El sudor de Clara (1 de 3)

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El avión aterrizó en Barajas, y luego  nos hicieron andar un rato por la pista. Lamenté haber olvidado las gafas de sol. Subimos a un ruidoso autobús y comencé a sentirme eufórico sin saber por qué, será el idioma, los bares, algo habrá. La verdad es que también siento algo parecido cuando vuelvo a Londres; acaso la patria sea justo ese hormigueo en el estómago.

Corría el año 2002, y tenía curiosidad por pagar en euros, nuestra flamante divisa. Pedí un refresco y comprobé que, efectivamente, todo era el doble de caro.

De las paredes pendían pequeños y tímidos carteles de PROHIBIDO FUMAR, lo que me sorprendía y me resultaba difícil de creer. Para comprobarlo, pedí fuego a un guardia civil que, amablemente, me alcanzó un mechero con la pegatina de un toro.

Agradecí con una sonrisa, miré al toro, inhalé y sentí como mis pulmones y mi alma se embriagaban con el humo del tabaco negro, el calor del junio madrileño, y con esa inquietud ante la eterna anarquía española en la que no sabes qué esperar, a qué atenerte, donde la intuición y vivir el momento son los mejores aliados.

El Estudio Financiero Atlántico, donde tenía la entrevista de trabajo, estaba cerrado a la hora del almuerzo; pero había un hombre, también fumando,  en una de las mesas de la oficina vacía. Era Ismael, mi posible futuro jefe.

Se levantó para estrecharme la mano y pude ver que era bastante alto y fornido, sin barriga –podría jugar al baloncesto en un equipo de amigos- de unos cuarenta años, el pelo largo, modulado y peinado hacia atrás, con algunas canas. Tenía una expresión tremendamente amable que parecía animarte a hacer algún chiste para arrancarse a reír, y unos ojos marrones que expresaban confianza y completa sinceridad.

– Bueno, bueno, chavalote, al fin, ¿qué tal el viaje?–preguntó sonriendo-

Le expliqué los pormenores de mi alojamiento temporal y mi decisión de retornar para siempre de Inglaterra.

– Ah, estupendo… -suspiró- Bueno, veo que has venido ya con el traje puesto, eso está bien, pues va a ser tu segunda piel –sonrió-, en fin, cuéntame un poco si sabes algo de hipotecas…

No tenía ni idea, y él lo sabía, pero le gustaba jugar a las preguntas difíciles, quizá no era tan buena persona. Yo conozco ese juego y sé defenderme: Le hablé de la importancia de escuchar al cliente, mis experiencias en las operaciones con divisas, y de trabajo bajo presión…

De todos modos, lo que dijimos fue casi irrelevante, ante todo estuvimos calibrándonos en los silencios y en los gestos. Cuando sintió que ya había tenido bastante, me cortó en seco.

-Vamos a tomar una cerveza –fue su primera orden-

Fuimos a un pub irlandés elegante, donde comentamos la filosofía de la empresa.

-Mira, necesito un hijo de puta que venda la moto, lo mismo a un panchito que a un notario, y que sepa manejar unos pocos –muy pocos- números, eso lo aprenderás en dos tardes, pero lo otro no. Y un tipo con tu trayectoria creo que encajará bien.

-Espero aprender a ser un hijo de puta útil.

-Jaja, creo que lo vas pillando. –Sonrió con esa sonrisa inocente y franca, realmente imposible de descifrar-. Y ahora, a descansar que aquí se trabaja mucho…No como esos putos ingleses.

Madrid tiene un fuerte olor a sequedad, que a la vez que repulsivo me causa adicción. Lo mismo me ocurre con algunos edificios horribles muy característicos, esas moles que utilizaron toneladas de cemento para crear jardines y vericuetos interiores. Pueden verse, por ejemplo, cerca de Moncloa.

Los lugareños de estas sucias calles, sorprendentemente, irradian con frecuencia algo parecido a la camaradería y gracias a ellos es posible, o casi, la vida en estas tierras (una ironía lo de tierras, por supuesto)

En la oficina me asignaron como discípulo de Quique, economista vallecano con perilla, que consiguió hacerme entender los pormenores matemáticos del oficio. Lo fundamental es recordar que los bancos solo te prestan dinero si piensan que no lo necesitas.

Nuestra labor era convercencerles de que lo hicieran, a veces por las buenas y otras, como dicen en Londres, masajeando los números, las nóminas, las vidas laborales, y lo que haga falta. Esta era una parte bastante entretenida del trabajo, ya que por entonces no existían las herramientas modernas y las falsificaciones debíamos hacerlas a la antigua usanza: Raspando con cuchillas de afeitar detalles incómodos de las nóminas y luego reescribiéndolos con infinita paciencia, recortando y pegando números de libretas de ahorros con las mismas tipologías, y similares tareas. Todas estas manualidades, dignas de los más reputados amanuenses, las realizábamos en la parte de arriba de la oficina, lejos de las miradas de los clientes.

De todos modos, la parte más importante de la formación era familiarizarse con los gestos, las distancias y las palabras adecuadas para utilizar con según qué notarios, directores de centros hipotecarios, y demás cómplices sonrientes de esa colosal ola de cemento que iba creciendo y aproximándose a la costa de nuestras vidas, para explotar y devolvernos a la realidad unos años después. Finalmente, cuando hube interiorizado todas las poses necesarias con naturalidad, me fueron asignados mesa, móvil y portátil: Ya estaba preparado para luchar y ganar.

Una mañana entró en la oficina un ecuatoriano alto, con la cabeza y espalda graníticas, que hablaba con un destello inteligente en la mirada. Era inversor y había encontrado un piso ridículamente barato para comprar, barato incluso para un barrio conflictivo como el Pan Bendito. Me contrató para que le buscase una hipoteca ventajosa y para que averiguase si había algo turbio en el asunto, lo cual consideré bastante probable.

Al día siguiente descubrí, para empezar, que el tipo que se suponía que era dueño no figuraba en el registro de la propiedad, sino una mujer, de forma que marqué perezosamente su número.

-Buenas días, ¿Armando?

-¿Quién quiere saberlo?

-Me llamo Óscar, y soy el representante legal de Bruno, el señor que quiere comprarle el piso.

-Hola hermano, ¿todo bien con usted, tronco? –Dijo, mezclando acento dominicano y jerga madrileña-

-Mmm, bueno, usted me dirá. No le dijo a Bruno que representaba a alguien, ¿quién es Clara Cillán?

-…Bueno, ella es mi socia.

-Su socia es la única dueña legal del piso.

-Ella está de acuerdo en todo, no te preocupes, llegado el momento ella va a ir a la notaría y todo eso, pero no quiero molestarla, y ella no quiere hablar con agentes inmobiliarios ni vainas de esas. Para eso estoy yo.

-Pues tendrá que hacerlo. Antes de vender, tiene aun que liquidar impuestos y un asunto con el Ivima. Tengo que explicárselo, por su bien. Suponiendo que sea cierto lo que dices, que ya es suponer mucho…

-Pues claro, hermano, mira, te voy a dar su número, ¿OK?…

-Ahí ya vamos bien, gracias.

Nos despedimos cordialmente y marqué de nuevo.

Clara Cillán resultó tener una voz ronca pero dulce, como de una miel dura que cuesta sacar del tarro, pero luego es la más sabrosa. Me convenció para que la recogiese en el aeropuerto, pues venía de Barcelona.

-Muchas gracias, -sonrió al ver el cartel que había preparado, con algunos colores- Era bajita y menuda, con la piel brillante que intuía suave. Vestía botas de montaña y ropa vaquera y de cuero.

-Te acercaré a casa y mañana resolveremos con un café…trajiste las escrituras ¿verdad?

-Sí sí, he traido esta carpeta con todos los papeles, yo no entiendo la mitad, ¿puedo confiar en ti?

-Claro, si no hay venta no cobro. Me interesa igual que a ti.

Cruzó las piernas en el asiento del coche y sacó un cigarro

-¿Puedo? –Asentí- ¿este es tu coche del trabajo, no?, tendrás otro para pasear.

Mi viejo Wolksvagen Jetta estaba a punto de cumplir el millón de kilómetros , creo que en una vida anterior fue taxi en Canarias. Un tanque.

-Por supuesto que no, ¿qué te crees que soy?

-Eres un broker ¿no?

-Eso pone en mi tarjeta –me encogí de hombros-

-A lo mejor te vendría bien un coche nuevo, o algo de dinero.

-Si hay algo que deba saber, mejor que me lo digas. Y no voy a comprarme otro coche.

-Bueno, verás, Armando, el chico que conoces, me dijo que se encargaría de la venta del piso, y le prometí la mitad de los beneficios.

-Vas a sacarle más de cien mil netos al piso.

-Claro, eso son cincuenta mil euros para él, por nada, ¿entiendes? y yo no quiero darle tanto, solo unos cinco mil digamos, por viejas deudas.

-Parece razonable, ¿crees que no lo entenderá?

-Ay no no, tú no le conoces, él es muy loco, además ahora está hablando otra vez de lo nuestro, ¿sabes?

-¿Sois pareja entonces?

-Bueno él fue un amigo, un amigo digamos de conveniencia ¿entiendes?, me ayudó con los papeles, el trabajo,  me prestó su casa y algo de dinero. Por eso quiero darle esos cinco mil euros. Ya es suficiente.  He trabajado mucho aquí, bueno, en Barcelona, he limpiado muchas casas, he puesto muchos cafés y he aguantado a muchos borrachos, y al fin voy a tener un golpe de suerte y me voy a volver a mi país con un capitalito. Te ofrezco otros cinco mil para ti si te encargas de que se conforme con esa parte.

Era casi mediodía, y no tengo aire acondicionado. Se abrió un poco la camisa que se pegaba con el sudor a sus pequeños pechos; su discurso la había cansado, y la notaba respirar, lo veía en su cuello; se arregló el pelo corto y me miró desafiante con sus ojos negros.

-¿Qué te parece? Te has quedado callado –sonrió, creo que se dio cuenta de que estaba pensando en besarla-

-No te voy a cobrar nada, fíjate. Voy a ganarme un dinero como comisión de todos modos. Engañaré a Armando, le liaré con los tecnicismos jurídicos. Y mejor que no entre a la notaría el día de la firma.

-Claro, claro, tú háblale, él es un chulo, pero es un burro, cuando le expliques no se va a enterar de nada, en esos ambientes él se caga. Y bueno, ¿me aceptarás alguna propina no? –me guiñó un ojo-

Un miedo informe me repelía tanto como me atraía, parecía entreverse un infierno allá.

-Claro que sí –sonreí-, pero primero terminaremos el trabajo.

Arranqué y la llevé a casa. Al parecer una amiga que estaba de vacaciones le había dejado unos días un pequeño apartamento por San Blas. Al alejarse casi me pilla (o sin casi) mirándole su perfecto trasero.

 

Comentarios

  1. Penélope

    15 mayo, 2019

    César, genial relato, ¡me encanta!, nos introduces de maravilla en la historia y me parece muy equilibrada tu narrativa, alternando descripciones y diálogos en su justa medida, incrementando el interés del lector y dejándonos en espera de ese (2 de 2)…Quedamos en espera…Mientras, recibe un saludo y un abrazo fuerte.

  2. gonzalez

    23 mayo, 2019

    Me gustó mucho, César. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo.

  3. The geezer

    6 junio, 2019

    Muchas gracias Penélope, me alegra mucho tu comentario y espero que la segunda parte te guste también!!
    Un abrazo
    César

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