Siempre me gustó girar sobre mi propio eje. Pensaba que al rotar con mi cuerpo, el mundo también lo haría conmigo. Perder la noción de la horizontalidad era todo un ejercicio de desapego. Todo se relativizaba y los “no me mires” dejaban de importar. Entre vuelta y vuelta no había tiempo para mirar afuera, y así es cómo aprendí que para hacer un giro bonito necesitaba estar muy dentro de mí. Dentro de mi presente, de lo que creo y lo que amo. Y que las vueltas eran como impulsos en los que debes hacerle caso a ese instinto que mantiene tu inercia en armonía. Tal vez haya cambiado mil veces de salón de baile, pero te aseguro que si cierro los ojos y te veo mientras giro, la vida nos hará ser espiral en cualquier curva del destino
souly3



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