¿´On ´tamos? (2)

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¿Y pa´onde vamos?

 

Porque no se vale confundir la ambición desvelada de la cantaleta del T-Mec –solo para crio´millonarios– con el ingreso a la democracia –menos el fardo de la migración. Y es que no hay democra­cia sin ciudadanos, es decir, no hay democracia, primero, si no nos concebi­mos y respetamos como iguales: indios, ladinos y criollos en relación a las decisiones colectivas y, segundo, si los encargados de llevarlas al cabo no se sienten obligados ante todos y están dispuestos a ser llamados a cuen­tas. Ser ciudadano implica una obligación irrenunciable: la de hacer respetar y apoyar las decisiones colectivas. El desempeñar un cargo público, implica el derecho de actuar con autoridad, incluyendo el ejercicio de la fuerza, pero para cumplir con la comunidad y defender su mandato mayoritario: la decisión colectiva puesta en manos del mandatario por la ley para salvaguardar su bienestar.

Estamos, pues, empantanados en medio de una transición que puede concluir en cualquier cosa. En un retorno a la represión y al autoritarismo madracista; en una dictablanda populista tolerada por seguridad continental o en una continuación del limbo «a todo palacio». Hay, fatalmente, una cuarta opción: la de que inauguremos una etapa de inercia y confusión veloz –una parálisis agitante— en la que a un gobierno inútil nonsancto le siga otro impoluto sin que ninguno consiga institucionalizar el ejercicio del poder y nuestra historia siga transcurriendo en el patio trasero del Imperio. Porque la ciudadanía no existe para ninguno de los tres casos y aunque no nos vean del mismo color, los tres sólo nos ven como boletas electorales descoloridas para llenar el morral de la autocracia

Pensé no ocuparme de la rosa del Palacio de Covián, pero al verla en una entrevista con López Dóriga decidí hablar del caso «a la broadway», el que se mueve bajo los reflectores en un deliberado guión con la inten­ción de convencer de que la brecha entre «asuntos internos y externos» es sólo una estratagema. Ciertamente que me sorprendió pues se trata de alguien que hace algunos años encabezó pro­yectos para hacer posible el cambio democrático. Y escribir de cuestiones que han ocurrido con compañeros de viaje desde el tiempo de las procelosas aguas de la transición política, de la ADESE y la caída del sistema, obedece a la transformación que ha experimentado la pleyade gobernícola una vez que probó las mieles del poder y que intenta seguir gozándolas bajo los auspicios de sus correligionarios de la neo charrería progresista.

Don Santiago y don Alejandro llegaron a ser consejeros electorales por la propuesta y el respal­do del PRD en la crisis de 1994, cuando se incorporaron los consejeros ciudadanos al IFE. Junto con ellos, llegaron ahí otros tres destacados mexica­nos que no han defeccionado de sus convicciones democráticas: Woldenberg, el transicionista, Ortiz Pinchetti, el prosecutor electoral y el demócrata Salvador Nava. Se trataba entonces de un Encinas de cepa comunista, sin militancia partidista y comprometido con la libertad, el sufragio democrático y el justicialismo. Al transcurrir el tiempo, ese cuarteto vigente de consejeros acreditó su buen pasaje democratizador. Confirmaron lo que más adelante permitió que el IFE quedara en manos de los consejeros ciudadanos y el gobierno abandonara la presidencia de esa institución.

Fue el gran acuerdo opositor que puso fin al régimen de parti­do de Estado. Pero, ¡ah sospechosismo!, aquél demócrata cambió de «look» en la entrevista con López D’orida, el prestidigitador.

 

CORTEX

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios

  1. Mabel

    3 julio, 2019

    Muy buen relato. Un abrazo Alfonso y mi voto desde Andalucía

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