelta y presumió esfuerzo, vigor: su espalda se curvaba hacia abajo y dos hoyuelos paralelos y equidistantes se apreciaban poco arriba de sus glúteos.

      Había destellos mágicos: tonos guindas, azules, rojos y magentas que se esparcían a través de los muros y el techo. Mauricio estaba entre ser cautivado por el cuerpo de Dulce y las luces de tal bola colgada arriba; o los dos. La piel olivácea de su amada se pintaba bien de tintes cobaltos, y agradecía a los dioses y a su suerte haberla encontrado. Dulce era misteriosa, bonita, tímida, coqueta y demasiado sensible. Debía cuidar mucho sus palabras, porque ella solía ser presa de sentimientos fuertes y entregados. Hasta su cara era como la de una niña.

      Tiró la blusa en el suelo y la pateó, caminó a la cama y gateó sobre los edredones hasta llegar con Mauricio, quien esperaba excitado y no había tenido tiempo ni de desnudarse. Pero de eso ni se preocuparon, porque en segundos se despojaron el uno al otro de trapos mundanos y quedaron allí unidos como el Padre de los Cielos los había creado.

      Y qué susto después para ambos, pues su momento de sensualidad entregada había sido interrumpida por un golpe muy fuerte en la pared. El ruido los desconcertó. Al principio no sabían qué pudo haber sido. La primera teoría, de ella, fue que probablemente otro huésped hizo la broma de dar un puñetazo contra la puerta.

      —No, eso no es posible —contestó Mauricio—. Ese maldito gordo dijo que éramos los únicos hospedados.

      —Entonces, ¿Qué podría ser? Nos querría jugar una broma, quizá.

      —No sé, pero ya me puso tenso tener que estar en este lugar, con ese recepcionista de mierda. Se veía medio raro.

      Mauricio se levantó y cogió su ropa de la alfombra. Se colocó el pantalón y la camiseta con una precisión muy veloz, y no dejó de mirar la puerta mientras lo hacía. No notaba sombras del otro lado de las pesadas cortinas, no se escuchaban pasos y mucho menos risas. ¿Podía tratarse de una broma? A lo mejor; debido a eso, pensaba de una vez en bajar y propinarle una severa golpiza al perdedor.

      Al acabar, caminó a la entrada del cuarto, con la ligereza necesaria para intentar escuchar por lo menos un ruido que delatara al vándalo, pero seguía sin oírse nada en especial. Sobre sus últimos sosegados pasos, casi de puntillas, se acercó a la madera y puso su mano en el pomo, dispuesto a sorprender a quien sea que estuviese allí. Y es que esa persona no se movía; debía estar al otro lado.

      Quitó la cadena, el pestillo, giró el picaporte, y en menos de tres segundos el pasillo ya estaba ante su mirada. El panorama era tranquilo: el barandal se interponía entre él y una caída formidable de diez metros, a la izquierda y a la derecha no había más que otras puertas muy bien cerradas, y el viento helado soplaba, revolviendo su cabellera. Las cigarras daban un concierto al fondo; nada relevante le daba al menos una pista. El perdedor no podía hacer de las suyas y marcharse así nomás. No, alguien tenía que golpear sus puertas y verse corriendo a lo lejos. El estacionamiento era amplio y vacío; no había explicación.

      —Amor.

      Tal vez el sujeto de ciento veinte kilos había tomado una piedra inmensa.

      —Amor.

      Y aunque la piedra era pesada, el tipo debía tener entonces una puntería tan certera como la de un francotirador. No tenía gracia si sus brazos eran tan fláccidos como una gelatina. Sólo un jugador de fútbol americano…

      —¡Mauricio!

      —¿Qué? —preguntó un poco irritado.

      —Mira esto.

      Dulce veía con asombro una flecha incrustada debajo del número de la habitación. Pero no estaba sola; venía acompañada de una hoja con un texto escrito a mano. A simple vista no ofrecía un mensaje muy amable. Aquellas letras estaban furiosas y parecían realizadas por una mano ansiosa y deseosa de obtener algo.

      —¿Qué es esto? —se preguntó Mauricio antes de arrancar la hoja de la flecha y leerla en voz alta—. “Hola, gente hermosa de excelentes atributos. No voy a darles mi mensaje hasta desearles unas buenas noches. Buenas noches. ¡Ya! ahora sí…” —miró a Dulce, confundido. Ella le regresó la mirada con el ceño fruncido y se frotó los brazos, temblando—. “…Quiero expresarles mi profunda admiración por ustedes. ¡Son perfectos! Hacen una muy bonita pareja. Parecen los protagonistas de una linda película de comedia romántica: el chico, con su cara de galanazo, y la chica, ¡puff! Ella es como esas bebitas de las que uno se enamora…” —hizo bola la hoja antes de hacerla pedazos, pero Dulce se lo impidió.

      —¡No! Déjame ver eso. Estoy intrigada.

     —Escucha: no tenemos que soportar a ese patético estúpido que de seguro se la está jalando con alguna cámara escondida. ¿Sabías que en los hoteles llegan a poner de esas cosas para luego vender los videos?

      Mauricio entró al cuarto y lanzó la bola de papel al cesto de basura. Dulce le siguió apresurada y hurgó entre los desperdicios para recuperar la nota. El muchacho caminó en círculos; buscaba en cada rincón alguna cámara escondida. Removió la sección amarilla, abrió el armario, sacó las gavetas por completo de los burós, quitó el teléfono e incluso levantó el colchón. Pero no había nada. Faltaba el baño, así que se encaminó dispuesto a encontrar ese aparato.

      —¡Y termina de vestirte! Seguro ese cabrón te está mirando.

     —Mauricio, espera —obedeció y se sugestionó por sus ideas. Tenía razón, no debió asomarse apenas con la blusa y las bragas puestas—. No quiero que armes ningún escándalo. Siempre que te pones mal terminas golpeando a alguien, y no es necesario hacer esto. ¿Qué tal si trae más problemas?

      —No permitiré que un estúpido nos acose —gritó desde el interior del baño, tal vez revisando que cada baldosa estuviese pegada al muro y no sobrepuesta, ocultando algún ojo mecánico secreto.

      Dulce abrió el papel y lo alisó entre sus dedos para deshacer las arrugas. La tinta estaba ligeramente corrida, pero las letras eran legibles. Siguió leyendo en voz alta.

      —”Ella es como esas bebitas de las que uno se enamora… Y como ustedes me fascinan juntos, les propondré un trato que no podrán rechazar. ¡Tengan sexo!” —Dulce se detuvo al calibrar el peligro de las palabras por venir. Recitó despacio, y su dicción comenzó a trabarse—. “Quiten las cortinas y pónganse a coger duro, quiero ver un poco de esa acción que venían prometiendo para este día. Todos quieren…” —Mauricio se apareció; ahora sí estaba intrigado, y molesto, mucho. Dulce continúo al verlo petrificado e hirviendo—. “Todos quieren ese regalito de San Valentín…”

      —¡Ya basta! —espetó Mauricio; sin embargo, el mensaje había finalizado de todas maneras. Furioso, corrió a la recepción para moler a golpes al pobre muchacho solitario.

      —¡Mauricio! Sólo nos está intentando asustar

      Y él ya se había largado.

      Dulce lo persiguió a través de las escaleras. Le gritaba y le exigía que se detuviese, que no era necesario quedarse en el hotel. Era mucho mejor aparcar en algún sitio no tan peligroso para dormir. Mauricio era inalcanzable, saltaba de dos en dos los escalones y trepaba los barandales. Ella perdía las esperanzas, estaba claro que en un momento su novio lo pondría de cara al piso, bombardeándolo de pisadas violentas hasta sacarle el relleno.

      —¡Oye, cabrón! —gritó, seguido de una serie de palabras que le asombraban a Dulce, porque no se las había oído pronunciar en sus seis meses de relación—. ¡Óyeme, abre la jodida puerta!

      Pateó con intensidad el vidrio, haciéndole retumbar casi hasta romperse. Dulce le estaba por alcanzar, con falta de aliento y tropezándose casi con sus propios pies. Entonces, de la penumbra salió el jovencito desafortunado, que parecía no saber la golpiza por venir.

      —Señor, ¿qué pasa? —preguntó al abrir la recepción, y antes de recibir una respuesta, lo que obtuvo fue un claro, certero y sólido guantazo en la mejilla.

      El encargado cayó al suelo como una pila de cajas vacías y Mauricio continúo con la descarga de su ira: increíbles patadas se repetían contra el estómago y las costillas del chiquillo. Su panza se agitaba con los fuertes embates. Gritaba y lloraba como un pobre cerdito. Dulce lo vio todo desde metros, y al llegar, se colgó de los hombros de su novio y le imploró detenerse. Él se soltó de su agarre sin mandarla lejos y recogió al muchacho del piso con el cuello de la camisa. La tela se estiró y se desfiguró. La cara de la víctima estaba inflamada: una mancha roja se extendía todo el pómulo y se hinchaba deprisa hacia el párpado inferior.

      —¡¿Se te ocurre hacernos esto, hijo de perra?!

      —Señor, no sé de qué habla. Por favor —lloraba, sus lágrimas inundaban sus ojos y se derramaban a través de su nariz y ambas sienes—. Por favor deje de golpearme. No he hecho nada.

      Dulce le pidió una decena de veces que se detuviera. Sugirió una broma pesada por parte de él. Aunque al ver una negación sincera de parte del recepcionista, pensó que podría ser una persona ajena al establecimiento.

      —¡Mauricio, ya! —por fin, él atendió a su llamado y volteó a verla.

      —No lo defiendas. Nomás trata de victimarse. Es de ese tipo de idiotas que se llevan con otros y no se aguantan. ¡No es más que un marica! —lo miró con desprecio y lo dejó caer.

      Con la cara roja y la sangre en ebullición, entró a la recepción y le pidió a Dulce esperar afuera. Adentro, detrás de la barra donde firmaban los huéspedes, Mauricio encontró una colección completa de revistas con desnudos censurados de forma ridícula, aparte de las cinco que habían visto al entrar. Las lanzó todas hacia la sala de espera.

      —Mira, Dulce. Aquí guarda él toda su porquería perversa —vociferó desde dentro y entró a la recámara donde tenía la televisión.

      Allí había también un lector de discos para películas, y a un lado, una mesa cargada con cientos de películas piratas. Pero no todas ellas tenían el contenido que él esperaba. La mayoría poseían portadas conocidas: comedias románticas, terror, suspenso, acción, cartelera del momento y de todos los géneros. Unas cuantas sí tenían a alguna chica sugestiva en su imagen. El palacio de cintas para adultos no estaba; qué decepción. Tampoco las pantallas conectadas a cámaras escondidas. De pronto sintió un rayo de culpabilidad. Un horrible remordimiento merodeaba su conciencia. Pero, si él no guardaba una peor colección, no quiere decir que sea inocente, ¿o sí? Seguía siendo un pervertido.

      —No hay cámaras, ni arco, ni nada —dijo, saliendo a donde estaba Dulce, cruzada de brazos—. Pero como tiene ese montón de revistas, es obvio que él mandó esa flecha.

      —Señor —el chico lloraba acostado. El dolor le impedía incorporarse—. Muchas personas consumen material para adultos. Y yo me siento muy solo en este negocio. ¿Le parece que tengo el físico para manejar un arco o algo así? El motel es de mi tío. Él me dio este empleo, y que yo sepa mi tío no haría algo así.

      —Marica mentiroso —le respondió—. ¿Te gustaría que te cortara las manos para que dejes de hacer eso? Vámonos, Dulce. Aquí no me siento bien.

      Dulce estaba por responder que estaba de acuerdo, pero como si la manija del grifo fuese girada, el agua cayó del cielo con cierta fuerza.

      —Creo que no es buena idea —extendió la mano y recibió las gotas en la palma—. Será mejor no irnos, y lo sabes.

      —Carajo, está bien —avanzó lejos de la recepción y se detuvo para hablarle al desgraciado atacado—. Vamos a seguir en nuestro cuarto; mañana nos vamos. Y no se te ocurra seguir con tus juegos, ¿eh? Voy a hacerte algo peor que golpearte.

      —¡Mauricio, ya!

      Cuando la pareja abandonó la sala de espera, el chico se levantó adoleciendo del costado. Un dolor punzante palpitaba a la mitad de su cuerpo y le hacía cojear. Y así anduvo hasta su oficina detrás de la barra, pisando las revistas y pateándolas con odio. Cogió el teléfono, enojado y con ganas de tener fuertes músculos para regresarle la paliza al odioso novio ese, y marcó los tres números de la emergencia. La policía del estado le respondió.

      —¡Me atacaron y se hospedan como si nada en mi motel!

*

      —Olvidemos esto y recordemos por qué estamos aquí —sugirió Mauricio, haciendo zapping.

      —Si piensas que vamos a hacer el amor después de lo que pasó, estás loco —su voz era seca, indiferente. Su rostro inexpresivo se concentraba en las imágenes cambiantes del televisor al frente de la cama. Cada uno estaba en su lado, separados a unos fríos y terribles sesenta centímetros.

      —No me refería a eso. Ni el diablo se sentiría cómodo después de un suceso así. Me refería a que no debemos dejar que algo así arruine nuestro viaje. Programamos el catorce para pasarla en un hotel de carretera, pero no era por lo que vinimos. Nuestro objetivo era acompañarte a Pachuca para que participaras en tu convocatoria de gimnasia, ¿no? ¡Sonríe! Vas a demostrarles a esos jueces que eres la mejor agarrándote de esos pinches barrotes y saltando en esos colchones de lona.

      —Estoy muy nerviosa, no creo que me convoquen.

      —Oh, caray. ¿Cómo no? Te he visto dar como seis vueltas en el aire, eres muy ágil. Lo vas a lograr, vas a ver.

      De pronto, Dulce empezó a sentirse mejor. Si algo la tranquilizaba de más, era el apoyo de su novio. Se relajaba mucho con sus palabras de aliento; desde que lo conoció era como una motivación extra en su trabajo como atleta. Soñaba representar a su país en un futuro en las olimpiadas. Estaba muy cerca, a un paso de serlo.

      Mauricio permaneció en su tarea de pasar los canales. Encontró más tarde una película en televisión abierta, parte de un especial de la noche. Estaban dando el filme favorito de Dulce, 500 días con ella, ante lo cual su felicidad fue arrancada de la nada.

      —¿No es la peli esa que te gusta?

      —¡Sí!

      La escena mostraba a una pareja en el parque, la mujer gritaba la palabra “pene”, mientras él intentaba callarla porque pasaban mamás y niños.

      —Amo y odio a esa chava. Es como… No sé. Me identifico un poco con ella, pero odio que sea una perra sociópata —se burló y ambos rieron.

      Y luego, de la nada, ¡pum! Otra vez, la puerta había sido penetrada por una imperiosa flecha. Esta vez, la punta de la misma había conseguido atravesar la madera, y apenas unos centímetros por debajo del orificio anterior sobresalía su filo. Increíble. ¿El monigote de grasa quería otro castigo?

      —Pero, ¿qué…? —murmuró el novio de la chica, y saltó enojado a buscar la nueva nota.

      Por supuesto, una hoja pendía de la segunda flecha. Mauricio la arrancó sin leerla y se adelantó con deseo de destrozarla. Dulce le detuvo con un alarido; intentó tranquilizarlo antes de cometer alguna tontería y le pidió el papel para leerlo.

      —Mantengamos la cabeza fría. Podría ser alguien de afuera, ya te lo dije. Si sigue siendo acoso o algo así, será mejor que llames a la policía. Aquí está el teléfono, anda, ven —con gruñidos se acercó al aparato y Dulce leyó el mensaje del pervertido anónimo—. “No sé qué hicieron. No me cumplieron, y por ello estoy decepcionado; me han fallado. Les especifiqué que se pusieran a coger con las cortinas abiertas, y qué hicieron: atacaron a un pobre infeliz… Imbéciles” —Dulce miró con desconcierto a Mauricio y éste se dispuso a levantar el auricular y marcar el número de la policía—. “Les doy una última oportunidad. Si no se ponen a coger con las cortinas abiertas, uno de ustedes va a morir en los próximos minutos…”

      —Maldición —dijo él, incrédulo y en espera de la policía—. ¡Mierda, esto no tiene línea! No me contesta nadie.

      —”Oh, lo olvidaba…” Escribe. “Si abandonan la habitación me veré obligado a flecharlos. Esta noche cazo a los enamorados que intentan escaparse y jamás han eludido mi puntería. Ustedes deciden si tener sexo o ser atravesados en el corazón”.

      —¿Quién se cree ese pendejo?, ¿cupido?

      —No lo sé, pero esta broma es de mal gusto. ¿No entra la llamada?

      —¡No me contestan!

      —¿Qué hacemos? Si nos vamos como si nada, él aparecerá, quien sea, de entre algún lado y nos lanzará una flecha. ¡Si nos quedamos aquí podría venir y atacarnos de todas formas! ¿Qué tal si tiene tan buena puntería que ni aquí estamos a salvo?

      —Tranquilízate. Puede ser ese puto recepcionista de nuevo. Es más, yo pienso que es él. Nadie vive cerca de estos rumbos. Quiero decir… ¿Durante el viaje alcanzaste a ver alguna casa o algo? Hay montes por donde sea y el siguiente pueblo está a muchos kilómetros de aquí. Dudo que alguien tenga el valor para meterse en la oscuridad y la osadía para caminar tanta distancia, y sólo para qué; para atormentar a una pareja de enamorados. No he visto ni una sombra, y tampoco un vehículo cerca. Es obvio que es él y bajaré a cerciorarme. ¡Lo pondré en su maldito lugar!

      —No, amor. No bajes —lloriqueaba y gateaba sobre las cobijas. Le jaló del pantalón, y con el terror en su cara pedía que no pusiese un puro pie afuera de la habitación—. Te pasará algo, lo sé. Presiento que ese sujeto nos hará algo muy malo.

      —No es más que un fanfarrón pervertido. ¿Por qué sigues creyendo que no es el recepcionista? No volveré a explicarte, mierda. Es nomás un pendejo con resentimiento que se siente solo y pretende hacerle pasar una mala noche a un par de tórtolos que se quieren mucho, ¿no? —se burló, pero por dentro sabía que aquella persona pudiese ser después de todo la encarnación del mal. Pero ¡al diablo!; ese gordo era lento, estúpido, y además estaba golpeado.

      Y salió. Pero no abandonó a Dulce sin antes dejarla encerrada y pedirle que no abriera la cadena a nadie.

      Mauricio solía creer que algunas personas sólo necesitaban un diálogo serio. El obeso podría ser uno de ellos. Quizá ese muchacho estaba atormentado por sus relaciones pasadas, destruidas, o tal vez inexistentes. Comenzaba a arrepentirse de haberlo dejado con las costillas rotas. Y trataba de dominar su incontrolable ira; no quería romperle un hueso o hacerle una verdadera cirugía facial; no, no, no. Pero ahí estaba su voz interior diciéndole que, para proteger a Dulce, lo mejor era dejarlo necesitado de un hospital. ¡Con un demonio! por ella haría cualquier cosa. Protegería a su dama aún más de lo que se cuidaría a sí mismo. Ella le necesitaba más que nunca. Entonces, con el vigor en sus músculos y la intensidad en su cabeza, caminó recto a la puerta de la recepción. No había recibido ninguna flecha. Corroboró su teoría: sólo eran habladurías para asustarlos.

      —¡Abre! Te dije que la segunda vez sería peor.

      Su cara estaba empapada. Su cabello se adhería a su frente en mechones que no dejaban de escurrir. Se los intentaba hacer a un lado. El agua se ceñía a su cuerpo con tanta fuerza que pensaba iba a pescar un resfrío a causa de la temperatura descendente. Su ropa pesaba y él se abrazaba para impedir con torpeza que más agua le cayera encima.

      Tras esperar varios segundos y ver la luz del televisor, otra vez, tiró una fuerte patada a la manilla y la puerta de vidrio se abrió hacia adentro como si le estuviese esperando. Una extraña sensación lo asaltó, pero la ignoró al caer en cuenta que se tardaba en admirar el cristal chocando contra la pared unas cuantas veces. Y al ingresar se sacudió cual perro todo lo que pudo y dejó un notable charco debajo de sus zapatos. Empezó a sentirse como un idiota al hacer lo que estaba por hacer; sin embargo, al acercarse al mueble donde aún descansaba su billete para pagar la habitación, oyó de nuevo esa escena para adultos.

      Pero era la misma mujer; la misma voz gemía y gemía de placer sin parar, como si la repitieran o el disco se encontrase rayado. ¿Acaso le gustaba tanto esa parte del film que la miraba hasta el cansancio, y sólo para hacerse…?

      Aligeró su paso y entró alerta a la recámara trasera: en la pantalla, al fondo, se reproducía la imagen de la chica, la misma toma, como adivinó. Había pedazos de papeles hechos bola en el suelo. El asco le hizo taparse la boca y reprimir una náusea, porque sabía qué eran aquellas cosas. No oía al tipo realizar el desagradable sonido en el cual pensaba, porque él se limitaba a estar allí, dándole la espalda en una silla y sin moverse si quiera. Acabó, y seguro que terminó exhausto de semejante labor.

      —Te atrapé, maldito perverso asqueroso —murmuró con odio y horror.

      Y qué se encontró al girar la silla. No se lo esperaba: el gordo tenía una flecha atravesando su ojo izquierdo, con un sendero de sangre a un lado de su nariz. La gota escurría bajo su mentón, muy rápido. Quien lo haya matado, lo acaba de hacer, y lo peor es que lo esperaba allá afuera.

      El miedo y el asco no se hicieron esperar, pues una inesperada reacción vomitiva apareció para encorvarlo con violencia y obligarlo a liberar una seria cantidad pegajosa de yema de huevo: amarilla, elástica y con partes transparentes de viscosidad brillante.

      Se limpió con la mano y salió de la sala, medio mareado. El miserable gordinflón había sido colocado allí por alguien que no sentía nada. Esa persona arrancaría el corazón latiente del cuerpo de su moribunda madre y no percibiría ni un gramo de dolor ni con recordar todos los momentos hermosos de su niñez; le quitaría la cabeza a un gato sin decir nada, y sólo pensaría: “Hey, mira. El interior del jodido gato es rojo, como nosotros”.

      Corrió, aterrado, pensando en que quizá Dulce estaba siendo víctima de una brutal violación. Pero nada más entrar en contacto con la pesada cantidad de lluvia cayó al piso, débil, deseando vomitar más huevo y siendo víctima de un ataque de tos. Su vista se nublaba; la impresión le llevaba a quedarse allí estancado, sin la fuerza para enfrentar el viaje hasta allá arriba para salvar a su amada. Decepcionado de sí mismo, se arrastró en el agua, dando torpes intentos para levantarse hacia la escalera.

      Aunque alguien lo sorprendió: una presencia apareció a su izquierda, cargando un arco y haciendo reverencias como de presentación. Era una sombra; una figura que había realizado su presentación en la obra de teatro para deleitar a los espectadores. Su encanto era visible, como un danzante maquiavélico proveniente de un musical sobre la vida y la muerte. Hasta los aplausos, emocionados, podía oírlos detrás de él.

      —Hola, bebé —le dijo aquel carismático personaje al acercarse. Y entonces su apariencia se reveló bajo una tenue claridad.

      No era lo que Mauricio esperaba. Sus características iban de acuerdo al día. Estaba festejando; o si es que así se le podía llamar a lo que hacía el comediante ese. Una careta de niño rubio sonriente, una chaqueta negra sin abrochar, un pantalón delgado de tintes dorados extravagantes y brillosos y una camiseta roja que decía en letras blancas “San Violentín”. Y lo último que divisó debajo de esas letras antes de dormir fue una imagen de un angelito sosteniendo una pistola disfrazada de arco. Antes de dormir, sí, porque Cupido le había dado un golpe inolvidable y fantástico en la punta de la nariz.

***

      Una punzada sobre el puente de su nariz llegó para atormentarlo. Estaba inmovilizado, y sin la posibilidad de sobarse, rugía como un animal herido y quejumbroso. Aun intentaba recordar cómo había sido sometido. Su primera teoría consistía en un golpe de palo metálico. La solidez del artefacto le dejó con el tabique desviado o quizá roto. No, eso no podía ser. Había algo más uniforme que un palo de hierro. Y luego, así nació su segunda teoría: un trazo de media luna en el aire con la propia ballesta. Sí, así fue como durmió.

      La resolución de aquel misterio activó su conciencia de golpe, como recordar un hecho olvidado y de suma importancia. ¡Bum! Allí estaba de nuevo Mauricio en la vida real; una cruda y triste realidad.

      —Despierta, bebé.

      Los llantos de su amada sufrían en su nuca. Así evaluó la situación: atrás, atada a su espalda, estaba Dulce, llorando y gimiendo de miedo. Sus cuerpos estaban rodeados por un fino y áspero cordón que apestaba a nuevo; algunas etiquetas colgaban de éste, comprobando que el malvado lo había comprado recién en alguna ferretería de paso. Sus manos y sus bocas estaban unidas por cinta gris. Al menos podían mover sus cabezas.

      Volteó a ver al criminal de la máscara de Cupido y le lanzó la mirada más desafiante y llena de odio que pudo encontrar en su repertorio de gestos malignos. El villano se sentaba a admirarlos y a llamarles “oh, mis bebés” en múltiples ocasiones. No sabía si se divertía, si estaba furioso o qué; solamente estaba al borde de la cama, tomando su ballesta cual bastón aristocrático y rascándose su barbilla plástica, discutiendo consigo mismo su próxima jugarreta. Pero seguía con sus tontas repeticiones de “oh, mis bebés”.

      —¿Qué voy a hacer con ustedes? Son los más encantadores —decía, y se levantó sosteniendo su precioso artilugio de caza—. Son los más encantadores que he tenido jamás —fingió una alegría conmovida se acercó. Ellos continuaban con su lucha de gruñidos y pataleos violentos y enojados.

      Cupido tomó el arma y apuntó a los enamorados llenos de mordazas. Pero con tan sólo ver de cerca una flecha a punto de dispararse, cerraron los ojos y rehuyeron la mirada. Sí que intimidaba ver ese potencial filo tan cerca, y eso le divertía a Cupido; sus risas y bailes excitados lo demostraban. Tenía un cierto carácter afeminado: reía como chica, saltaba de emoción como una chica y aplaudía contento como una. ¿Quién era, un aficionado homosexual de asesinos en serie? Mauricio no se explicaba el origen de esa actitud tan extraña. ¡Un fenómeno de persona los acababa de secuestrar! Y su voz era lo peor, pues actuaba de una manera muy caricaturesca. Imitaba a un payaso de fiesta infantil.

      —Ahora tendré que matar a uno de ustedes dos. Me pregunto quién sería: la linda de chica de abultadas, redondas y perfectas mejillas —le apuntó a Dulce, quien expulsaba cascadas completas de lágrimas—, o el caballeroso, iracundo, protector y hermoso muchachón de telenovela —le apuntó de regreso a Mauricio, sin miedo y rojo de hervir. Sin duda sería terrible liberar a esa criatura deseosa de venganza.

      —Se los digo: ustedes son como de ficción —continuó—. Si hubiesen realizado para mí la gran escena de sexo que tan amablemente les pedí no estaríamos en esta situación tan vergonzosa —fingió consternación—. Ustedes lo hubiesen disfrutado más que yo, obvio. Yo allí mirando, ni si quiera notarían mi presencia, y ustedes cogiendo muy rico… ¿Verdad que no era difícil? ¡Ah, pero lo mejor era echar todo a perder! —afirmó, enojado—. Les gustó más jugarle al detective, buscando al culpable como si todo lo que estuviesen pasando fuera un terrible crimen. No puedo creerlo. Si tan fácil que es joder a tu pinche novia —y para liberar esa cantidad de ira, pateó en una costilla a Mauricio; éste lanzó un aullido gutural y lastimoso.

      —¡No, no, no! Suéltanos —pronunció Mauricio dentro de su boca. Las palabras eran sofocadas por la cinta, pero para Cupido eran claras.

      —¿Que te suelte, dices? —preguntó Cupido. Se agachó y aproximó su careta de plástico con una lentitud siniestra—. Mira, niño bonito. Tengo una pregunta para ti: ¿es genial ser la primera opción siempre? Oh, es verdad, no puedes hablar.

      Cupido puso su mano mal oliente encima de la cara del hombre, y frotó con dificultad sus dedos despiadados bajo su nariz. Arrancó de un jalón la cinta gris y Mauricio protestó.

      —¡Maldito enfermo hijo de puta! Si estuviese desatado me tendrías miedo y no estarías diciendo estupideces.

      —Cállate —abofeteó con suavidad cada lado de su cara—. Cállate, cállate, bebé. Si estuvieses desatado yo mismo tomaría mi ballesta y te metería esta flecha por el ojete. Claro que no eres tan veloz como yo. Mi puntería ha sido perfeccionada y muchos son testigos de ella. Si no me crees, algún día yo personalmente te llevaré a mi guarida. Allí descansan cadáveres de todos los tipos: unos corrían zigzagueando, creyendo que así no les iba a dar, pero ¡zaz!, de la nada tenían una flecha en sus gargantas. Y también, bebé, algunos que corrieron hacia mí con la intención de pegarme. ¿Qué crees? Les acerté aquí —se señaló la frente—. Aquí merito, merito.

      —Eres un imbécil. Crees que por manejar muy bien ese pinche arco vas a cargarte a todo el mundo. Claro que no —retomó confianza; Mauricio reunía sus fuerzas perdidas y comenzaba a desafiar al monstruo Valentín—. Claro que sin esa arma no eres nada y en una pelea a puño limpio perderías todos tus dientes —sonrió con soberbia.

      Cupido se incorporó y celebró con ovaciones la contestación de Mauricio.

      —Bravo, bravo. ¡Y allí está la razón por la que los amo, par de bebés! Bravo, bravo, bravo —volvió a parlotear con tono afeminado—. Queridos niños amantes, son un par de tiernos besucones —gruñó como toro enfadado. En seguida, podía percibirse una cara ensombrecida debajo de la careta—. ¡Es por ello que el que va a morir serás tú! Felicidades, te has ganado el pase exclusivo al paraíso —levantó la ballesta y puso su dedo en el gatillo.

      —¡No! Espera, mierda, espera por favor. Si nos dejas ir, nos vamos y no le decimos a nadie. Lo juramos. No tienes que hacer esto.

      —¿No quieres morir? —preguntó, inocente.

      —¡No!

      —Ay, qué mal. Yo pensaba que sí —se puso cabizbajo.

      —Si… —trastabillaba—. Si-si… ¡Si nos dejas ir no haremos nada!

      —Bueno, pero qué cobarde me resultaste ser, me decepcionas —su acento ahora era un poco más peculiar—. Oh, señor, no. Y yo te creía un héroe de novela. ¿No se supone que los grandes machos de historias de romance no hacen esas estupideces de pedir por ayuda? ¿No se supone que no le temen a la muerte los muchachones fornidos como tú? No sé, pero este San Valentín no me está agradando. Las parejas ya no son como antes. ¿Dónde quedaron esos protagonistas hombres que daban todo por su mujercita?

      Durante toda la palabrería del perverso Cupido, Dulce había gritado y saltado sobre sus nalgas con más esfuerzo. Parecía tener algo para decir. El ángel rostro de niño y perseguidor de enamorados se acercó a la jovencita para preguntar cuáles eran esas palabras desesperadas por salir de entre sus tiernos labios.

      Le arrancó la cinta de la misma forma rápida y Dulce pudo hablar.

      —¡¿Quién eres?! ¡¿Por qué carajos haces esto?!

      Dulce dejó de ser la mujer con miedo que había sido hace instantes. La dureza en su voz denotaba una valentía aparecida desde lo más oscuro de su ser. Dispuesta a atacar de preguntas al malo de los pantalones dorados, siguió exigiendo información con la histeria más aterradora.

      —Oh, bebita. Sí que das miedo —sonrió con malignidad—. Me encantas, niña. No sólo eres una carita bonita, también eres una auténtica guerrera.

      —No creo que tengas una serie de asesinatos en tu historial, payaso de porquería. Nomás decidiste vestirte de maricón para atormentarnos.

      —Eres tierna, bebita; o debo decir dulce. Eres muy “dulce”.

      —¿Qué?

      Cupido brincó de emoción y chocó sus manos en ese repetido ritual de movimientos patéticos y raros.

      —¿Sabes mi nombre? —preguntó, curiosa y perturbada.

      —Oh, ¿y quién no sabría el nombre de una persona que lo lleva en los ojos, en la voz y hasta en su personalidad? Quien no se haya enamorado a primera vista de ti, no puede jactarse de saber tu nombre, bebita, bebé.

      —¿Quién eres? —volvió a preguntar, ahora lo hacía despacio y con la intriga al borde de su lengua.

      Cupido hizo a continuación un movimiento sutil: con parsimonia, llevó sus manos a la máscara de ángel y reveló poco a poco partes de su cara. Claro que, para Mauricio, él era un desconocido; un joven que podrías encontrar en el transporte público, o formado en una fila para entrar a la película de estreno más esperada del año, o ser el compañero de escuela que no habla con nadie y se aísla para ocultar su timidez. Cupido podría ser un joven cualquiera, del que ninguna persona sospecharía crimen alguno.

      —Eres tú —dijo Dulce, asombrada. Pero su rostro se transformó de repente en un gesto de horror. Millones de recuerdos volvían a entrar a su memoria, y no recordaba la mayoría de ellos después de conocer al recepcionista.

      —Sí, soy yo, Dulce —levantó las comisuras de sus labios, en un estilo encantador que Dulce no le conoció jamás a esa persona desconocida para todos.

      El chico, sobre sus veintes también, tenía las facciones de un egresado de la universidad. Mauricio intuyó que era estudiante de la misma clase de Dulce, hace algunos años. Y no se podía equivocar; se corroboraba después con los comentarios de su propia novia.

      —No has cambiado nada —confesó también—. Sigues feo y lleno de granos. Tus cachetes continúan inflados y aún pareces el gordo ridículo del que los demás se burlaban. Si antes me dabas mucha pena, ahora no hay tanta diferencia, José. Siempre mereciste esos castigos que los abusones del salón te hacían por ser un tipejo de rincón. Dime, ¿qué se sentía estar en la banca más asquerosa, y aparte, descompuesta? Quería saberlo todo este tiempo, pero nunca me atreví a preguntar.

      —Y tú todavía eres superficial, cruel y honesta, Dulce. ¿Sabes? No es la primera vez que me lastimas con hablar así. Muchas veces dolieron tus comportamientos con respecto a mí. ¿Recuerdas a ese niño que se moría por ti? —movió el índice y atropelló las palabras—. Obvio que lo haces. Él soñaba contigo cada noche, pensaba en ti durante las clases y por eso se distraía, para mirar lo bella que eres; él le contaba a los demás sobre ti, a esos que pretendían ser sus amigos interesados; y quien también fue engañado e ilusionado muchas veces. ¿Amigos? Sí, eso es lo único que sabías decir. Pensaba que al menos siendo tu amigo estaríamos juntos. Pero esa falacia era una jodida tortura —aventó la máscara con odio—. ¡No éramos amigos! ¡No éramos nada! Sólo era tu maldito pañuelo: el que estaba destinado a secar tus lágrimas, escuchar tus relaciones y sólo aquellas con hombres bonitos; destinado a recibir besos en la mejilla. Yo te di muchos consejos y a tu lado fui feliz y desgraciado.

      »Conté el tiempo: dos putos años siendo el mejor amigo. ¿Pero quién me iba a aconsejar a mí? ¿Quién me iba a decir que era un pendejo haciéndole caso a una preciosa niña manipuladora? Tuve que darme cuenta por mí mismo —caminó y se acuclilló para decirle más de cerca las siguientes palabras: —Ese niño de sentimientos nobles ya desapareció. Y no me digas José, ese nombre ya murió junto al imbécil que lo portaba. Me di cuenta después que no tenía sentimientos, sino caprichos. ¡Sí, así es! Yo no tengo sentimientos, porque jamás me enamoré, sólo me encapriché. Aunque fueron caprichos hermosos. Luego, como decía, descubrí que era un chico vacío y de corazón frío. Gracias por ayudarme a saberlo, Dulce.

      —Qué triste historia —dijo ella fingiendo desinterés.

      Por dentro lo sabía; estaba segura que nunca fue su intención lastimarlo así. ¿Y luego? Era ya su culpa haber creado a un depredador con tales características. No, ese miserable demonio ya estaba guardando una personalidad oculta en lo más hondo de su existencia. Y, aun así, sentía un penetrante remordimiento palpitando y creciendo en el centro de su cerebro. Debía convencerlo, antes de que su corazón dañado le dictara mandar a uno o dos cuerpos a una tumba improvisada en los bosques.

     —Sí, una trágica y terrible historia que te llevará a conocer el inframundo. Me estoy decidiendo por ti, bebita. Tal vez merezcas morir tú y no el muchachón, ¡de esos que tanto te gustan!

    —Te equivocas, José —se veía de una tristeza más natural. Dulce buscaba las mejores palabras—. Sí significabas mucho para mí. Eras la persona que siempre estuvo allí y por eso te quería mucho…

     —¡Ajá! —expresó, incrédulo—. ¿Y por qué nunca me diste la oportunidad? Sabes que yo te adoraba. Oh, espera, ¡ya sé! —chasqueó un dedo—. Es por mi cara horrible y con granos, como bien dijiste hace rato.

      —Lo siento mucho. Es que… Es que no me gustabas, José. No eras de mi tipo. Estoy segura que muchas chicas andarían contigo. Mírate: incluso me pareces gracioso y encantador —señaló con el rostro—. Si no te propones matar a nadie comportándote así, serías más bien un amigo muy divertido que haga chistes y se vista cómico para alivianar las reuniones. Cuando te conocí eras muy tímido y casi no hablabas con nadie. Pero ahora eres tan libre… ¡Pareces el alma de una fiesta! —se desesperaba, y José no lucía aliviado por los cumplidos.

      —Ay, bebita. Si hubieses dicho con honestidad que eres superficial, tal vez habrías salvado al bebé —y volvió a ponerle el filo de la flecha por salir en la cara a Mauricio.

      —¡Sí, lo admito! —intervino—. Admito que prefiero un físico. ¿Y quién no? Si eso se llama ser superficial, entonces confesaré con orgullo mi crimen, José. Prefiero a los chicos guapos. Siento que merezco a la persona que yo creo merecer. Si te rechacé es porque eras más como mi hermano. Tú me ayudabas a sentirme mejor: me decías qué hacer para remediar los corazones rotos, me ayudabas a ponerme en pie, ibas por mí al salón cuando nos tocaba en clases distintas, me comprabas comida, eras muy lindo conmigo; todas las cosas que los mejores amigos hacen. Pero así eras para mí, entiende. No era sólo tu físico, sino tu actitud. Para mí un hombre debe ser seductor, que me haga sentir emociones fuertes, que se convierta en mi montón de detalles sensuales… ¡Para mí! Así son mis gustos. No quiero un niño desesperado y tiernito que me regale osos cuando estoy triste, ni uno que escuche todo lo que hicieron los pasados como si le importara, o tampoco uno que no me haga suspirar cuando lo vea, y menos que me ahorque con palabras cursis o saludos de buenos días. Huyo cuando se ponen intensos, José. Y así eras tú. Si no lo sabes bien, tu personalidad es extraña, inestable, ¡y ahora eres violento, cruel y vil; capaz de matar! Jamás me dejaste descansar de ti. No quería decirte esas cosas porque sabía que eras demasiado sensible para escucharlo de mí. Ahora una obsesión y una envidia te han nublado el juicio… —sollozó y bajó su cabeza.

      Cupido, como si del final de su propio y exitoso musical se tratase, aplaudió nuevamente; ésta vez su semblante serio y satisfecho se asemejaba con el de un espectador que había visto la mejor obra de su vida. Y no paró de chocar palma con palma hasta que comentó al respecto:

      —Bebita, bebita. Felicidades. No, en serio. Si tuviese un jodido sombrero en mi cabeza me lo quitaba. O si tuviese en mis manos un ramo de rosas te las lanzaba allí a tu escenario. Ojalá me hubieras hablado con esa sinceridad hace años. Ponte a pensar en el mundo, por ejemplo. Las personas viven sus relaciones llenas de falsedad e hipocresía. Es más, toda relación, por más pobre que sea, lleva un grado de mentira. Las parejas, los amigos… Todos ellos tienen ese detallito en común: se mienten mutuamente, todo el tiempo. Qué curioso. No pueden ser honestos al cien por ciento, porque si así fuese, se odiarían y se lastimarían. ¿Qué sentido tiene una relación, si a los días ya se han compartido todas las inconformidades? —mientras filosofaba en su mente y pretendía continuar con el discurso, se sentó al borde del colchón y abrazó su arma—. La mentira es necesaria para mantener el orden estable de ciertas cosas. Pero en tu caso no resultó. De hecho, nunca pensaste que tu vida dependería de no seguir el ejemplo de los demás. Me impresiona el hecho; cómo el destino lo ha realizado y te ha llevado hasta donde estás ahora.

      —Es un punto interesante —confesó Mauricio, melancólico—. Eso explica muchas desgracias en mi vida. He fracasado en el amor antes, y todos ellos son por esas cosas que dijiste —miraba el suelo, como aceptando que no iba a volver con vida ni al estacionamiento del hotel.

      —¿Ves, bebita? A estas cosas me refiero. Y a eso le llamo el perfecto error. Es un error para ti porque ha escrito tu muerte; no obstante, perfecto para mí porque Dios, o quizá alguna fuerza ajena al destino mismo ha permitido que depure mi mente de dolor. Y es que el destino te lleva a las cosas que mereces ver en tu vida, pero el error perfecto siempre favorecerá a uno y maldecirá a otro; de este modo es como se rige el oscuro azar. Cientos de coincidencias que abren otras realidades buenas o malas todos los días. Y tengo fe en que algunas son capaces de ayudar a algunos elegidos. ¿Sabes qué otras cosas son errores perfectos en tu contra, bebita?

      Dulce se sentía estafada, decepcionada porque Mauricio ya no decía nada y estaba allí atado sin moverse, rendido. Ella permanecía en silencio durante segundos, aunque él no hacia seña de desear seguir adelante. ¿Qué le pasaba a su novio? No estaba herido; eran dos contra uno. Pero Mauricio ni lloraba, nada más suspiraba acompasado.

      —Por favor, José. Déjanos vivir. Perdóname. Por todo ese sufrimiento te pido perdón. Si aún me quieres, no me hagas esto. Iba… —exhaló, con el pulso galopando fuerte en medio de su pecho—. Iba a ir a una convocatoria de talentos. ¿No te provoca nada eso? Quiero representar a nuestro país en gimnasia. ¿Te imaginas prender la tele, ver los juegos olímpicos y saber que ganamos una medalla de oro? ¿No te daría orgullo? Mi mamá no sabe si quiera nada sobre mi participación en las convocatorias. ¡Le quería dar una sorpresa!

      —Bebita, estoy seguro que harías muchas cosas. Todos quienes han muerto temprano iban a hacer algo importante. Tal vez uno de los que maté encontraría la cura del sida en trece años, o puede ser que otro de ellos metiera el gol en la final del mundo para el primer campeonato. Así funciona esto. Así funcionan los errores perfectos; muchas cosas buenas también sucedieron a partir de sus muertes.

      —No es justo, yo quiero vivir. No queremos morir —su voz era más lastimera—. Todavía me gustaría ganar medallas y dedicarlas a mi país…

      —Amor —decía Mauricio con su enajenación—. ¿No te das cuenta? Ya no tiene sentido. Él no va a desistir. Ya intentaste todo.

      —Como te decía —continuó Cupido, yendo por su máscara al otro lado de la recámara—: te reconocí después de muchos años en un café de Guadalajara. Había una probabilidad en un millón de que aquello pasara, Dulce, y más si era un día al año que hago esto —se la colocó, y su timbre se opacó. Regresó—. Los seguí desde allá, durante horas, y lo mejor es que no se daban cuenta. La carretera que ustedes habían tomado no llevaba intersecciones o entronques. Cuando te vi supuse que era el tiempo de tomar una pareja nueva y más importante que las demás. Entonces, alístense —empuñó el arma—. Será rápido, se los prometo. ¡Ah! Lo olvidaba, dense el último beso, mis bebés.

      Dulce lo aceptó: iba a ser asesinada por su propio pasado. Aun en el más allá seguiría preguntándose si había sido ella la causante de que José se convirtiese en un monstruo o no.

      Y obedeció: se dio la vuelta lo más que pudo y encontró a Mauricio; sus delgados, húmedos y dulces labios estaban listos para dar ese ansiado tacto. Ambos empezaron a hacer el amor con sus bocas. Él invadía con su lengua y mordía con sutilidad a Dulce, quien hacía honor a su nombre en el sabor, en la manera de hacer las cosas. Pero la chica permitiría todo, no le importaba sangrar si era la única forma de despedirse. Estaría dispuesta a cualquier muestra salvaje de pasión si con ello manifestaba su deseo de tenerlo del otro lado, en la dimensión divina. Mauricio lo notaba, Dulce besaba ya desesperada, marcando su territorio; lo que con orgullo era suyo, y lo que también tendría consigo a la hora de inexistir. Él se entregaba; le decía sí y le pedía le llevara a un mundo donde pudiesen seguir juntos, para la eternidad…

      —Qué conmovedor —volvía a emocionarse—. Son tan lindos. ¡Feliz día del amor, mis bebés! La amistad no, esa que se joda.

      —Te veré pronto, Mau —él le miró inquisitivo; aún se preguntaba si lo que estaban viviendo era real o no. Más que miedo a la muerte o a perder a su amada, de ser engullido por un torbellino negro sin el paraíso prometido, cuestionaba al amor, a la suerte, a las órdenes que dirigían al universo.

      Dulce encontró aquel sentimiento y se vio abrumada por la incertidumbre. ¿Qué seguía después?

      Cupido apretó el gatillo. La flecha fue expulsada con una enorme velocidad a través del aire, ya contagiado de tristeza y vidas detenidas por errores de la perfección. Mauricio fue el primero en recibir el embate de un furioso y raudo filo: su sien fue el blanco para el proyectil. Y ante los ojos de Dulce, un espectáculo de sangre se llevó a cabo, manchando su rostro angelical, la alfombra con motivos indígenas, y, sobre todo, la pared contigua a sus presencias. Miles de gotas carmines volaban por los aires y empapaban las demás cosas a su paso. Aunque, en el preciso instante en el que el cráneo del galán era atravesado, Dulce creyó ver la extinción de su alma, reflejada en las lívidas pupilas de Mauricio.

      Se había ido, y no sabía si con un buen sabor de boca o no, por mirarla antes de morir.

    Pudo haber sucedido en horas o minutos, pero allí estaba la huella de un terrible crimen. Su mente fluía atascada; podía ver el crimen, el horror y la detestable verdad que cambiaría su rumbo dentro de unos instantes. Pero no comprendía; no hallaba una respuesta al mal que presenciaba. De muchas personas crueles que conoció en el camino, nunca una había sido tan poco sospechosa. José era un caramelo, y uno muy empalagoso para su gusto, pero lo era. ¿Quién era hoy?

      —Ahora el bebé ha cumplido con su magnífica tarea —dijo el malnacido—. Sigues tú, bebita.

      —No

      —¿Qué? ¿Todavía no lo comprendes? —tartamudeó, como con un problema en su lenguaje—. No-no-n-n-o… ¿No te, te lo dijo tu propio novio? ¡Es inevitable! —y logró que Cupido experimentara una curiosidad auténtica. Él deseaba saber qué pasaba ahora por la mente de la chica, tan distanciada y diferente.

      Dulce no apartó sus ojos pétreos de la escena: de espaldas, Mauricio sangraba con ese palo enterrado en una parte de su cabeza, agachado, como haber tenido una gratificante borrachera de cinco horas. Lucía como un durmiente, un lindo y pacífico soñador que despertaría al día siguiente. Y preguntaría: “¿Ya nos vamos a Pachuca, mi amor?”

      De repente, una pesada energía malévola surgió desde sus entrañas. Sentía una corriente de poderío e inteligencia cruzando por las venas de su cerebro. Recibía con una gran bienvenida varias ideas para salir de ese sitio. Sin duda, su fuerza física era ahora capaz de levantar tres coches. No importaba quién era ese malnacido de vestimenta rara; no era el día en que Dulce moriría. Cupido sólo era un hombre y nada más; un estúpido bastardo que cometió el error “perfecto” y se metió con la persona equivocada.

      —No me mates, tengo una idea. Después de todo, lo he pensado —su afirmación era tranquila. Cupido generó sus propias sospechas.

      —¿Qué has pensado?

      —Vámonos juntos, José.

      —¿Y a qué viene esa pendejada? —se carcajeó, seco y con expectativa.

      —Pues… ya sólo quedamos tú y yo. Podría venir un visitante y encontrar este desastre. Debemos ocultar el cuerpo en algún sitio dentro del bosque, antes de que llegue la policía u otra persona queriéndose hospedar.

      —¿Por qué vendría la policía? ¡Aquí no hay nada!

      —Es que… hace rato, tú bien sabes que Mauricio golpeó al recepcionista. Lo dejó bien madreado. Lo más seguro es que él haya llamado a la policía.

      —Sí, yo vi todo. Tu novio pendejo se aprovechó del pobre marica de abajo. Pero yo me aseguré de asesinarlo. Lo encontré haciendo lo que más le gustaba —echó otra risilla siniestra.

      —Pero olvidaste una parte. Él… él se levantó al teléfono. Yo lo vi, aunque no quise decir nada para molestar a Mauricio. ¡Rápido, tenemos que irnos!

      —La policía ya habría llegado, entonces.

      —Ya tiene rato, no seas güey. Quiero decir, vámonos tú y yo. No me importa si viene rápido o lento. Me urge irme. Quiero hacerlo contigo. ¿No quieres acompañarme a Pachuca?

      —¿Y quién dijo que ya tenías el derecho de vivir?

      —José, por Dios. Tienes la oportunidad de tu vida y no te das cuenta —las expresiones del asesino de novios bonitos parecían razonar la situación. Si ese maldito malnacido era capaz de pensar así, por tanto, debía suceder algo mal en su cabeza. Dulce asumía también la culpa, por haber liberado ese verdadero ser que su antiguo mejor amigo ocultó estos años—. Mauricio está muerto, yo estoy soltera, debo llegar a un lugar y necesito que un hombre me lleve; a pie o en auto, no importa. Te necesito —sus labios se engrosaban casi por naturaleza.

      —Yo… no sé. Estaba por llevar a cabo mi mejor asesinato.

      Tal vez José estaba orgulloso de ser un asesino en serie con patrones específicos en su modus operandi, los cuales le hacían creer que era original; sin embargo, él pecaba de ser él mismo. Dulce le conoció durante varios días y meses. Ella bien averiguó el punto débil de su actual agresor: grandes ilusiones eran fáciles de elevar para darle alas, y si se las ponía, ahora sí sería un auténtico cupido. José caería una y otra vez en la trampa; en su trampa. Dulce vio muchos chicos con los que podía jugar, pero ninguno era como él: especial, tonto, manipulable.

      —Si me matas no tendrías nada. ¿No siempre me quisiste?

      —¡Pero eso ya no! ¡Ya no te amo, lo juro! Y voy a matarte, aunque digas que no —hablaba como un niño indefenso.

      Cargó la ballesta con otra flecha, o eso intentaba, porque de pronto temblaba y no podía hacerlo bien. Estaba transformándose en el mismo infante nervioso, débil y torpe. Parpadeaba, como quien pretendía dar una inútil mentira ante su jefe de trabajo.

      —Deja eso —le pidió ella, cariñosamente—. La verdad me gustaría que te aliviaras, José. ¿No estás cansado de que cada noche te acuestes y llores por la chica que te ignora? —José se detuvo en su recarga y miró a la sensual Dulce. Se volvió a quitar la máscara—. Sé cómo se siente abrir tu red social, lo que sea, y no recibir tan si quiera un mensaje de “hola, ¿cómo estás”. Me deseaste incontables veces los buenos días. Y… yo jamás te mandé nada. También sé que te afligía no recibir nada de mí. Esperabas y esperabas. Es horrible no ser correspondido y estar a los pies de esa persona. Y lástima que aquella sólo prefiera a otros y no a ti.

      —¿Adónde quieres llegar, bebita? —sollozaba con desquicio.

      —Ese infierno va acabar cuando me sueltes y nos vayamos. Quiero estar contigo. ¿Sabes qué? Yo igual extraño esos días junto a ti. Confieso que sí me hacía sentir muy bien.

      —¿Y por qué huiste? —sus ojos eran los de un gato encantado; en vez de mirar una bola de estambre o atún, miraba a una suculenta respuesta pendiendo de las manos de su dueña.

      —Porque estaba confundida. ¡Pero ya lo entendí! Volveré a tu vida y todo como si nada. Estaremos al fin juntos. Ya no me queda nada. Estoy sola, desamparada.

      José estaba tentado a lanzarle una flecha para callarla. Aunque… ¿Y si después se arrepentía por no haber estado con ella? No conoció jamás el sentimiento de la culpa, y esta vez lo temía. Por fin sería para él esa ansiada chica que tanto adoraba en la universidad.

      —¿Cómo sé que no vas a volver a abandonarme? Bien sabías que sin ti me volvería un monstruo. Siempre tenía miedo de hacer cosas ilícitas, o que las hicieran por mí —jalaba mechones de su propia cabellera. Lágrimas se asomaban por encima de sus párpados, amenazando con una fuerte tormenta de inestabilidad. Un episodio más se acercaba; iba a colapsar como antes—. Ayúdame, Dulce. Siento que no soy yo cuando hago estas cosas. Hay una persona desconocida que se mete a decirme qué hacer. Y cuando lo hace, enerva todos los pensamientos negativos que hay en mí. ¡Ellos se ofenden ante los insultos y las chispas de odio salen! No me puedo controlar —se arrodilló.

      La chica le miró con compasión. Era un muchacho atormentado por el daño psicológico quizás ejercido por su entorno; o la sobreprotección de su madre a los doce años cuando le castigaban a golpes por salir de casa, o, por último, las pérfidas bromas de grupos de adolescentes y niños malvados. En aquel instante, Dulce percibió por primera vez una real lástima por el pequeño José.

      —¿Alguna vez has besado a una chica, José? —le dijo, con la sinceridad más fabricada y lúgubre que haya usado.

      —No —él levantó su mentón. Estaba desesperado, extasiado por la belleza de su eterno amor platónico y urgido de cariño plástico.

      —Si me desatas ahora, te daré un beso romántico cual debe ser —miró de soslayo la ballesta, tan descuidada—. Ven y quítame estas cosas. Vámonos a explorar el país. Acompáñame a los mercaditos a mirar los recuerdos que venden allí. Tomemos malteada del mismo vaso. Veamos las mismas películas y compartamos cama, pero ven conmigo.

      Y Cupido, parecido a un perro al que le echaban un pedazo de filete crudo, acudió al llamado de la dama en peligro. Saltó, lleno de felicidad y se apresuró a deshacer los nudos y romper las cintas.

      Dulce estaba tensa; caminaba sobre una cuerda floja en la que el abismo no tenía apariencia física, o algún color en especial. Y podía caer si cometía un error. Una palabra mal dicha y se perdería todo al diablo.

      —Así se hace, amor. Ya haces lo correcto. Muero por probar tus labios, que jamás pude degustar con los míos.

      —Increíble que a estas alturas me des el sí. He esperado por esto tanto tiempo… —decía el niño emocionado por abrir su regalo de Santos Reyes.

      —Tenía que darme cuenta con suceder algo fuerte, amor. No puedo creer que haya sido tan tonta, tan ciega.

      Dulce pudo liberarse. Extendía sus extremidades, se desperezaba, respiraba hondo, giraba el cuello, crujía sus articulaciones y se sobaba las nalgas casi aplanadas por el suelo. Estaba contenta por haber convencido al demonio de no arrastrarla al infierno. Aunque se encontraba alerta de no estropear el plan para obtener el arco.

      Abrazó a José y tragó saliva, temerosa. Cupido se aferraba a ella, pero no con el amor que sentiría de una pareja normal, sino con el hambre de un obsesivo y enfermo. Lo soltó y lo miró a los ojos: unos irises ávidos de posesión, esperando obtener el agua que calmara la sed, la llama inacabable del martirio o la incandescente tempestad.

      De la nada, ella sintió un fuerte apretón en su cuello. Sus dedos le cortaban la respiración, apenas un pequeño y tenebroso porcentaje. La mano del villano temblaba, la estrujaba y comenzaba a lastimarla. Dulce le miró con miedo; el terror en sus ojos la delató. Pensó que la había descubierto. No había otra razón. Y la horrible cara de ese enfermo mental se concentraba en sus rasgos femeninos: se deleitaba con cada curva sobre sus labios, admiraba el color de sus ojos, que, en la incansable iluminación se presumían azules, y también tenía una fijación con sus labios hinchados; entre más la ahorcaba, más engordaban.

      —No volveré a perderte —dijo, apretujándola como a un pato. Con dicha violencia exigía reacciones de su parte. Dulce reducía sus contestaciones a gemidos y ruegos.

      —Por… favor, José. ¿Qué estas… haciendo?

      —Me encantas, Dulce Santillán Velázquez. Desde que te vi supe que serías mía hasta el final. Me iba a infiltrar como una amistad más. Sabía, oh sí, lo sabía; alguien con el poder de controlar los eventos que suceden a través del tiempo estaba de acuerdo conmigo. Pude haber ido a comprar un helado esa mañana. Pude chocar con una motocicleta, que es real: ese tarado se me cruzó en una luz roja. O bien, pude toparme con una pareja totalmente distinta. Pero te pusieron en bandeja de oro para mí. Cuando te subiste al auto de ese idiota, miraste la catedral del centro y sonreíste. No ibas a adivinar nunca que al Dios que representaban aquellas obras de arte te traicionarían. Gracias —lloriqueó de alegría—. Gracias por cruzarte en mi camino —apartó su odiosa garra.

      Dulce ya deliraba, el conocimiento alcanzó a nublársele un poco. Mareada, se tomó de la garganta y tosió.

      —Tienes razón —contestó—. El destino nos ha traído a este momento —estaba harta de su filosofía enfermiza sobre universos conspiradores, y, de todos modos, necesitaba convencerlo. Llevarle la contraria sería firmar una sentencia de muerte.

      La joven regresó a su posición normal, encaró al malnacido y le robó un beso, con la técnica que ya tenía bien practicada. José había esperado por años ese regalo, y bien que lo aprovechó, porque sintió como una parte de él estaba en el mundo, y otra viajaba al cosmos y nadaba entre millones de estrellas. El beso fue largo, tentador, sensual, químico, lleno de lujuria, mezquino y muy asqueroso. No supo ni ella misma cómo evitó alejarse de él para arrojar una traslúcida y viscosa masa estomacal.

      Dulce le empujó hasta la cama, insinuando una pronta escena de sexo. Mientras la chica contradecía a sus pensamientos negativos, obligó a su propio cuerpo a encenderse para irradiar el calor que engañaría al olfato enemigo. José cayó de espalda, y confusa, empezó a esconder sus nudillos bajo la camiseta roja de San Violentín. Observaba el estampado: un nombre muy estúpido para un pedazo de tela. Masajeaba el abdomen del muchacho con maestría; subía sus manos acariciando con fuerza su piel y regresaba con un tacto delicado, provocado por sus talentosas yemas. Él se estremecía y cerraba sus ojos de gusto. Y cuando José cumplía ya su sueño de tener en cuerpo y alma a la joven Santillán, ésta ya le echaba miraditas al glorioso arco del amor.

      —Sigue, sigue —pedía el asesino—. No pares de tocarme así.

      Dulce iba a quitar su camiseta, y justo en el momento de pasarla sobre la cara, decidió oprimirle el rostro con toda su fuerza. Había una sola intención: ahogarlo hasta que pataleara como un miserable moribundo.

      Con un salto aprendido en la academia de gimnastas voladoras, Dulce se hizo con la ballesta, entre tanto, José trataba de quitarse la remera forzada en su cabeza. Él no comprendía a qué iba todo. Pero era muy tarde para hacerlo; ya una mujer muy enfadada tenía el arma sobre su frente.

      —No te muevas, malnacido. Juro que voy a volarte el cráneo como lo hiciste con mi Mauricio.

      José se burló ampliamente y dijo:

      —Ay, bebita. Qué tonta eres. ¡No tienes flechas en el arco! No cargué mientras intentabas mentirme —afirmó, resentido. Sí, ese ingenuo se la volvió a creer, como en los viejos tiempos.

      —¡Cállate, precoz de mierda!

      Dulce demostró no requerir de flechas en el arma; con un trazo parecido al que Cupido hizo allá abajo para poner a dormir al ya fallecido galán, la muchacha atizó un buen golpe que fue de derecha a izquierda, lleno de rabia y energía. El semicírculo bastó para tirarlo, azorarlo, arrancarle un fragmento de cara y sacarle un poco de jugo. Las sábanas se salpicaron más y Cupido lanzó un lacrimoso grito. Apenas pudo llevarse la mano a la sien lastimada, cuando Dulce insistió en molerlo a trompadas, una tras otra con el borde metálico del arma. Las zonas afectadas fueron: una rodilla, el cuello, otras dos veces en la coronilla, tres en el pecho y… ¿una en los testículos? ¿En serio?

      —¡Ah, mierda! ¡Por favor!

      —Te mataré —continuaba—. ¡Peor que con Mauricio!

      José interponía sus manos para detener la violencia. Aunque, reaccionó antes de recibir más embates sangrientos en sus palmas; logró sostener los flexores de la ballesta. Ahora, ambos luchaban por el control de las flechas. Dulce tenía una fuerza casi sobre humana, con la que estaba ganando. Cupido no se lo creía, nunca pensó que ella pudiese hacer algo así. Pero no le bastaron todos esos kilogramos de potencia, porque él se impulsó en los edredones para ganar inercia, y con los pies, mandar lejos de una formidable patada a la loca repleta de ira. Aquella se golpeó contra la pared, cayó de nalgas y se resintió de su columna. El alarido aturdió a José; se levantó cargando su artefacto y quiso golpearla con la culata. Y se lo impidió, pujando como una guerrera y deteniendo la fuerza del maniático, le miraba cansada, desde abajo.

      —¿Ya te rindes, bebé?

      —¡Déjame! —prosiguió con una larga y punzante serie de palabras soeces—. No saldrás vivo de aquí, jodido marica.

      —Bebita, ¿quién te enseñó todo ese lenguaje? ¿Él? ¡¿Eso aprendes de la gente bonita?! Eso es lo que hacen los putos guapos, creerse más que el resto y enseñar malas cosas. Dime; fue él, ¿verdad?

      —Fueron las malas personas como tú —se esforzó el doble, pero José no cedía ante la furia de la jovencita que peleaba con el espíritu.

      —¿Quieres jugar a un juego?

      —¡No!

      —Está bien —decía, divertido; disfrutaba con el sufrimiento de la arpía de su corazón—. Se llama: cazar a la zorra de la pata rota.

      José le arrebató la ballesta y le devolvió el peso de la misma sobre un pie. Dulce gritó; ese infierno acudía a su tobillo y se manifestaba como el choque de docenas de cuchillos enterrándose sin clemencia. El malévolo monstruo se regodeaba y saltaba de emoción, hacía círculos e incluso parecía invocar a la lluvia con ese bailecillo.

      —Muy bien —seguía—. Tú rompiste mi corazón; ahora yo te romperé una pata.

      Dulce se había arrastrado, infestada de lágrimas, suplicio, traición y equivocaciones. ¿Qué pasó? Si ella tenía el control. Otro error perfecto, pues olvidó que en la carga del arma no había proyectiles listos.

      José tomó el arco como un avión de juguete, lo planeó por encima de su víctima y cantó en estilo de opera:

      —¡Aquí está la justicia! Es el puro peso de la ley.

      Y el pie lastimado de la chica volvió a sufrir un castigo más. No hace falta decir cómo sonaba la garganta de la pobre joven Santillán. Hasta arañaba con desesperación la alfombra. Arrancaba pedazos de hilo y topeteaba su frente sobre la solidez del piso. Se arrastraba lo más que podía fuera del alcance del obsesionado malhechor.

      —En esto consiste el jueguito, bebé: tú corres, así toda lastimada, afuera. Vas a donde se te antoje y te escondes de tu cazador. El mapa está amplio. Ve al bosque, al siguiente pueblo (que dudo que llegues), a una gasolinera o a una casa con un extraño que te ayude. Luego, yo saldré en tu búsqueda, te mataré a flechazos y serás mía. Quizá ponga tu cabeza en la pared y adorne mi sala, porque nunca pierdo en mi juego favorito. Anda, ve, ve, ve. Te estás tardando. No es divertido si no sales.

      Dulce hizo caso a las instrucciones. Se ocultaría en un sitio hasta que la policía llegase. Estaba segura que el recepcionista ya también asesinado había hablado por teléfono. Y a quien menos llamaría sería a su mejor amigo para contarle la golpiza de su vida; es obvio que esos oficiales ya estaban en camino. Tardaban porque Pachuca estaba a ciento diez kilómetros y el siguiente poblado un poco menos lejos. Se rehusaba a convertirse en un trofeo de caza. No sería una vida más de las muchas parejas que ese homicida múltiple había consumido.

      Entonces, ella se levantó. Decidida a trotar, avanzó unos pasos agigantados, como los saltos de un conejito. Se impulsaba hacia adelante y escondía el pie afectado como lo haría un perro herido. El dolor pasó a ser más una serie de palpitaciones punzantes. Tal vez su hueso no estaba roto, porque dolería más. Aunque, si de algo no dudaba, era de unas probables fisuras minúsculas de apenas dos centímetros.

      Salió al aire frío y húmedo del exterior. La lluvia había cesado.

      —¡Eso! —le reconoció Cupido—. Iré por ti como en quince minutos. Nomás ten cuidado con los sabuesos; están sueltos por el campo.

      Dulce brincó hacia las escaleras. El pasillo estaba más largo de lo normal. No sabía si lo lograría. Iba a ser la peor noche de su vida. No se daría por vencido; moriría luchando antes que ser asesinada de una manera despiadada e injusta.

      Y hablando de injusticia, ese Dios al que le rezó le había traicionado también como bien dijo Cupido. Ese idiota acertaba en su filosofía. Toda su vida era un error. Nació en un país donde la maldad habitaba en cada esquina, cada tres casas, escondida detrás de la puerta, leyendo un periódico o viendo la televisión. Después, adoptó una cara bendecida en mitad de probabilidad; su padre tenía los rasgos de un sujeto no tan agraciado y mozo, y su madre, ella pecaba de tener menos años en su rostro que en el resto del cuerpo. Con esas lindas facciones estaba programada para conocer al enfermo de José Buenavista, el único a quien esos cálculos de la naturaleza le afectaron una zona destruida de su propio cerebro. Lo conoció en un momento absurdo, cuando le cambiaron de grupo en la universidad, cuando el profesor le reprobó en esa materia y tuvo que volver a cursar, cuando el transporte se descompuso, no quiso llegar más lejos y se detuvo frente a la escuela que iba a ser su segunda opción. Desde que consiguió ser el espermatozoide ganador, todo aquello había sido un maldito error.

      El estacionamiento continuaba vacío, el auto en su lugar y ningún alma pasaba por la carretera. El tráfico no existía en ese lugar, como en punto desconocido del planeta. Llegó, consumiendo su respiración hasta inhalar bocanadas inmensas de aire. Los escalones eran fáciles a comparación de lo que faltaba.

      —¡Mierda! —se golpeó los costados—. Las llaves. ¡Las putas llaves! Mauricio las tiene —descansó encima de la ventanilla empapada. Miraba con anhelo el asiento del conductor y el volante.

      Debía darse prisa. Quedarse un minuto más la mataría. Le quedaban como doce minutos. Salió a la carretera y esperó. El primer viajante se detendría ante ella a pesar de poner en riesgo su vida al estamparse en el cofre. Pero tras cientos de brinquitos sobre el pie bueno, nadie llegaba. Como los árboles y la negrura cubrían las curvas, los conductores eran impredecibles, eso era buena suerte, al menos.

     —Que alguien venga, Cristo, por favor… —se encorvaba, extenuada. Acompañaba la pintura divisoria del camino, las líneas amarillas desgastadas eran su guía en medio de la noche—. Tiene que aparecerse uno. ¡Uno! —y así siguió, con las mismas palabras en boca, durante más de quince minutos. José ya podía estar detrás de su pista.

      Entonces, como si pidiese un milagro, las luces rojas y azules de una patrulla se vieron a través de un montón de árboles, detrás de una curva. La única luminiscencia en ese mar de penumbra, titilante y aguardando por cualquier desafortunado, víctima de la inclemente naturaleza. Los estatales jamás habían sido tan hermosos. Sus lágrimas de agradecimiento y felicidad se derramaron sobre sus destrozadas mejillas. Quién sabe cómo, Dulce iba más rápido.

      Una vez hubo llegado a unos metros de la patrulla, los destellos bicolores, aunados a los faros de intenso candor, le dejaron cegada. Hizo una cachucha con su mano, pero no distinguía ni sombras, y mucho menos escuchaba a policías hablar entre ellos. Gritaba por ayuda y no recibía respuesta; en cambio, una voz distorsionada emanaba del interior del vehículo. Supo que se trataba de una radio. A su vez, una canción de antaño se oía del reproductor de discos compactos. El cantante interpretaba con ironía una estrofa: “Todo se derrumbó, dentro de mí, dentro de mí”.

      Caminó con dificultad a la portezuela del conductor y no había nadie adentro. El aparato radial emitía más voces. Dulce abrió la portezuela, cogió el intercomunicador y apretó el botón para hablar.

      —¿Bueno? —la estática se interpuso. Ellos ya no estaban en la línea—. ¡Auxilio! Quien sea que ande por ahí, ayúdenme por favor. Estoy… —miró a su alrededor, un letrero vertical tenía inscrito la identificación del sitio—. Estoy en el kilómetro 36. Vengan rápido; un psicópata me persigue y pretende matarme por diversión.

      Un detalle le llamó la atención y le robó las palabras. Dejó caer el intercomunicador y éste quedó colgando bajo el volante. El asiento tenia manchas de sangre, las cuales no se podían ver a simple vista, a no ser que se les observara durante algunos segundos. Era imposible; se trataba del policía, quien acudió al llamado del recepcionista. ¿Cómo supo ese trastornado que él iba a llegar? No tenía conocimiento de la llamada a la policía hasta que comenzó a manipularlo. Si lo hiciese, entonces se habría convencido de ser una trampa, y luego, la habría asesinado sin caer.

      «Nomás ten cuidado con los sabuesos; están sueltos por el campo»

      —Dios mío. ¿A qué se refería con eso?

      De pronto se sintió amenazada y acechada por miles de ojos quizá ocultos entre la penumbra de los siniestros árboles. Mentes malsanas, agrupadas y organizadas para saciar sus imperfectos pensamientos, vagaban en la oscuridad. Los fantasmas la rodeaban, esperando, y ya Dulce muerta del cansancio sería la oveja favorita del grupo de lobos feroces. ¿Quiénes eran los sabuesos?

      Retrocedió para esconderse abajo, a un lado de la carretera. Esperaba no caer al fondo del acantilado. Debido a la situación de posible riesgo, traspasó con decisión y cuidado la valla que protegía el contorno del asfalto. Se dejó caer en un pequeño agujero, donde su cuerpo se resbaló hasta caer en un estanque que cubrió sus piernas. El frío del agua apaciguaba el ardor de su herida. Fue después cuando escuchó unos pasos aproximarse. El mal presentimiento de ver a un “sabueso” arriba le arrebató las ganas de asomar apenas sus ojos. El desconocido andaba muy lento, exploraba los bosques y respiraba como en un día de sol. Silbó la canción de la patrulla, muy deleitado de tal música.

      Dulce bajó la mirada y se dio cuenta que ese no era un estanque, sino una tumba. Metió las manos en el agua al sentir el golpeteo de un bulto flotante y palpó la pierna de un hombre. Aterrorizada, jaló de la ropa al sujeto y resultó ser el cuerpo del dueño de esa camioneta abandonada. El oficial tenía un disparo en el pecho, y otro arriba de la nariz. Esos sabuesos estaban armados de plomo; curioso, porque si tenían pistolas eran personas con poder. No se puede comprar balas en la tienda de la esquina a no ser que sean… Tapó su boca con ambas manos; ningún aliento podía delatar dónde estaba.

      —¡Sal, amiguita! No tiene caso esconderse —y disparó al azar. Alrededor, los proyectiles perforaban los troncos, golpeaban hojas y se estampaban contra los charcos. Los pájaros emprendieron su vuelo, lejos de la imprudencia de los humanos.

      Sobre la carretera, a lo lejos, miró a un auto aproximarse desde donde ella venía. Decidió permanecer en su silenciosa guarida. Cupido había encontrado las llaves en una de las bolsas de Mauricio, las robó y se vino conduciendo. Reconoció el vehículo cuando se hizo más grande. Las luces blancas las llevaba altas, como en el modo para buscarla durante su viaje hasta la patrulla. Escuchó el hule deslizarse sobre el remojo y cómo se detuvo a cinco metros arriba. José descendió y habló con el sabueso.

      —¿Ya la encontraste? —preguntó él; era su jodida voz—. He estado buscando por casi media hora. Esa zorra si sabe jugar a las escondidillas.

      —No, sólo oí ruidos por aquí y vine. Hace escasos segundos oí a tu chica hablar.

      «No soy su chica»

      —No debe estar lejos. No creo que sea tan estúpida para dejarse caer en los barrancos. Sé que está escondida y nos está escuchando hablar.

      —Sí, es una angustia para esa chiquilla —le contestó, burlesco—. Estar por ahí, esperando a que nos vayamos. Pero eso no va a suceder.

      —Si la encuentras, no pienses en dispararle. La quiero viva. Ya se me ocurrió una nueva venganza.

      —¿Ah sí? —el sujeto caminó al camellón y pateó un montón de piedras diminutos que bañaron después su cabello. Se pegó más al muro de tierra y miró arriba: él estaba recargado, recto, en la misma línea. Si dejaba caer una piedra, le daría a ella.

      —Sí

      —¿De qué se trata?

      —Estaba pensando en tirarla. Guardé las cintas y los cordones. La lanzamos al vacío y nos despedimos de la bebita. ¿Te imaginas? Nunca van a encontrar su cuerpo en este lugar tan desolado.

      —Qué bien —afirmó el otro, seco—. Eso lo hacemos nosotros todo el tiempo. Pero, ¿sabes qué pasatiempos tenemos nosotros con los enemigos?

      —¿Cuáles? ¿Meter a la gente en ácido o colgarlos de los puentes?

      —¡Ja!, aparte. En mi cártel amarran a los pobres a una de las camionetas, y entonces, aceleramos y los arrastramos. Eso es más para sacar información a las víctimas. Al patrón le encanta hacerlo en persona.

      —¿Salvador Lozano hace esas cosas en persona?

      —Sí, él tiene mano dura contra los enemigos; en especial cuando atrapamos a gente de los Galeana, o los Molina Huerta. Salvador adora torturar. Deberías hacerle lo mismo a la zorra esa que te rompió el corazón.

      —No, no es para tanto. Yo no deseo sacarle información. Además, ya le rompí un tobillo. Ojo por ojo, dice la biblia, ¿no? Estoy satisfecho. Sólo la matamos y nos vamos.

      —Qué puto frío. Me vendría bien un cafecito.

      —Cuando terminemos vamos al hotel y nos quedamos allí.

      —Me gusta. Es más, le cobramos más a los visitantes.

      —Estaría bueno —suspiró, aliviado—. Y, hablando de ella… Voy a sacarla de su madriguera de una vez.

      Dulce reaccionó al último diálogo y se sumergió en el agua, junto a su único compañero, el oficial Nadie López Pérez. Tomó el aire suficiente y metió su cuerpo, sin dejar una extremidad afuera. Se quedó ahí adentro, sin ver nada y sin poder respirar mucho tiempo. Deseaba salir y tomar más aire, pero la lluvia de flechas comenzó. Los dardos rompían el aire y se impactaban en arbustos cercanos. En su escondijo, Dulce pataleaba y exhalaba grandes burbujas. Estaba cerca de ahogarse, y ni por todos los ejercicios de respiración que aprendió, pudo liberarse de los ataques de ansiedad. Más saetas cayeron muy cerca, silbando antes una irritante sinfonía de muerte. Y pareció haber terminado el tormento, cuando la tos picó en su garganta y se atragantó con agua fangosa.

      Escupió y se levantó sobre sus brazos. José no tenía la mejor visibilidad, pero al oírla quejarse, le clavó una flecha directamente en la pantorrilla. Dulce no tuvo opción; gritó, apretó su herida y se dio cuenta que el proyectil se había incrustado hasta el hueso, y que el músculo hizo el esfuerzo para protegerla de quedar inválida.

      El agua café se coloró de negro. Pudo darse cuento de esto con la poca iluminación. Oyó bajar a los asesinos. Ya no había salida, ya todo estaba acabado. Prefería esfumarse y tal vez encontrar a Mauricio. Qué mal era pensar que no estuvo ni cerca de nada; puro sufrimiento físico y mental en vano.

      —¡Bebita! —dijo, contento de horrores—. Bien jugado. Lástima que al final yo ganara. Ni modo. En estos juegos se gana o se pierde, no hay un empate. Te admiro, fuiste muy inteligente. Yo pensaba que nomás eras tonta y superficial. Felicidades.

      Dulce imprimía melancolía y aceptación en su rostro. Sí, estaba derrotada; no diría una palabra más, o un insulto.

      —Mira, te presento a un amigo —continuó—. Él es Armando Lozano, del cártel de los Lozano Ayala. Supongo que, si ves las noticias, lo conoces.

      Se negó a decir sí. Los conocía por ser nombrados tantas veces en la televisión y por llenar de terror y maldad el país. Su nombre no le sonó familiar, tal vez estaba buscado por la policía federal; otra escoria más.

      —Ven, Dulce. Ya es tiempo que vayas con Dios y le digas que le agradezco demasiado.

*

      Los faros del automóvil de Mauricio resplandecían más que nunca. En el punto más oscuro de la noche, la neblina venía de los montes a esparcirse por los bosques y a cubrir las autopistas. El vapor corría y su vistosidad era perceptible sólo en ambas luces proyectadas. Los árboles, las ardillas, los insectos y los arbustos iban a ser testigos de una ejecución sin igual. El plan maestro de José se llevaba a cabo cual ritual. Dulce era atada de pies y manos. El vaho en las tres bocas salía deprisa, grueso como fumadas.

      —No te preocupes, Dulce. En minutos tu dolor se acaba.

      La cargaron entre los dos: José de las piernas y Armando de la cabeza. La joven no se quejaba, le importaba un demonio. Cupido pensaba que le dolía o le molestaba; era indiferencia y ya. Dulce hacía de su mente una sala de música bonita, para disminuir la consciencia, entre tanto era cargada y metida a la cajuela del coche. Una suave y melosa melodía le ayudaba a olvidar la tragedia a la que se sometía próxima.

      José la acomodó dentro del maletero y ayudó a encogerse para caber mejor. Su cuerpo ocupaba de maravilla cada centímetro de la cavidad. Alisó la alfombra y quitó objetos que le pudiesen estorbar: cajas negras o baterías inservibles, herramientas pesadas para que la chica no intentara escapar y folletos de tiendas departamentales. Dulce empalmaba sus manos, como si rezara, a causa de la cinta gris. Su boca tampoco gritaría más improperios, porque estaba sellada.

      Cupido le echó un último vistazo, antes de cerrar la puerta y dejarla en soledad y silencio. Le sonrió y dio su último discurso. La víctima arrojaba chispas por los ojos; con ese súper poder podría incendiarlo.

      —Dulce. Espero que sientas el peor de tus miedos, y qué mejor experimentar el miedo a morir. No obstante, querida mía, deseo con toda mi alma que encuentres paz al hacerlo. Debes saber que no hay dolor en la muerte. El puro acto de estirar la pata es bello, puro, un estado de la naturaleza. Se acaban tus penas, recuerdas las caras que te hicieron feliz y resumes tu vida en una película, la cual estás por ver. Escucharás, mientras el auto se revuelca, el canto de los ángeles y cómo el cielo te empieza a reclamar. Lo sé, porque yo lo experimenté en carne. No hablo de una metáfora, sino de un hecho. Y, por supuesto, tú no te enteraste. Decidí dejarlo para este momento.

      »Hubo un tiempo en el que sufría tanto por ti que traté de suicidarme. Verás: robé el frasco de pastillas de dormir que mi madre usaba para calmar su insomnio plagado de pesadillas y depresión por la muerte de mi padre. Me desmayé y vi negro; no creía que el cielo existía, y después, una luz incandescente se encendió sobre mí. Me dije: “Los aliens van a secuestrarme”. Pero ahí estaba esa paz de la que te hablo; su belleza es inigualable, nada en la Tierra es capaz de hacerte sentir tan pleno.

      »Y, más tarde, desperté en un recinto mundano, en una infeliz cama, conectado a máquinas pitando todo el día. Aquello no fue un sueño; fue real. Yo fui a ese lugar y lo pude tocar y percibir.

      Dulce le miraba, inquisitiva.

      —Me salvaron. Un vecino venía a preguntar por mi madre, por sus pagos atrasados (él se encargaba de administrar las finanzas del barrio). En fin, al ver que ella no abría la puerta, indignado por la gota que derramó el vaso, rompió una ventana y me encontró con el brazo laxo y un frasco de pastillas a su lado. ¡Las píldoras estaban regadas por todo el suelo! Si él no hubiese llegado, habría perecido. ¿Y por qué? Te preguntarás. ¿Por qué se mataría un imbécil por una chiquilla? Es que yo ya no quería vivir rechazado, maltratado y menospreciado. Odiaba mi cara, odiaba mi reflejo, me odiaba a mí mismo. Y ese viaje al paraíso y mi segunda oportunidad… No me tocaba; tenía asuntos pendientes —le acarició el mentón y secó sus lágrimas—. No temas dejar de existir, niña mía. Ya una vez que llegues, te liberarás y te olvidarás de todo.

      Dulce gimió con desasosiego. La puerta de la cajuela le cayó encima, dejándola en un lugar con sus propios suplicios y ruidos. El motor se encendió, las risas se liberaron allá afuera y las puertas se cerraron. La vibración del rugido del auto estremeció por debajo el cuerpo de la joven. Aceleró y sintió un tirón de inercia. Rodó de cara al asiento trasero, soportando el dolor, mordiéndose los labios y realizando respiraciones para recobrar el sentido, sino se desmayaría. Su sangre se desbordaba de la herida y se mezclaba en el terciopelo del encarpetado. Juntó una última fuerza en sus puños y golpeó el asiento. Ellos la oían, no lo dudaba, y no tenían ni un rayo de emociones en sus maltratadas neuronas.

      El auto daba vueltas y frenaba, o aceleraba en seco y volvía a detenerse. Lo hacía nada más para molestarla aún más. Y luego de tanto movimiento, él hizo un arrancón con la vehemencia necesaria para romper la barricada de acero. El guardafangos se destrozó y el auto se inclinó hacia adelante. Una parte pendía del peso en las llantas de atrás, de su peso propio en el maletero. José estaba lo suficientemente loco como para dejarla pendiendo de un precipicio. ¿Qué tan alto sería? Ni idea. Ante el coche podrían estar más de doscientos metros de caída libre, decenas de rocas muy filosas capaces de atravesar a un autobús y un averno en el cual su cuerpo se pudriría hasta el final. No sería encontrada, si es que la policía se dignaría a encontrarla; su madre ni noticia tendría, porque seguiría creyendo que ella saldría en televisión, y peor, se enterarían después de meses que Dulce Santillán estaba ahora sí desaparecida. Qué horrible manera de morir. Nunca pensó hacerlo de tal forma.

      Los hombres se bajaron y empujaron la máquina. La inclinación aumentó, considerable, y con ello sus recuerdos de la infancia, adolescencia y otras imágenes que bien Cupido había prometido. Los chirridos en la carrocería fueron los ruidos finales, precediendo a una dominante calma. El tiempo hizo su transcurso pausado, segundos por minutos, horas por días, y al final, tan fugaz como un meteoro viajando en el vasto espacio sideral. El impacto vino después: violentas vueltas de campana y centenares de fragmentos de todo tipo: vidrio, metal o plástico. La prisión de hierro se redujo más, hasta que aquella la llevó a un profundo sueño, del que no sabía si iba a dormir por los siglos de los siglos.

Comentarios

  1. Mabel

    12 abril, 2019

    Muy buen Cuento. Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido

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