Instantes decisivos

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(…)

La siempre enferma madre de Mick se moría. Esto era un hecho ya anunciado, pero Mick comenzaba a ver cada vez más cerca la sombra del ángel negro cubriéndola a los pies de su cama. Los médicos la enviaron a casa con toda su utilería sanitaria de cuidados paliativos y mantenimiento vital, tirando la toalla en forma de sutilezas; ahora ya ni siquiera se levantaba de la cama y pasaba los días debatiéndose entre momentos fulgurantes de lucidez e inacabables horas de delirios. Mientras, Mick esperaba que el corazón de su madre cediese, que dejara de plantar guardia frente a la destrucción del cerebro y sucumbiese a la derrota. Ahora tenía que soportar aquel tramo de vivencias, devastadoras cada una de ellas, y fingir normalidad en su rutina para no crear alarmas ni atraer la lástima de los demás, soportándolo en la más absoluta de las soledades. Un héroe adolescente viviendo algo que debería haber afrontado con más edad, más madurez, con más experiencias y más apoyos.

 

Su hermana, que vivía en Amsterdam, llamaba a diario y les visitaba cada quince días, porque no podía permitirse perder un empleo temporal y su economía era inestable. Hablaba varias veces al día con su padre, pero él tenía su propia familia, y reclamarlo hubiese sido egoísta, como ponerlo entre la espada y la pared, y dudaba de salir victorioso de una posible elección. No había nadie más a quien acudir: ni abuelos, ni tíos, ni primos perdidos, ni familia conocida. Sólo Mick y la muerte. Y cuando ya no pudo más, por conveniencia y desesperación, se sintió atraído como un imán hacia el magnetismo renovado de Curt, hincando la rodilla en el suelo ante él y pidiendo una absolución sin saber de qué ni por qué.

 

Así que un día se acercó al cada vez más conocido popularmente como vikingo, en un lugar recogido situado a dos calles de distancia del instituto, después de atestiguar como Curt realizaba un hábil intercambio de sustancias con un traficante de tres al cuarto, rodeado por unos cuantos habituales de su séquito. Pero Mick no tenía cuerpo para escenificar ningún dechado teatral de cortesía, así que sin importarle la compañía de desconocidos y queriendo ir al grano inició de esta manera la conversación:

 

—Hola

 

—Hola, ¿qué tal? ¿Cómo te va?

 

— Mi madre se muere.

 

Y a Curt le languideció la cara de repente, y se le quedó mirando con la boca semiabierta, un papel de fumar arrugado en la mano derecha y un montoncito de hierba aplastado en la otra. Tragó saliva, tensó los hombros y poniéndose recto instó a Mick a que le acompañara, ofreciendo a sus palmeros la marihuana y el papel endeble como compensación a su ausencia.

 

— ¿Cómo das por hecho que se muere?

 

— Ha empeorado y tuvo otro derrame cerebral.

 

— Ya ha tenido varios. Puede empeorar su salud pero no morirse. No tiene por qué ser el fin.

 

— Curt — se impuso un Mick tajante, frenando los pasos de ambos y posicionándose frente a frente, con la voz más grave que nunca, con la determinación y el aplomo de quien no puede sentirse más herido y sin embargo resignado con el ciclo de la vida — se está muriendo. No pueden hacer nada más por ella. Estamos en tiempo de descuento.

 

Curt le miraba, aparentemente, porque sus ojos traspasaban su cuerpo y se fundían en algún punto con la nada. Al recobrar el sentido de la realidad, se mesó el cabello varias veces con la mano en movimientos compulsivos y tragó saliva, para proseguir obstinado con su discurso de esperanza, negando al pragmatismo de las ciencias médicas, a la resolución de un equipo clínico, al valor absoluto de la hematología y a la afirmación del propio Mick, quien había mantenido eternas conversaciones con todo tipo de especialistas: oncólogos, neurólogos, cirujanos, psiquiatras.

 

— No. No se muere. Sólo tenéis que cambiar de médicos y probar otras cosas. No se muere, Mick.

 

— Ven a casa si no lo crees y compruébalo.

 

Sonó con confuso tono imperativo de ruego, y no vio otra opción que la de seguirle y plantar cara a la verdad.

 

Curt quería mucho a Susan Sin, quien a pesar de haberse divorciado hacía ya una década se resistía a cambiarse el apellido de casada. Cuando la conoció, con ciertos achaques pero aún activa, Susan se ganaba la vida como integradora social en una precaria ONG, donde a duras penas alcanzaba el salario mínimo interprofesional, por lo que no le quedaba más remedio que  añadir un sobresueldo como maestra nocturna, instruyendo en materias básicas a adultos analfabetos. Susan abarcaba todo el instinto y la empatía que le faltaba a la madre de Curt, sumada a la suya innata: así de injustas eran las reparticiones del mundo. Le abrió enseguida las puertas de su hogar, y no sólo no le puso ninguna traba a que estuviera más horas allí que en la espléndida y aséptica residencia de la otra punta de la ciudad donde nadie parecía notar nunca sus largas ausencias, sino que le acogió, le hizo partícipe de escenas familiares e íntimas, se preocupaba por él, le incluía junto a Mick cuando repasaba deberes, preparaba los exámenes y preguntaba lecciones, mantenían charlas profundas y escuchaba todo lo que tenía que decir, confesiones a veces simples y en ocasiones profundas, muchos días le hubo aconsejado con tono comprensivo y también reñido con aires severos pero maternales. Cuando Curt hablaba de su madre en público, en su interior se refería a ella, el anecdotario personal que tenía a Susan como un epicentro. Y en el aquí y ahora, junto a Mick y andando por una calle con olor a piedra recién regada, durante un momento fugaz por su mente pasaron veloces todos los años en los que, en cierta manera, fue adoptado por la señora Sin. Recordó momentos puntuales y reconfortantes; volvían a su mente las tardes de cine y las cenas compartidas, regalos de cumpleaños y festejos de navidad, y también el remordimiento de no haber vuelto a visitarla sin despedidas de rigor ni cortesías cordiales, ni siquiera una vaga excusa a lo largo de tantos meses.

 

Ahora subía y bajaba con inusitada rapidez sobre su esternón, el pecho a punto de estallar por una respiración de repente demasiado fatigada, la cadena de plata que la detallista y generosa señora Sin le había regalado haría unos tres años por su cumpleaños, de la cual no se desprendía nunca —como un amuleto—, aunque en realidad no era más que un abalorio el cual nunca solía echar en falta ni hacía de más, y que en esos últimos minutos adquiría de repente un valor incalculable.

 

Miró a Mick a los ojos, y nunca un azul le hubo parecido tan sombrío, tan vacío y apagado. Por supuesto que aparentaba entereza, ni un temblor de labios, ni demasiada luminosidad en la mirada, ni un amago de llanto, y fue entonces cuando se convenció de que lo que le había confiado era cierto. Si Susan Sin, su madre en funciones no biológica, se estaba muriendo, era algo que Curt debía comprobar con sus propios ojos; era imposible que cayera tan en picado desde la última vez que la viera. La vida no le podía estar jugando tan mala pasada.

 

Pero tras un paseo en el que apenas se dirigieron cuatro frases seguidas, entró en aquella casa donde tantas sensaciones antaño hubo experimentado, y se dio de bruces con sus temores, cerciorándose de que las exageraciones de Mick no eran tales. Vio clasificados por tomas diarias una buena colección de parches de morfina, barbitúricos y demás fármacos, bolsas de suero y diversas sondas de repuesto, jeringas, ampollas y goteros, pañales para adultos, palanganas y un receptáculo para toallas sucias. Observó cómo su amigo reorganizaba esa exposición con destreza y analizaba como  un científico experto los mínimos cambios sucedidos durante las últimas horas: aquel mismo Mick que, sumido en el silencio, se había visto obligado a hacer cursos acelerados de medicina. El olor a una mezcla de sudor, excrementos y orina, a enfermedad, que inundaba las paredes y las losas del suelo y se apoderaba de todas las estancias, esa pestilencia inherente a la naturaleza del moribundo. Cuando, haciendo acopio de todas sus fuerzas, confrontó sus miedos y se halló cara a cara con Susan, con respiración monitorizada y sus inexpresivas y opacas cuencas oculares posadas en su cara, la rigidez inútil del cuerpo postrado en la cama entre cojines y almohadas, aprisionada entre barandillas a su alrededor, los balbuceos y la saliva incontenida cayendo por las arrugas de la barbilla, se agarró con firmeza a la cadena plateada y no dejó que el abatimiento hiciera mella en su rostro. Mantuvo la entereza que Mick, ya resignado de hacía tiempo, parecía perder al traspasar el umbral de la puerta de aquel cuarto, quien le esperaba nervioso dando zancadas por el pasillo, de espaldas a los dos. Curt agarró la mano nervuda y pese a todo enérgica de la señora Sin, quien pareció reconocerle entre sus delirios de recuerdos deconstruidos.

 

Una vez hubo salido de allí, algo conmocionado y fumando los dos en el minúsculo balcón, Mick creyó que no hacía falta palabras ni preguntas. Le dedicó un gesto circunspecto con las cejas, como diciendo “¿te has cerciorado ya de la verdad?”, pero Curt, con la mirada puesta en un coche sport de la calle de enfrente, cuyo motor no cesaba de calarse arrancando al fin tras varios intentos, repuso con tono decidido:

 

— No. No se muere. No se muere porque yo no quiero que se muera.

 

Como un capricho, como quien elige una batalla contra un enemigo tan poderoso e imbatible como es la muerte, Curt se empecinó en valerse de tácticas y estrategias para hacer frente a un destino evidente, escrito y ya firmado.

 

Comentarios

  1. Mabel

    17 junio, 2019

    ¡Impresionante! Un abrazo Estefanía y mi voto desde Andalucía

  2. GermánLage

    18 junio, 2019

    ¿Cómo puedes penetrar de tanta habilidad en el imterior de cada personaje? ¿Cómo logras eternizar de ese modo cada instante volátil? ¿Está todo en el embrujo de tu mirada? Una vez más, Esteffy, formidable.
    Un fuerte abrazo y, a portada.

  3. GermánLage

    18 junio, 2019

    ¿Cómo puedes penetrar con tanta habilidad en el imterior de cada personaje? ¿Cómo logras eternizar de ese modo cada instante volátil? ¿Está todo en el embrujo de tu mirada? Una vez más, Esteffy, formidable.
    Un fuerte abrazo y, a portada.

  4. JR

    10 julio, 2019

    Estefania, realmente impresionante la manera en que has pintado esta escena. Eres estupenda. Saludos!

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