Le Quatier Latin

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Le Quartier Latin

(ES  UNA  FANTASÍA)

Aunque suene a herejía, no me trastornan tanto los lugares culturales clásicos de Paris, que tan a menudo visitan los turistas manejados como títeres por las famosas agencias del ramo, programados para quedarse perplejos, fascinados y anonadados ante tanta maravilla y cultura. Es increíble que de repente, haya tanta gente que entiende de arte y con tanta sensibilidad artística. Es un milagro que han industrializado las Agencias de Turismo que demuestran que es verdad que el dinero todo lo puede, incluso dotar de gusto y voracidad artística.

Aclaro que yo ya viví esa experiencia de nutrirme de tanta maravilla y cultura. No la ignoro y la valoro. La conozco bien. Pero fui más práctico. Nada de agencias. Nunca tuve tanto dinero para financiar a terceros. Yo fui al grano y contraté directamente a una ex profesora francesa, para que me mostrara Paris y sus encantos y vaya las sorpresas que me encontré.

Hoy, después del mediodía, después de haberme sumergido toda la mañana en el mundo de burocracia digital en la oficina fiscal donde trabajo, harto de tantos mails y otros registros de la edad tecnológica, decidí recurrir una vez más a mi “imaginación” y me evadí en dirección a la Rive Gauche de Paris.

Me mojé bastante, ya que antes de tomar mi decisión de almorzar en Paris, no se me ocurrió consultar el estado atmosférico del mundo, y esa tarde la ciudad luz lucía increíblemente oscura a causa de una intensa lluvia.

Necesitaba almorzar y para eso, qué mejor que internarme por alguna callejuela del “Quartier Latin”, buscando algún restaurant pequeño, típico, auténtico y de bajo precio, así como ésos que frecuentaba el Comisario Maigret.

Había muchos con esas características, pero rápidamente me sentí flechado por el que se llamaba “ Normandie”. Entré simulando seguridad y me senté frente a una mesita con mantel a cuadros rojos y blancos y esperé que me atendieran. No lo hizo nadie. Habían tres o cuatro mesas con comensales que se quedaron en silencio mirándome como si yo fuera de un exoplaneta aún por descubrir.

Para aumentar la impresión de exquisita atención, desde el mesón, un tipo corpulento que parecía el barman, el jefe o el dueño del local me miraba fríamente con rostro severo y franco desdén.

—¿Qué haces aquí pajarraco? —adiviné que él decía—. No atendemos gente de la policía.

—Sólo soy un empleado público —aclaré— interpretando su tácita y gentil pregunta.

—¡¿ Qué me dicen muchachos…?!! —bramó el toro en dirección a dos tipos que hacía rato me miraban malignamente.

Los muchachos eran dos tipos de mala catadura que me habían estado mirando con franca insolencia desde que yo ingresé al local, sin esconder para nada una actitud agresiva e intimidante.

Uno de ellos lucía una chaqueta de cuero que alguna vez fue café y que no conocía las lavanderías o tintorerías. Mantenía groseramente su gorra puesta en su cabeza. El otro, con el rostro manchado, lucía un incisivo de oro y vestía como marino de barco carbonero.

— ¿ Un policía de civil? — preguntó, como comentando el de la gorra.

—O peor aún…¿Un soplón? —masculló el marino.

—Ni la una ni la otra cosa —me apresuré en contestar.

En ese momento, un tipo disfrazado de mesero o algo así, con un delantal de dudoso color blanco se arrastró desganadamente hacia mi mesa.

—¿Qué se va a servir? —preguntó sin saludar.

—El almuerzo del día— contesté con la misma cortesía.

—Voy a ver si hay almuerzo y, de qué día— farfulló el hombre, dando una mirada de complicidad a los dos patanes que no se perdían detalle de la escena.

Como las cosas se estaban poniendo feas, decidí protegerme, y para eso “inventé” rápidamente un personaje que me sacara del posible apuro. Me lo imaginé como James Bond y abogado sin título. No me gusta mentir en materia de profesiones. En todo lo demás sí. Mi protector imaginario se iba a llamar Jean Pierre.

—¿Trabajas por aquí?—siguió inquiriendo el marinero

—No…En realidad, trabajo bastante lejos de acá—dije tratando de parecer normal.

—¿Qué tan lejos de acá tienes tu trabajo?— indagó el hombre del mesón.

—En Sudamérica— contesté evasivo —inquieto por el giro de la conversación y con la esperanza que llegara pronto la ayuda que yo mismo había inventado.

—Ése no es un país— replicó el que parecía marinero.

—Y no nos gusta que te burles de nosotros —aclaró el otro, mientras se sentaba al revés en su silla, para quedar frente a mi —Nosotros no somos ignorantes—acotó fieramente.

—Me pareció que hablaste por tu móvil —interrogó el patrón—saliendo de detrás del mostrador.

—Tenía una llamada de Jean Pierre—expliqué…

—¡¿ Y quién es Jean Pierre…?!!—bramó el hombrote acercándose.

—¡ Soy yo, Bruno…!!!—contestó entrando al local un hombre alto, 35 años, de tipo latino, llenando

con su presencia el local.

                                          (CONTINUARÁ  CUANTO  ANTES…)

 

 

 

 

 

– Soy yo, Bruno-contestó entrando al local un hombre alto,35 años, de tipo latino-llenando con su presencia el restaurant.

 

 

 

 

 

Comentarios

  1. JR

    15 junio, 2019

    Muy buena historia y muy bien ambientada. Saludos y mi voto.

  2. Klodo

    15 junio, 2019

    Muchas gracias JR
    Cuando ya nadie se preocupa de leer mi texto, tú lo haces.
    Muy bueno tu comentario. Me dan ganas de seguir.
    Mi saludo
    Sergio

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