Dando luz al monstruo

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(…)

 

Curt salió muy afectado emocionalmente aquella tarde, e hizo caso omiso de la llamada de Mick tras verle marchar de esa manera, quien apenas albergaba ya fuerzas para insistir y escuchar las penas ajenas. Los pensamientos de Curt en esas horas del día siempre se centraban en Isabel, quien de seguro ya hacía unos minutos que aguardaba en el hostal esperándole porque él siempre acababa retrasándose a su pesar, y como cada tarde se propuso que ésa sería diferente y que por fin podrían hablar como una pareja normal, y él podría vomitar toda aquella opresión que le partía la garganta, y después ambos compartirían todos los tipos existentes de intimidad; así podrían afianzar de alguna manera su relación. Se dio de bruces con la realidad al llegar a la misma habitación de siempre, cuando volvió a ocurrir lo inevitable: la negativa sin remisión de Isabel, nada proclive a escalar niveles de confianza, las repetidas respuestas ásperas frente a él, en pie y con insinuante lencería, copa en mano, altiva y tajante en la voz:

 

—No malgastes saliva. No me cuentes nada. No pienso escucharte. No, no y no. No vuelvas a lo de siempre.

 

Curt, impetuoso, perdió los nervios y no pudo evitar un arrebato violento contra ella, ante tal aluvión de negativas antes incluso de que hubiera abierto la boca, consciente de su superioridad física, era mucho más grande que ella, tanto de largo como de ancho. Agarrándole del cabello la lanzó contra la cama ahogando sus protestas y gritos contra la colcha, y esquivando como pudo sus forcejeos se impuso sobre ella. Le excitó tenerla a su merced, tan sometida que al final resultaba ser por fin suya, notando como la presión de su cuerpo la calmaba, poco a poco se resistía cada vez menos mientras él rebatía sus intenciones de huir con besos desesperados que se esparcían por el cuello y bajaban por la clavícula, mientras controlaba sus movimientos sinuosos y a veces retenía con dureza sus brazos, intentando no dañarla demasiado. Se desabrochó los pantalones mientras ella le maldecía y hacía movimientos de serpiente intentando evadirse de su ataque, en realidad más preocupada por zafarse de sus palabras que de su cuerpo. Durante el vaivén de la penetración él descargó entre jadeos todo lo que hacía meses le estuvo envenenando y ella, sin escapatoria física posible y sin poder taparse los oídos, fue expuesta a aquello que tanto detestaba, obligada a ser partícipe de una intimidad que nunca quiso compartir. Entre los sollozos de Curt y su forzosa atención se le confiaban los más recónditos secretos, y mientras le sentía más adentro que nunca, mayor era el deseo de alejarse de él. De esta manera descubrió que una mujer, quien quería como a una madre, agonizaba hacía meses y se debatía entre la vida y la muerte, la confesión horrible de que su cuerpo excitaba a su padre desde que era un niño y ahora resultaba ser el mismo Curt quien aprovechaba la situación, invirtiendo en lo denigrante, que él estaba perdido y no sabía qué hacer, cómo actuar, que había días en los que no podía más, que a veces no sabía continuar sino era con ella, que detestaba la culpa, que no quería amanecer un día sin invadir su cuerpo y ahora también su alma, que odiaba hacerlo de esa manera pero, simplemente, ya no sabía de qué otra forma penetrar en su mente y hacerla suya.

 

Isabel optó por no resistirse, y cuando percibió que todo llegaba al final y él por fin relajó todos los músculos y dejó de presionarla, rescató la fuerza necesaria para apartárselo de encima y comprendió que había sufrido una violación; quizá no tanto física, sino que sintió violados sus sentidos y sus voluntades. Así que, al incorporarse y recolocarse las dos piezas de ropa interior, le asestó una bofetada con todas sus fuerzas, girándole la cara y haciendo arder su mejilla.  Curt, de pronto consciente de la brutalidad utilizada, se quedó sentado sobre la cama, paralizado y avergonzado como un niño, con los ojos casi húmedos, cabizbajo pero con la mirada posada en ella, se le llenaba la boca implorando perdones. E Isabel, caso omiso a sus palabras, le amenazó con el dedo frente a su cara:

 

—Nunca más vuelvas a hacer eso. Jamás me obligues a escuchar ninguna historia de tu vida, si lo haces no volveremos a vernos. Me iré.

 

 Y luego Curt se sumió en súplicas que caían en saco roto, pues Isabel se mostró indolente y se vistió rauda, prefirió salir descalza y con los zapatos en la mano a sostener su mirada, porque no aguantaba compartir el mismo aire que Curt, en la misma habitación, y cerró dando un portazo dejando en suspenso el octavo “perdona” escuchado en esos escasos minutos.

 

Curt pasó semanas intentando redimirse y dispuesto a rescatar los restos del naufragio vivido aquella funesta tarde. Se tornó más caballeroso y generoso que nunca, calló a los pensamientos y se limitó a asentir y escuchar como nunca antes lo hizo, la colmó de obsequios, ya no reservaban en moteles de carretera sino en hoteles lujosos edificados para las reconquistas, e incluso planearon pasar juntos todo un día en un idílico paisaje. Fue idea de Curt, experto en deambular por ocultos lares, quien descubrió casi sin querer una preciosa casa construida en piedra, perdida en mitad del verde paraje escocés, alejada del ritmo frenético y del aire cada vez más gris que inundaba Glasgow; un bucólico caserío con granja y porche, cuyos dueños alquilaban por días, fines de semana o temporadas a precios desorbitados, aunque hacía ya años habían puesto el terreno a la venta sin conseguirlo. Allí se visualizaba Curt, a él mismo junto a Isabel, alejado de la urbe, viviendo de su huerto y de los animales, ya vería como hacer negocio próspero con todo ello, los intermediarios y proyectos no se le daban mal, una estancia tranquila, tostado por los rayos de sol en verano y apaciguado el frío ante el fuego de leña durante los inviernos, aspirando la pureza de la naturaleza rodeado de brezos, tomillos, helechos y musgos, de perros y gatos, de Isabel y de los niños que ambos concebirían con el tiempo. Sabía que ella también adoraba la vida libre de la montaña, o así lo creía.

 

Fue por dichas razones cuando, henchido de gozo, se decidió a alquilar la casa por un día —en su mente sería algo así como una prueba piloto— tras mantener una extensa charla con los dueños, un matrimonio cincuentón desconfiado y acostumbrado al mundo rural, ni oír hablar de tratos con bancos, sólo pago en mano y la palabra honesta de cuidar debidamente sus enseres, su corral y sus animales. Se jactaban de saber leer la mente de los hombres que escapaban de la miseria de la ciudad y descubrían, si la había, la integridad de los que se interesaban por sus propiedades; Curt, que poco a poco iba convirtiéndose en un diestro tratante y aprovechaba la buena impresión que solía dar cuando afinaba el carácter, no solo recibió el beneplácito de los dueños sino que se fue a casa con leche fresca, docenas de huevos y verduras recién cogidas.

 

Pero ese sábado en el campo, donde pensaba declarar de una vez por todas sus intenciones y planes idealistas de futuro, sucumbiendo fiel y sin protesta alguna a toda restricción que Isabel marcara, jamás se produjo. Cuando regresó a casa no la vio. La llamó al teléfono como mínimo quince veces pero éste no daba tono. Preocupado, ni siquiera tuvo que forzar la puerta de su habitación, pues no estaba cerrada con llave. “Mal asunto”, pensó, y cuando entró vio la cama pulcra, los armarios abiertos ventilándose, ni rastro de vestidos, ni de zapatos, ni del desorden de pendientes y pulseras que siempre reinaba en su cuarto y que él siempre acababa organizando. Las estanterías vacías, como si en ellas nunca hubiese habido artículos de maquillaje, no estaban ya los cofres donde solía guardar sus enseres personales, horquillas, coleteros y diademas. No quedaba nada de ella, si acaso  los últimos vestigios de su olor, impregnado en las sábanas. Se había esfumado de repente, como un soplo de aire volando por la ventana abierta, sin despedirse. Una parte de Curt también voló con ella, pero tardaría tiempo en darse cuenta, o en querer asumirlo del todo, cuando agotó todos los motores de búsqueda posibles y enfrentó su escapada voluntaria, dejándose de pesquisas irreales y de tramas dantescas que no se sostenían ni siquiera en el cine de ciencia ficción. Fue consciente de que Isabel, aunque fingió lo contrario, nunca le perdonó lo de aquella tarde en esa habitación, y en realidad no aceptó ninguna de sus disculpas y obvió cada uno de sus ruegos. “Maldita mentirosa. Te encontraré, ten por seguro que acabaré encontrándote, y me cobraré justicia”, se repetía cada noche, como una oración.

 

Tres semanas después moría Susan Sin, pero Curt no lloró. No lloró por Isabel, no lloró por Susan. A diferencia de Mick, a él no se le secaron las lágrimas; a Curt se le acumulaban sin salida, como formando una presa. Solo sentía rabia, se enfadó con un odio y cólera cultivados a fuerza de opresión y rencor, y decidió emprenderla de algún modo contra todo lo que se le pusiera por delante.

 

“El mundo es un lugar demasiado hostil — se decía, envenenándose a sí mismo con dichos pensamientos—. Demasiado hostil para rendirse a él”.

 

Comentarios

  1. Mabel

    22 julio, 2019

    ¡Impresionante! Un abrazo Estefanía y mi voto desde Andalucía

  2. Esruza

    22 julio, 2019

    De acuerdo con Mabel.

    Un abrazo y mi voto

    Estela

  3. gonzalez

    28 julio, 2019

    Te dejo mi voto, bella Estefanía. Y un fuerte abrazo.

  4. GermánLage

    19 agosto, 2019

    «El mundo es un lugar demasiado hostil para rendirse a él». Excelente final de un excelente episodio.
    ¿Ves, Esteffy, como no vas a poder librarte de mis comentarios? A ver si mañana consigo ponerme al día.
    Un abrazo, Estefanía.

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