De las aventuras de un tipo color violeta

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Subo a toda la ostia posible la ladera de la montaña. Queda poco para llegar a Nuevo Ourense y están pisándome los talones. Desde que me he escapado hace unos soles del centro de reeducación de Nueva Ponferrada los he tenido encima. Casi no he dormido ni comido y siento cómo la piel de la espalda se me cae a pedazos.

            A pesar del cansancio acumulado, sigo avanzando automáticamente, sabiendo que es la oportunidad de mi vida, el último cartucho. Los tojos y zarzas, cada uno a su manera, me desgarran la piel de piernas y brazos pero sigo hacia delante por caminos transitados hace ya tiempo. De repente, un dron hace aparición a mi derecha, grabándome con la cámara que lleva incorporada. Al mismo tiempo, los aullidos metálicos de los candroides se hacen más nítidos al pie de la montaña. El dron se mantiene molestamente a mi lado mientras asciendo hasta la cumbre entre roquedos. Cuando alcanzo la cumbre del monte observo Nuevo Ourense allá abajo. Veo la gran torre del gobierno local, destacando de entre otros edificios. Luego me centro en el antiguamente caudaloso río, hoy una fina línea de cristal que discurre únicamente por debajo del arco central de una copia del viejo puente romano. La copia es fantástica, he sido informado por algunas fuentes. Pero la información se compra y se vende, por lo que está sujeta a manipulaciones.

            El dron sigue a mi vera. Por un momento considero abalanzarme sobre él y derribarlo, pero se mantiene inteligentemente a una distancia prudencial de mi metro cincuenta. Dicen las crónicas que se han salvado, que en tiempos pretéritos la población alcanzaba a menudo el metro setenta, ochenta e incluso los dos metros. Que los más altos se dedicaban a jugar a un deporte con pelota y un aro llamado baloncesto. Supongo que debido a la Gran Hambruna y las hambrunas posteriores la humanidad ha visto reducida su envergadura física considerablemente.

            Así que desisto de lanzarme a por el dron, calculando que lo único que voy a lograr va a ser un golpe que a estas alturas, nunca mejor dicho, no me puedo permitir. Comienzo a bajar hacia el valle yermo cuando cuatro o cinco candroides aparecen a mi alrededor. Los candroides son robots con apariencia de perros muy veloces que son destinados a recuperar población para los centros de reeducación. Los hay verdes, amarillos y rojos, atendiendo a un código de colores que abarca desde situaciones de leve importancia a situaciones más urgentes. Los rojos, pues, son los encargados de situaciones urgentes. Los que tengo delante de mí son rojos. Los que me debieron de estar persiguiendo hasta hace unos días debieron ser verdes o amarillos. Maldita sea mi suerte. A punto de llegar y esto me tenía que pasar.

El líder de la manada se adelanta unos pasos hacia mi posición. Uno, dos, tres… ¡Pum! De repente cae fulminado en una nube de humo y la estructura de metal y circuitos se convierte en una masa negra. Los otros candroides se miran entre sí pensando qué cojones ha pasado. Y están tan bien hechos a la imagen y semejanza de los humanos que tras un breve intercambio de gruñidos deciden un nuevo líder. Pero el nuevo líder es más inteligente que su predecesor, así que ordena a sus subalternos a avanzar. Casi no han completado el tercer paso que caen abatidos nuevamente por unos rayos procedentes del cielo. El jefe se queda solo y si uno agudiza el oído puede sentir cómo los engranajes de su cabecita mueven los dientes produciendo algoritmos. Entonces es que empieza a recular hacia atrás. Respiro aliviado hasta que me doy cuenta de que el cabrón está tomando carrerilla. Empiezo a correr ladera abajo sin mirar hacia atrás en ningún momento sorteando piedras y unos pocos carballos escuchimizados.

Corro y corro hasta el límite de mis fuerzas perseguido por el candroide superviviente. De vez en cuando miro hacia atrás y veo cómo el bicho me va ganando terreno. Sus patas no flaquean y el sol rebota en su carcasa roja.  Sus fauces están abiertas y muestran sus dientes en forma de jeringas sedativas. Ya veo el puente que salva el riachuelo, antiguo Miño, ya ni sombra de lo que fue. Ya no es lo mismo, como Nuevo Ourense no es comparable al antiguo. Tantos años han pasado entre unos y otros que cualquier parecido semeja ser mera coincidencia.

Y es entonces que siento un dolor agudo en las piernas y caigo. Y todo se vuelve negro.

***

Abro los ojos despacio y observo el techo por unos momentos. Hay una mancha en el techo y la estancia está inundada de luz. Siento mi cuerpo adormilado. Muevo los dedos de mis manos, cruzadas sobre el pecho. Luego empiezo a tocarme los antebrazos, el vientre, los muslos, los huevos, la cara. Todo en su sitio. Suspiro contento. Al menos mi cuerpo está bien. Pero seguidamente miro alrededor y todo es blanco y amplio, así que me temo que estoy en un sitio chungo. Una escuela, un hospital, una iglesia…

            Aún no he dilucidado dónde estoy cuando una chica entra en la estancia y me pregunta qué tal estoy. Bien, balbuceo desconfiado. Realmente se parece al lugar del que me he escapado, el centro de reeducación de Nueva Ponferrada. Ya lo recuerdo, el maldito perro agarrándome del gemelo e inoculándome un sedativo. He de estar de nuevo allí. La chica comprueba algo en mi pierna dolorida y luego sale dando un portazo. Suena un pestillo. Su perfume queda flotando en el aire y cae lentamente.

            Cuando consigo incorporarme me doy cuenta de que hay una ventana de cristales sucios a través de la que se ve un paisaje idílico parecido a las viejas pinturas flamencas. En realidad, confirmo, es una imagen pintada en la pared. Inspecciono la estancia con mimo. El techo es alto y hay una cámara en el centro. Las paredes están acolchadas. No puedo ver lo que hay al otro lado de la puerta.

            Pasa una hora y luego otra y no recibo ningún estímulo hasta que sale del techo un proyector que arroja sobre una de las paredes varias imágenes. Me pongo a visionar el contenido, sospechoso de los intereses que hay detrás. Miro la cámara de reojo, sabiendo que quien está detrás está analizando cada uno de mis movimientos.

            Sobre la pared comienzo a ver fotografías y pequeños vídeos que reconozco no sin dificultad. En uno de ellos unas excavadoras desbrozan un bosque de árboles tan grandes como nunca había visto. Criaturas misteriosas escapan de las máquinas mientras los obreros vociferan en lenguas que me son extrañas. Después, el vídeo se acelera y aparecen imágenes y cortos de todo tipo. Hay sitio para una mujer gritando de dolor mientras la violan unas bestias, un padre contándole un cuento a su hijo, aviones bombardeando una ciudad, animales raros del fondo de los océanos, planetas por formar en los límites del universo conocido, grupos de música, famosos, algoritmos, ciudades fundadas y abandonadas, desiertos, infidelidades, barcos, fiestas, cementerios.

            Acaba el visionado y estoy exhausto de  haber visto la historia y compañía de la humanidad en tan corto tiempo. El proyector se esconde de nuevo en el techo y una voz me da la bienvenida. Después dice que mi reacción ante los vídeos ha sido procesada y me consideran digno de ser reeducado en la colonia. Todo ello, continúa la voz, a pesar de estar mentalmente contaminado en un porcentaje relativamente bajo de cultura foránea.

            Lo cierto es que todavía no sé si estoy con los buenos o los malos. Quizás ya no importe y no exista el bien ni el mal más allá de lo que uno juzgue por sí mismo.

            La enfermera vuelve a entrar y le pregunto si estamos en Nueva Ponferrada sin ocultar una pizca de ansiedad. Ella niega con la cabeza risueñamente y me indica que estoy en los cuarteles generales de Nuevo Ourense desde hace tres soles. Un candroide rojo que burló la Barrera de Rayos me atacó a las puertas de la ciudad, donde fue finalmente reducido. Sin embargo, pudo inocularme una substancia sedativa que me tuvo dormido estos últimos días. Eso explica mis pesadillas. La enfermera añade que no estoy retenido, que puedo salir en cualquier momento, que soy libre, pero que primero me tienen que fichar y asignar un tutor legal en la ciudad. Se trata, por así decirlo, de un ángel de la guarda que me guíe en la vida en la ciudad. Asiento instantes ante de que las caderas de la enfermera se pierdan por la puerta.

            Me quedo de nuevo solo en el cuarto un tiempo inmensurable hasta que un hombre uniformado entra y me toma las huellas y observa mis irises y pupilas detenidamente mientras garabatea en unos papeles. Saca una pistola de chips y me la aplica sobre el antebrazo. Fichado, nada de gilipolleces a partir de hora, dice. Y luego sonríe estúpidamente dándome una palmada en la espalda.

***

Me llevan por un pasillo-túnel hasta un ascensor y me dan un nombre escrito en un papel arrugado. Lo abro y leo MB (Emebé), Avenida Pincipal, apartamento 15K. El ascensor hace lo propio y me deja a ras de suelo de una cúpula transparente a través de la cual se ve el exterior. Entiendo que he estado en galerías subterráneas y que ahora vuelvo a la superficie. Tengo mucho que aprender de esta ciudad, me digo mientras un hombre armado me escolta hasta fuera.

            Leo de nuevo el papel. Avenida Principal. No puede ser muy difícil. Debe ser la Avenida que divide la ciudad en dos desde el Puente hacia el Sur. Comienzo a caminar por la calle hacia el número 15, que encuentro sin problema. El edificio es, como todos los que veo, una especie de colmena de cemento. Entro en la construcción sin que nadie me detenga y comienzo a buscar una K entre las pintadas de las paredes. Hay basura por aquí y por allá, lo mismo que en la calle. Esto contrasta con la naturaleza aséptica de las instalaciones subterráneas o incluso el centro de reeducación del que he huido. Cuando encuentro la K llamo con los nudillos cuidadosamente. Nadie contesta la llamada. Decido entonces darme una vuelta por los alrededores. Tengo hambre y sed. Un puesto de comida ambulante vende a escasos metros huevos de paloma ensartados en palillos e insectos varios fritos. Recuerdo que no tengo mucho que ofrecer a cambio pero la mujer me indica que me acerque. Me agarra por el brazo y observa el chip que me han incrustado recientemente en el brazo. Saca una maquinita que posa sobre el chip. Tienes treinta soles de crédito en régimen alimenticio y de ocio, amigo, anuncia con los pocos dientes que le quedan.

            Cojo dos pinchos y un puñado de insectos que me saben a gloria mientras permanezco sentado en la entrada del número 15. La gente que anda fuera es escasa. La contaminación, quizás, les anima a quedarse en sus apartamentos. Lo cierto es que la contaminación se ha convertido en un problema de orden mayor en toda la región. Desde Nueva Ponferrada hasta Nuevo Ourense no he visto el azul del cielo ni una sola vez. Los niños en las escuelas, cuando se les pide pintar un cielo, lo pintan gris en vez de azul. Yo mismo lo he visto contadas veces en mi infancia. Los mayores dicen que el cielo era casi siempre azul cuando eran jóvenes. Y lo dicen invariablemente con lágrimas en los ojos.

            Acabados los pinchos vuelvo a llamar a la puerta del 15K un par de veces más. Finalmente, un hombre muy alto abre la puerta sonriendo. Le pregunto si es Emebé y asiente. Te estaba esperando, dice invitándome a pasar.

            El apartamento es minúsculo. Quizás 20 metros cuadrados a lo sumo. Una litera en un lado, una cocinilla en la otra. Las paredes están repletas de carteles y pinturas.  En el centro una mesita donde descansan los restos de la última comida.

Esta es tu cama, comenta Emebé, si necesitas cualquier cosa no tienes más que decímelo. Los baños quedan a cinco minutos de aquí. Es agua caliente, tío. Bueno, te dejo descansar un rato y ya me contarás tu historia. Ahora tengo que ir a trabajar. Nos vemos más tarde. Descansa.

            Curioseo el apartamento un rato. Tiene una terracita que da a un riachuelo al que, al parecer, llaman Mierdel en tono jocoso. Lo cierto es que está lleno de botellas de plástico y mierda de variada naturaleza. Desde la terracita se ven los alrededores de la ciudad. Los arbolillos, vencidos por la contaminación, pueblan los rincones más íntimos de los pliegues de la orografía. Los vecinos gritan en el apartamento de al lado mientras me tumbo en el catre. Pero no puedo dormir puesto que mi cuerpo está demasiado excitado por los acontecimientos. Así que salgo del apartamento y me dispongo a dar un paseo por la ciudad. Quiero ir a la biblioteca a informarme sobre la historia de la región, pisar la hojarasca de los parques o hablar con los viejos.

            Pero cuando llego a la biblioteca gracias a las indicaciones de algunos viandantes, me doy cuenta de que el edificio está cayéndose a pedazos. Subo las escaleras y me adentro en sus entrañas hasta dar con una sala con algunas mesas y estanterías en madera que cubren las paredes del suelo al techo. Una bibliotecaria me da la bienvenida con un gesto de cabeza. Recorro las estanterías que están muy lejos de estar completas y trato de localizar algún libro que me llame la atención. No me suena ninguna obra. Nunca he sido un gran lector pero no he descuidado mi formación informal. Quizás por ello mismo he tenido los problemas que he tenido y me derivaron al centro de reeducación en Nueva Ponferrada.

            Finalmente opto por llevarme tres libros: Los relatos salvados del Señor Ragamuffin, El ocaso de las civilizaciones tal y como las conocemos y Nuevo Ourense: el libro naranja. Había oído que el último era un manual de lectura obligatoria en las escuelas de la ciudad, algo así como el libro rojo de aquel Mao que gobernara la China antigua. El libro naranja había sido escrito por Ra-Món, líder de la urbe en épocas nada fáciles que iré narrando en breves momentos. Todo esto tiene que ver con la Gran Hambruna y el Concilio Postambruna.

              El primer libro, el de relatos de Ragamuffin, se trata de una antología de relatos descabellados y sin mucho sentido que un escritor de la ciudad publicó hace muchísimos años. El segundo mencionado es un discurso sobre las civilizaciones y costumbres de las civilizaciones actuales. Es un libro realmente interesante para aquellos interesados en la etnografía.

            Pero es hora de poner al lector en conocimiento del contexto de todo esto. Porque no sé quién será exactamente el lector de mis escritos y nunca lo sabré. Yo voy metiendo todo en cajas y las mando al Archivo Central cada cierto tiempo. Ellos censurarán lo inconveniente y dejarán estar lo que les viene bien. O tal vez lo metan todo en una taquilla abandonada en un sótano. No lo sé. Me gustaría pensar, no obstante, que no escribo al vacío. Cierto es que de este modo hago terapia y ordeno mis pensamientos, pero todo escritor busca algo de cariño, de reconocimiento. En fin, volvamos atrás y hablemos del contexto de todo esto.

***

Hace ya muchos soles el mundo se fue al garete. Los países, antiguos entes políticos, compitieron entre sí por una economía más potente en una carrera insana a pesar de la naturaleza. Colapso ecológico, muerte, enfermedades, sufrimiento. La población humana se redujo tremendamente y los países desaparecieron para dar paso a pequeñas comunidades de varios miles de almas alrededor de un gobierno local. Tras un corto tiempo tuvo lugar la Gran Hambruna, consecuencia evidente de una sociedad que había dado la espalda al campo para centrarse en mundos virtuales. La tecnología vio un retroceso acentuado. Muchas de las mentes más brillantes, unido a un mundo atomizado que no se interrelacionaba, eran incapaces de desarrollar nuevas técnicas y avanzar científicamente. Cada comunidad sospechaba de las intenciones de los vecinos hasta que Ra-Món, un hijo de puta humilde, logró unificar parte del territorio ibérico.

            Ra-Món se erigió como líder del primer y último Liderato del planeta. Así mismo, escribió el libro naranja, donde recogía su ideología e instruía punto por punto a sus lectores sobre el buen funcionamiento de un Liderato. El Liderato se convirtió pues en un estado casi mitológico al que muchas personas aspiraban. Pero sus ideas le ganaron algunos enemigos que lograron acabar con su vida a puñaladas mientras él gritaba que no fuesen brutos en el asiento de atrás de un taxi.

            Luego, la bajada demográfica provocó que muchos edificios quedasen vacíos y fuesen derruidos  para construir enormes complejos subterráneos donde las clases pudientes diseñaban sus viviendas. En Nuevo Ourense no ocurrió distinto. Las clases altas eran fácilmente reconocibles por tener la tez pálida y vivir en suntuosos apartamentos bajo tierra. Las clases bajas vivían sobre tierra, tenían a menudo problemas respiratorios y eran muy morenos. También eran ligeramente más bajos en general, dado que no se nutrían del mismo modo.

            Dicen las lenguas más experimentadas que antiguamente había muchas personas que llegaban tranquilamente a los ochenta años. Hoy en día quien llega a los cincuenta años puede sentirse afortunado. Yo, en mi educación autodidacta, siempre había leído que cuando los escritores humanos hacían lo propio sobre mundos futuros a menudo los suponían tecnológicamente más avanzados. Pocas veces se hacía alusión a un retroceso sin precedentes que ya algunos pensadores habían preconizado. Einstein, aquel científico europeo, había dicho algo así como que no sabía con qué armas se lucharía la Tercera Guerra Mundial pero que la cuarta se pelearía con piedras y palos. Y no le faltó razón. A pesar de no haber acontecido una Guerra Mundial con letras mayúsculas, la violencia, las luchas migratorias y las guerras nunca habían finalizado. La humanidad nunca supo administrar su propio éxito. Pero eso es otra historia.

Lo que ahora importa es explicar un poco lo que sucedió en Nuevo Ourense en concreto tras la Gran Hambruna, las guerras, las crisis varias y las enfermedades. Nuevo Ourense contaba con una población de más de cien mil almas con sus respectivos cuerpos. Pero cuando la Gran Hambruna llegó y la crisis ecológica golpeó el planeta, la gente murió a cientos a causa de diversos factores. En algunos casos se debía a carencias en el suministro de medicamentos o alimentos. En otros casos se debía a peleas por comida o el control en los barrios. Un periodo de anarquía siguió, asqueando incluso a aquellos anteriormente defensores de la anarquía como modo de vida. Se probó que un sistema era necesario para ordenar a los hombres y mujeres. Cualquier sistema.

Los edificios quedaron vacíos mientras las personas más ricas construían búnkeres y complejos subterráneos donde sobrevivían como buenamente podían. Después, las crisis ecológicas y climáticas se  sucedieron una tras otra barriendo la superficie. Solamente tras unos años de incertidumbre los humanos pudieron salir de sus escondrijos sin miedo. Eran todos blanquitos blanquitos y veían con dificultades.  No había distinciones entre ellos hasta que algunos, a fuerza de estar en contacto con el vigorizante astro en superficie, oscurecieron su piel. Fue entonces que se dieron varias guerras anatómicas basadas en las diferencias de las distintas partes del cuerpo. Los orejudos perseguían a los de orejas pequeñas mientras los que tenían la polla grande eran exterminados por los de la polla pequeña. De todo ello surgió una humanidad más o menos homogénea, una humanidad más o menos. Una humanidad ni chicha ni limoná con la que todos estaban contentos ya que no habían aprendido a aceptar las diferencias del prójimo.

Sobre los animales mejor ni hablar. El hambre había causado la desaparición de cánidos y felinos en sartenes y ollas. Otros animales dichos de compañía o domésticos recibieron idéntico trato. Total, que hoy en día los únicos animales en libertad son algunas especies de pájaros, algunos insectos y peces. Existe también el tamuqui, un tipo de humano mítico-salvaje anterior a las crisis. Se cree que cuando los humanos se enterraron para sobrevivir algunos pudieron hacerlo sobre la superficie. Yo nunca he visto un tamuqui pero los escritos dicen que son abundantes en zonas montañosas, que viven de la ingesta de hierbas y que montan festivales de música cada cierto número de lunas donde consumen chuquichuqui, un alcohol de sesenta grados que les vuelve locuaces y les hace contar historias mitad mentira mitad real. Algunos testimonios de gente que pudo avistar y conversar con ellos. Aquí reproduzco un extracto de un libro de viajes de un explorador que convivió con un grupo en las zonas altas del noroeste:

E estaba durmindo nun monte aquela noite cando unha música rara chegou aos meus ouvidos. Tratábase dun grupo de tamuquis tocando instrumentos moi básicos nunha pena. Achegueime a eles e non me rexeitaron. Ao contrario, deixáronme sentar con eles e bebín chuquichuqui a esgalla con eles. Logo cantaron e contaron historias ata que chegou o sol. Levan os cabelos soltos e limpos. Tatuaxes de animais ornan os seus corpos e a súa lingua é una variante antiga da nosa. Son moi cultos e coñecen as leis da natureza mellor ca nós. Semellan, pois, ter una relación mais estreita cos elementos que nós esquecimos…

Es interesante, por cierto, que este explorador escribiese en una lengua extraña hoy desaparecida. Se llamaba gallego y la hablaban algunos agricultores y marineros del noroeste de la península. Hoy hay registros y, si se quisiese, podría reactivarse esta lengua y enseñarse en las escuelas. Pero no hay voluntad más fuerte que la de los propios hablantes. Los hablantes fueron dejándola de hablar, de escribir en ella, de usarla en las calles y túneles. Hasta que se dieron cuenta de que ya sería imposible recuperarla. El castellano tomó el relevo para gozo de muchos y los escritores aumentaron las ventas al pasarse a la nueva lengua que les abriría nuevos mercados. Y hubo gran regocijo. En cuanto al chuquichuqui y su receta, decir que algunas tiendas venden el licor. Sin embargo, son simples imitaciones hechas para turistas.

            Más adelante continuaré con el acervo de la región y el Concilio Postambruna. Pero ahora mismo la historia debe seguir.

***

Pedí prestados los libros y salí de nuevo. El sol estaba en su apogeo. Me resguardé a la sombra de unos carballos raquíticos en un parque a los pies del gobierno local. Es curioso el tema de los parques. Son, en verdad, naturaleza ordenada y, por lo tanto, pecan de artificialidad. Las semillas de los árboles no se esparcen de manera ordenada por el suelo o, al menos, es lo que parece al ojo humano. Cuando veo los parques con sus setos todos ordenados y las flores todas en su sitio pienso en un mono en bicicleta, es decir, naturaleza domada y fuera de lugar. Me produce desazón.

            La gente era escasa a estas horas. Quizás estuviesen todos en los baños calientes. Así que me dirigí a la entrada de los baños, no lejos del río. En la entrada un hombre uniformado con un bigotillo me pasó una máquina por el antebrazo y me cobró al tiempo que me daba una toalla. La estructura que albergaba los baños era una gran cúpula de cristal a través de la cual se podía observar el cielo. Las piscinas humeantes estaban llenas de personas desnudas que conversaban. Esta era la nueva plaza, el nuevo lugar de reunión donde las diferencias sociales se diluían y se trataban los unos a los otros de tú a tú. Me quité la ropa y me introduje en una de las pozas. Sentí el calor y cerré los ojos. Quizás podría acostumbrarme a esto, pensé.

            Una pelea me sacó de mi estado semiconsciente. Se trataba de una diputa sentimental. La mujer reprendía a un hombre y le señalaba la pirola. Decidí largarme y volver al piso de Emebé. Tal vez hubiese terminado de trabajar.

            Me vestí tranquilamente y luego salí al espacio abierto. El sol ya no golpeaba y las sombras habían tomado el relevo poco a poco al abrigo de farolas y demás iluminación pública. Ahora sí que la gente salía a la calle y se reunía a bailar y beber y hablar de lo que el día les había deparado. Unos niños cruzaron delante de mí  corriendo y gritando algo así como que viene, que viene. Quién venía, no lo sabía hasta que una de las cúpulas de acceso a los túneles se iluminó de violeta. Después, un hombre ataviado de una túnica púrpura con escolta subió a un escenario y comenzó a dar un discurso. Me acerqué. A este hombre podía vérsele el contenido de las venas de tan pálido que era. Tenía los ojos semicerrados y el pelo era de un blanco nuclear. Me hice sitio en las primeras filas para escuchar mejor pero al rato supuse que Emebé me estaría esperando, así que me fui de allí al apartamento y llamé a la puerta. Acto seguido me di cuenta de que la cerradura había sido forzada. Abrí sin dificultad. No estaba preparado para lo que vi.

***

Emebé descansaba muerto sobre el suelo. Había sido estrangulado. Supuse que se había resistido enormemente, puesto que todo estaba desordenado. Además, el artífice debía ser físicamente poderoso. Me quedé paralizado observando el rostro del cadáver. Nunca había visto nada igual en mi vida. Luego me di cuenta de que tenía una marca sobre el pecho. Se trataba de un asterisco.

            Seguidamente llamé al apartamento contiguo y les informé de lo sucedido. Sin embargo, los vecinos no querían inmiscuirse en ningún fregado, menos aún a esas horas de la noche. El último al que llamé  me soltó lacónicamente que pulsase el botón violeta antes de cerrar la puerta de nuevo.

            Busqué el botón violeta por todo el apartamento hasta que lo vi, redondito, defendido por una tapa de cristal y luminoso bajo el lecho. Abrí la tapa y lo pulsé sin dudar. De repente, oí unos ruidos provenientes de varios lugares y supe que la habitación había sido bloqueada. Abrí la puerta pero una reja metálica me impedía salir. La ventana estaba igualmente separada del exterior por una reja. Me senté a esperar. La situación de estar con un cadáver encerrado no me producía buenas sensaciones. Tras unos segundos que bien pudieron ser eternos, el apartamento, lo juro, comenzó a moverse hacia abajo. O esa era mi percepción. Miré a través de la ventana pero ya no veía la noche salteada de luces sino metros y metros de túneles.

              Por fin, la estancia llegó a un alto y las rejas se abrieron. Un hombrecillo entró, me saludó cortésmente y se identificó como oficial de la policía de Nuevo Ourense. Tenía un bigote muy poblado y unos ojos inteligentes que nada más entrar analizaron todo en un momento. Luego se acuclilló al lado del cuerpo inerte y chasqueó su lengua un par de veces murmurando palabras ininteligibles.

            Y bien, dijo el hombrecillo pasándose el pulgar por el bigote como si comprobase el afeitado, qué sabe de lo sucedido. Le relaté lo que había hecho ese día con pelos y señales mientras él escuchaba atentamente y producía un chasquido ocasional con la lengua. Finalmente me confesó que Emebé había sido víctima de un grupo terrorista que firmaba sus víctimas con un asterisco. Les llamaban “los del asterisco” con desprecio y se trataba de un grupúsculo contrario al régimen que se reunía en sótanos y bebía vino mientras discutían sobre política. A continuación, consideró decirme algo más pero calló como midiendo lo que iba a decir y me informó de que se me asignaría un nuevo tutor en la ciudad y que, a pesar de mi color de piel, sería de nuevo un tutor que viviese sobre la superficie. Lo cierto es que hasta haber llegado a Nuevo Ourense no había reparado en la importancia de los colores. Y eso que yo…yo era violeta.

***

Estoy caminando por pasillos blancos con puertas a ambos lados. Parecen pertenecer a un hotel. Abro una puerta y veo a mi madre con un bebé en el regazo. Uno de sus pechos está tatuado con una hoz y un martillo y el otro con el símbolo del dólar. El bebé se muestra dubitativo. No alcanzo a verle el rostro. Aproxima su boca a una teta y se me dibuja una sonrisa que se convierte pronto en mueca cuando el crío cambia de opinión y mama de la otra hasta saciarse. Luego se gira hacia mí satisfecho y con un líquido blanquecino escurriéndole por la comisura de los labios y grita un FUCK YOU! enorme que sale de su boca y me persigue mientras salgo corriendo de allí. Las palabras vienen hacia mí soltando humo hasta que me alcanzan y caigo al suelo.

            Cuando me despierto me duele la espalda y estoy en una estancia llena de espejos. Me acerco a uno y observo mi rostro. La piel se ha plegado en diversos puntos de mi cara, tímida de sus secretos y experiencias. Mi pupila se clava en su pupila y siento una despersonalización al conocer al otro. Ese cabrón envejece, este sigue siendo un niño. El loco queda en el espacio entre uno y otro. A continuación me doy cuenta de que tengo algo en la espalda a través de los reflejos. Me rasco y me rasco sin conseguir liberarme del picor. A través de los espejos veo un gran FUCK YOU! tatuado entre omoplato y omoplato. Al final me alcanzó. Seguidamente, una puerta se abre y entran personajes que he descubierto solo recientemente que pertenecen a la historia de la humanidad. Y empiezan a desfilar, faraones, líderes de regímenes comunistas, presidentes y curas, generales y prostitutas. Uno tras otro van entrando en la habitación de los espejos hasta semejar una multitud. En un momento dado y de manera homogénea estiran sus brazos y me señalan acusadoramente. Entonces, comienzan a gritar en mil lenguas que se entrecruzan. Y es entonces que me despierto y me duermo sin parar a través de los siglos.

***

Siempre supe que era distinto pero nunca se lo había achacado al color de mi piel. No sé cómo expresarlo pero siempre me he sentido fuera de lugar, como los héroes de las novelas que se dan cuenta de que son los elegidos para acometer las más bellas acciones.

Comentarios

  1. GermánLage

    19 agosto, 2019

    ¡Vaya, Andrés! ¡Has «regresado» a Nova Ourense! ¡Y con tu peculiar derroche de imaginación! Espero ir, capítulo a capítulo, descubriendo la trama. De momento has captado mi interés.
    Espero verte por Orense.
    Un abrazo.

  2. gonzalez

    26 agosto, 2019

    Me gustó mucho, Andrés. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo.

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