Recta final

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(…)
 

En mitad de aquel lapso de tiempo, que se desenvolvía a veces como una fantasía onírica, con Susan enferma, ocupado en abastecer lo necesario y recobrando la amistad de Mick, contando con el soplo de aire fresco que Isabel le suponía, también hubo días que, debido a su crudeza, le sobrepasaron. Y él mismo supo que se excedía en muchas de sus reacciones. Como, por ejemplo, aquella vez en la que Mick fue llamado a tener una conversación con el profesional que lideraba el cuadro médico del segundo seguro contratado, el más caro, el último recurso. Curt lo acompañó porque el mismo Mick se lo pidió varias veces. Escucharon un discurso ensayado y pesimista de pronóstico reservado, donde algunas frases volcaban esperanzas que luego los resultados matemáticos refutaban. Mick, que ya se lo esperaba desde un primer momento, silencioso y ponderado como era habitual en su carácter, asentía y asumía el invariable diagnóstico, y cuando se despidió con un cordial apretón de manos del doctor con quien quizá no volvería a coincidir en la vida, se dispuso a marcharse sin lamentaciones ni preguntas, llantos inconsolables ni exigencias inútiles. Curt, en cambio, con un revuelto de emociones en su interior que se exacerbaba a medida que las explicaciones del médico, que sonaban a excusas con jerga complicada y a veces incomprensible casi utilizada a propósito, se expandían, no tuvo tan fácil el controlar sus instintos, no admitió la caída de las últimas promesas, aunque estas fueran endebles desde el principio. Se aferraba a aquellas esperanzas como si su vida dependiera de ello. No comprendía porqué los sanadores no sanaban, porqué los más reputados facultativos no curaban, y se sintió dolido, engañado y estafado. La frase “no podemos hacer más”, algo que siempre le sonaría a desidia, retumbaba en su cerebro de tanto escucharla a lo largo de las últimas semanas y anteriores minutos.

 

—¿Cuánto me va a costar que hagan más de lo que pueden?

 

— No se trata de dinero, muchacho.

 

— ¿Bromea, vende—humos? — repuso Curt, con un puño desaforado cayendo estrepitoso sobre la brillante mesa de la consulta clínica, consiguiendo por segundos intimidar al médico — les he pagado una fortuna, hatajo de incompetentes. Exijo que hagan su trabajo y extirpen la enfermedad de esta mujer. He pagado por sus servicios.

 

— Se encuentra en fase terminal. Ya conocían su situación, les avisamos de que algo así podría suceder. Simplemente, no podemos hacer nada más por ella.

 

Y Curt, que asemejaba una fiera, volvió a nombrar el dinero gastado, volvió a insultar la profesionalidad de los trabajadores sanitarios, se reiteró en que lo único que pretendían era recibir una prima por su incompetencia. Se puso en pie, y aunque le quedaban pocos centímetros para alcanzar su altura definitiva, ya imponía lo suficiente, con sus formas estentóreas y sus espaldas anchas, tanto que lograba, por momentos, achantar al doctor.

 

— Si no se marchan, me veré obligado a llamar a seguridad —se defendió éste tras ver la reacción, buscando auxilio en la mirada agotada de Mick, y les amenazó con voz titubeante y ojos de asombro, aunque lo que realmente acabó por convencer a Curt fue que su amigo le agarrara por el brazo y con ímpetu determinante le condujera hacia la salida. En voz baja, no tanto como para que a Curt no le resultase audible, el médico replicó:

 

— No todo se compra con dinero, niño mimado.

 

Y por respeto a la aflicción y al duelo de Mick, que tuvo que soportar el mal trago de escuchar de nuevo las mismas noticias devastadoras, una reiteración dañina a cuenta de su tozudez, se mordió la lengua y ni siquiera se giró para responder aquella aclaración insultante. “¿Qué sabrás tú de donde sale ese dinero, eh, mentecato?” pensó, recordando para sí mismo todo el sacrificio personal que acarreó la desmesurada suma económica cobrada por transmitirles el expediente clínico sin cambios de Susan Sin.

 

Así, la vida de Susan resultó finita, como todas las vidas, su salud se debilitaba y los tiempos marcados por sus cuidadores paliativos se ceñían trágicamente al calendario previsto. Mick se había preparado para el desenlace a lo largo de tantos meses, incluso años, demostrando firmeza en los momentos más delicados y ultimando los detalles desagradables —que no eran pocos: la interminable burocracia, la ceremonia, la incineración, el pago de impuestos pertinentes y la lectura testamentaria, las bajas donde ella aparecía como titular, documentos firmados donde se disponía su futuro inmediato hasta alcanzar la mayoría de edad, arreglos de herencias y charlas con abogados respecto a la repartición de bienes, junto a un largo etcétera que estaba seguro se iría añadiendo por sorpresa—. Se hallaba al término de su duelo, ya lo había llorado todo y hubo penado lo suficiente, el rictus serio de su rostro sustituía todas las lágrimas que ya se habían secado y no brotaban ni siquiera forzándolas. Ahora era el momento del temple, de ejercer como un joven adulto y de hacer suyas las riendas del caballo que se les había desbocado. Dijo adiós a su madre una madrugada con tiempo de bochorno, cuando ella en su inconsciencia se medio incorporó para palparle el cuerpo y el contorno de la cara, porque a causa de la enfermedad ya apenas veía, y de esta forma le comunicó su partida. Mick cerró los párpados de Susan tras su última exhalación, besó el dorso venoso de su mano huesuda y acribillada a pinchazos de agujas, limpió y ordenó todo como pudo, retirando sábanas manchadas y luchando por preservar la dignidad antes de que llegasen el tumulto y el ajetreo, realizó las llamadas pertinentes y lo dirigió todo con la presteza y eficacia de un hombre experimentado, aunque no era más que un adolescente asustado y muerto de miedo por dentro, madurando en esas horas más de lo que haría durante el resto de su vida.

 

Curt no demostró ser tan fuerte ante la adversidad, y vivió todo el proceso hasta el final como si dentro suyo se desarrollase de repente una especie de nueva ramificación insana, que se hacía cada vez más grande absorbiendo su pecho, enquistando la rabia y la impotencia, quizá el desencadenante de una personalidad real que comenzaba a rebelarse. Porque en realidad no se sentía tan seguro de sí mismo y estaba harto de aparentar la misma hipocresía día tras día, vivía cada fracaso de su entorno como algo personal, incluso en la situación de la señora Sin, que nada tenía que ver con el buen hacer de la mano humana, y se flagelaba por lo que él consideraba propia ineptitud. Los meses terminales de Susan se tradujeron en el calvario personal, y perdurable, de Curt.

 

A raíz de todo aquel cúmulo de situaciones y sentimientos tuvo su primera pelea seria con Isabel, un enfrentamiento que él mismo se ocupó de provocar casi aposta. Se acostumbraron a reservar habitación en el mismo hostal, en realidad vieja pensión de carretera popular por cobijar encuentros fortuitos de amantes prohibidos, porque era el único lugar donde nunca se les puso objeciones. Solían producirse los mismos días de la semana, a las mismas horas de la tarde; eran idóneas porque a ella nadie la echaba de menos, y él se podía organizar conforme a la nueva rutina que asumió: visitar a Susan o acompañar a Mick en algunos de los trámites más escabrosos, y luego la evasión. Isabel suponía el amparo, un abrigo en el cual cobijarse, el pulmón que a veces le parecía perder tras pasar horas ininterrumpidas viviendo en tensión y corriendo a contrarreloj.

 

Aquella tarde, sin embargo, regresaba de una jornada especialmente agotadora; sucedió algo que se repetiría en tres o cuatro ocasiones a lo largo del último mes y medio, cuando Susan experimentaba instantes de lucidez, les evocaba y les recordaba. Inmersa en un vano intento por retener la memoria les agarraba del brazo con fuerza, tanto a Mick como a él, y les obligaba a retroceder unos cuantos años y rememorar instantes puntuales, conversaciones que sí existieron, anécdotas que de seguro vivieron. Sentenciaba dichos episodios con frases lapidarias de sabia, como la que ese día dedicó a Curt, agotada por el esfuerzo y casi en un susurro: “mi pobre niño. Mi buen niño desamparado, siempre parecías tan fuerte, siempre has sido tan bueno. Qué mala suerte has tenido, Curt, y cuánto amor necesitas, mi pobre niño. Mi buen niño”. Y luego todo se desvanecía, y Susan volvía a ser presa de un lugar que oscilaba entre lo terrenal y lo espiritual, balbuceaba y a veces clamaba palabras ininteligibles.

 

Comentarios

  1. GermánLage

    2 julio, 2019

    Indomable, Curt, que ni ante la muerte se rinde. A ver cuál es el nuevo reto tras la partida de la Señora Sin.
    Un abrazo, Estefanía.

  2. Mabel

    2 julio, 2019

    Es un texto excelente, como si fueras tu el personaje y estuvieras viéndolo realmente. ¡Qué te puedo decir! Solo extraordinario. Un abrazo Estefanía y mi voto desde Andalucía.

  3. Esruza

    3 julio, 2019

    ¡Hola, Estef. Tus textos me parecen extraordinarios, y más extraordinario sería poder leer el libro completo.

    Un abrazo y mi voto.

    Estela

  4. Luis

    8 julio, 2019

    Muy buen fragmento, el carácter difícil y arisco de los personajes, los hace sin duda, mucho más atractivos y sin pedanterías, tu estilo es ya un clásico en estas páginas: duro, cortante, asfixiante. No obstante, bello. Un saludo Esteff y mi voto-.

  5. Ada

    8 julio, 2019

    A la decens Curt (¿Kurtz?) y compañía. X

  6. JR

    23 julio, 2019

    @estef314 – Esta parte del relato es excelente. Tu talento y tu habilidad con las palabras son indiscutibles. Mi admiracion y respetos! Saludos y un gran abrazo.

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