La cometa

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El pasillo tibio de la casa de los abuelos convertido en taller.

A la sombra de sus paredes descascaradas y que creía eternas, nos sentábamos sobre las baldosas amarillas por las que tantas historias habían transitado.

Imaginaba a mi madre de niña volviendo de la escuela, corriendo para entrar a la casa por la puerta del fondo, aquella apretada entre la pared y el aljibe caprichoso, mitad adentro, mitad afuera, que se metía en la sala de estar frente a la estufa.

Seguro ella, mi madre, disfrutaba de la misma sombra en las siestas sin tiempo del verano, intentando aliviar el sofoco que el techo de zinc imponía a los cuartos.

Y allí estábamos, eligiendo las cañas que le iban a dar sustento a nuestra cometa. Ni muy finas ni muy gruesas, derechas y firmes, no tan secas ni tan verdes. Huesos selectos para un esqueleto que debía perdurar y soportar los embates del viento.

Mientras los mayores esperaban que pasaran esas horas de lenta digestión, uno de nosotros se atrevía a colarse en la cocina sigiloso casi como un ladrón de poca monta, para tomar prestado el cuchillo prohibido.

Era el momento donde nuestra tarea se volvía realmente peligrosa porque una vez que la hoja se introducía en la caña, corría con vida propia hasta el final, sin reparar en la presencia posible y muchas veces real, de alguno de nuestros dedos.

Y una vez lograda la multiplicación, las astillas diminutas e invisibles nos esperaban como pequeñas venganzas, al descuido de nuestro apuro.

Pegábamos el papel con una mezcla casi culinaria de harina y agua, siguiendo el borde definido por el hilo; los límites precisos de aquel hexágono escapado del cuaderno escolar y vuelto cosa, que podíamos tocar, mover, oler.

Luego todo nuestro cuidado para dar las medidas exactas al tiro, aquella figura limitada por las líneas que partían del centro y de los vértices superiores para al final, unirse en el punto perfecto.

Era una tarea precisa donde poníamos toda nuestra atención y cada uno proponía su secreto.

Hasta que al fin, con su cola multicolor de retazos como una novia que espera tocar el cielo, queriéndose escapar de mi mano, estaba allí, desafiante y nerviosa mi cometa.

–        ¡Mirá como sube!, ¡aflojale, aflojale que empezó a colear!, así, dale, tira un poquito…dejala así, así…

Los ojos se hacían chiquitos, apenas rayitas en nuestras caras redondas mirando al sol, siguiendo el vaivén que aquella cometa caprichosa describía en su ir y venir de una nube a la otra. Retazos de color entre algodones. Un puntito allá arriba unido a mí por un fino hilo, como el alma al cuerpo.

De a ratos, el trepidar de los flecos nos sacaba de aquel éxtasis que se nos antojaba la felicidad absoluta.

Nos mirábamos de reojo entre nosotros, sonrientes, orgullosos, tranquilos después de pasar nervios en la remontada, casi siempre accidentada: “tenela más arriba, no la soltés todavía, cuento tres…uno, dos, tres…¡pa!, te dije que hay que sacarle cola…”

Nos sentíamos parte de ella. ¿Qué veía la cometa desde tan alto?. Seguro que en su vuelo divisaba todos los techos del pueblo y más allá todavía.

¿A cuántos miles de metros volaba mi cometa?; nadie lo podía saber y tampoco yo aceptaría una respuesta porque ella volaba y subía todo lo alto que yo imaginaba.

Entreverada por un instante con una bandada de golondrinas o queriéndose escapar atrás de una ráfaga de viento tibio. Pero siempre atada a mi mano, obediente, bueno, a medias.

Ella tomaba de a ratos pequeñas decisiones, escorándose hacia un lado simulando caer, o intentando dibujar un círculo siempre inconcluso.

Y como el alma se une frágilmente al cuerpo, el miedo de que el hilo se cortara y se fuera a conocer otros cielos, tensaba mis músculos frágiles de niño y rezaba para mis adentros: no te escapes, no te escapes…

Pero un día pasó, y mi cometa rebelde se liberó de mi mano y quedó atrapada en lo alto de un  eucaliptus.

Hoy pienso que quizás, eligió vivir allí cansada de tanto ir y venir para dejar que el viento y los pájaros fueran sus compañeros hasta que el viejo esqueleto de caña se convirtiera en polvo.

Y el alma de mi cometa dejó su cuerpo y siguió volando hasta hoy que empujada por alguna primavera lejana, se encontró conmigo y por eso, quise contárselo.

Comentarios

  1. Mabel

    29 julio, 2019

    Muy buen texto. Un abrazo Mario y mi voto desde Andalucía

  2. Esruza

    9 agosto, 2019

    Me gustó Mario.

    Un saludo y mi voto

    Estela

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