El último mensaje en la historia – Epílogo

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En algún lugar de la antigua ciudad, una maquina empieza a despertar. Al abrir los ojos, llenó la vieja, pequeña y rota habitación de una luz roja. Su cara lisa, inexpresiva, pronto tomó forma, mostrando una expresión de cansancio y luego de curiosidad al levantarse a mirar. Cid tomo sus primeros pasos con cuidado mientras miraba a todos lados en búsqueda de alguien.

–          ¿John? – dijo la máquina – ¿En dónde estás? Vamos, sal de una vez. ¿No querías ir al centro de la ciudad hoy? Oye estas…

Se detuvo al darse cuenta de la escritura en la pared. Caminó hacia ella, esperando de sus letras saliera alguna clase de respuesta. Su cara, antes sorprendida, se tornó confusa y luego preocupada.

–          Acaso… ¡¿Te fuiste sin mí?!

Se dijo a sí mismo, retrocediendo unos pasos. Coloco una mano en su cabeza y siguió.

–          Me abandonaste… ¿Él haría eso? ¡No, no lo haría! … Entonces que… – un cambio repentino de expresión – No me digas… ¡Volvió a pasa! ¡NO! – gritaba y pataleaba – ¡Me quede dormido de nuevo! ¡Lo deje solo y se fue!

Se dejó llevar por el pánico, corriendo de lado a lado desesperado. Pero el espanto del momento no duro mucho.

–          ¡No! Contrólate – se golpeaba la cara –  ¡No tengo tiempo que perder aquí! ¡John! ¡¿En dónde estás?! ¡John!

Ignorando por completo el mensaje, el mecanismo llamado Cid empezó a gritar el nombre de su amigo. Sin respuesta, lo busco con furor en cada esquina, solo para no encontrar nada. La desesperación se apoderar de aquel ser, llevándolo al exterior bajo la densa y pesada lluvia de la noche. Casi no le importaba las gotas, mientras gritaba una y otra vez aquel nombre. Llamó la atención de seres mecánicos parecidos a él pero no a los dueños de sus gritos. Ahí fue cuando lo vio. La gran torre. Por temor y asombro se detuvo en seco. La torre se extendía hacia los cielos, perdiéndose sobre un mar de nubes grises en movimiento, casi como una gran marea que cubría el espacio.

–          Acaso ¿estas allí? … Dijiste… dijiste que irías ahí ¿no?

Preguntó algo preocupado. Una expresión de miedo se formó poco a poco en su rostro al mirar aquel lugar. Y tras un impacto de un relámpago, retrocedió corriendo por donde vino. Rápidamente volvió a la guarida, mirando, como un niño y con curiosidad, la gran torre.

–          No quiero ir ahí… – dijo con voz temblorosa – ¿porque tuviste que ir ahí, John? ¿No te diste cuenta que daba miedo?

Otro relámpago cayo, obligando a la pobre maquina a retroceder aún más por la pared. Se tapó los ojos esperando a que aquella fea sensación se fuera. Poco a poco lo hizo. Y para cuando volvió abrir los ojos tenía el mensaje, nuevamente, frente a él. Su voz mostraba la tristeza de lo que sentía.

–          ¿Por qué estás ahí John?… ¡¿Acaso no sabes que me da miedo?! Pero… dijiste que tenías que ir ¿Una misión, no?… Te veías tan decidido. Si, te prometí que iría contigo pero… – otro relámpago- ¡Pero me da miedo!

Por un momento, todo pareció estar callado.

–          ¿Y… si él también tiene miedo? ¿Y está atrapado? Debe ser por eso que no ha vuelto… Necesita ayuda…

Apretó el puño y su rostro moldeo su expresión a una ira.

–          Idiota… ¡¿Pero porque no me esperas?!

Con una gran velocidad, volvió a entrar a la lluvia, gritando con cada paso que daba al dirigiéndose hacia el edificio. No se detuvo en ningún momento, atravesando cada parte de la ciudad y cada complicación con una ciega fuerza y voluntad. La ciudad pareció una mancha borrosa en su carrera.

En una hora llegó a la puerta de aquella torre. Se detuvo al ver los cuerpos en la entrada. Un mirada rápido reveló lo que pasó, las balas que los atravesaron quebraron gran parte de los sistemas importantes. Ese no era el único. Al entrar por las puertas, en cada parte de aquella sala de entrada, distintos cuerpos de varias formas y tamaños, todas metálicas, cubrían su superficie. Todas tenían el mismo tipo de daño. Esa escena se repitió por las escaleras y los primeros veinte pisos. En algún momento consiguió el arma que había causado todo, pero no a su dueño. Continuó subiendo. Piso cuarenta. Muchos otros robot como él, algunas aun funcionaban pero ninguno estaba interesado en hablar o conversar, quizás hasta no podían, así que siguió. En el piso cincuenta y cinco fue que sintió que algo no estaba bien, cuando vio aquella mancha rara de color rojo en el suelo. Solo decidió ignorarla, dejar de pensar era mejor, solo tenía seguir subiendo. Tenía que encontrar a John.

Al llegar al piso setenta y seis ya estaba cansado de no encontrar nada. Hubo unas cuantas habitaciones con aparatos raros. Ninguna tenia luz, solo había un extraña colección de libros y objetos rodeando a una señora. El mecanismo no quería quedarse ahí, esperando conseguir algo más si subía. Y lo consiguió, solo un piso más arriba. Ahí, acostado sobre el suelo y todo abatido, lo vio.

–          ¡John!

Corrió hacia él.

–          ¡Estás bien! ¡lo sabía! Ven, tenemos que irnos. Este lugar… no me gusta este lugar.

No había reacción del cuerpo sin importar que tanto lo moviera.

–          Hey… ¿acaso no me oyes? No es tiempo de jugar. Vamos.

No había reacción. Cid miraba confundido el cuerpo de su amigo, el cual aún no reaccionaba. La desesperación pronto se apodero. Sin saber que hacer miro a su alrededor, esperando encontrar algo, alguna clase de solución. Solo encontró la vista que tenía frente, la misma que miró el joven en sus últimos momentos. La noche estrellada, cubierta por una nueve enorme de colores y formas que creaban el cosmos y las constelaciones sobre su cabeza. La luna brillaba sobre él. Aquel ambiente, aquella mágica escena que no había visto por tantos siglos fue suficiente para hacerle olvidar lo que hacía.

–          Es hermoso… Mira… John, mira eso.

Repetía una y otra vez.

–          ¿te sientes mal, no? Mira aquello, te hará sentir mejor. Solo míralo, por favor…

Ya era pura ciega esperanza lo que lo motivaba a mover aquel cuerpo, aunque esta no duraría. La sensación de pánico pronto se tornó en tristeza. Pero una parte suya, una muy natural, decidió ignorarlo, mejor era mirar aquella hermosa escena, la que también miró él.

No era lo único que ignoraba. También estaba aquella extraña figura, casi femenina, casi humana, que lo miraba atento a sus espalda. La figura se acercó al mecanismo, mostrando una claro asco al ver los ojos rojos del robot. Pero su ira y frustración pronto se relajó, dejándola salir con un simple suspiro. La figura recordó las palabras del joven, lo que le contó de aquel mecanismo llamado Cid.

–          Por esta vez, honorare tus palabras joven – dijo la figura sin que nadie escuchara.

Ella también miró las constelaciones sobre su cabeza. Sabía que su trabajo había terminado, ya no había razón para estar ahí. Miró al mecanismo, dedicándole una sonrisa jovial, como alguien mirando a un simple niño o a un animal pequeño.

–          Si pudieras verme te diría lo que pasó… Te diría lo mucho que él confiaba en ti. Me dijo que eras el futuro de la humanidad, el que mantendría la antorcha viva… Honestamente lo tomé por un loco… Pero mírate aquí, en la cima del mundo… probando, nuevamente, que me puedo equivocar.

La figura solo siguió caminando de largo, alejándose del cuerpo y el mecanismo, preparándose para desaparecer por el precipicio. Se detuvo para ver el mar de nubes, el cual se movía de forma calmada y agradable. Habló una última vez, mirando hacia el vacío.

–          No sé lo que seas, pero espero que puedas cumplir con las expectativas de ese joven… Adiós, Cid.

Antes de saltar una pregunta la detuvo.

–          ¿Sabes mi nombre?

En un principio pensó que era su imaginación, un simple sonido que su mente había creado. Pero la figura sabía, ella no hacia esa clase de error. Sabía lo que había escuchado. Con una nueva expresión, ahora de sorpresa, la mujer se dio vuelta para ver aquel robot, el cual le dijo.

–          ¿Tú también te vas?… No quiero que más nadie se valla… ¿sabes?

La máquina la miraba. Su rostro ahora era una vaga forma de tristeza, siendo deformada por las lágrimas que su propia mascara simulaba sobre su rostro. Ya no sostenía el cuerpo del joven, este solo se mantenía sobre su regazo, sus mano aun a su alrededor

–          Tú… ¿puedes verme? – pregunto la figura, sin poder creer  lo que pasaba.

–          Sabes mi nombre ¿No? ¿Eres amiga de John?

–          Yo… no, solo… lo conocí.

–          Ah pues… Disculpa por molestar…

–          De verdad puedes verme…

–          Si, obvio… ¿Por qué no podría?

–          Imposible… porque eso es imposible.

El silencio se hizo entre los dos. Ella lo miraba perpleja, para Cid no era la primera vez que lo miraban así.

–          ¿Sabes? Él también me miro así una vez… dijo que era especial… aunque no entiendo bien porque.

–          Quizás… él tenía razón.

–          … ¿Me acompañas?

–          Pensaba irme… Ya había terminado mi tarea aquí.

–          Por favor, solo por un momento. No quiero estar solo.

–          Yo, no… – y tras un suspiro respondió – sí, puedo acompañarte.

La figura se colocó a su lado. Cid solo agarraba el cuerpo sobre su regazo.

–          No sé qué hacer ahora – dijo Cid.

–          Tienes una… vida aun para descubrir eso…

–          ¿Y si no hago nada? No sabía que hacer antes tampoco, solo vagaba. Pensé que al conocerlo él las cosas cambiarían ¿Ahora qué haré?

La figura nuevamente suspiro.

–          Él no está, pero te dio lo que necesitas para continuar. Quería que buscaras tu propias camino, ser lo más humanos que puedas.

–          ¿Y si no puedo? ¿Y si no se? ¿Qué hago?

La figura solo pudo mirar el cuerpo del joven. Le sonrió antes de decirle.

–          Solo no pierdas las esperanzas.

Entre los dos hubo un silencio.

–          Intentaré… Eres agradable ¿sabes? espero que podamos conocernos por más tiempo.

–          No te preocupes… me quedare contigo. Habrá veces que no me veas, pero confía en que estoy contigo…

–          Pero… ¿no te tenías que ir?

–          Parece que mi tarea no ha terminado.

“Quizás la humanidad haya terminado. Llego a vivir mucho más que cualquier otra especie antes. Pero eso no significa que su legado haya terminado” Pensó la figura. Vio nuevamente a la máquina, ya no tenía ninguna muestra de odio que había antes. Ahora era cariño, y quizás admiración, por la nueva especie que había surgida. Una nueva vida que ella tendría que acompañar hasta su final. Y ¿Quién sabe? tal vez ese final tarde un tiempo en llegar.

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