¡Se acabó la película!

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Era un lunes por la tarde los aficionados al cine de adultos se amontonaban a mirar los carteles que se hallaban pegados en el vestíbulo del viejo teatro, en ellos se  apreciaban hermosas mujeres muy ligeras de ropas y otras totalmente desnudas en poses sugestivas.

Sin ser adivino se podía intuir el nombre de la cinta que sería presentada unos minutos más tarde cuando la negrura de la noche dejase ver las escenas claramente ya que el teatro no contaba con techo.

En corto tiempo la taquilla se abarrotó de afanosos cinéfilos amantes del erotismo que derrochaban esas películas, luego de comprar el boleto pasaban la reja medio oxidada que resguardaba la entrada y desfilaban a tomar un puesto de privilegio en la enorme sala, esta yacía con sus ochenta sillas de latón que todavía se les podía palpar el calor que tomaron durante el día y la rectangular pared  blanca un poco curva de doce  metros de largo por seis metros de alto que servía de pantalla.

Ninguno de estos desesperados fanáticos de las perversas escenas del cine porno musitaba frase alguna, todos estampillados en su asiento no veían la hora que el proyector arrancara y las hermosas mujeres rubias, blancas y a veces morenas comenzaran a desvestirse y así estos atortolados espectadores empezaban a dar rienda suelta a sus fantasías.

Mientras eso ocurría adentro, en las afueras del teatro se podían escuchar los gemidos estrepitosos de las protagonistas que alcanzaban a enloquecer a aquellos que por ser menores de edad o por no contar con el dinero para el boleto solo se conformaban con mirar de lejos lo poco que las empinadas paredes le dejasen ver.

El resto era  pura imaginación, entre tanto un avispado morador del barrio bastante cercano al teatro donde la pantalla se podía divisar desde el solar detrás de su casa, decidió esa noche alquilar las ramas de un frondoso árbol de caucho para esos que no alcanzaron a entrar a la función y así pudiesen observar parte de la cinta que ya estaba bastante avanzada, eso se alcanzaba a distinguir por la música de fondo y la ausencia de diálogo entre los actores.

Subieron al árbol tres individuos, dos ya mayores que no tenían nada que perder y un mozalbete con ínfulas de adulto, los cuales pagaron al dueño del árbol cinco veces menos del valor del boleto del teatro.

Sigilosamente se acomodaron para no perder detalle alguno de lo que sus ojos veían en ese momento, aunque un poco incómodo ninguno decía nada solo les importaba alimentar la lujuria que dominaba sus cuerpos.

Cuando apenas transcurrían unos diez minutos desde que los tres individuos se colgaron del árbol como primates para mirar de lejos aquellas escenas cargadas de  sensualidad y un desbordado erotismo,  llegó  la madre del menor que nadie sabe de dónde salió y se le presentó con cara de pocos amigos llamándolo por su nombre de pila delante de todos.

El desconcierto fue total y la gritería de la señora llamando a su hijo subió de tono al tal punto que alborotó la casa y todos los presentes salieron a ver el zaperoco que se armó.

La señora se equipó con una estilla de madera amenazando a su hijo que si no bajaba del árbol lo bajaba ella a punta de tablazos. En medio del desespero del muchacho por escapar de su furiosa madre pasa a un árbol vecino de coco el cual se hallaba plagado de unas enormes hormigas rojas gigantes o  “arranca pellejo” como eran conocidas popularmente.

Fue peor la cura que la enfermedad, el pobre chico fue masacrado por los insectos y no le quedó otro remedio que bajar del altísimo árbol, pero para no tirarse se bajó poco a poco arrastrándose por el tronco del mencionado cocotero que le ocasionaron raspaduras en la frente, el pecho y las piernas.

Cuando tocó tierra el chico se rindió ante los ojos de su enfurecida madre la cual se la llevaban los diablos de la rabia, sus fosas nasales lucían abultadas y sus manos temblaban producto de la contrariedad que le produjo la acción de su hijo.

Para redondear faena la señora toma a su retoño por la mano a pesar de que casi estaba de su tamaño y lo remata dándole una tunda con la estilla de madera, a su vez con mucha rabia le repetía;

¡Se acabó la película!, ¡Se acabó la película!, ¡Se acabó la película!

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