Pasta de conchos: memoranda

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«El Napo de cuello blanco se quedó con 55-USmillones en beneficios sociales destinados a los mineros mientras a los deudos les ofrecieron un mendrugo de 75mil pesos y, ahora, un memorail con sus nombres»

 

«Sólo un milagro puede salvar a los 65 mineros se­pultados en la mina de Pasta de Conchos. Así dijo el 17 de febrero de 2006 el reportero Loret de Mola de Televisa». Pero no dijeron que estuvieron a 160 metros bajo tierra expuestos a una atmósfera mortífera de 50% de gas metano y gas gri­sú. En aquel entonces los medios alimentaron la esperanza de la gente que se ne­gaba a ver y entender la realidad. Parientes que creían firme­mente –como ahora lo hacen para exigir drenar los túneles y localizar los cuerpos– que verían a los sesenta y cinco salir caminan­do de la mina: abrazarlos, besarlos y llorar dis­puestos a olvidar para siempre la pesadilla. No les di­jeron tampoco que hubiera sido un milagro hallar a uno solo vivo. Nutrieron la esperanza, la angustia y la incertidumbre, mientras diseñaban la ficción que ahora aparece magnificada por el poder del Naposenador con sainete populista ad hoc para destapar la ficción sensiblera.

La vieja ficción. Por miedo, por irresponsabilidad nadie llamaba a las cosas como se les debía llamar, nadie enfrentaba a esa gente a la realidad, y ellos visualizaban a sus esposos, hermanos, padres, hijos llegando un sábado más, un domingo más, saliendo de la dura chinga, pero aun juntos, aun vivos, comiendo magramente, pero alimentando todavía la esperanza.

Es por eso que la reacción fue dolorosa y violenta cuando se avisó a las familias que se vaciaría la mina para esperar a que la concentración de gases fuera menor y no se expusiera a los rescatistas a morir en otra explosión.

Gritando entre ira y dolor exigían la presencia de un gobernador Moreira que no sabía qué hacer, exigían justi­cia a un secretario de Trabajo que por primera vez se enfrentaba a la realidad de los trabajadores, de esa gente que deja parte de su vida en las entrañas de la tierra; de sus familias que al principio habían visto en él la presencia siempre esperanzadora de un enorme país que había sabido nada de ellos hasta que suce­dió la tragedia. De un gobierno que no se planteaba la realidad de que esos mineros ayudaban a generar la luz que hacía posible una vida luminosa en las urbes y más de 2 mil millones de dólares anuales de ganancia a la industria minera. Esa gente exigía que les entre­garan a sus hombres vivos, pero la empresa de los Larrea y el gobierno de Fox sabían que nadie podía regresarlos vivos. Hasta que llegó el momento de enfrentar en toda su dimensión a la terrible realidad del desastre, realidad que se había camuflado con una esperanza ficticia.

—Hijo de tu perra madre – así gritó el hombre que se lanzó sobre el Secretario del Trabajo.

De inmediato varios integrantes del Estado Mayor rodearon al Secretario Salazar Saenz y lo llevaron protegido hasta las oficinas de la mina, el agresor fue detrás, hasta que otro integrante del estado mayor lo alcanzó y lo abrazó… El hombre dejó correr libremente su llanto y su impotencia, mientras el químico a cargo de la «pre­visión social» escapaba grotescamente.

Juan Manuel y otra decena de rescatistas metían cuidadosamente su pala y con ella llenaban lentamen­te botes que, pasando por varias manos, eran lleva­dos a la superficie. De esa manera lenta y angustiante era como se estaba sacando el escombro. Eran se­senta y cinco hombres los que estaban atrapados; las posibilidades de que estuvieran vivos eran nulas.Llas muestras de gas obtenidas por los barrenos arro­jaban una alta concentración de metano-grisú, cual­quiera que respirara en esa atmósfera debía estar muerto.

Fue ese lunes 27 cuando se recibió la orden: de­bían abandonar la mina, eran ordenes venidas del conclave integrado por el secretario del Trabajo, los expertos americanos y los empresarios Larrea, due­ños de la mina. El riesgo de una explosión más era inevitable. ¡Perra vida!

Sentir la impotencia ante la tragedia, sentir rabia contra una patria consumista de energía eléctrica, buena parte de ella generada por el carbón que ellos sacaban, ¡Rre perra vida!

Perra paradoja que parece repetirse con el carbón de Coahuila y los carbo-dineros del Senado y la CFE.

Al levantar sus ojos el minero se encontró frente a un par de ojitos que le miraban azorados.

«Era María que reía a los mineros. Corría de un lado a otro y les iluminaba su vida con la claridad de su inocencia, ignorando la fatalidad de su negro destino. No se cansaba de hablar, les decía que algún día estudiaría y que iba a inventar «algo» para que sacar el carbón no fuera tan pesado. Bendita inocencia. Cuando la reconoció Juan Manuel con su carita negra por el tizne, recordó que esa madrugada la había visto bajar con Marco, su padre. Y ahora ella estaba ahí frente a él. Le sorprendió que no pareciera asustada, habían pasado cinco días –hoy, son trece años– y ella estaba cómo siempre con su vestido negro y su carita pintada de negro».

—María— ¿cómo lograste salir?

María no respondió, lo vio con seriedad y dio media vuelta. Caminó hacia los escombros que habían dejado de ser remo­vidos, al llegar a estos no se detuvo, se introdujo entre ellos desapareciendo.

Cuando Juan el minero de grisú salió de la mina el llanto ane­gaba sus ojos, las lágrimas hacían un surco entre el tizne que oscurecía su rostro. Había afuera una mina muy distinta a la que había conocido hasta antes de la tragedia. Había afuera hombres, mujeres y niños que lloraban. Había maquinas detenidas. Había cámaras y reflectores haciendo noticias.

Había desesperanza y había impotencia. Hasta que un jet Lear de la Presidencia rasgó el cielo con la estridencia de sus turbinas… y se hizo el silencio en la comarca de Pasta del Conchos, Coahuila… Por 13 años.

 

CORTEX

 

 

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