La primera. La mejor. La única

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Empezaron a forzar sus encuentros más a menudo, aunque Curt continuaba reticente a invitarla de nuevo a sus aposentos. Dejaba que se preocupara por él, que elogiara algunas de las canciones que a veces tocaba y cantaba de madrugada, que le relatara ciertas anécdotas de su vida. Le gustaba de Isabel que no necesitaba andarse con mil vericuetos para relatarle sus vivencias, que ambos se tenían un respeto y un interés mutuo; y sobre todo, le gustaba la manera que tenía ella de contar algunas de sus intimidades, con timidez, sin lograr sostener la mirada, girando la cara hacia algún punto del horizonte en el momento cumbre de la historia, haciendo bailar así su larga melena de ondas, como una cortinilla que se iba abriendo mechón a mechón, reticente a mostrar la piel. Isabel no le agobiaba con episodios de verborrea aturrullante, ni con testimonios plañideros, ni con carcajeos impostores: contaba sus verdades con la serenidad de la experiencia, afrontando sus desdichas y sin exagerar en demasía las dichas, sin necesidad de hacerse la fuerte ni tampoco destacar su debilidad. Y era eso, justamente eso, lo que a él más le atraía, el ingrediente que la hacía distinta a todas las demás: la paciencia que era capaz de sonsacarle y la necesidad de estar escuchando su hablar pausado, escogiendo las palabras adecuadas y a veces inventándolas mezclando idiomas, y marcando un extraño acento extranjero, durante horas. Curt dejaba que se fuera el tiempo con ella en el terreno neutral que suponía la cocina —él inventaba excusas para alejarla de su habitación, ella en ningún momento propuso enseñarle la suya— y, varios días a la semana, idearon reunirse en una cafetería aislada, propia de estaciones de servicio en mitad de una autovía; él la recogía en un punto acordado de antemano, alejado de las entradas de la casa, y la montaba en su motocicleta, tomando todas las precauciones necesarias para no ser descubiertos.

 

Aunque existía una diferencia de edad entre ellos, y a sabiendas que los inicios de su relación —además del contexto dentro del cual se desarrolló— eran cuanto menos insólitos, resultaba evidente que existía atracción sexual entre ambos. Se notaba en el ambiente, por las sonrisas de ella y las miradas a veces fijas y a veces avergonzadas de él; de todas maneras, lo único que hicieron en los cuantiosos encuentros que mantuvieron fue hablar, hablar de todo y habla superfluo y ficticio: hablar de lo que amaban, detestaban y soñaban, y luego de su presente: las diversas alteraciones del día a día, de sus impresiones, novedades, alegrías y quejas, de los balances finales cada veinticuatro horas. Si dentro de esas conversaciones fueron sinceros el uno con el otro, eso será algo que siempre quedará en el tintero; lo único que podemos asegurar en estas líneas es que Curt, con poca vida a sus espaldas aunque en ocasiones ésta se le hubiera vuelto demasiado intensa, tomó cada uno de esos cafés con la pureza del adolescente virgen e inexperto y el corazón en la mano.

 

Pasó tiempo hasta que dieron pasos cada vez más íntimos. Curt, que empezaba a cultivar los primeros problemas de insomnio, optó por aprovechar su problema y en lugar de poner solución decidió dar rienda suelta a la creatividad y tomar fotos de las diferentes fases de la luna desde varias perspectivas. Así que se pasaba noches apoyado en el alféizar de su ventana, fumando y cámara en mano, esperando el instante de máxima belleza, con la paciencia de un santo y la obstinación de un toro; la última persona de la cual se despedía al finalizar el día era Isabel: empezaron a desearse las buenas noches aprendiendo a leerse los labios frente a frente, aunque separados por varios metros, escribiéndolo en papeles y a veces añadiendo alguna dedicatoria si el día había sido especialmente duro, lanzándose besos y despidiéndose con la mano antes de cerrar el telón, que eran las cortinas.

 

Curt empezó a tomar fotografías de ella, a menudo consiguiendo retratos suyos cogiéndola desprevenida. Siempre que fotografiaba a Isabel lo hacía con cámaras análogas, porque así disfrutaba todo el proceso de revelado, e iba descubriendo y apreciando los detalles de su rostro a medida que se reflejaba la imagen en el papel mojado. Le parecía  mágica: las series de Isabel recién duchada encendiendo un cigarro que colgaba en la comisura de su boca, con una toalla blanca hecha un revoltijo de tela sujetándole el pelo. Isabel con aquella mirada suya, como extraviada, perdida en el horizonte y girando la cara hacia un lado (ésa era su pose más personal). Isabel riendo de sorpresa al saberse descubierta, o Isabel con ademán de enfado y alzando la mano en gesto de protesta cuando no le apetecía ser fotografiada. Hizo una colección con las que él escogió como las mejores: las más naturales, las que ella nunca se esperaba.

 

Y una noche en la madrugada, cuando él ya había escogido y cambiado las lentes y se proponía situarse tras el objetivo como tantas otras veces, Isabel tomó las riendas del juego y comenzó a desnudarse lentamente para él. Llevaba un conjunto lencero de encaje y tirantes, del cual se deshizo estirándolo hacia arriba, sacándolo por la cabeza, descubriendo así poco a poco las curvas rotundas e indefensas de su cuerpo menudo. Curt, a pesar de haber alardeado de una vasta experiencia con chicas que en realidad nunca existió, no había visto a ninguna mujer desnuda tan de cerca, a excepción de las modelos de las revistas eróticas. Se quedó petrificado ante los cristales, incapaz de agarrar la cámara y sin apenas fuerza en las manos, con una erección imposible de ocultar bajo los pantalones holgados de pijama. Isabel, dedicándole toda su atención y sin apartar los ojos de él, se acariciaba con suavidad mientras Curt se iba enamorando más por momentos. Reprimía las ansias de salir corriendo por los pasillos, rodeando media casa, para plantarse en su cuarto y hacerla suya sin ningún tipo de preámbulos, pero para ello le faltaba valentía, decisión y algo de experiencia, puesto que tanta novedad erótica le tenía apuntalado al suelo disfrutando de cada movimiento que a ella se le ocurriera hacer, temiendo perderse cualquier detalle y amándola en la distancia. Entonces Isabel escribió en un folio: “ahora hazme fotos”. Y él no tuvo más remedio que inmortalizar su torso desnudo, olvidándose a partir de aquel día de todas las fases lunares, convirtiéndola en el eje de todos sus pensamientos. Soñaría, recordaría y pensaría en ella y en sus pechos de pezones grandes y oscuros durante todos los minutos de los dos próximos días, ansiando y temiendo el inevitable reencuentro a solas. ¿Qué se dirían, qué harían, quién habría de tomar entonces las riendas, cómo emprender la inciativa, era su turno, estaba él preparado para ofrecer lo mismo que ella? ¿Cuál era el próximo paso? Por primera vez en su vida, se vio falto de estrategias.

 

Isabel le invitó a su habitación al segundo día tras su exhibición desde la ventana, a media tarde, porque justo aquel jueves y a esas horas la casa estaría desierta, entera para ellos dos. Curt, que se hizo a sí mismo la promesa de salir de esa cita bien conquistando los placeres que entrañaba Isabel o bien sumido en la derrota tras una posible negativa, pero sin admitir medias tintas, quiso que por su parte todo estuviese calculado y resultara perfecto. No sabía cómo vestir, si era apropiado comprarle algún regalo, presentarse con alguna botella de buen vino o una joya, y al final resolvió ofrecer las dos cosas. Resultaba curioso el mimo que dedicó en recortar su incipiente barba rojiza, en las gotas de su perfume más bueno (medidas las cantidades con exactitud) en el torso y el cuello, en arreglarse el cabello y ensayar muchas veces las poses que él consideraba más atractivas y varoniles, las que a su parecer le sumaban edad…y todo eso con el fin de permanecer donde siempre, en un encuentro que aunque él estaba convencido de calificar como cita no estaba muy seguro de que así fuera.

 

Curt se recuerda a sí mismo esa tarde, repeinado, con camisa y pantalones de pinzas (en el fondo no perdía la esperanza de arrastrarla a la clásica cena íntima en un terreno neutral: en un buen restaurante, de impresionarla y agasajarla con todo lo que le pidiera), un vino nada barato que transportaba en un embalaje de madera capaz de mantenerlo a la temperatura idónea y un collar con una amatista de color rosa que le había comprado esa misma mañana, y que quizá le hubiera salido más barato si hubiese tenido tiempo para negociar su verdadero precio con el joyero. El corazón le palpitaba bajo el pecho a un ritmo galopante y sentía un reguero de hormigas surcando sus manos, había una pierna que se movía a su aire y se veía incapaz de dominar. Pero lo que Curt jamás olvidará fue la visión de Isabel al abrir la puerta, con un vestido —los habituales que ella coleccionaba en el armario— de estampado tropical (pintado de hojas verdes y amarillas sobre un fondo negro y blanco) que le llegaba hasta los pies y dejaba libres media espalda y los dos hombros, cubiertos de lunares y marcas decoloradas por sol, y un escote que a la vez le permitía imaginar el nacimiento de sus senos; el estilismo la hacía parecer algo más baja de estatura, lo cual a él le pareció, por alguna razón, aún más sensual. Se acuerda, como si el tiempo se hubiera estancado en aquellos instantes, de la trenza de espiga que anidaba en su nuca y caía por el lado izquierdo de su cuello, frondosa y con algunos cabellos rebeldes que se resignaron a ser atados; y también recuerda de qué manera ella, de movimientos impetuosos, se dejó caer sobre la cama nido, provocando el revuelo de sus ropas y enseñando de forma descuidada una pierna casi hasta la altura de las ingles, mientras con una sonrisa intentaba abrocharse el collar (“me lo abrocharé yo sola”, le espetó con cierta ternura y reclamando independencia cuando le abrazó tras recibir el regalo, rechazando los ademanes caballerosos de él). Y en esa visión Curt entonces pudo atisbar sus pies pequeños con las uñitas pintadas de malva, calzando unas sandalias bajas de esparto.

 

Tras varios intentos y un dechado de flexibilidad, Isabel consiguió abrocharse el colgante, y luego se incorporó de un salto y se exhibió posando de lado a lado con los brazos en jarras, subiendo y bajando la cabeza y estirando con movimientos llenos de intención el cuello ante Curt, que asentía y continuaba en la misma postura, con el cajón de madera y el vino delante de su pantalón, intentando ocultar la evidencia de sus reacciones hormonales y sin saber muy bien dónde meterse.

 

— ¿Me queda bien?

 

— Sí….sí. Te queda muy bien.

 

— ¿Quieres probarlo?

 

Y entonces ella le ofreció su cuello, y al ver los titubeos de él, que le impedían avanzar, se acercó mucho, muchísimo, y alzándose de puntillas le agarró la cabeza por detrás, no sin cierta ternura, y le empujó hacia su cuello y sus hombros. Curt aspiró el olor natural de su piel, carente de cualquier perfume o una sencilla agua de colonia, y rozó primero con sus labios, besando más apasionado después, saciándose con el sabor de la carne dorada y caliente, que le parecía suave como la seda. Isabel notaba entre sus piernas, temblando, el estuche de madera que contenía el vino.

 

Curt no había sido nunca amante de nadie. Tras verse tan paralizado, y asumir que los romanticismos con Isabel estaban descartados (ni largas conversaciones antes de acostarse juntos, ni promesas, ni futuros o remembranzas del pasado, ni restaurantes, ni velas, ni paseos nocturnos bajo la luz tenue de las farolas) desplegó toda la pasión reprimida y comenzó siendo muy efusivo —demasiado quizá— con sus besos, sin saber muy bien qué hacer con las manos y la lengua. Ella se apartó, le detuvo (“tranquilo, semental, no tengas tanta prisa”, le decía divertida) y le fue guiando durante toda la velada. Ella fue quien le enseñó a besar bien, más contenido pero más profundo, le enseñó dónde y cómo posar sus manos, le desnudó y le tumbó en la cama, llevando en todo momento el control de la situación. También marcó ella el ritmo, galopando y conteniendo el apetito ansioso y frenético de él, que entraba dentro de una mujer por primera vez en su vida, e igual que una experimentada directora de orquesta conseguía medir la cadencia de sus movimientos, la progresiva y cada vez más rápida unión de los dos cuerpos, con la fogosidad y el vigor inauditos de la juventud. Y aunque todo acabó mucho más rápido de lo esperado, lo cierto es que para ambos resultó una experiencia gratificante. Isabel bajó desde las alturas de Curt y se desparramó sobre la cama, sudando  extasiada; sin embargo, para él fue mucho más que una sesión agotadora de sexo: sería un día a remarcar en todos sus calendarios, especial, inolvidable, imperecedero en el tiempo.

 

Comentarios

  1. Mabel

    16 mayo, 2019

    ¡Excelente! Un abrazo Estefanía y mi voto desde Andalucía

  2. Luis

    17 mayo, 2019

    Impresionante historia, un abrazo querida amiga, y mi voto!!

  3. gonzalez

    4 junio, 2019

    Me gustó mucho, bella Estefanía. Te dejo mi voto y un fuerte y muy cariñoso abrazo.

  4. GermánLage

    13 junio, 2019

    Bueno; el lector bien se merece el alibio que supone el episodio amoroso de estas entregas. Todo él está bien planificado y mejor ejecutado, como en tí es habitual.
    (El orden en la lectura de los tres fragmentos no altera el resultao).
    Un abrazo, Esteff.

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