Pasivos que asfixian

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«Los Medios nos ahogan»

 

El autor Jerry Mander cuenta cómo llegó a esta conclusión después de muchos años de producir spots televisivos y publicidad comercial. Antes de abandonar su profesión, hizo un intento de ponerla al servicio de la ecología, y descubrió que el proble­ma no estaba en publicitar comerciales, sino en la irrealidad cotidiana de verlo todo por tele-instagram. Es tal el artificio, que hasta el contacto con la naturaleza se vuel­ve irreal en la pantalla. La vida en común se desintegra, la personal se desconecta para sumer­girse en el «nirvana» botanero de las imágenes sicodélicas que parecen avivar la experiencia, pero que en realidad la asfixian, convirtiendo a la existen­cia en meros actos reflejos pasivos: «veo tele, luego respiro; veo instaselfies, ergo soy».

Dice Mander que el científico social Sartori señala una consecuen­cia semejante en su obra Homo videns: el hombre visual. La televisión no sólo distorsiona la realidad, sino que atrofia a las personas. Entonces, como la gente cree lo que ve, la política spotera se reduce a producir imágenes «nirvánicas». La televisión con su «celebremos festiva», se ha vuelto un poder total en­caramado en la conciencia colectiva que no respon­de ante nadie. Popper, conocido por sus posiciones liberales, nos dio la sorpresa al proponer la censura en televisión (La lección de este siglo): «Si todos fué­ramos responsables y consideráramos el efecto de lo que se muestra a los niños, entonces no necesi­taríamos la censura». Pero, lamentablemente, éste no es el caso, el pantocrato televisivo se vuelve un pasivo que asfixia nuestra reflexión.

Y es que, en una sociedad homogénea, todos comparten los mismos valores, y la censura expre­sa el integrismo populista, que expulsa o reprime a los no adaptados. El Estado agnóstico ha funciona­do aceptablemente en el mundo occidental, asumien­do valores cristianos sin atribuírselos a una religión, como si fueran obvios y universales (primero los pobres). No atropellar las convicciones de nadie parece razonable, hasta que alguien defiende valores como la poligamia islámica o la tutela de los hijos por la línea materna en la edogamla semita, con la más tranquila convicción de que sus preceptos fundamenta­les son dones del Altísimo.

 

La entronización de tales valores a la vida privada, como el eufemismo del «interés superior del menor o el desposeído» (para no difundir, para no ofender), desemboca en legitimar el poder, el dinero y la influencia de sus dádivas. La televi­sión mercantilista no tiene inconveniente en degra­dar a la sociedad para ganar dinero, ni en vender sus servicios a los que buscan el poder omnímodo. Pero esta merma no es de origen tecnológico, como sos­tienen Mander y Sartori, sino que viene de la rebatinga en torno a los valores de cambio. Emerge como solución absten­cionista (el Estado agnóstico que ni fu ni fa) que es engullida como ganga de oro por los mercachifles.

¿Con qué valores se va a censurar qué? Si la gente no apaga la «caja idiota» si le da valor a lo que ve en la Insta pantalla y se mueve en función de lo que allí aparece. ¿Qué demonios sustentará entonces sus valores si lo que ve ya está digerido y desplaza el audio, el logos del entendimiento?

Aparecer en la Instapantalla difunde una imagen o marca identificable, que genera popularidad y mayor ac­ceso a la videopastilla, como en una adicción: la fama produce taquilla a las Web-tele-pantallas, dinero a las celebridades y votos a los políticos. Los votos dan po­der, y el poder dinero y más acceso a las Tv-redes. El «círculo virtuoso» dinero-televisión, imagen-Instachismes-popu­laridad, votos-poder-dinero, se vuelve un boumerang, pero acumula, momentáneamente, capitales de toma y daca que, en el negocio de la política y las imágenes, justifican esa inversión en el garlito de la democracia.

Ahora bien, ¿cómo impedirlo? Hay controles virtuales sobre el dinero que entra a las campañas. Pero hay que auditar, sobre todo, su destino princi­pal: la televisión, las redes, el cine (Roma). Lo deseable sería suprimir los spots políticos. Pero, ante la debilidad ético-monetaria, hay que exigir a los legisladores y al INE, una conducta rigurosa con base en su fun­ción de censores —a afecto de convertir al INE— en el autorizador (como el control sanitario de la publicidad) único de los spots o mensajes televisivos, incluso de aquellos comerciales o trueques «políticos» que no paga el erario público mediante el monitoreo al sistema de partidos bajo pena de clausura y expulsión.

EL OTRO LADO DE LA MEDALLA. Nuestra so­ciedad evidencia un paupérrimo desempeño en su sistema educativo. Las instituciones que tanto orgullo generaron al «sistema» son hoy su gran pasivo. Estas no sólo no contribuyen al desa­rrollo económico del país sino que, en la era de la información, lo impiden. La disfuncionalidad de la educación y su sindicato son sólo dos manifestacio­nes de ese mal ubicuo y mercantilista (medrar o migrar de lo público a lo privado). Toda esa es­tructura, y los incentivos perversos y privados que desata, no hacen sino paralizar al país impidiendo su productividad que es, a final de cuentas, la clave del crecimiento económico.

La cuestión es, ¿queremos ver hacia adelante o seguir recordando un pasado que, como diría el man­co de Lepanto, nunca fue mejor? El atractivo del pa­sado es muy explicable, en buena medida porque confiere certidumbre. Pero el pasado no sólo no re­solvió nuestros problemas, sino que ahí germinaron las semillas de nuestra zozobra actual. El dilema es claro: hasta hoy hemos hecho todo lo posible por evitar enfrentar las causas de nuestro subdesarrollo. Ni siquiera la derrota del PRIAN indujo a discutir, ya no digamos a intentar transformar, las instituciones y estructuras de antaño.

Pero lo que resulta perturbador es no saber qué producirá los incentivos necesarios para emprender la transformación. Se podría comenzar por un acuer­do sobre algo menos «traumático» que la reforma energé­tica o la del Estado: Sobre algo más trascendente en los sistemas globales: el T-MEC de la información y el conoci­miento, algo tan simple y diáfano como reconvertir la educación en una herramienta productiva: ¡saber qué hacer con lo aprendido!

La alternativa, de no hacerlo, es seguir empobre­ciendo a la población. Es mantener los pasivos que, como la pantalla idiota, asfixian el futuro.

 

CORTEX

 

 

Comentarios

  1. Luis

    6 julio, 2019

    Mucha razón tiene este poderoso texto. Un saludo Alfonso y mi voto firme!!

  2. Luis

    6 julio, 2019

    …al fin y al cabo, es el 1984 de George Orwell, totalmente!

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