A grandes males, grandes remedios

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(…)

Necesitó unas cuantas horas para recobrar cierta frialdad y hacer frente a la nueva carrera de obstáculos que se le presentaba de repente. Se despidió de Mick e intentó escalar un nuevo grado de intimidad con Isabel en la habitación de un motel de carretera —en dichas ocasiones especiales siempre era ella quien firmaba la reserva con su nombre, al ser mayor de edad, y a él el recepcionista de turno se le quedaba mirando, enjuiciándole con gesto crítico—. Una vez solos, fue tan transparente en sus escuetos diálogos y obsesivas preguntas indagadoras que ella le adivinó las intenciones, el deseo de sustituir un rato de placer por el del desahogo emocional, y comenzó a rehuirle de tal manera que Curt acabó rechazando su abrazo y consiguió evadirse de la cama; acabó sentado y dándole la espalda, con la mirada perdida ante la ventana y la mente en maquinante ebullición. Él intentaba sondear la conversación y llevarla a su terreno, y en cambio ella se desnudaba físicamente, le besaba con insistencia, y valiéndose de caricias sensuales intentaba alejarlo de las ideas que ahora le atormentaban la mente, y de la imperiosa necesidad de depositar confianza en su pareja. Secreta, pero al fin y al cabo pareja. Después de todo, como Curt estaba tan preocupado y ofuscado por hallar soluciones, con la imagen deshecha de Susan Sin sobre la cama con el cabello apelmazado y el camisón sucio resistiéndose a abandonar su mente, no consiguió concentrarse en Isabel ni en lo que habían ido a hacer, y mucho menos logró excitarse.

 

—Cariño, sólo quiero hablarlo contigo, no pido nada del otro mundo. No necesito que te impliques. Quiero explicártelo, sin más. — le dijo, tras el frustrado intento sexual. A lo que ella se levantó acelerada, y señalando la puerta con los brazos y el cuerpo le espetó:

 

—¡Schhht! No los traigas aquí. No traigas aquí a tu gente. Deja tus problemas y preocupaciones allí fuera, no los entres contigo. No quiero conocerlos. Son mis leyes, mis normas.

 

Y él acató dicha legislatura, pero continuó dándole vueltas a cómo proceder, adoptando la figura de un salvador recién llegado a la tierra que pretende sanar a los heridos y abrir los mares, enfrascado en realizar todo lo humanamente posible para mantener aferrada a la vida a la única madre que hubo conocido. Pensaba en Susan mientras Isabel protestaba y luego, más calmada, hablaba sin parar de un sinfín de formas de matar el tiempo y cubrir espacios de ocio que a la hora de la verdad eran puras utopías que jamás compartían, como rutas de senderismo o excursiones de montaña; asentía con la tristeza y la impotencia reconcomiendo sus entrañas, harto ya de tragarse algunas porciones de vida para él solo, exhausto del egoísmo de ella y agotado de discernir constantemente lo que sí podía hallar un respaldo de lo que no.

 

Una vez juntos, dentro y fuera del instituto, sometió a Mick a un exhaustivo interrogatorio acerca de los brotes de la enfermedad que padecía Susan, pidió un recuento de los especialistas a quienes consultó, cómo se trató, leyó informes y diagnósticos, le preguntó cuántas opiniones barajó, en qué hospitales se visitó e ingresó. Mick, con cierto ademán de aturdimiento y ya desalentado, al final se limitó a resumirlo todo en una misma frase, que respondía a toda aquella fuente inagotable de preguntas:

 

—Sanidad pública, Curt. Son médicos competentes, sus diagnósticos fiables y la medicina una ciencia exacta. Se han implicado lo suficiente. Ya está…déjalo todo como está.

 

Algo de lo que Curt disentía desdeñoso. Estaba convencido de que el dinero compraba todo: incluso el amor y la felicidad, también la salud. Según él, un buen fajo de billetes compraba la vida. Tan convencido estaba de ello que se empeñó en contratar un seguro médico de renombre, particularmente costoso y falsificando varias veces la firma materna (no se atrevía con la de su padre) sin escatimar un centavo, cuyo equipo de especialistas médicos iniciaron de nuevo un sinfín de pruebas analíticas —algunas más agresivas que otras— mientras la atenta mirada de Mick volvía a revivir el mismo bucle de hacía unos años, cuando comenzaron a bautizar los síntomas y a incluir la palabra síndrome acompañando un nombre propio a los descubrimientos concluyentes sin cura.

<El mismo circo, con los mismos payasos y los mismos números, aunque con más brillo, más público y más aplausos> pensaba, pero no tenía el coraje de intervenir ni de oponerse, ya que la fe y la obstinación de Curt, que movía montañas, y su convencimiento al desafiar las leyes naturales, que a él mismo le resultó tan contagioso, le hacía pensar que quizá tuviera razón en la ilógica más remota. No se perdonaría el vetar cualquier propuesta y acabar atormentado el resto de su vida pensando que podría haber regateado unos años más al destino, o aliviado algún dolor a su madre.

 

A Curt, nada compasivo, le daba igual la expresión extenuada de Susan Sin, que pedía paz y calma con el fulgor desesperado en sus ojos, a medida que avanzaban días y semanas, sometida a analíticas varias, los brazos y  la cabeza enchufados a electrodos de última generación, un cuerpo reconvertido en tubo de ensayo, cuyos resultados obtenidos ésta vez con gran celeridad eran los mismos que los que ya sabían, aunque ahora más completos y a la vez más desesperanzadores. Contra más conocían, más claro era el final. El vikingo, malhumorado y exigente, no hacía más que soltar billetes a cambio de exigencias despóticas y mínimos hallazgos, inconmovible frente a la pesadumbre ajena y el cansancio de la moribunda, insaciable en su causa, una lucha que hubo adoptado como algo personal.

 

Al final todo se desmadró. Curt acabó dejándose una fortuna en medicamentos importados que presumían de llevar consigo la esencia milagrosa de la salvación, la cura anhelada. Canceló el seguro médico, asumió los costes sancionadores por hacerlo sin preaviso y volvió a apostar por otro competente que le pareció aún mejor, con un equipo sanitario renovado que volvía a repetir los mismos diagnósticos con expresiones y palabras diferentes. Recurrió, incluso, a terapias alternativas, a sabiendas que en su mayoría no representaban más que una estafa oportunista, actuando a la desesperada, pasando por alto la opinión de su amigo al respecto. Y cuando resultó evidente que ya se les iba todo de las manos, fue Mick quien perdió la paciencia y un buen día espetó un “¡se acabó!”, seguido de “no sabes cuánto te agradezco todo lo que estás haciendo por nosotros pero ya no puede más. Ella está agotada. Yo estoy agotado. ¿Acaso te has visto? Tú también estás agotado. Lo has llevado al límite, estamos exhaustos. Déjala ir tranquila, Curt. Se acabó, ¿entiendes? Se acabó”. Fue entonces cuando ambos lo comprendieron e iniciaron su duelo. Los dos hubieron bregado en una gran batalla, perdida con dignidad pero bien luchada.

 

Ese otoño, cuando en años anteriores ya acaecían tiempos de lluvia, seguía haciendo calor de bochorno. Los niños jugaban en el parque hasta altas horas de la tarde en manga corta. Los días seguían sin acortarse demasiado, el sol se resistía a marcharse antes de hora. La brisa no enfriaba los huesos y era bienvenida. Y entre tan extraño clima, Susan Sin se moría. Mientras su hijo aceptaba la inminente despedida y escribía todos los días todo aquello que siempre quiso decirle y que se le iba ocurriendo sobre la marcha, leyéndolo día tras día en largas conversaciones que en realidad no eran más que monólogos, agolpándose los recuerdos para no dejarse nada en el tintero, Curt no soportaba la idea de no poder hacer nada más, de no llevar a cabo su promesa interna de  salvarla. Y en combatiente silencio, nunca asumió la derrota ni el adiós.

 

—¿De dónde demonios sacas todo ese dinero? —le preguntó un día Mick, mientras desayunaban en la cafetería de un hospital privado y esperaban que finalizaran los eternos análisis de Susan.

 

—Mis padres últimamente se han vuelto muy generosos —respondió Curt, con una media sonrisa que a esas alturas Mick ya reconocía como disfraz, un falso impermeable ceñido a su cara.

 

En cierta manera no mentía respecto a la prodigalidad de su progenitor; lo que sí ocultaba era de qué manera provocaba él mismo tal derroche económico. Los encuentros con su padre, que ahora se sucedían a tientas y con luz tenue, a veces en su habitación y en ocasiones en el despacho del juez, se habían incrementado en número aunque todos ellos suponían una repetición de la primera vez en aquella bodega. Él se dejaba hacer, dócil como un cachorro, fingiendo una sumisión que nunca tuvo, porque comprendió que a Ewen McNeill le complacía llevar la voz cantante, utilizar sus manos y boca, y sobre todo ordenar: comportamientos, posturas, acciones y palabras. No hubo ninguna penetración, y salvo en un par o tres de ocasiones se libró de convertirse en una parte activa dentro de aquella sórdida pareja de amantes; no destacaron episodios de violencia física, al menos no tanto como en la primera vez. La verbal y la psicológica siempre fueron tan atroces que las interiorizó casi sin darse cuenta, como un mecanismo de defensa, de manera que ya ni siquiera las distinguía.

 

Cuando le sobrevino el asunto de Susan, a Curt le asaltó una idea que él entendió como brillante, aunque a la larga fuera una de las decisiones más nocivas que adoptara en su vida. ¿Por qué no aprovecharse de la nauseabunda situación que le había tocado vivir en casa, ya que no había más remedio que convivir con ello? El eslabón de su cadena, y la condición para enlazarse a la misma, era la siguiente: mientras Isabel estuviera a su lado para sanar las heridas y preservar su entereza, se propondría beneficiarse de aquellos enfrentamientos pervertidos, pasivos e íntimos con su padre. El secretismo: su aliado, y el chantaje: su religión. Y gracias a ello salvaría la vida de Susan Sin; Curt lo llamaba encontrar perlas en mitad de una montaña de estiércol.

 

Así que un día, tras una breve visita al despacho de su padre, con todas las fotografías y vídeos digitalizados de su infancia como testigos tras los armarios, se impuso:

 

—Tengo gastos que cubrir. Voy a necesitar más dinero.

 

—Ya tienes una paga semanal.

 

—No. Necesito más dinero —replicó. —Tengo que cubrir estos ratos. Me toman demasiado tiempo, y al final tendré que comenzar a dar explicaciones.

 

El juez McNeill le miró con condescendencia y rabia, denostando su insolencia. Se volvió para observar a su hijo adolescente, quien ahora se vendía ante él negociando el precio de sus favores mientras mantenía un gesto inexpresivo, como un versado jugador de póker, quien ya casi no se amedrentaba en sus encuentros. No podía evitar sentirse atraído hacia su impostura, su popular bravuconería, la fama de bribón que había llegado a sus oídos; no podía no ceder a sus sobornos, ni estaba preparado para interrumpir lo que a su parecer eran lecciones, imposiciones paternales con tintes sexuales que al final no dejaban de ser placenteras jugadas de poder.

 

—Maldito mocoso… —iba quejándose en voz alta, mientras localizaba un talonario de cheques, y escribía con letra cursiva y rabiosa la cifra de una generosa cantidad. — No vales tanto como lo que refleja este papel. Lárgate de aquí.

 

Aunque cada vez que tenían encontronazos de ese tipo, con tanta tensión latente, Curt se sentía devastado una vez dejaba atrás la puerta cerrada, después se convencía de que al menos todo aquello servía para algo. A veces se sentía deshonesto consigo mismo, como si anduviera traficando con su cuerpo casi por voluntad propia (prefería una recompensa antes de plantearse denunciar en público aquello que le sucedía), pero tras la vergüenza y la inculpación surgía el orgullo propio, reclamando el derecho a obtener los beneficios a cambio del ultraje. Y fue en esos momentos, en esas primeras veces de intercambios y sobornos, cuando descubrió que en su mundo el dinero, efectivamente, podía comprarlo todo: ya fuera el silencio, la dignidad o una nueva vida silenciando todo un pasado de deshonra.

 

Comentarios

  1. GermánLage

    24 junio, 2019

    Sin gran esfuerzo me imagino cómo debes recrearte en cada momento, en cada instante, en cada ínfimo detalle, mientras escrbes. Casi tanto comi lo que yo disfruto con tus textos impecablas.
    Un abrazo, Estefanía.

  2. Luis

    24 junio, 2019

    Muy buen texto, Estefanía, sorprende siempre tu particular concepción de la vida de un o unos seres tan obscuros y turbios. Un abrazo y mi voto!!

  3. Klodo

    24 junio, 2019

    Como siempre, Stefanía, tú manejas tan bien a tus personajes y
    les planteas nuevas y fascinantes intrigas.
    Cuando ya parece que se te escapan, tú los traes de vuelta.
    Y tú no te cansas de sondear en sus vidas, buscando y mostrando
    nuevas facetas de ellos.
    Creo que debes ir cerrando las líneas argumentales.
    Saludos
    Sergio

  4. Mabel

    24 junio, 2019

    Excelente texto y muy buena historia. Un abrazo Estefanía y mi voto desde Andalucía

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