Explosión (1)

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Cuando Alain cumplió quince años le subieron de grado: ése fue su regalo. Nunca recordó el día de su nacimiento como algo especial. No iba con su carácter el festejar acontecimientos semejantes porque se le inflamaba por dentro una llamarada de vergüenza, hasta que aquel día sus superiores le consideraron apto para ostentar un cargo intermedio, un puesto parecido al de un sargento en la escala militar, que conllevaba varios beneficios y la promesa oculta de unas muy buenas perspectivas de futuro; conseguía a una temprana edad aquello que otros muchos lograban con suerte tras una década más de vida, y sabía que esperaban algo grande de él y no podía defraudar en sus próximos pasos. No pretendía decepcionarlos, pero la verdad es que él no se sentía agasajado, ni se dejaba complacer ni creía demasiado en los continuos elogios que recibía, en las palmaditas en la espalda de sus mayores o las sonrisas cómplices de Tier —cuya opinión mucho tenía que ver en todo el veredicto, sin duda alguna—  ya que era consciente de que se lo merecía, de que era el idóneo. Aprendía de los defectos de quienes le rodeaban, aprendices como él, y la competencia resultaba la mejor inyección para su autoexigencia. Sabía que tardarían mucho en encontrar, quizá jamás lo lograrían, a alguien como él. Podría surgir otro muchacho igual de disciplinado, que se ciñera a las órdenes sin réplica alguna y sin escrúpulos, pero sería casi imposible hallar a alguien con su memoria, que nunca olvidara el más ínfimo detalle, y también con su sangre fría y su estómago curtido a prueba de bombas.

 

Porque se lo había trabajado, y aunque quisieron enmascararlo como un regalo él sabía que se lo había ganado a pulso y era ése el fruto de sus esfuerzos. Una recompensa por lo aplicado que se mostró en la formación técnica, conocimientos biológicos y anatómicos del cuerpo humano. Destacando en los entrenamientos extremos. En el trabajo duro y nada recompensado de cavar correctas sepulturas, cada vez más lejanas y más hondas. Del mantenimiento y abastecimiento de los congeladores, de lo puntilloso que se mostraba cuando gestionaba el trabajo en equipo de los que en ocasiones trabajaban bajo sus órdenes, de lo autocrítico que se volvía en cuanto a sus propios actos, de las amonestaciones, las que él mismo se infligía y las ajenas, poniendo a prueba su capacidad de aguante sin una mísera protesta. Cuando se anticipaba a los ataques ya atormentados y casi suicidas de los prisioneros, alargando las agonías con una presteza absoluta, mientras en su rostro preservaba el glaciar más indeleble. No sólo obedecía sino que también proponía, y lo hacía muy precavido, tras haber reflexionado largo y tendido acerca de ello, no dejando nada a la improvisación y desechando cualquier producto de azar, siempre desconfiando, nunca durmiendo con los dos ojos cerrados. Adoraba echar la vista atrás, con disimulo, cuando formaban filas como si de un ejército se tratase y se sentía protegido y a la vez orgulloso del impuesto orden unánime y tal extrema disciplina, apuntando con las armas como una extensión de sus propios cuerpos.

 

Pero fue justo tras la violenta visita al prostíbulo junto a Tier y el ascenso de categoría, dos acontecimientos que se sucedieron breves en el tiempo, cuando todo empezó a torcerse.

 

1

 

La primera se llamaba Mihaela Balan, aunque lo más seguro es que en aquel lugar  desconocieran su apellido, y a duras penas supieran su nombre. Fue la joven amante de un empresario vividor de clubes nocturnos que se convirtió en uno de los deudores más prolíficos de un prestamista impaciente que no se andaba con monsergas, quien a su vez era cliente del serbio Andonov; así que fue ella la que utilizaron como moneda de cambio en un ajuste de cuentas. Cuando Alain la conoció, Mihaela estaba prisionera en los barracones, y llevaba padeciendo las penurias de aquella situación ocho días.

 

La vastedad del terreno donde vivía permitía una buena organización e infraestructuras idóneas para los diferentes cometidos. Los escenarios destinados a las diferenciadas actuaciones se clasificaban en tres grupos: los calabozos, los llamados “campos” y, finalmente, los barracones.

 

Cuando se preveían prisioneros de larga duración, con posibilidades nulas de salir de allí porque su estado vital inutilizara el sonsacarles información o no garantizara un posible regreso con vida, y aquellos que mantenían un enfrentamiento más personal con los mismos reclutadores, iban a parar a los calabozos. Eran cubículos fríos y húmedos, vecinos de las cámaras de congelación de cadáveres donde tantas horas trabajó Alain, desde limpieza de instrumental hasta practicando amputaciones, poniendo en uso clases teóricas sobre anatomía y ciencia forense. Lugares minúsculos y cerrados, con una letrina fuente de infecciones en las esquinas, sin siquiera un conducto de ventilación ni un maltrecho catre para tumbarse, cegados por la oscuridad, rodeados de barrotes como perros sarnosos encerrados en jaulas. De las paredes colgaban grilletes unidos a cadenas de acero que ya comenzaban a oxidarse. Cuando, tras interminables horas de tortura, conseguían de ellos alguna información de importancia —aunque ésta fuera minuciosa— les lanzaban para resarcirles algo de comida entre los espacios de los barrotes y se burlaban acerca de cómo se restregaban por el suelo sin ver nada, tanteando y olisqueando por donde caían los restos de manzana o los cartílagos desperdigados de la carne sobrante, cual animales famélicos. Alain observaba complacido varias veces aquel número de desesperación humana, que nunca era igual, más por curiosidad que por morbo, más por aprendizaje que por placer, sin formar parte de las risas de los demás y fulminando con la mirada a quien lo hiciera en su compañía, con un gesto tan aséptico que no atisbaba apenas sentimiento.

 

Los barracones eran los que quedaban más alejados del resto. Había apenas dos o tres, simples pero espaciosas edificaciones hechas por aprendices (de hecho, fue el mismo Alain quien a los pocos días de ingresar en aquel lugar contribuyó a levantar uno de ellos, así que conocía los entresijos a la perfección, por pocos que fueran) construidas por tablas y fajinas. En realidad, tenían más aspecto de cuadra de caballos que de albergue para guarecer personas. En los barracones se solía retener a los prisioneros más significantes, y se les sometía a varias torturas con el fin de obtener convenidas respuestas o la información por la que otros contrataron sus servicios y habían pagado una cantidad sustanciosa. Era donde se movían los verdaderos negocios, donde alojaban a familiares, conocidos, hijos, mujeres y, sobre todo, amantes de aquellos a quienes otros chantajeaban. A veces Alain sustituía a uno de los vigilantes de los barracones, aunque nunca participaba en los crueles interrogatorios para conseguir la información anhelada; quienes se ocupaban de ello trabajaban esclavos del tiempo y valiéndose de una mesurada persuasión: la compensación pecuniaria estaba relacionada con la calidad de información obtenida en el menor lapsus de tiempo posible. Esa era la regla de tres de la profesión. Los golpes y el maltrato recibidos, las palizas, los desmayos, la sed y el hambre jugaban en su contra: todo contribuía a obstruir el raciocinio, menguar los recuerdos, dificultar la fidelidad de lo que hablaran, si aquello que al final confesaban era real o meras falacias que otorgaran su salvación. Luego, claro, habían de comprobar si lo cantado era verídico….no era todo aquello una tarea sencilla, no. Y comportaba mucho riesgo, en ocasiones incluso la propia vida del carcelero si se le iba demasiado la mano o caía en la trampa de las mentiras. Por ese motivo en los barracones sólo empleaban a los hombres más experimentados, los de más confianza, aquellos a los que Andonov señalaba muy de tanto en tanto con el índice cuando tras jornadas de observación bajaba desde su cúpula, como si de un designio del mismo Papa se tratase, rodeado siempre por su respetable cónclave. No en vano, se trataba de una labor delicada: era imprescindible conocer a la perfección la organología humana, saber al detalle dónde golpear y con cuánta intensidad para que no resultara contraproducente ni afectara a los propios intereses. Una muerte fuera de tiempo se traducía en una pérdida financiera, y depende de quién se tratara, la cantidad podía ascender a mucho. De todas maneras, los barracones eran lo más cercano a un seguro de vida; los secuestrados comprendían su situación de cautiverio a las horas, lo sumo el día después: si los destinaban allí, atados con cadenas como animales salvajes en aquel rectángulo maloliente, podían mantener alguna esperanza de sobrevivir. Los otros dos sitios eran una muerte segura. El día de su cumpleaños, Alain fue uno de los señalados y destinados a custodiar el misterio de aquel lugar, adoctrinado y acompañado por Tier.

 

Y por último, estaban los campos. Hectáreas y hectáreas de terreno desnivelado, con el contorno de un bosque privado, guardando secretos desde sus profundidades, cámara descomunal de restos de seres una vez queridos cuyas búsquedas ya hacía tiempo que se dieron por imposibles, procesos que las autoridades, compradas o agotadas, abandonaron. Eran aquellos terrenos que tendrían que dar muchas explicaciones de todo aquello que ocultaban si en un supuesto, alguna vez, se destapaba alguna de sus tramas. En los campos, donde las huidas se antojaban imposibles dada su complejidad y su extensión, se vivían las auténticas carnicerías, era donde daban rienda suelta al sadismo, a la ira, al desfogue de unas mentes violentas y un tanto atrofiadas. Allí se castigaba la insubordinación, el coraje y la dignidad que unas cuantas víctimas se empeñaban en preservar hasta el final, y ponían fin de maneras tortuosas al silencio, la negación, la indecisión y a la desobediencia. No existían límites con tal de que no hubiera rastros, ni por despiste dejasen en el camino algún indicio de lo que hacían. Cuando se decía popularmente aquello de “se lo tragó la tierra”, en aquel sitio no podía ser un dicho más literal.

 

Fue justo en los campos donde Alain conoció a Tier,  tres años antes del deseado ascenso. Vio en pasmoso directo como el estómago del hombre al cual martirizaba se inflaba como un globo, y también como explotaba su aparato digestivo; dichas prácticas enrevesadas, algo particular en el hacer de Tier, al principio le causaron rechazo, después sorpresa, más tarde fascinación y por último —y ése era el punto en el cual ahora se encontraba, y que ya se alargaría para siempre— indiferencia. Quizá unos minutos de suspense, expectación por las reacciones y el acabado final. Pero en realidad se había vuelto inmune a todo lo que sucedía a su alrededor, por completo asintomático. Alain necesitaba más motivación.

 

Comentarios

  1. Mabel

    29 julio, 2019

    ¡Excelente! Un abrazo Estefanía y mi voto desde Andalucía

  2. Estela Rubio

    30 julio, 2019

    Muy bueno, como siempre. ¿Cuándo publicarás tu libro?

    Siento mucho no tener todavía el enlace al mío. Desconozco muchas cosas; en cuanto lo tenga te lo envío.

    Saludos y mi voto

    Estela

  3. Dites

    30 julio, 2019

    Fascinante, esperando más. Con pocas palabras me has enganchado, con ganas de seguir la historia.

  4. Estefania

    30 julio, 2019

    @dites es un verdadero placer leer eso, saber que puedo provocar algo en un lector. Espero que te guste la continuación, un beso.

  5. JR

    9 agosto, 2019

    @estef314 – Saludos Estefania y como siempre, mi admiracion por tu talento con las palabras. Un abrazo.

  6. GermánLage

    21 agosto, 2019

    ¡Vaya, Esteff! ¡De nuevo uno de tus característicos saltos espectaculares; ahora al campo de los horrores con el inefable Tier! Tu habilidad para sorprender es casi tan grande como tu fecundidad para prolongar la novela. Veamos, pues, la continuación.
    Un abrazo, Estefanía.

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