El velocípedo

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La cuestión es que soy un sujeto al que le su­ceden las cosas más inverosímiles. Tal parece que soy como un imán, cuya controvertida personalidad –temperamento y carác­ter aunada a su educación y apa­riencia física— lo hacen un indivi­duo al que, como en la Cuba de Batista, todos gritaban: ¡Al Negro… tírenle al Negro!

Y claro, aunque reconoz­co que puedo ser el blanco de se­mejantes reacciones, pues estoy lejos de ser una «perita en dulce» como decía mi abuela Lola, si tengo la precep­tiva literaria y las maneras para comportarme como un individuo ci­vilizado.

Lo que pasa es que, a mis casi 70 años, no he podido adaptarme a la condición de niño su­miso adaptado —aquel que es mo­delo de comportamiento, obedien­cia y sumisión– y que lo hace un in­dividuo confiable y merecedor de los halagos y buenas notas de la maestra en la escuela, el cual lle­gará a ser un respetable y pacifico ciudadano o un exitoso y taimado burócrata huachicolero del erario; un cuidado­so de las formas, acumulador de méritos y créditos, pero también responsable del nulo desarrollo cívico y la postración general de nuestro ingenuo y mitotero país.

La cosa es que adonde quiera que voy o que digo esta boca es mía provoco una reacción en con­trario. Por ejemplo, si monto en mi bi­cicleta y le reclamo al conductor de una camioneta porque se me echa encima al cruzar una calle (princi­pio de prepotencia del más fuerte), dicho chofer, que no ciudadano, me grita:

¡Hazte a un lado bicicletero, que no ves que va a pasar mi lámina!

Al re­clamarle con mi airada y soez mue­ca, el prepotente chofer me grita:

¡A los vejestorios hay que dejarlos en el armario!

O cuando con la mis­ma bicicleta voy al palacio munici­pal a pagar el predial … y al inten­tar pasar, caminando con la bicicle­ta, el guardia me detiene y me im­pide el paso. Le reclamo por ello y le pregunto que en dónde está el lugar para las bicicletas (el reme­dio y el trapito). Me contesta que no hay, que se la deje a los boleros de enfrente. Le contesto que eso es imposible, pues me la robarían, y me dice: «ese es su problema, así que ahueque el ala o lo mando desalojar».

Acto seguido, toma su «Waky-Taky» dice un montón de frases incomprensibles, números y claves, y en 20 segundos me ro­dea un enjambre de corpulentos guaruras que me conminan a salir. Ni uno solo de mis argumentos pudo convencer a semejantes y contundentes celadores del Municipio; ni siquiera mi ruego de que el pro­pio policía me cuidara la bicicleta, ya que había hecho el viaje en bal­de desde el tercer anillo al sur de la ciudad.

¡Naranjas dijo calangas!… Y me tuve que regresar a casa an­tes de que la ira de los celosos guar­dianes del H. Ayuntamiento me con­fiscaran la bici.

El tema de la bicicleta es inago­table. Mi esposa -que es arquitecta- me comentaba la paradoja de que en Aguascaiientes, una ciu­dad plana emplazada en un llano, cuya periferia está trazada de ma­nera abierta con modernas vialida­des, la zona del Centro urbano se congestiona por razón histórica y natural, –los paseantes y el uso de la bicicleta como medio individual de transporte y esparcimiento ecológico no se fo­menta– sino que se privilegia el abu­so del automóvil –armatoste conta­minante y estorboso cual cucarachas citadinas– que se ha convertido en el valor social por excelencia, desplazando a la per­sona humana (peatón) en los luga­res públicos y las vialidades.

El colmo fue la construcción de las famosas «vueltas inglesas» que fueron diseñadas para ciudades como Londres, y que aquí las me­tieron con calzador, giros en donde los camio­nes no pueden dar la vuelta al oriente, y en donde cruzar en bici­cleta es casi suicidio, no obstante que la Urbe posee un diseño ordenado y sus ciudadanos una mentalidad tradicional con una educación vial teoricamente excepcional: ¡pero cuyos usos y costumbres actuales no permiten acatar las disposiciones de trafico y las previsiones de sentido común para hacer el flujo vehicular eficiente y seguras las susodichas vueltas.

Baste decir que en Londres, para otorgar una licencia de conducir a un taxista, se requiere aprobar unos exámenes de conocimientos, peri­cia, cortesía, nomenclatura urbana y de alternativas viales, que en pro­medio les toma 2 años preparar y aprobar.

Aquí, en Aguascaldas, por el contrario, el oficio o licencia de taxista le está permitido a cualquier aficionado o desempleado o acaparador de taxis vía las concesiones de los gobiernos aficionados.

Pero como para todo tenemos ideas geniales, si bien no promo­vemos la cultura de la bicicleta al aire libre, es decir sobre las calles, sí en cambio exaltamos la del au­tomóvil –incluida la chatarra chocolatera– que es la más lucrativa… y para colmo sí construimos el equivalente virtual, en la forma de un Velódro­mo, que es una especie de transfe­rencia de consolación para los afi­cionados al velocípedo en condiciones de “Magna Obra de Relumbrón”.

 

CORTEX

Comentarios

  1. Mabel

    16 mayo, 2019

    ¡Me encanta! Un abrazo Alfonso y mi voto desde Andalucía

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