02:33 am

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  • Recuerdo cómo acaparaba mi atención aquella figurita de rosa del desierto que mi abuela tenía en la repisa del salón. Siempre tenía la tentación de tocar sus hendiduras como si realmente pudiera sentir los vientos que la habían conformado. A menudo, ella me miraba sin entender cómo un torbellino de caos y luz como yo podía dejarlo todo y centrarse en una rosa de arena sedimentada. Por aquel tiempo los niños éramos viejos inocentes, y en mi caso lo mismo jugaba a la pelota que me hacía darle la vuelta a aquellos absurdos programas de “Noche de fiesta” . Es innegable que mi vena forklórica y exagerada naciera allí, y que la rosa del desierto fuera la metáfora de mi vida. Una rosa tan fuerte y a la vez tan del desierto, tan del viento. Una rosa de curvas pronunciadas y de interiores que solo conocen el agua y la arena de mil ahoras. Dicen que las rosas del desierto  también tienen espinas de cristales, pero yo te prometo que para ti solo tengo pétalos que dan abrazos  que nunca marchitan

Comentarios

  1. Luis

    17 mayo, 2019

    Muy buen texto, metafórico y poético, un saludo y mi voto!

  2. Mabel

    17 mayo, 2019

    ¡Qué hermoso! Un abrazo y mi voto desde Andalucía

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