Falsa intimidad

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Esa tarde repitieron al menos dos veces más, tan enfrascados y embriagados el uno por el otro como estaban que casi se les olvidó bajar a cenar puntuales e inventar una excusa común y convincente. Curt parecía insaciable, y el pene parecía activarse tras la más leve señal, como un resorte, sin que hiciera falta demasiado estímulo. La relación les duró desde el resto del verano hasta que Curt finalizó el curso escolar, casi un total de siete meses, aunque desde el principio él creyó erróneamente ilusionado que se trataría de algo para toda la vida. La realidad es que siempre fue un idilio demasiado restringido, marcado por el secretismo y el misterio, algo no tan atractivo cuando se convertía en una barrera insondable; y aunque a veces tal característica contribuía al morbo, no impedía que Curt, de vez en cuando, quisiera imponerse y darle un giro radical a los acontecimientos proponiéndose hacer frente a las posibles represalias y decidido a proclamar su amor al mundo. Pero siempre se veía frenado por las prohibiciones rotundas de Isabel. Era la relación con más confianza del mundo en lo que respectaba a la experimentación con sus cuerpos, pero también la más inhóspita de la Tierra debido a la introversión real de ambos, a la negativa terminante de Isabel (“si sigues hablando vamos a dejar esto…oh, Dios, para de hablar, basta de hablarlo todo”) en cuanto a conocer y dejarse conocer. Y el misterio, para Curt, era mucho más atractivo que cualquier otra cosa, el sexo con Isabel sustituía cualquier pretensión de conocerla hasta el límite, de indagar sobre su vida, y la obedecía sumiso con tal de que le siguiera cobijando entre sus piernas.

 

Era justamente ese aspecto de su relación con Isabel: el de las reservas, la carencia de profundidad emocional y la parquedad en explicaciones, lo que permitió a Curt decir sin tapujos aquello que, a nivel sexual, le hacía sentir incómodo y no admitiría que le hicieran jamás. Lo comentó con cierto tono de alivio, ya que así se libraba de tener que ofrecer explicaciones sobre el por qué (una pregunta que escucharía repetirse incesante en el futuro, en boca de casi todas las mujeres con las que yaciera); porque había una zona de su cuerpo que no toleraba que nadie tocara ni besara, incluida Isabel. Cuando ella, en su segundo encuentro sexual, se arrodilló frente a las caderas de Curt con el fin de darle placer y dispuesta a practicarle una felación, él intentó con todas sus fuerzas soportar la repudia que le suponían sus caricias y el sentir tan de cerca su aliento, la lengua y la sensación húmeda y caliente cuando se la introdujo en la boca. Fue inevitable que agarrara su cabello y la apartara, aplacando sus ansias pero con suavidad, de aquella zona de peligro incandescente, y también lo fue que perdiera su erección en cuestión de segundos. Lo intentó; fingió normalidad, pero era demasiado con lo que lidiar.

 

“No me toques…no soporto que nadie me toque ahí. A veces no soporto ni siquiera hacerlo yo mismo”.

 

Isabel obedeció sin gestos de asombro ni exclamaciones de sorpresa, sin preguntas al respecto, acatando sus órdenes sin más. No le importó, y procuró no volver a hacerlo (ni tan siquiera un amago), y los límites se establecieron claros para ambos. Curt agradeció en parte la nula muestra de interés, aunque también extrañó alguna pregunta de curiosidad. En el fondo esperaba un grifo recién abierto que le permitiera desahogarse a cuentagotas sobre lo que le había ocurrido, qué había propiciado tal aversión, explicar que cualquier mano y boca que se acercara a su polla le parecían las de su padre, aunque fuera por el simple hecho de justificar tal rareza. Pero así eran las cosas, y en definitiva le pareció bien guardarse los fantasmas otra vez bajo la piel, como ya se había acostumbrado a hacer.

 

Pero no creáis que era todo tan frío entre ellos fuera del terreno sexual; también tuvieron varios momentos de ternura y compenetración. Isabel le dejaba dormir entre sus pechos mientras le atusaba el cabello con las manos, y pasaban varios minutos hasta que él caía rendido mientras que ella —como una música de fondo— hablaba sin parar de todo excepto de aquello que concernía a sí misma. Porque si Curt había puesto impedimentos y límites físicos a su historia de amantes, sin dar lugar a concesiones de ningún tipo, ella por su parte había impuesto un acuerdo tácito donde no se permitían realizar confesiones ni preguntas harto personales.

 

Aun así, Curt era incapaz de reprimir su zozobra sobre el futuro que les deparaba juntos, porque él tenía varios planes que explicar y con los que contraatacar en el caso de que Isabel no cesara de añadir trabas. Los montoncitos de planes A, B y C, desde lo más convencional a lo más estrambótico, desde la comodidad hasta el sacrificio, y no le importaba lo más mínimo adaptarse a una nueva vida siempre y cuando ésta contara con la compañía de ella. Sin embargo, cada vez que insinuaba algo al respecto, sobre todo los días en los que volvía a cruzar miradas y comentarios desdeñosos con su padre, las tardes —que no eran pocas— en las que volvían a repetirse acercamientos abusivos, aquellas en las cuales acababa inundado por la repulsión, la melancolía y las ganas de huir, se daba de bruces contra su muralla particular. Él proponía futuro mientras que Isabel, molesta, frenaba en seco la conversación antes de que ésta cogiese forma. Y es que Isabel no era de las que asumía conflictos: ella pretendía hacer frente a los problemas olvidándolos y silenciándolos, ahuyentándolos con juegos de cama, y el sexo con Curt se convirtió en el antídoto a sus heridas pasadas, a los quebraderos de cabeza con las ansiedades del presente y a las incógnitas inciertas y miedos que deparaba el futuro. El hermetismo era el aliado de Isabel, un aliado contagioso que embadurnó a Curt y se le pegó como una lapa durante el resto de su vida.

 

Incluso con dichos altibajos sentimentales, que se sucedían en el mayor de los silencios, Curt recuerda esa etapa como una de las más felices de su vida. Recobró sus dotes carismáticas, que había confiscado de forma temporal, y volvió a postularse como líder, con aires renovados y expandiendo sus encantos perdidos. Regresaba al mundo Curt, el vikingo, el encantador de serpientes, acogido por una especie de abrazo común. Aunque Mick no quiso propiciar ningún tipo de acercamiento, observando los cambios de su ex amigo en la distancia y siendo testigo de cómo reconquistaba su trono y reinstauraba el reinado, seguía uniéndoles una especie de hilo invisible. Si le hubiesen preguntado por aquel entonces a Mick qué le parecía la súbita resurrección del líder pródigo, él hubiera afirmado tajante “en un mundo en el que todos eran ciegos, yo fui el único tuerto que vio la verdad; y la verdad es que el Curt que volvió no era ni las cenizas del Curt que se fue. Había algo extraño en él, siempre seguiría habiendo un algo inexplicable, triste y desquiciado, en su mirada. Y ambos nos observábamos en la lejanía, de tuerto a tuerto, en un mundo plagado de ciegos que le encumbraron como rey”.

 

Ahora Mick asumía el papel del ofendido orgulloso, quien no bebía los vientos por aquel líder ni se abría paso entre el gentío para escuchar sus magnéticas historias; era quien llevaba la contraria a la mayoría, la resistencia de la era escolar, rehuyendo esos iris color ámbar que le perseguían incansables pero siempre con disimulo, que no perdían sus espaldas de vista.

 

Siguieron así, en su particular guerrilla de egos frustrados y malheridos, ante una explanada de ignorancia sobre qué les sucedió en realidad y todo lo que permitió que no volvieran a recuperarse, hasta que la necesidad habló por los dos e impuso una reconciliación. Porque si quererse no es sinónimo de necesitarse, hay que reconocer que ambos van cogidos de la mano.

 

Comentarios

  1. GermánLage

    10 junio, 2019

    ¡Vaya!; Como que ya me he perdido otras dos entregas; luego me pongo al día. Es que tuve muchas dificultades para entrar en Falsaria, y aún hoy sólo pude hacerlo desde el ordenador; desde el móvil no me fue posible. No importa; seguiré leyéndote.
    He leído tu aclaración sobre la estructura de la novela. Algo así me imaginaba: en un principio todo parecía claro, incluso, en algún momento, Mary y nos permitimos anticipar lo que seguiría, y acertamos. Pero, desde hace algún tiempo, he comenzado a notar como que el río se desbordaba, y, no sólo se ampliaba su cauce, sino que también aparecían nuevos riachuelos que no figuraban en el mapa anterior. A mí también me pasa casi siempre, que el plan prefijado se modifica y amplía sobre la marcha. El problema es que, al pasar tanto tiempo, los estados de ánimo son distintos y se nota una diferencia en tono y en la intensidad de la narración. Pero, en fin; seguiré esperando a conocer cómo se llega al final.
    Un gran abrazo, Estefanía.

  2. Esruza

    11 junio, 2019

    ¡Qué gusto volver a leerte!

    Estoy de acuerdo con Germán.

    Mi voto y saludos

    .

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