Los Protagónicos

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«Juan Chamuscado o Jesuza la Chinaca»

 

En México se rinde homenaje sin fin a todas las cosas del mundo, incluso a aquellas inverosímiles o de a tiro baladíes. Y tal vez sea la única forma de amortiguar la pesadumbre de celebrar los 500 años del «encuentro» entre los precursores del Quijote y los indianos del Anahuac en el país que menos lee del mundo hispano. Y mientras se instalan en el siglo XXI –regido por unos durócratas singularmente iletrados y romos– y aún savonarolas que incendian a sus propios literatos (Aura-Catequesis-Taibo2) o incendian la tribuna con sus exóticas bravuconadas: Jesuza-Macedonio-Noroña, pero que eligen las lecturas fifis y los menjurjes que las hagan lucir menos chairas, aún aquellas que ensalzan las obras pías «ofreciendo» proto ero indulgencias a media luz.

Es el ropaje y la costumbre de vivir bajo el absurdo idealista del justiciero bienechor lo que hace tolerable que aplaudamos un libro del que entendemos tan poco. Obra prolija que la farán­dula codiciosa convierte en cantante de opereta, transformando en fetiche soñador al Quijote tira-molinos ante los espectadores; mientras acá, en la realidad llana, nuestros políticos, abogados y notarios muestran las estatuillas y señalan las estatuotas citando sin cesar presuntas máximas quijotescas que jamás amonedó el hidalgo manchego, ni mucho menos guian su quehacer público.

Salta así al escenario un excéntrico «líder redentor» que convierte al de la Triste Figura en paradigma de la prosa popular y el idealismo chabacano. Por todas partes y a lo largo de 3 generaciones, la trilogía musical del «práctico sueño imposible» del semita Wasserman, se monta en escena con un éxito de cartelera que en ningún otro lugar del ancho mundo ha tenido «el Hombre de la Mancha».

Después de todo, ese parece ser el destino de casi cualquier clásico en la edad moderna (Shakespeare in love, Les Miserables), pues quiero pensar que estas caricaturas no son privativas de nuestro país ni de la gran novela del manco de Lepanto. Desde el Periquillo Sarniento hasta el Pito Pérez o el subMarcos zotzil, las vidas y las obras que hoy forman el cartel literario han sido objeto de incesantes reducciones, metamorfo­sis y estilizaciones que han vuelto prácticamente superflua la lectura de las obras en cuestión. En la era del compendio instagráfico, las obras que antes moldeaban nuestro pensamiento son plastificadas para que se sometan a nuestra sensibili­dad perezosa, y para que digan lo que deseamos que digan sin quitamos por eso el apetito o el sueño… pero si paguemos por ellas.

En todo caso, el Quijote y su autor destacan en el elenco de clásicos raptados por la celebridad sin lectura. Los mitos, errores y ultrajes de los que han sido objeto a lo largo de la historia son innumerables. Por cuanto a Miguel de Cervantes, su relato biográfico está lejos de la santidad, pues va de lo risible a lo aberrante, de lo satírico a lo prolijo… Y a lo incomprendido en las cuitas de su licenciado Vidriera. Aunque se teme que aún se piense que el ilustre alcalaíno murió el mismo día que Shakespeare (1616) o que su supervivencia al cautiverio de Argel se debió, como quiere la leyenda, a su destreza en el ajedrez y no a su pluma subversiva.

Más preocupante, en cambio, es la convicción generalizada de que el Quijote fue en su primer momento (1605) un fracaso editorial o que su autor fue además un héroe campeador que habría enfrentado con valor inigualable los abusos de los clérigos, la realeza y los podero­sos de su tiempo, incluidos los sultanes de la Chontalpa.

Como quiera que sea, el Quixote es la obra más conocida de este hechizo superhombre, héroe de Lepanto, y de las letras y la historia iberoamericana. No me refiero a la sarta de barbaridades que la tradición ha puesto en boca del famoso caballero, que a fin de cuentas parecen pecadillos si se las compara con las profundas alteraciones de las que ha sido objeto la médula misma de la obra: la figura ideal del rijoso andante con la real de don Alonso Quijano.

Y es que la pereza del lector contem­poráneo, que acepta las sinopsis e ilustraciones como sucedáneos del texto mismo, ha conseguido que esta gran novela sea concebida como parábola del triunfo. En la misma tónica, la ambigüedad de la locura intermitente del hidalgo manchego se ha visto reducida a un previsible cuadro sicótico. Mientras que la brutalidad y la tristeza que expusiera Cervantes en las palizas de los bellacos —detrás de la máscara de risa e ironía de Sancho Panza y la fake Dulcinea— se han quedado en eso: en la mascarada, en la utilería escenográfica de una novela supuestamente festiva, optimista y pletórica de mensajes redentores para eso que se llama «la ética indolora», es decir: la frivola tendencia romanticona (trends) de nuestros días con los best sellers en serie, aunque todos suenen a «sueños imposibles» o a textos virales.

 

CORTEX

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