El piano

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En mi casa hubo un piano pero nadie lo sabía toca.

Se decidió darle un lugar privilegiado. Así fue como lo pusieron en la cocina, presidiendo la mesa. Allí, entre aromas de azafrán, con el tintineo de las ollas como acompañante de orquesta y las conversaciones en las comidas de público fue transformando su ser musical a mueble decorativo.

Decorativo y molesto, por lo menos para mi abuela, más joven de lo que soy yo ahora. Llévatelo de aquí, no me deja hacer vida, le acusaba a su hermano, el culpable del extraño inquilino. Ya me lo llevo mañana, le respondía. Pero ese mañana no llegaba.

Una noche el piano empezó a sonar.

El miedo levantó a mi abuela de cama. Quedó petrificada al ver como las teclas se movían solas. Un fantasma. Teníamos un fantasma artista en casa. Lo que para algunos sería motivo de orgullo para ella era una maldición. Se dejó llevar por su alma meiga y empezó a purificar la casa. En uno de los rituales descubrió el secreto: el fantasma era un ratón. Y por mucho que lo intentó no era capaz de cazarlo.

El piano sonaba cada noche. Para mi abuelo era como tener un concierto privado de Chopin. Para mi madre, una niña de tres años, era algo mágico. Vivía con un ratón artista que le podría enseñar a tocar el piano. Pero para mi abuela aquellos ruidos la mantenían en vela, arrebatádole el sueño con aquel risrás desacorde.

Una noche, mientras el resto dormía, mi abuela cogió un hacha y empezó a despedazar el piano. Arrojaba los trozos de madera por la ventana. Lo destruyó hasta que solo quedó su esqueleto. Lo ató a una cuerda y tiró de él escaleras abajo, provocando un escándalo. Mi abuelo quedó apenado, mi madre desolada y mi abuela tranquila sin el piano. Del ratón nadie supo. Puede que huyera a la bohemia París. O que emigrara a Nueva Orleáns, a tocar en algún bar de jazz.

La tristeza del silencio era más molesta que la música del ratón. Así que mi abuelo le compró un pequeño piano rosa a mi madre. Ella, cada noche y a escondidas, lo dejaba en el pasillo, esperando a que volviese el ratón. Y cuando pensaba que nunca más lo escucharía empezó a sonar de nuevo aquel risrás. El artista volvió, o nunca había marchado. Y en esta ocasión, hasta mi abuela quedó cautivada por sus melodías.

 

Comentarios

  1. Mabel

    10 mayo, 2019

    ¡Qué hermoso relato! Un abrazo y mi voto desde Andalucía

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