Acercamientos

Escrito por
| 95 | 1 Comentario

Curt, en cambio, sí que la tuvo. Había entre ellos una especie de simbiosis, una intimidad cerrada en cuya relación de a dos no permitían la entrada a nadie más. Cualquier intruso era recibido con cordialidad, aunque el trato que le despachaban no era el mismo que se olía en el ambiente cuando se juntaban en el mismo círculo, relegando al tercero en discordia a convertirse en mero espectador y conversador de temas fútiles. Así se sentía Ewen, como un paria, cuando disputaba por la atención de Isabel frente a su hermano, sabiéndose de antemano perdedor ante el magnetismo que crecía en Curt a la vez que éste cumplía años; ese embaucador charlatán y estafador sentimental con el que compartía sangre y código genético, y que le había robado todo. Ewen tenía la sensación de que le había robado la infancia, la atención de sus padres, la libertad de la niñez, la aventura de la juventud, la placidez del hogar, el derecho a escoger las opciones de su vida adulta, y ya, por último y para rematar, también le había robado la esperanza de conquistar a su primer amor, le había robado el tiempo suficiente para que esa lucha de seducción fuese al menos justa y legítima. Tenía la impresión de que a él le había tocado soportar la dureza, la disciplina severa y la intransigencia, y a Curt el abanico de las oportunidades y el deleite de los mejores frutos de la adolescencia por el mero hecho de nacer después. No se imaginaba Ewen de qué manera se equivocaba, mirando el mundo desde un único prisma.

La batalla, como una guerra fría, se volvía salvaje en ocasiones. Los ataques verbales parecían granadas a punto de estallar en sus manos siempre que Isabel se hallaba entre ellos, con independencia de la presencia de Rebeca en el cuadrilátero. Se servían de la humillación y el ridículo recíprocos, de los estoques verbales y las burlas, en ocasiones muy hirientes, pues no se paraban a tiempo y cada vez aumentaban más el grado de hostilidad. Era fácil que, durante esas meriendas de tarde, ambos quedaran en tablas. Si bien el vocabulario y la pedantería de Ewen eran mayores y de más calidad y agudeza, con una envidiable dialéctica donde bien podía quedar como un señor tras haber lanzado la peor de las afrentas, Curt jugaba con el don de la sugestión, un magnetismo innato con ademanes persuasivos a través de los cuales podría conseguir vender una nevera a un grupo de esquimales en mitad de una batalla campal. En los últimos debates tensos, sin embargo, la vastedad cultural de Ewen y su refinamiento extremo ganaron por doquier a las aptitudes sociales y el cariz más ingobernable y atractivo de Curt. Lo dejó en evidencia varias veces, asestando el golpe bajo de ridiculizarle sin defensa fácil ante no sólo Isabel y Rebeca, sino también ante sus padres y el servicio doméstico al completo (algo que a Curt solía paralizarle y sumirle en el bloqueo), remarcando sus pésimas calificaciones en la mayoría de asignaturas, sus expulsiones debido al consumo y venta de drogas blandas, anecdotario que se intentaba mantener en estricta privacidad y que ahora salía a la luz en forma de pullas sutiles, y desorientándole del todo cuando le preguntó en voz alta acerca de qué pensaba hacer con su futuro tras ese historial de fracasos continuos y mala fama, debido al difícil —o imposible— acceso a la universidad tradicional familiar que ello le supondría. En resumidas cuentas, ganó la partida y le dejó como un inepto ante todos los presentes sin que él tuviese los argumentos necesarios para rebatirle, tan avergonzado por la realidad como se sentía. “Serás un gran abogado”, pensó el orgulloso Ewen padre acerca de su primogénito, mientras ordenaba a Curt que guardase la compostura mientras éste, rojo de rabia e impotencia, se largaba a su habitación sin permiso y obviando las consecuencias de sus actos, haciendo caso omiso para hacer estallar por fin la ira ahogada contra la almohada.

Esa fue la primera vez que Curt e Isabel estuvieron juntos, solos, sin testigos que usurparan sus roces voluntarios. Isabel esperó al toque de Ewen, el padre, quien decidía el momento en el cual todos los reunidos podían desplegarse a realizar sus quehaceres diarios, puesto que la merienda siguió sin alteración ninguna tras el altercado, aun con la ausencia de Curt. Isabel, dando primero unas vueltas sinsentido hacia ninguna parte con el fin de despistar, se afanó para correr escaleras arriba cuando creía que nadie la miraba. Ewen, el joven, que no podía dejar de perseguir su melena azabache y sus sencillas sandalias a ras del suelo, sí que se dio cuenta de sus intenciones, y descubriéndose vencido se tragó la acidez del real perdedor, con un triunfo que no fue más que un espejismo de dos minutos, y decidió que a partir de entonces el silencio sería su más fiel acompañante: más por el bien de Isabel que por el de Curt, y que por el de él mismo. A partir de entonces tomaría más distancia e intentaría vivir inmerso en una farsa convenida de la manera más apacible posible, evocando si acaso recuerdos y transformándolos en sueños, aquellos que en su imaginación fueron alguna vez realidades, durante sus momentos de soledad.

Nunca antes nadie había llamado a la puerta de su habitación, ni había entrado en ella; ni siquiera Mick, pues hacía ya años que no había vuelto a invitarle a casa, y siempre habían procurado sus encuentros fuera del territorio familiar. Isabel fue insistente picando la puerta —ya que temía ser descubierta— pero sus golpes no eran estruendosos ni fuertes. Cuando Curt acudió a abrir con parsimonia, pensando que se trataba de cualquier otra persona antes que de ella, ésta se deslizó hacia dentro de una forma muy ágil, decidida a cerrar cuanto antes. Curt, que nunca había estado a solas con una chica que realmente le gustase tanto, sufrió una convulsión debido al conjunto de sensaciones que iban desde el miedo al atropello, pasando por el delicioso efecto de la sorpresa, el erotismo de tenerla a tan pocos centímetros de su cuerpo (y la determinación de retenerla), la intromisión inocente en su madriguera y que ella estuviera tan al alcance de todos sus secretos y alijos de alcoba, la timidez, la vergüenza y el deseo. Todo junto e inesperado, y en cierta perspectiva maravilloso.

Isabel, que se solidarizaba con su situación, le preguntó cómo se encontraba tras el rifirrafe acontecido hacía unos minutos, y él se limitó a pronunciar un mentiroso “bien, no ha sido nada”. Ella inspeccionó los alrededores y vio un orden escrupuloso en la habitación, nada fuera de lugar, ni una mísera mota de polvo, y eso que ese cuarto era un territorio vedado, prohibido para la limpieza a fuerza casi de candado. Había un amplificador en el suelo, libretas con pentagramas y solfeo en sus cinco líneas sobre una mesa de madera, tres guitarras colgadas a lo largo de la pared, una cuarta entre cables y reclinada en una de las esquinas —era la Fender roja, más adelante sabría que dicho instrumento era uno de los tesoros más celados de Curt—. También se fijó en una estantería que sujetaba varias cámaras de fotografía, la mayoría de ellas dotadas de grandes dimensiones, y fijados en la pared habían letreros que catalogaban, suponía, las marcas de cada una de ellas; leyó, sin a priori apreciar las diferencias entre unas y otras a parte de las que se derivaban de su estética: Alpha A9, PentaxKP, Olympus, Nikon o Fujifilm X—T20. Organizados en sobres tamaño folio guardaba lo que dedujo eran trabajos y proyectos propios, relacionados obviamente con las cámaras, según su tipología: pudo ojear las etiquetas, con la inconfundible letra cursiva de médico de Curt, que clasificaba en términos que iban de lo común a lo abstracto: Edimburgo, Glasgow, Londres, Leith, urbanas, rurales, parejas, mujeres y niños, amor, tristeza, soledad, noche, rabia, pesadillas o pérdidas. Ante esos últimos conceptos, Isabel no pudo disimular cierto aire pensativo, como si le embargara de repente la obligación de compadecerse de Curt. Al notar él un especial interés lastimero, y la consecuente intrusión en aquel material privado expuesto sobre su escritorio, tan íntimo incluso en lo concerniente a Isabel, intercedió en su ángulo de visión, y entonces ella desvió la mirada en silencio y se fijó en la copiosa colección de libros y discos que recorrían la última pared de la habitación, el equipo de sonido de última generación y el plato de discos de vinilo, una antigualla nostálgica, puesto que Curt no concebía escuchar su música escogida con mimo sin ese funcionamiento a veces renqueante y de tonalidad poco nítida.

“Tan joven y tan exquisito”, pensó ella. Y le hacía preguntas curiosas y continuas respecto a todo lo que veía, y él le iba contestando sin pensar, como repitiendo la misma cantinela de siempre, pero adentrándose y zambulléndose en sus ojos oscuros, que le escuchaban con atención y muchas ganas de aprender. Hablaban y hablaban mientras él sólo podía pensar en su cuerpo de curvas pronunciadas, y sin embargo menudo, abarcable, y se la imaginaba atrancada entre su pecho y sus brazos; Isabel, que durante los meses de verano siempre andaba con sandalias tan finas que parecía que siempre caminara descalza, que las llevara por el simple hecho de calzar algo, quien a duras penas, y de puntillas, alcanzaba la barbilla de Curt. Isabel, que emanaba frescura y naturaleza, y mostraba su rostro con algunas manchas oscuras y muchos lunares color canela debido a su despreocupada exposición al sol y a su actitud reacia a untarse cremas hidratantes, todas esas imperfecciones que sin embargo a Curt le parecían el paraíso, la verdadera perfección, el lugar donde quedarse para no regresar. No le importaba que ella trasteara sus cosas con la delicadeza de sus dedos, mientras le hablaba sobre detalles superficiales de familia: un hermano que tocaba instrumentos musicales, algún tío segundo que una vez la utilizó de modelo para un catálogo de ropa, unos primos lejanos que coincidían con los gustos de Curt respecto a la lectura….y Curt asentía, y de vez en cuando lanzaba algún comentario o aportaba algún dato insignificante que conviniera con el tema en cuestión, en realidad sin enterarse muy bien de la conversación, obnubilado por la atracción física, química, psíquica y sexual, poco pendiente de las palabras que salían de los labios de su musa, siempre un poco agrietados debido a la humedad y al grosor de los mismos; y cuando a veces se rozaban sin querer (porque en ese espacio reducido era inevitable) un brazo, un codo, las piernas…nada intencionado, todo fortuito como si fuese magia, a él se le trababa la lengua y se le erizaba la piel, y sentía la imperiosa necesidad de hundir la mano entre sus caderas y atraerla hacia sí, refugiarse en la negrura de su melena indomable y poseerla.

Comentarios

  1. Luis

    4 junio, 2019

    El texto es un gran texto, como acostumbras, aunque quizás la elección de la imagen que lo acompaña, no me resulta del todo acertada. En sí, el texto, como es habitual en ti, está sabiamente construido, imperdonable sería no leerlo. Un abrazo Estefanía y mi voto-.

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Ir a la barra de herramientas