El León ruge

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EL LEON RUGE

 

Hace unos años Félix se dejó crecer la melena de forma que se veía como la de Ludwig Van…

La mayoría de las chicas de la metrópoli provinciana se quedó im­presionada favorablemente, pero el «stablishment» de su familia, profesión y vecinos se lo comieron vivo, literariamente hablando.

El tal Félix se sentía muy oron­do: se levantaba su melena echándosela con las dos manos hacía atrás y arriba para que el aire le diera cuer­po —en sentido inverso a como lo hacía Lea, la princesa encueratriz de la copa de champán, pelaba los dientes frente al espejo y hacía una mueca de león rugiendo más fe­rozmente que el de la MGM.

Con el tiempo, lo que hace la mano… su her­mano Lalo le presentó a un camarada y amigo mutuo. Le llamaba su compadre Ku, pues eran compinches en al­gunas aficiones, y, éste, el compadre, estaba casado con una gringa a todo dar, como decían los termapolitanos. Este compadre, todo un caso de perso­nalidad transferente, vivía de las rentas de su familia, de manera que se dedicaba al arte de la ociosidad– el de los filósofos bacantes– pues tenía con qué pagarse el boleto.

Era un tipo fino, blanco y chapeado, educado y con un envidiable pedigrí. En su juventud fue el abanderado del Colegio de los polveados de Morelia, pues tenía un porte y un físico envidiables. Al parecer esas virtudes, —cultivadas en el colegio confesional parale­lamente a otras no-virtudes pederásticas de los mento­res—, le produjeron un conflicto de identidad y una se­vera represión que, al no poder echarla fuera en su mo­mento, se la tuvo que tragar —como el camote antidiplomático de Marcelo– y ya de adulto aparecía con fuerza devastadora cuando bebía o fumaba o se metía los espirituosos diablos volatilizadores de su intensa represión existencial…

Un día, el compadre Ku, invitó a Félix a su casa a tomar un trago y armar la bohemia. Como su esposa era gringa, pues le cayó de perlas al chachalaco Félix el chance de parlotear en inglés y acordarse cuando era cazador de gringas en los Baños del 14. Jackie, así se llamaba ella, sirvió de hilo conductor de la catarsis que su esposo, el compadre, experimentaría y Félix sirvió como diván freudiano.

El compadre empezó a sacar las vivencias, el ultraje, el rencor y la contención de que fue objeto por los maristas y la complicidad omisa de sus padres extremadamen­te religiosos. Jackie, su mujer, le servía de sujeto de transferencia para sublimar y canalizar los impulsos coartados de su sexualidad. Era como su confesora, la que expiaba sus culpas, dejándole como «penitencia» los actos sexuales de su afirmación varonil o la transfe­rencia de éstos a terceros seleccionados para ella.

El caso es que la catarsis fluyó en gritos, llantos y protestas; canciones, libaciones y felaciones, hasta que, repentinamente, el compadre apagó la luz y se escu­chó un estruendo de voz humana, cada vez más poten­te y, cada vez, también, más parecido a un rugido feliniano. Reaccionando ante el imprevisto rugido, Félix pensó que la fiera se le echaría encima, pero obser­vando la calma de Jackie y la concentración del compa­dre en su propio rugido, se incorporó a la invitación de éste para que lo imitara y así aprender la técnica de rugir como un león frente a su leona.

Primero dominando el fuelle con el diafragma y en­sanchando las fauces para que, la columna de aire, saliera a presión desde los bronquios «raspando» y ha­ciendo vibrar el órgano de fonación y la cvaja torácica.

Segundo, torcien­do el cuello en contrapunto del tórax para proyectar la cabeza de abajo hacia arriba exhalando el rugido final:

¡ROAAARGHHH!

 

Le explicó el compadre sin dejar ambos de rugir, pues Félix ya había dominado la técnica, que el confesor de aquellos años concupiscentes, le enseñó el ejercicio de rugir para sacar la ira y el rencor contenidos por el ultra­je al que fue sometido.

Posteriormente, liberado de sus padres, lo perfeccionó haciendo el «performance» con meretrices y aventureras, quienes, le servían de «transfers» en la catarsis.

Obviamente, se casaba con ellas para retenerlas pero, en general, lo botaban con cierta frecuencia como Jackie lo hizo más tarde.

Desde entonces Félix aprendió a rugir: se dejó la melena, se volvió medio sordo como Ludwig Van… y practicó la oratoria, la polémica, la escritura y los ensa­yos de manera rugiente: intransigente, contundente y sonora.

 

Casi todo el mundo le señalaba:

«Oye Félix, por qué de todo haces un trabuco, alzas la voz, parece que regañas y acabas teniendo siempre la razón, pero la razón del león rugiendo».

 

Félix les contestaba:

—Miren, valedores, un león tiene melena y ruge, si le pides que no ruja, ya no es un león, ¿no es cierto?

 

Así que rujo y rugiré hasta quedarme sordo…  ¡Con mi melena al estilo de Ludwig Van…!

 

CORTEX

Comentarios

  1. Mabel

    16 mayo, 2019

    Muy buen Cuento. Un abrazo Alfonso y mi voto desde Andalucía

  2. Estela Rubio

    16 mayo, 2019

    Buen texto y muy apropiado para el seductor Felix; me divierte dentro de lo trágico.

    Bossy

  3. Estela Rubio

    16 mayo, 2019

    Ya saben que Bossy es mi amiga atrevida.

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