El sudor de Clara (2 de 3)

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Tenía treinta y dos años y este giro de volverme a España se suponía que era mi paso definitivo a la madurez, progresar en el campo comercial o financiero y quién sabe si conocer a alguna mujer que hubiese ahí fuera, entre las oficinas, entre los bares.

Un compañero argentino me había recomendado un piso de prostitutas en Legazpi; me dijo que el sitio era absolutamente de fiar y las chicas, bellas y cariñosas. Tomé un chupito de whisky y bajé andando hacia allí: Siempre podía cambiar de idea por el camino y dar un paseo. Pero no lo hice. El argentino tenía razón, pero se había ahorrado la sordidez; en realidad hubiese sido sórdido de todos modos. Y sin embargo, al final, tuve la sensación de tener casi un conato de amistad con una morena que elegí. Después de vestirnos, conversamos. Quise ser amable, y ella me lo agradeció con una sonrisa llena de enigmas y tinieblas. Adela se llamaba.

A la mañana siguiente desperté una hora antes de la alarma. Apoyé la cabeza en los azulejos de la cocina mientras se hacía el café. Suspiré pensando en lo que había hecho, y en el extraordinario parecido entre Adela y Clara. No había sido una casualidad que la eligiese de entre las chicas del burdel.

Tocaba lavar el coche y ver a Armando. Me preguntó cuál sería la ganancia y le embarullé con todos los legalismos, recalcando, eso sí, los cinco mil euros que le iban a caer a pesar de todo. Asintió encantado.

La firma se realizaría el próximo día, en una céntrica notaria, a las diez de la mañana.

Era a finales de julio, y a las nueve y media de la mañana ya hacía calor en San Blas, donde fui a buscar a Clara. Apreté el botón 1B del portero automático, pero nadie contestó. “Tía zorra, ahora para que se quede dormida” –pensé. Me di cuenta de que el portal estaba abierto y decidí subir al primero. Me sorprendió que la puerta estaba antreabierta. Empujé y entré, era un salón pequeño y muy desordenado “Clara, Clara, soy yo, Óscar, no te asustes”, me dio miedo de que estuviese con un tío o así, pero no. Estaba sola, y muerta, con los ojos abiertos, boca arriba en el colchón empapado ya de sangre. Seguramente le habían dado unas cuantas puñaladas.

Reinaba un silencio absoluto, solo oía mi corazón golpeándome frenéticamente en el pecho. Tuve miedo de morir de miedo allí mismo, pero resultaba obvio que no había nadie más en el piso. Respiré hondo y saqué el móvil para llamar a la policía, pero entonces me vino la idea, casi como un trueno que me mareó unos instantes; guardé el móvil, volví al coche y enfilé camino de Legazpi.

Comentarios

  1. Mabel

    6 junio, 2019

    Muy buen Cuento. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

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