El verdadero amor de Alina. Capítulo 1

Escrito por
| 17 | Dejar un comentario

Alina era una niña de dulce voz y sueños ficticios donde abundaban los amigos imaginarios, esos mismos que noche a noche cobraban vida en su pequeña habitación del segundo piso de una casa ubicada al borde de una colina, donde las luces de la ciudad al caer el manto del crepúsculo parecían un enjambre de luciérnagas.

Aquel cuartico con ventanas a la calle donde los ruidos citadinos hacían parte del entorno, por ejemplo el de carros en el día y el de las carretillas de balineras por las noches, esas que iban rodadas por hombres sin futuro que recogían la basura buscando alimentos que según ellos la gente de la “high life” botaba todavía en buen estado,  lo mismo que cartones que vendían en depósitos ubicados en las calles más sórdidas del centro de la ciudad, estos eran sus  medios para  subsistir en esta jungla de cemento que se los había tragado con todo y sus utopías.

Alina siempre despertaba muy temprano, bajaba las escaleras resbalándose por la baranda de madera muy pulida que parecía un tobogán de parque. Le echaba un ojito a su perro de nombre “Bebito” un pequeño espécimen “Schnauzer” color chocolate en la mayor parte del cuerpo y blanco en la cabeza, este que de inmediato sentía sus pasos brincaba alto y movía el minúsculo rabo dando señal de emoción al ver a su dueña un día más.

Luego de ese ritual corría para medio bañarse, o a echarse un poco de agua en su cuerpo muy rápido porque el frio le impedía hacerlo con calma. Esa era la forma de engañar a su madre que desde afuera le recalcaba como bañarse, donde restregarse y que no olvidara el cepillado de los dientes. Ese era un protocolo diario que la niña aborrecía pero para pasar al comedor a degustar el desayuno debía llegar bañada.

Mientras mordía el pan haciendo figuritas su madre le cepillaba el cabello para hacerle dos moños uno a cada lado de la cabeza, esos moños eran tan apretados que le achicaban los ojos.

Nuevamente subía a su habitación a ponerse su uniforme escolar “un jumper” de cuadritos rojos, que estaba compuesto de una falda de pliegues una pechera y dos tirantes. Eso lo combinaba con una blusa blanca, zapatos negros y medias azules que no llegaban a la rodilla.

Luego salía a su colegio caminando lento mirando atrás para observar a Bebito que ladraba desde su ventana para despedirla. Su lánguido andar lo seguía por  cinco o seis cuadras de su casa cargando en su espalda un pesado morral donde llevaba sus libros, cuadernos y demás útiles.

Esa rutina la repetía día a día Alina de lunes a viernes, los sábados dormía hasta tarde, siempre y cuando el murmullo de la calle la dejara. Esta en plena ebullición rondaba en sus oídos como si ella fuese una transeúnte más. Los vendedores de periódicos, de frutas, de pescado fresco y todo cachivache entonaban sus pregones como un ensayo lastimero de la única forma que tenían de ganarse la vida.

Alina observaba todo lo que pasaba a su alrededor, pero su vida transcurría  entre su escuela, las difíciles tareas de matemáticas y el minucioso cuidado de su perro Bebito que lo sentía como un amigo eterno al cual no le pasarían los años.

Ella siempre pensaba que su cuadrúpedo amigo y aliado de juegos nunca podría morir o desaparecer. Esa era una idea que la atormentaba, el solo hecho de ver envejecer al canino y en caso extremo verlo perder la noción del espacio tiempo.

La apacible chiquilla poco a poco crecía y en un santiamén se fue convirtiendo en una señorita que robaba suspiros de los chicos que ya la miraban con otros ojos. Su aspecto de niña cambió notablemente, sus moños fueron remplazados por un agraciado peinado que se movía  por efecto del viento cuando caminaba y su lacia cabellara dorada daba vaivenes.

Todos los domingos Alina aseaba su cuarto en compañía de su madre mientras que su perro Bebito desordenaba lo que las mujeres arreglaban.

Cuando su madre se cansaba Alina se quedaba sola en su cuarto acostada en la cama boca abajo escribiendo en su diario.

De un momento a otro como por encanto sentía un golpecito en su ventana, parecía que el responsable del acto sabía exactamente que su madre no la acompañaba en ese momento. Alina sentía un desconcierto abría con cautela su ventana y no veía nada, mientras su perro ladraba sin parar. Ya le empezaba a preocupar ese golpecito que se volvía repetitivo domingo a domingo.

Para asegurarse de que nadie rondara su casa bajaba para dar un vistazo a las afueras en inmediaciones del corredor y el jardín que cubrían la edificación. El resultado era el mismo, nadie estaba cerca de esos sitios.

En esa tarea la seguía Bebito el cual olfateaba por donde pasaban, quizás buscando pistas o marcando territorio. La conexión entre Alina y su mascota se hacía cada día más fuerte.

Pasaban los domingos y se repetía la práctica de asear la habitación como también el golpecito en la ventana. Alina y su madre sacaban el polvo de los juguetes que ya eran muy pocos, solo tres muñecas de las que lloraban y hacían balbuceos. Esas las cuidaba con mucho recelo porque se las había mandado su madrina de los Estados unidos. La niña  cada día se sentía una adolescente y su cuarto parecía la pared de un teatro por la abundancia de  afiches de sus cantantes juveniles preferidos.

En uno de esos domingos Alina abrió la ventana antes de empezar la rutina de limpieza pero sin su madre, esta saldría a una reunión con viejas amiga de escuela dejando a su hija al cuidado de una tía cegatona y rezandera a morir.

Mientras realizaba la difícil tarea de acomodar sus cosas siente algo que le cayó dentro del cuarto pegando con su tocador rosado. Al voltear al mirar donde sintió el ruido observa una hojita de papel enrollada con una piedra dentro.

Con mucha curiosidad toma la mencionada hojita abriéndola con un temblor en sus dedos, a medida que abre su curiosidad aumentaba a igual que sus latidos en el corazón.

Alina no salía del asombro al leer un mensaje de amor hacía ella, era el primero que tenía en sus manos, su cuerpo tiritó de emoción y un temblor le recorría de arriba abajo.

El mensaje era explicito, un admirador le decía que desde hace un par de años exactamente él  estaba tocando la ventana los domingos y que estaba loco de amor por ella, el mensaje estaba escrito con letras de color rojo y pintadas en medio corazón. Claramente el otro medio debía tenerlo él sospechoso  ya que eso se veía en las novelas de amor que ella leía a escondidas de su madre.

Por un instante Alina no sabía que hacer o que decir, su cuerpo quedo sin reflejos y su mirada se tornó perdida. Su estado inerme estaba acompañado de un ligero estupor parecido a la sensación  que todas las personas que se enamoran describen como; “mariposas en el estómago”.

Ahora solo faltaba conocer el rostro del galán que ella se imaginaba como el de los cuento de hadas que una vez su madre y su tía le leían antes de dormir años antes.  Además si se atrevió a declarar su amor, surgían las preguntas;

¿Por qué no daba la cara?

¿Será que vivía cerca de su casa?

¿Será verdad que es el mismo que golpeaba la ventana?

¿Por qué no se había declarado antes?

En fin esas eran unos de los tantos interrogantes e incógnitas que rodeaban al misterioso enamorado que había dejado sin palabras a la chica de la casa con ventana a la calle cerca de la colina.

Una vez recuperada la conciencia después del shock, Alina  improvisaba en el espejo de la sala  la cara que pondría al verse de frente con su admirador. Eso tenía que hacerlo a escondidas sin que su madre la observara para evitar preguntas incomodas.

CONTINUARA.

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Ir a la barra de herramientas