Secretos

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De pronto, en la penumbra

debajo de la mesa vemos

 las piernas del médico.

Se ha subido los pantalones

hasta los muslos,

y tiene medias de mujer”

 

 Instrucciones-ejemplos

sobre la forma de tener miedo –

Julio Cortázar

 

Era la tercera vuelta a la manzana. Se detuvo nuevamente en el mismo lugar, frente al edificio. Todavía faltaban más de una hora para la consulta, pero la ansiedad lo desbordaba. Miró la puerta, mientras buscaba en su mente la excusa para adelantar su visita, notó con terror que el portero lo observaba, según él, con la desconfianza y el miedo con la que se observa a un potencial ladrón… según el portero, con la pena y el miedo de ver a un pobre desquiciado, montado en una maraña de gestos fuera de control.

La mirada del guardián lo llenó de terror, como si el hombre fuese el emisario de la muerte. Todo se precipitaba. Horribles pesadillas que creyó dejar atrás  tomaban nuevamente formas terribles en plena calle: un niño le sonreía con interminables hileras de dientes repletos de carne que arrancaba del brazo de su madre; un taxista de ojos encendidos  lanzaba imprecaciones en un idioma tan antiguo como el mismo infierno anunciándole que su tiempo en el mundo  había terminado. Intentó un cruce desesperado de la avenida para escapar de las sombras que salían de las alcantarillas. Invocaban su nombre morbosamente, deseaban beber sus sangre.

Volvió sobre sus pasos sin mirar atrás, pero cientos de ojos inquisidores lo obligaron a retroceder. No había escapatoria. Debía enfrentar al guardián. Pasó junto a él en el momento en que lo creyó distraído, pero una pregunta seca le detuvo la sangre.

-¿Cuarto B?-

Apenas giró la cabeza sobre su hombro izquierdo y asintió. No hubo más preguntas, pero sus pies esperaban una señal para seguir.

-Use la escalera, el ascensor no funciona-

El alivio de estar fuera del alcance de sus perseguidores duró sólo el trayecto hasta el pie del espiral ascendente. Cuando llegó allí, llegaban a sus oídos sonidos de todo tipo: puertas cerrándose, voces, pasos que se deformaban y amplificaban en aquel oscuro túnel. Necesitaba llegar rápido al cuarto piso, por eso apretó los puños y trepó los primeros peldaños lleno del vértigo. Se sentía acechado.

En el primer descanso un nuevo horror lo detuvo. El pasillo que iniciaba hacia izquierda y derecha se encontraba inundado de sombras, habitada por criaturas que esperaban una mínima desatención para arrojarse sobre él. Todo a su alrededor volvía a derrumbarse hasta llevarlo al borde del desmayo cuando la luz se encendió. Un habitante humano del primer piso había pulsó el interruptor y se encontró con aquel extraño ser al pie de la escalera con la espalada pegada a la pared, sudando a mares y con los ojos sellados.

La luz le abrió un camino hacia el segundo piso. Ahora debía recurrir a sus últimas fuerzas para atravesar la penumbra aferrado a la baranda, hasta que por fin sus pies llegaron al cuarto piso. Cerca del objetivo se detuvo para buscar un poco de aire, doblado sobre sí mismo por el enorme esfuerzo de la nerviosa trepada. Ya se encontraba a metros del consultorio del doctor Suarez, del que necesitaba un urgente conjuro para alejar a los monstruos que pretendían llevarlo al mismo centro del infierno.

Miró su reloj. Con desilusión comprobó que desde el comienzo de la odisea en las inmediaciones del edificio hasta ese momento sólo habían pasado exactamente doce minutos, pero para su lastimada percepción habían sido eternas horas. Faltaban cincuenta minutos del horario pactado, pero el doctor entendería su urgencia y de seguro lo recibiría con su comprensiva y amplia sonrisa, dispuesto a darle la clave para defenderse de esos horribles seres.

Se acercó a la puerta. Lo recibió una melodía que flotaba en el interior. No era la habitual música aletargada de cualquier sala de espera, era algo distinto. Una sonrisa se le dibujó al conocer la música que le gustaba a su psiquiatra, como si hubiera descubierto una parte secreta de su protector, una parte que lo hacía más humano. Lamentó interrumpirlo, pero necesitaba imperiosamente hablar. Tocó dos veces el timbre. No hubo respuesta. Unas voces cavernosas y sombrías le llegaron desde la escalera. Por instinto se aferró del picaporte. La puerta se abrió.

Un viejo blues invadió el ambiente y los temores externos se opacaron. Más aliviado recorrió el lugar con la mirada en busca del doctor, pero la música era el único habitante de la sala. Lo nombró tímidamente, antes de que el temor lo invadiera, pero no obtuvo respuesta.

Una sombra furtiva  apenas  esfumada detrás de una puerta. Se sobresaltó. Repitió el nombre del doctor mientras se asomaba. Apenas se vislumbraban formas difusas escondidas en la poca luz que filtraba el ventanal. No le hizo falta más para darse cuenta de que no estaba solo. Ya en el centro de la habitación un sonido metálico a sus espaldas lo hizo girar, mientras un dolor pesado invadía su cabeza. Todo se apagó

Cuando recobró la conciencia sus  ojos vislumbraron una forma humana envuelta en seda negra. Apenas distinguió una silueta contoneándose con torpe sensualidad al son de una melodía distante. Intentó rearmar la realidad que en algún momento se le había esfumado. Un relámpago punzante en la nuca le recordó el dolor antes de perder la conciencia.

Recordaba también que había llegado temprano al consultorio, pero pronto reaparecía esa imagen oscura que ahora le mostraba el fulgor de una navaja que bailaba amenazante. Horrorizado, se retorció en la silla, intentó zafar de las cuerdas, pero lo paralizó el arma que ya recorría sedienta su garganta. Levantó la vista y descubrió con terror a su psiquiatra vestido con aquella bata que apenas disimulaba una fina ropa interior de mujer.

Con el cuchillo ya abriéndose paso en la carne, fue besado para ahogar el dolor y mantener aquel pequeño secreto detrás del viejo blues a salvo, mientras lamentaba que los demonios hubiesen también atrapado a su estimado doctor.

Comentarios

  1. Mabel

    28 mayo, 2019

    Muy buen Cuento. Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido

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