El Chamán

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«La gente te dice el elegido,  el capaz de realizar la restauración aldeana, aquella del cambio esperanzador»

 

A doce meses de la elección suprema, México anda en busca de alguien así. Contando los días para la entronización de su profeta. Añorando la trama repetitiva de la varita del boticario, del abracadabra providencial. De una poción o solución mágica para todos los males; de la receta con los ingredientes de un potaje que –al más puro estilo de la savia milagrosa de María Sabina— vierta las maravillas sim­bólicas ancladas en la gloria popular del Tata presidencialista.

Los tucones con Moreno, Cisneros y Penchyna a la cabeza; Santiago Creel y Cortés el matamoros; El Bronco prometedor; el Niño Verde Velasco; el güero C. Gutman o el bueso Casaubon; la Patricia Mercado o la Polensky de la alianza guinda, el milamores Silvano o el todoterreno Monreal. Todos madreándose, insultándose, preparando potajes para en­venenar al contrario… Gastando millones en la exaltación de sus narcisos, de sus partidos y de sus patrocinadores. Prometiendo lo que no deben y ofreciendo lo que el país no necesita. Incapaces de decir con qué, cómo y para qué quieren llegar a los Palacios. Candidatos pequeños con ofer­tas baratas. Todos girando en torno a la prestidigitación electrónica, a decir en pantalla lo que la gente quiere oír porque la gente escucha lo que ve.

Y la masa popular «nomás milando». Preguntándose -en diretes de vecindad— ¿a quién le vas, brody? ¡Uy no, ese es un chairo! Similando a Beto el Boticario: ¿y si nues­tra varita mágica fuera más mágica? ¿Y si nuestras de­mandas fueran mayores? ¿Y si nuestra mira fuera de pri­mer mundo? ¿Y si nuestra meta fuera allende el Bravo? ¿Y si nos volviéramos gringos dorados? ¿Y si la guadalupana se vuelve emperatriz de América? ¿Y si le pedimos un candidato ideal, así como Gandhi o Mandela / Erdovan o Maduro? ¿Y si reuniéramos al panteón Azteca con el Maya para obtener las virtudes necesarias, los talentos, las for­talezas telúricas de allende el Suchiate?

Ese Chamán ideal sabría actuar de manera asertiva sobre el futuro, sobre el devenir de nuestra nación. Actua­ría en función de generaciones en vez de sexenios. Pen­saría en los sacrificios que es necesario hacer hoy, para lograr los objetivos mañana. Diseñaría un plan por etapas y tendría la reciedumbre para hacerlo cumplir.

—El elegido habría construido su carrera política sobre metas a alcanzar, no sobre complicidades maniatantes u ocurrencias aspiracionales. Construiría su proyecto con experiencias integrando un equipo en función de aptitu­des y lealtades. Viviría indignado ante la pobreza, la des­igualdad, la discriminación, la inseguridad, la desilusión de una democracia disfuncional. Identificaría a los enemigos reales del país y los combatiría; se uniría al T-MEC para desfacer el entuerto de la migración fondeado por el Imperio T. Enfrentaría a la corrupción penalizando a quienes la prohijan, enfrentando a los baro­nes del poder y la impunidad —en las telecomunicacio­nes, en los sindicatos obreros, financieros y burocráticos— regulándolos y estableciendo orden y certidumbre en el proceso de producción de la riqueza socialmente produci­da.

Ese profetizador sabría qué hacer para lidiar con los desafíos comerciales de la China, la India y Brasil. Integraría a los inversores en una aventura conjunta para producir mayor bienestar vía la productividad y el comercio. Localiza­ría ejemplos de reformas eficaces y las implantaría en el país, invitando a los talentos autóctonos a pensar en lo que el país puede y debe hacer en un sexenio. El «elegido» vería el éxito de los irlandeses y buscaría reproducirlo: en 20 años diseñaron un plan y lo pusieron en práctica. Movilizaron al gobierno, al sector privado y a la clase trabajadora en tor­no a un mismo fin. Pensaron en cómo educar a su pobla­ción para hacer del conocimiento el eje rector del despegue, pensaron en cómo atraer la inversión al sector de alta tecnología, pensaron en cómo resolver una pobreza arraigada, pensaron en cómo crecer al 9% durante una década. Pensaron en cómo transformar una economía pobre y agrícola en una economía innovadora y pujante… y lo lograron. Irlanda tiene un PIB per cápita 11 por ciento más alto que el de Inglaterra, su antiguo patrón. Allí está el ejemplo chamanes de la 4T.

El Chamán elegido haría lo necesario para desmantelar los cuellos de botella que actualmente existen en el trabu­co energético y el legislativo mexicano: las leyes arcaicas y la «normatividad existente, la funcionaritis con burócratas con patente de Corso»; no el servicial, el que facilita, el que no entorpece el accionar público; también los monopolios y sus réplicas, la inversión equivocada de cuates y bandidos y la inversión insufi­ciente de fuera, la regulación excesiva y la regulación discrecional.

Ese elegido ideal sabría reconocer que sin esas acciones, sin esos cambios de conducta y formas, nuestro país seguiría claudicando, cojeando o renqueando en lugar de marchar erguido cual soldado convencido.

Ese soldado trabajaría para rescatar el orgullo perdido. Trabajaría para resucitar la confianza en el cam­bio posible. Hablaría de todo aquello que México es y pue­de ser. El país de civilizaciones precursoras, el del clima inme­jorable, los recursos abundantes, la geografía alucinante, deslumbrante por su belleza, la población laboriosa pese al envilecimiento de los eternos encomenderos. Ese Chamán convocaría a lo mejor de México para reanimarlo, para echar de su cuerpo la podredumbre y de su mente el sometimiento. Convocaría a sus conciudadanos para empujar la democracia, para hacer efectivo el mandato de la mayoría: trabajar empeñosamente para dar a la gente un futuro con porvenir para sus hijos.

Ese soldado, ese chamán, deberá servir como marco de referencia, como arquetipo al cual aspiren millones de mexicanos. Porque los líderes no nacen, se hacen. Por­que los candidatos reflejan a los ciudadanos que forjan un futuro tangible y próspero: aspiración que los sujeta a dejar de ser pequeños y los empuja a ser productivos. Mandantes que no se conforman con las va­guedades que repiten los serviles aduladores, pero si les exigen preci­sarlas, dar cuentas.

Hoy, la Patria mexicana necesita hijos, soldados y dirigentes mejores de los que tiene. Requiere más de quienes democratizan el mercado para ofrecer más a la gente, y menos de quienes publicitan y viven del nombre de su padre y su herencia. Requiere más de quienes de­sean construir con su propias manos y caminar sus brechas. Más de quienes son ejemplo de honradez y civismo. Y menos, muchas menos, de aquellas que importan las galas y practican la molicie  –la luz parisina— mientras las oriundas de bronce les sirven en la pobreza.

México no requiere prestidigitadores ni alibabas, sino hombres y mujeres de una pieza: empeñosos e intransigentes.

 

CORTEX

 

Comentarios

  1. Esruza

    4 julio, 2019

    Sería un sueño hecho realidad, pero, «A qué le tiras cuando sueñas, mexicano»

    Muy buen e idealizador texto.

    Mi voto.

    Stella

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