El varón de hojalata. Capítulo dos

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La noche lentamente caía, Jirwell uno de mis amigos era hijo único y su madre  siempre le llamaba con un grito a viva voz en la calle, era  el típico llamado para ir a dormir, como siempre nos hacíamos los locos para decir que no escuchamos. Jirwell dijo

¡Parece que me están llamando!, le dijimos;

“dile que ahora vas”, que falta la última partida de dominó que está interesante.

Cuando la madre de mi amigo iba por el tercer llamado ya todos decidimos retornar a nuestras casas antes de que se formara la grande con la señora Conchita la madre de nuestro amigo.

El tiempo pasó rápidamente y el verano se hacía notorio con los cielos despejados y más azules que nunca, cosa que aprovechamos para elevar cometas mi pasatiempo favorito.

Las cometas las hacíamos con guadua una especie de caña bastante liviana pero muy resistente al viento, las forrábamos con papel de colores y una  cuerda de nylon.

Normalmente  me solía reunir  con mis amigos en unas de las esquinas favoritas del barrio una casa grande con un corredor amplio y que la dueña cuidaba mucho.

La señora odiaba que nos sentáramos en su corredor a tal punto que le rociaba “kerosene” con la excusa de espantar insectos, pero su verdadera intención era la de impedir que tomáramos esa parte de su casa  como mesa de club social.

Ese lugar cumplía varias funciones; era la única entrada y salida del barrio por ende todos  tenían que pasar por ahí.

En la esquina de enfrente  estaba la tienda de abarrotes “la Poderosa” una casa donde moría el sol por eso tenía un pequeño techo  que cubría la entrada, nos gustaba mirar a la hermosa niña que despachaba, se llamaba “Noelia”  y casi nunca la vi fuera de la tienda.

La poca notoriedad del varón por aquella época pasaba desapercibida por nosotros ya que  estábamos iniciando el mes de diciembre un mes especial para todos los chicos de nuestra generación.

Aun así no perdíamos oportunidad para preguntar a los vecinos de vez en cuando  por la vida del varón, ellos respondían; “No saben ustedes que andan metidos en su casa ahora nosotros que solo lo vemos pasar “.  El temor que mis padres supieran que yo había entrado a esa casa me invadió.

De todas maneras por mucho tiempo no se supo mayor cosa de la vida del personaje en mención.

Hasta que el primer día de enero todos en el barrio estaban amanecidos y trasnochados por la celebración de año nuevo. Sin embargo yo  me levanté muy temprano salí raudo a buscar a Lucas que estaba a dos casas y le dije que volviéramos a la casa del varón aprovechando que muchos en la calle estaban dormidos.

” Eso “pero llamemos a los demás, dijo Lucas en voz alta, de una  emprendimos la difícil tarea.

Ya estando el grupo completo nos acercamos sigilosos y nos detuvo un ruido como el de una conversación, era nada menos y nada más que el varón recitándole un poema al retrato de la mujer que estaba en la pared.

Con una voz sumamente  apacible llena de emoción le decía al retrato.

“Volverán las oscuras golondrinas

en tu balcón a sus nidos colgar,

y otra vez con el ala a sus cristales

jugando llamaran.

Pero aquellas que en el vuelo refrenaban

tu hermosura y mi dicha a contemplar,

aquellas que aprendieron nuestros nombres…

¡esas …no volverán! “

No cabe duda que el varón recitaba un poema de Gustavo Adolfo Bécquer poeta español muy conocido por sus rimas, mis amigos me miraron y exclamaron

¡Qué es eso que habla este man!

Les dije; “como se nota que ustedes no saben de eso”, él no está hablando está declamando.

Por un momento discutimos,  a tal punto que se puso en riesgo la misión.

Nuestra intención era por fin hablar con él y decirle que queríamos ser su amigo para que nos enseñara a hacer esas esculturas tan bonitas que guardaba en su casa.

El ruido de nuestra discusión dio al traste la misión, de inmediato cerró la puerta y esta sería la última vez que lo veríamos.

Pasaron varios meses y la puerta completamente cerrada, hasta que todos en el barrio se reunieron y decidieron que algunos vecinos entrarían a la casa para averiguar por la vida del varón sin contar con la sorpresa.

La casa estaba vacía no había nada  los vecinos no creían lo que le decíamos que alguna vez vimos allí dentro. Nos trataron de mentirosos y farsantes que inventamos esa historia.

Ese desagradable episodio pasó y una noche de abril atacó una tormenta con rayos y vientos fuertes, en mi casa todos empezamos a rezar y se escuchaba un ruido parecido al  aletear de aves por el corredor de la entrada.

El amanecer llegó tímido con una espesa niebla acompañada de una  ligera llovizna fría, que hacía un panorama fantasmal.

Al desaparecer la niebla lo que vieron nuestros ojos no tenía explicación, una pequeña bandada de palomas blancas revoloteaban alrededor del  pequeño parque que los vecinos habían construido  para los niños, además todas las esculturas que vimos alguna vez en la casa del varón  estaban perfectamente ubicadas en las esquinas,

¿Cómo llegaron ahí? , era  la pregunta que todos se hacían.

Nunca alcanzamos a resolver ese acertijo, no se supo cómo se fue el varón de su casa  sin dejar huella.

Jamás  se supo su verdadero nombre y real ocupación.

¿Cómo fabricó las esculturas?,

¿Cómo regresó a colocarlas sin que nadie lo viera?

Muchas preguntas pero pocas  respuestas, para explicar la recóndita vida del protagonista de esta historia.

Comentarios

  1. Mabel

    10 julio, 2019

    ¡Excelente historia! Un abrazo Luis Alfredo y mi voto desde Andalucía

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