Sombras

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Y la luz de la lámpara que le cae encima,

Proyecta en el suelo su negra sombra.

Y mi alma, de esa sombra que está

Flotando en el suelo

No se levantará… ¡Nunca más!

 

El Cuervo – E.A.Poe

 

Lo recuerdo perfectamente. Todo empezó el día que enterramos a papá.

Regresábamos a casa en medio de un silencio que nadie se atrevía a quebrar. Quizá la falta de esa voz acostumbrada a llevarse todo por delante le ponía un tono cruel a ese silencio. De a ratos intercambiábamos con mis hermanos lo justo y necesario para organizar los asuntos pendientes, sobre todo los trámites que tenían que ver con las cosas que estaban a nombre de papá y que, como siempre, quedarían a mi cargo. Por supuesto que la sola mención de esas obligaciones sólo sirvió para apurar las despedidas: Mario tenía un largo viaje a Tres Arroyos, Elba no veía a los chicos desde hacía un par de días y Tomás… sólo quería irse. También llegaron las preguntas de cortesía que ya tenían una respuesta: si era necesario que me quedara sola, si necesitaba algo, y las fastidiosas invitaciones que no deseaban otra cosa que un amable rechazo.

Fue así que en menos de una hora nos encontramos a solas la vieja casa, la sombra y yo…

Había atravesado tres largas jornadas entre la agonía de papá, testarudo hasta para negociar su partida y su dilatada muerte. Él sabía, en medio del dolor y los desvaríos que lo llevaban de paseo a sus años infantiles, que muy a pesar nuestro había logrado juntarnos a todos (menos a mamá, quien había abandonado su calvario matrimonial hacía rato) mientras él montaba su anunciada despedida.

Pero estaba muy cansada para hacerle frente a tantos recuerdos. Busqué en la mesita de luz las pastillas y fui a la cocina por un poco de agua. Fue allí, en la breve espera de mi vaso llenándose, cuando reparé en la vieja silla de papá… y en su sombra. Creo que fue más la impresión de aquel espacio vacío que ya no estaría ocupado por aquel gigante torpe lo que me impulsó  a salir rápido de allí. Empujé la silla con el pie hacia la mesa y atravesé la  sombra que proyectaba en el piso. Un frio intenso e incómodo invadió mis pies inmóviles  mientras una oscuridad aterradora los envolvía y se apoderaba de todo.

“Es mi primer día de clases. Mamá calma mi ansiedad con caricias y unas lindas trenzas cosidas, como a mí me gustan.  Creo  que su mano siempre tibia me hará buena compañía hasta la puerta del colegio, pero papá no la deja venir. Su gran cuerpo entra en la cocina llenándolo todo de miedo. Ve que aún no estoy lista y su cara se llena de impaciencia. Me hubiese bastado una mano que me invitara a salir a mi nueva vida, pero interpone su cuerpo con violencia entre mamá y yo  y me empuja hacia la puerta. Ella intenta seguirnos, pero un solo gesto duro basta para hacerle entender que a su regreso quiere la comida lista.

De allí en más todo es una tortura silenciosa hasta llegar a la puerta del colegio, en donde me demuestra todo el amor que tiene hacia mí. Me toma de los hombros, se pone en cuclillas y me mira fijo a los ojos. Seca con disgusto una lágrima que se atreve a escapar y me dice: “Nada de llanto, los Acuña no lloramos, andá y hacete fuerte, aprovechá el tiempo y déjate de pavadas”. Recuerdo ese primer y único beso un poco más arriba de la frente. Me gira como un gallito ciego y encamina mi cuerpo tembloroso hasta la puerta de ese infierno llamado escuela, lejos de mamá. Cuando me doy vuelta en busca de auxilio ya no está”.

Las situaciones que están fuera de mi control me exasperan. Despertar en mi cama cuando el último recuerdo me situaba en la cocina logró desencajarme por un largo rato. Me levanté aturdida. Sentía todavía aquel maldito sueño en la piel. Es increíble cómo la acumulación de situaciones desagradables (ni siquiera me atrevo a mencionarlas como tristes), abren puertas de la memoria que una insiste en mantener cerradas. Pero esos malditos recuerdos siguen allí, agazapados en los sueños nocturnos, esperando un descuido, una debilidad.

Intenté sin suerte desandar el camino de la noche anterior. Mi cabeza y todo lo que tenía que hacer me lo exigían. Pero fue inútil. Desde la última imagen en la cocina hasta mi llegada al cuarto no había más que una sombra profunda. Pero no podía detenerme en un hecho sin importancia, era solo una cruel jugada de mis nervios bastante maltratados en los últimos tiempos.

Decidí organizar las tareas pendientes. No niego que me resultó bastante perturbador volver a la cocina, sobre todo cuando descubrí el vaso de agua lleno junto a la pileta y a su lado una pequeña pastilla haciéndole compañía.

La mala jugada del cansancio pasó rápido al olvido. Como era sábado y no podía realizar trámites, me dediqué a reorganizar las cosas de papá y deshacerme de todo lo más rápido posible. Vacié sin reparos el viejo ropero, con la precaución de revisar bolsillos y posibles escondites de papeles importantes. Volqué todo sobre la mesa de la de la cocina y luego coloqué todo en cajas o bolsas para sacarlas pronto de allí. En unas pocas horas ya había decidido el destino de muchísimas cosas. Miré con cierta satisfacción el final de una tarea que me seguía pareciendo insuficiente. Todo en esa casa olía a él, y hasta en el más absoluto silencio se sentía su presencia.

Supuse que todo se trataba de darme tiempo, y que con la vuelta a la rutina todo volvería a ser como en realidad no recordaba si alguna vez había sido después de tantos años de convalecencias ajenas.

Casi todas sus pertenencias ya tenían destino, sólo faltaban algunas que por su estado irían directamente a la basura. Quizás pueden pensar que en realidad había cosas de las que no me quería desprender por  una cuestión de afecto, pero se equivocan. El pasado era casi todo borroso para mí, como oculto detrás de un vidrio empañado. Pero esa imprecisión no podía esconder que absolutamente todo estaba impregnado de recuerdos oscuros, de miedo, hasta de cierta repugnancia si se quiere, como si algo se pegara a la piel en plena oscuridad.

Entre esas cosas con destino decidido estaba el viejo y sombrío sobretodo que lo había acompañado con terquedad casi fanática hasta sus últimos días. Estaba colgado allí, raído, con manchas que de solo verlas permitían imaginar el olor que las acompañaba. No hubo que pensarlo demasiado. Me levanté en busca de una bolsa para sepultarlo lo antes posible.

Me detuvo una sensación extraña y desagradable. La luz de la media mañana invadía la cocina a través de la ventana que daba al patio. Normalmente a esa hora daba de lleno en los azulejos desgastados sobre la pileta y bajo la alacena, pero yo había colgado el sobretodo en el caño de la cortina. Mi inocente ocurrencia proyectó una sombra sobre esos azulejos que se asemejaba demasiado a la silueta del gigante maldito. Como por instinto me levanté para hacerla desaparecer de inmediato. Como no podía llegar hasta la ventana por la cantidad de cajas desparramadas por el piso, rodeé la mesa y pasé sin remedio a través de aquella proyección. Un frío insoportable se apoderó de todo mi cuerpo. La noción de todo o que me rodeaba volvió a sumergirse en la niebla.

“El colegio está a ocho cuadras de casa tomando el camino más directo. Tengo trazado un plan con varias alternativas para retrasar todo lo posible mi regreso. Hay al menos cinco formas para estirar el viaje a más de diez cuadras. Hoy martes me toca el camino de la plaza. Paso entre la multitud que se agrupa a la salida. Deseo escapar rápido de esa masa que no deja de hablar estupideces. Soy como un fantasma que pasa entre muchos conocidos que ni siquiera advierten mi presencia. Y si me ven, sé que evitarán la obligación de una caminata compartida. Se hacen señas y huyen de mi presencia. No me importa. Digo lo que pienso. No se dan cuenta de que están perdiendo el tiempo. Hay que hacer lo que hay que hacer para salir rápido de acá, de casa, del mundo.

Puedo tener muchos caminos, pero todos deben pasar por su casa. Si tengo suerte y lo veo el día se hace más liviano, ni siquiera escucho los gritos de papá ni las súplicas de mamá. Si no es así, si no lo veo, el día se hará interminable. Me acerco al portón de su casa. Me paralizo. Escucho el ruido de la puerta y veo que su padre saca el auto. Mi torpe reflejo en el vidrio se mezcla con su cara sonriente. No me reconoce. Ella se aferra a su mano y lo besa sabiendo de mi presencia. Todo se transforma, se oscurece. Vuelvo a casa hundida en la tristeza.

No tengo tiempo ni para derrumbarme. De pronto me encuentro en la cocina de casa en medio de una batalla  que no es mía, pero que nunca dejará de serlo. Todo pasa delante de mis ojos, como en una película que no quiero ver. Mamá llora, pide perdón, se excusa, se rebaja miserablemente. Los platos se despedazan y la comida fría se desparrama entre mis pies. Veo la sombra y después el gran sobretodo gris que pasa como un relámpago furioso junto a mí. Un golpe tras otro. Sus brazos débiles no alcanzan. De pronto alguien aparece en escena envuelto en un grito que se me apaga en el aturdimiento. La furia de Tomás no alcanza para mover esa mole, pero sus insultos lo hacen desviar la atención hacia él. Logra esquivar el golpe, pero mi cuerpo inmóvil recibe la descarga. Mi último recuerdo es el grito lejano de mi hermana menor Elba envuelto en la tiniebla».

El calor del sol en la cara me despertó. Eso o la sensación de una caída o un golpe inminente hicieron que me levantara bruscamente. A partir de ahí todo se convirtió en confusión y un terror que no paró de crecer a medida que volvía al mundo y descubría dónde y en qué condiciones me encontraba. El viejo banco que papá había instalado bajo la higuera del parque era mi lecho involuntario. En ese momento no podía confirmar si había pasado la noche allí o si simplemente me había recostado en algún momento a descansar unos minutos. Esta última posibilidad me pareció improbable cuando recuperé la calma. Como la vez anterior en la cocina todo se perdía en un lugar de la casa para luego reaparecer en otro. No dudaba que el cansancio acumulado y la cantidad de cosas que evocaban su nombre estaban jugando con mis sentidos. O al menos eso pensaba, hasta que un detalle dio paso definitivamente al horror. Desde mis hombros hasta la rodillas el viejo y detestable sacón de mi padre me envolvía tal como lo hacían aquellos horribles y oscuros sueños.

Tropecé un par de veces camino a la casa, mientras trataba de deshacerme de aquel trapo pestilente que insistía con pegarse a mi cuerpo. Al fin pude deshacerme de él. Lo dejé abandonado por unos instantes en medio del parque. Cuando me animé a regresar lo hice con una botella de alcohol y una caja de fósforos. Cualquiera de ustedes podía pensar que me quedé a disfrutar del espectáculo dantesco de aquel viejo sacón ardiendo, pero el olor que despedía y las breves sombras que formaban las llamas me obligaron a dejar que el fuego devorara tranquilo a su presa.

Volví a la cocina envuelta en violentos escalofríos. Me despojé de toda la ropa a medida que me acercaba al baño. En un momento me detuve pensando que alguien podía estar espiándome. Me reí nerviosa de mi pudor ridículo. Estaba sola. Siempre lo había estado. Estuve siempre en soledad llena de personas que habían vivido en un completo estado de tensión, todos pendientes del próximo estallido.

El baño caliente fue un buen intento para recuperar un poco la cordura. Pero mi cabeza no paraba de buscar explicaciones a todo lo que ocurría a mi alrededor. No podía permitir que todo aquello siguiera afectándome. Si algo me había quedado de toda aquella interminable violencia a la que nos había sometido era a no perder el control, a reordenar todo y a todos rápidamente, siempre a la espera de la siguiente tormenta.

Me quedé bajo la ducha hasta que la temperatura del agua me obligó a salir. Fui al cuarto en busca de ropa seca y perfumada que se llevara bien lejos los olores de aquel momento perturbador. Pero había algo que no se alejaba de mí: la sensación que cada sombra de esa casa, cada rincón oscuro me acechaba, y que a mi paso podría convertirse en una profunda trampa que me llevara de regreso al pasado.

Por suerte logré superar ese miedo, al menos momentáneamente, con un nuevo hábito. A mi paso encendía sin importar la hora, todas la luces posibles. Así lo hice durante días que pronto se convirtieron en semanas en las que viví amparada por la luz constante, con todo abierto de par en par durante el día y rodeada de luces furiosas durante la noche. Mientras tanto fui deshaciéndome sin remordimientos de todo los que me trajera recuerdos… o produjera sombras sospechosas.

La atenta vigilancia se hizo rutina. Cambié mis hábitos de descanso hacia las horas diurnas e intentaba, mientras fuese posible, pasar la noche en un cuarto al que había desprovisto de todo lo que produjera hasta la más mínima proyección. Pero con el correr de los días y la definitiva desaparición de casi todo el mobiliario, terminé reconociendo, presa de un interminable ataque de risa que terminó en un llanto sin fin que realmente, tal y como lo deben estar pensando ahora, que me había vuelto completamente loca. Un rayo repentino de razón me invadió y me presentó una conclusión estúpidamente lógica. Si no existían muebles viejos, no habría sombras viejas.

Con el correr de los días mis nervios fueron cediendo. Lentamente volví a pensar en lo que debía hacer para subsistir. Las rentas por las propiedades que papá había adquirido, más el dinero cobrado por cuestiones de seguro me permitirían un tranquilo pasar, pero todo aquello requería atención y sobre todo debía ser bien administrado. Debía contar que seguramente, y muy a su propio pesar en el caso de Tomás, todos reclamarían su parte.

Todo pareció encaminarse hacia una soledad tranquila, segura y sin sobresaltos. La ausencia de pesadillas y de sombras me había relajado. Nunca pensé que sólo estaba esperando que bajara la guardia.

Todo se precipitó hace dos noches. Una fuerte tormenta, de esas  que marcan el fin del verano, se anunciaba para cerca de la medianoche. No fue un descuido, sólo una simple omisión de algo que uno nunca cree posible. La tormenta fue más fuerte de lo esperado. Un viento arrasador derribó un par de postes y hubo un corte de luz.

Me quedé totalmente a oscuras. Aunque no lo crean la oscuridad absoluta no me producía miedo. En ella no eran posibles las sombras. No necesitaba mis ojos para andar a oscuras por la casa. Era como mi propio cuerpo. Llegué a la pequeña escalera que conducía al altillo. Recordaba que  en un viejo baúl, envueltos cuidadosamente, mamá guardaba unos paquetes de velas que traerían nuevamente la seguridad de la luz. Sin dificultad las encontré y bajé con cuidado la escalera. A mitad de camino me pareció más que tonto no encender la primera para evitar una caída. Sobre uno de los escalones desarmé el paquete valiéndome sólo del tacto, luego busqué en mi bolsillo la pequeña caja de fósforos y finalmente la encendí. Luego giré sobre mis pies y bajé los escalones que faltaban. Una vez en la cocina encendí un par más, luego repetí la operación en el cuarto y en el baño. Fue allí que me di cuenta del grave error que había cometido.

Sola, en medio de la  sala de estar, descubrí con horror renovado que había repoblado la casa de sombras. Debía apagar todas aquellas velas que engendraban fantasmas horribles a mi alrededor. Las fui derribando una por una, a toda velocidad, hasta llegar a la última, mejor dicho a la primera que había encendido en la escalera. Pero no pude llegar allí. Entre la escasa luz de aquel último faro y el reflejo de un extraño e interminable relámpago quedé a merced de una silueta que se dibujaba en la pared. La desaparición del relámpago y la vuelta a la casi completa oscuridad no alivió mi escalofrío. No podía moverme, y así fue que un segundo relámpago me indicó que aquella sombra ahora se proyectaba sobre mí. Otra vez el vacío frío se apoderaba de mis sentidos.

“Vuelvo a casa. Ya tengo todo para preparar el almuerzo. También los medicamentos para mamá que ya casi no se levanta de la cama. Estoy cansada. Todos los días la misma rutina enfermiza. El desayuno para los dos, los reclamos  de papá que a pesar de su creciente dependencia de mis actos no deja de quejarse de todo y contra todo. Por lo menos de un tiempo a esta parte parece haberse olvidado de maltratar a mamá. Ella solo llora, insoportable y constantemente llora. Mientras vuelvo pienso que la rabia de la partida de mis hermanos, todos peleados por motivos incomprensibles,  le quitó resistencia  y le está quitando lo poco de la  vida que le queda.

Entro. Le aviso a mamá que ya llegué con un grito. Sé que él no está. Vuelve cerca de la hora de comer. Preparo el almuerzo. Se retrasa extrañamente. Preparo la bandeja para ella que no deja de preocuparse por su demora. Se torna insoportable hasta escucharla tragar la comida mezclada con lágrimas secas. Me asomo por la ventana. Lo veo venir. Se tambalea más que de costumbre. Está borracho. Me preparo para una batalla.

Trato de mantener aislada a mamá subiendo el volumen de la tele, pero parece que hoy viene extrañamente decidido a batallar. El alcohol y el odio acumulado son una combinación detestable. Entra resuelto a la habitación. Evito que el televisor se estrelle contra el piso. El dedo acusador, cargado de recriminaciones, apunta directo al rostro de ella. Y se desata una tormenta de reclamos que  obtienen por respuesta una catarata de llanto. Ella es la culpable de su pelea con Mario, quien nunca había aceptado sus consejos, como Elba, que se buscó el primer fracasado que pasó por la puerta para que la embarazara, y peor, por culpa de ella ese, al que ni siquiera se atrevía a nombrar, se atrevió a confesarle a gritos que era gay, sin importarle que le rompiera la cara una vez más.

Luego de la primera descarga me mira a mí, directo a los ojos, encendido por el alcohol. Le devuelvo una mirada desafiante. Se incomoda, y enseguida arremete contra ella. Alcanzo a detener su brazo todavía fuerte a pesar de la edad. En la mano derecha empuño el cuchillo con el que había cortado las verduras. Se lo muestro amenazante. Estoy dispuesta a usarlo. De allí en más la sorpresa y la decepción me vencen. Ella me detiene el brazo. La miro  preguntando, como diciéndole «es lo que vos no te animaste a hacer». Me devuelve una mirada  desafiante y surge en ella una voz nunca escuchada que me hiere profundo: “No le faltes el respeto a tu padre”. Tiro el cuchillo. Él logra su objetivo. Ella llora. Decido fríamente que todo aquello debe terminar”.

La lluvia helada en la cara me trajo de vuelta al mundo. No sabía dónde me encontraba. Alterada, las lágrimas me desbordaron mezclándose con la lluvia que no cesaba. Un relámpago dibujó de golpe la silueta sombría de la vieja casa. Ya no podía vivir ahí. Apenas si tuve fuerzas para correr al galpón y recoger el bidón de nafta. Luego corrí hacia adentro. Necesitaba valor sólo para entrar un vez más, la última vez.

Entré en la cocina y busqué con desesperación los fósforos. No lo recuerdo bien, creo que los encontré sobre la heladera. Lo demás fue fácil. Un camino de combustible siguió mi paso por todos y los cuartos. Ni siquiera reparé en las cosas de valor. Todo allí seguía oliendo a ellos. Luego un fósforo al aire y el tremendo alivio de una vez por todas limpiar el lugar de las malditas sombras que no dejarían de perseguirme. Las llamas pronto se apoderaron de todo. Pero también trajeron la última sombra.

Esta vez no me dejé atrapar. Si lo permitía ya no me dejaría volver. Interpuse las llamas entre él y yo y le hablé con toda la franqueza que pude. Le recriminé por cada grito por cada golpe, por cada hermano que me había arrancado. Por todo. Le confesé sin pudor que yo le había arrebatado al único ser que a pesar de todo aún lo defendía por dos razones: la primera para que él se sintiera un desdichado de mierda que no sabría con quién descargar su ira enfermiza, y segundo porque ya no soportaba cuidar a un ser tan servil, que ni siquiera merecía compasión. Le sonreí y le grité que un simple error en la dosis de los medicamentos había sido suficiente para arrebatársela y que lo mismo había hecho con él. La  diferencia estaba en que su odio venenoso lo había mantenido vivo un tiempo más. Lo suficiente como para terminar de arruinarme la vida. Y como si fuese poco, aun lo seguía intentando desde las sombras.

Esta confesión agigantó el enojo de esa figura  proyectada en la pared que no dejaba de crecer. El último recuerdo vívido fue su voz nítida insultándome. Intentó por última vez alcanzarme. Ya estaba sobre mí, pero el fuego había hecho lo suyo con las paredes de la vieja casa. Todo se derrumbó y él se fue, creo,  para siempre.

Sé que lo que les cuento parece increíble, pero si ustedes lo piensan un segundo, toda mi vida fue como un cuento de terror. Pudo ser misericordia, amor si ustedes quieren,  o locura. Sé que mis actos son imperdonables. Solamente tengo un pedido. Por favor, ya que seguramente me van a encerrar, que sea en un lugar bien iluminado, donde no quede lugar para las sombras.

Comentarios

  1. Estela Rubio

    12 junio, 2019

    ¡Qué terrible historia!

    Mi voto y un saludo

    Estela

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