Sin razones sombrías

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Recuerdo tanto que solíamos ser amigos, solíamos saberlo todo el uno del otro y entender el universo tras las ventanas de nuestra alma, solíamos tener nuestro mundo, nadie más podía entrar, nadie mas lo conocía, todo era posible y con un parpadeo podíamos cambiarlo todo a algo más.

Recuerdo que teníamos un hogar, un hogar donde cabíamos todos y donde podíamos vivir fuera de las miradas indiscretas del mundo, un lugar privado donde podíamos simplemente “ser”, un mirador seguro para el mundo donde nadie nos podía tocar.

Recuerdo que nos sentábamos a la mesa, teníamos largas discusiones, acuerdos y desacuerdos, y que al final podíamos llegar a la respuesta, sin saber si era correcta o incorrecta.

Recuerdo que podíamos ser tan diferentes y aun así respetarnos igual, que dentro de todo éramos una familia, que con toda disfuncionalidad era la única que teníamos y que si bien no siempre teníamos el acuerdo total sobre el cómo actuar al menos sabíamos que nadie en esa mesa, en esa casa y en ese mundo estaba en riesgo.

Recuerdo tantas cosas que hoy no son ni cenizas, hace tiempo el fuego lo consumió todo, el aire borro los restos y lo disperso fuera del universo que somos capaces de ver.

Se que siguen ahí, habitantes de mi alma, que se encuentran dispersos, con miedo, con inseguridad, que los he obligado a ser parias en su reino, que no hay nada ya aquí, que la vista no alcanza a los límites de lo nuestro.

Se que fui yo quien en furia inicio el destierro y que aquella mansión no es ni será más nunca, que la mesa no podría albergarnos ya hoy, que las diferencias trascendieron la naturaleza de todos y que la confianza no está más,… nunca más.

Y pensar que lo tuvimos todo, todo y nada más, que lo fuimos todo. Debo y quiero decirles, que el paria soy yo, en la realidad en la que vivo soy solo un invitado incomodo, sin lugar ni valor, que al ser el único a cargo no he podido tener nada, y que el mundo es limitado hasta para soñar, que extraño los sueños, que no sé dónde están y que en tanto camino no hay ruta ni destino a tomar.

Hoy entiendo el diluvio universal, que no es un acabose, es el llanto de un mundo en depresión inundando de lágrimas su propio interior, porque de nada valdría llorar hacia afuera, nadie acá merece ni entendería el porqué de las lágrimas, no tendrían ningún valor al rodar por las mejillas del cuerpo que habitamos, y que al caer en suelo extraño perderían el valor de lo que fueron.

Una vez más reafirmo mi temor al tiempo, por que aun en nuestro mundo no hay fórmula para cambiarlo, ni para sobrevivir su infalible paso, la constante siempre es el tiempo y en el tiempo el caos.

Soy solo un mundo vacío, sombra de lo que fue, aroma de lo que pudo ser, y un amplio océano de lágrimas que ahoga lo que aún quedaba por destruir, si es verdad lo que dice el hinduismo y al reencarnar se nos permite volverá, espero tener mejor juicio y dejarlos vivir, pues el mundo era de todos.

Comentarios

  1. Mabel

    13 mayo, 2019

    ¡Excelente texto, me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía

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