Indios contra vaqueros

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Las tardes de verano en la aldea tenían un nombre propio: John Wayne.

Paralizados ante el televisor, veíamos como se batía en duelo contra forajidos, perseguía a indios por el Oeste o acababa con la vida de los asaltantes de diligencias. Queríamos ser como él. Tal era nuestra devoción que susurrábamos sus diálogos de memoria, convertidos en un nuevo Padre Nuestro.

Cuando mi padre trajo una nueva película corrí de casa en casa, llamando a gritos al resto de la pandilla. Llegamos eufóricos al salón. Nerviosos e inquietos ante la pantalla, nuestras ojos reflejaban las hazañas de nuestro héroe. La tensión aumentaba con cada flecha y bala perdida. Incrédulos y en silencio, veíamos avanzar a los indios. La batalla parecía perdida hasta que nuestro dios particular lideró el contragolpe. Saltábamos de euforia, gritábamos e imitábamos el tiroteo final.

Antón sugirió jugar a indios contra vaqueros pero todos queríamos ser John Wayne. Discutimos sin sentido por quién tenía el derecho a serlo hasta que Noa dijo que dejaría que fuese Antón solo si jugábamos en la finca del viejo Amado.

Nos miramos unos a otros en silencio. Su nombre producía escalofríos. El viejo Amado. Decían que odiaba a los niños. Perseguía con una hoz a los que entraban en su finca. Después, los llevaba al cobertizo para cortarles las manos. Los chicos mayores contaban que por las noches se escuchaban los llantos de los niños que había asesinado. Nadie sabía si era cierto o no porque ninguno nos atrevíamos a acercarnos. Noa sonreía victoriosa pero nos pudo el orgullo.

Brais no quería ir. Le dije que el viejo Amado era un cuento para meternos miedos y que éramos guerreros apaches, que íbamos a ganar. Empecé a imitar gritos de guerra indios y salimos corriendo para llamar al resto de niños. Cuantos más fúesemos menos miedo tendríamos.

Al llegar. Antón encontró una cuerda y dijo que con ella colgaba a quien encontraba. Brais me agarró la mano hasta hacerme daño. Noa sugirió jugar como en la peli. Se haría prisionero a uno de los indios,se ataría a un árbol con la cuerda y los demás tendrían que rescatarlo. El último que quede con vida ganaría. Nos gustó la idea y con unos palos se sorteó quién tendría que ser el prisionero. Le tocó a Brais. Para calmarlo, le dije que el viejo Amado era mentira y que le rescataríamos en nada, que Antón no era John Wayne, solo un imbécil. Se rió antes de que Noa le atase la cuerda alrededor del cuello.

Mientras los vaqueros contaban hasta cien con los ojos cerrados, los indios, conmigo como jefe de la tribu, nos escondimos por la finca. Era mucho más grande de lo que habíamos imaginado. Sus muros quedaban ocultos bajo la multitud de árboles frutales, descuidados y rodeados de helechos y maleza. La hierba no había sido cortada desde hacía años y era más alta que alguno de nosotros. Aquel lugar estaba abandonado. Las historias eran mentira. El viejo Amado no existía.

Los gritos de Antón y Noa nos advirtieron de que la cuenta atrás había terminado. En silencio, rodeamos a los vaqueros para la emboscada final. Con manzanas, que usábamos de flechas, matamos a tres de ellos. Los vaqueros contraatacaban. La finca se había convertido en una batalla de carreras, frutas que volaban de un lado a otro y gritos.

Uno de ellos nos paralizó. El viejo Amado era real.

Corrimos asustados. Hubo quien se escondió entre la hierba o subió a los árboles para que el viejo Amado no lo atrapase. Fui de los últimos en escapar y no paré de correr hasta llegar a casa y esconderme debajo de cama. No me moví de mi escondite hasta la hora de cenar.

El timbre de la puerta sonó mientras comíamos. Estaba aterrado, pensaba que era el viejo Amado, que venía a por mí, que nos mataría a todos. Era la madre de Brais. No había llegado a casa. Confesé entre sollozos. Pensé que mi madre me abrazaría y consolaría, que me diría que todo estaba bien y que no pasaba nada. Me cruzó la cara de una bofetada.

Antón, Noa y yo caminábamos por la finca del viejo Amado guiados por linternas. Detrás, nuestros padres gritaban el nombre de Brais. Me pareció ver algo. Noa y Antón quedaron atrás. Avanzaba entre la hierba alta, apuntando a mis pies. No quería ver qué era lo que allí había. Deseaba que fuese Brais, asustado y escondido, pero tenía miedo de que fuese el viejo Amado, que esperaba por mí para matarme en la oscuridad.

Lo que vi aún me dio más miedo.

Brais ahorcado.

Muerto.

Comentarios

  1. Luis

    14 julio, 2019

    Muy buena recreación de un episodio infantil con consecuencias trágicas, un saludo y mi voto!

  2. Gian

    21 julio, 2019

    Me gusta como narras. Te has ganado un seguidor. Saludos y mi voto.

  3. gonzalez

    28 julio, 2019

    Me gustó mucho, amigo. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo.

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