¿On ´tamos?

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«Va a la cabeza en el alazán «speedy», pero no va en el «caballo de hacienda»

 

Como país parecemos ricos (PIB per cápita), pero como pueblo somos parte de esa nebulosa renegrida de pobres (51%) que en términos globale$ se califica de en vías de desarrollo o proto colonial. Puesto de otra manera: en términos del termómetro económico holístico ni calentamos ni enfriamos a nadie. Estamos, pero no somos: ahí estamos paralizados desde hace seis lustros, sin ir ni pa’atrás ni menos pa’delante excepto en pobreza y demografía. Y si quiere uno precisar qué nos pasa, y busca alguna explicación en los textos de los sesudos politóiogos financistas no encuentra sino cabos sueltos. Sí, vagas y tristes refe­rencias en una línea aquí, de R A Feliz, otra más, de Rios Farjat; otra, de Silva H M, y otra acullá, de Aguilar Ca y el güero Zücker M.

Porque lo único que alcanzan a balbucear es que padecemos una pará­lisis agitante transicional: un Parkinson a la sudaca cuyos dolores de parto democrático en Brasil, Bolivia, Perú o Argentina merecen detenidas reflexiones, y aún correcciones, aunque hoy México forma parte de un limbo o entuerto aparte, puesto que, a fin de cuentas, ha resultado un fiasco: se volvió el escudero que le ciuda las espaldas al Jeque Naranja y le hace el trabajo sucio en su traspatio sureño. Si bien se lo ve, pendemos de un hilo en medio de un Caribe sargason. Somos tan gringos hoy —así lo confesemos con disimulo— que ya no podemos ser latinoamericanos y somos tan ladinamente indoamericanos que tampoco podemos ser gringos. ¿’On ‘tamos?, reclama el espectro nacional al canciller Casaubón.

Veamos. ¿Somos una democracia? Bueno, sí, pero no; tal vez podamos etiquetarla con cargo al carísimo INE, pero quién sabe, está en guinda. ¿Somos una federación? Eso depende y según como se vea: a ratos se diría que sí, al menos OSC dice que somos el mejor estado centralista. ¿Somos una república o cada funcionario y su clan adquiere a perpetuidad el cargo al que accede? ¿Hacia dónde queremos ir, hacia delante, hacia atrás o nuestra verdadera vocación es quedarnos donde estamos?

No hagan olas, dirían los tricolores. Pero la va­guedad adquiere grado de Alzheimer si se habla de la existencia de un pro­pósito común -el estado de derecho— que nos identifique como mexicanos; o del grado en que nos inquieta que los servidores públicos sólo se sirvan de ese derecho a sí mismos. La prueba del ácido se encuentra en la democra­cia. Fue un PRI mezquino y desganado, torpe y complaciente consigo mismo, el que perdió la supremacia en el 2018. Pero insisto: fue el PRI-Zedillo el que perdió las eleccio­nes en el 2000. Fox las ganó sin haber anotado un solo gol. Se cree que ganó por default y esa misma duda, surge hoy también.

Endenantes hablábamos de la democracia como un bien que merecíamos, mas sin estar dispuestos a mover un solo dedo para alcanzarlo. Lo más grave de todo fue que nosotros votamos, pero a la larga no decidimos nada. Fuimos votantes sin llegar a ser electores. Nos disfrazamos de ciudadanos sin serlo y, esto es lo grave, sin tener convicciones para serlo. Como en toda transición que proviene de un periodo autoritario-irresponsable, la nuestra se vio precedida por una intransigencia creciente que tuvo a la libertad de expresión como su ganancia más destacada.

Poco a poco fue siendo posible decir y publicar lo que antes debía callarse. Hubo quienes se arriesgaron y, hubo, también, aquellos que perdieron la vida por haberlo hecho. Pero hay que reconocer que esa libertad no fue un derecho recuperado a consecuencia de una demanda colectiva, sino más bien porque a esas alturas la represión tenía un costo que los gobiernos autoritarios ya no podían seguir pagando ante la ONU. Al terminar Zedillo su mandato y huir, como el dictador Díaz, concluyó el largo reinado del dedazo y se abrió la caja de Pandora por el poder.

Todos los que antes, con parálisis agitante, hubieran estado como estatuas de sal a la espera de la decisión del Tlatoani, confesaron que desde niños venían soñando en ceñirse la banda tricolor. El mosaico es de arabescos: el niño azul, el verde, el rojo tabasco, el pejolmeca, el cuaúh-04 , el tucom-five, el calderosa, el barrinorte, el bron-con, el güero gutman, el simi-on, la rocío posible y la mafalda empoderada.

Todos tras el arcoiris que los llevaría a la Arcadia. Pero un pejevolador agarró en parvada a los tiradores y les mostró que, como el flautista de Hamelin, los podía reconvertir en murciélagos, si eran capaces de poner su guano para fructificarlo con el morral de los votos entregado por el DEMOS. Y en eso estamos.

 

CORTEX

Comentarios

  1. Mabel

    2 julio, 2019

    Muy buen relato. Un abrazo Alfonso y mi voto desde Andalucía

  2. Cortex

    2 julio, 2019

    Gracias, querida Mabel.

    Es un placer saludarte.

    Cortex.

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