Rumbo a las guerrillas

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Son las siete de la noche y llegó la hora en que Luis debe partir. Partir en busca de ese sueño adolescente, de subir a la montaña a luchar. De subir con un morral a la espalda, el fusil terciado al hombro y el alma cargada con las ilusiones de regresar. De regresar al lado de Paola y volverla ver, para entregar a la suerte de ambos, las ilusiones de construir un país más igualitario. 

Salen del área de residencias de la Universidad. Salen y Luis lleva el brazo izquierdo enlazado a la cintura de Paola. Se enrumban por las caminerías para tomar el largo pasillo que conduce al estacionamiento y allí se entregan quizás al último beso. Un último beso cuyas huellas se confunden con el sabor de alguna lágrima que corre por la cara de Paola. Luis la abraza y la mira a los ojos, y puede leer tras tu cortina lluviosa de lágrimas contenidas, la fe que tiene de que volveran a verse. La fe que él necesita para valorar que su partida era como una brizna fugaz. Que su partida era como un pasado que se haría de nuevo presente. Tratan de sonreír y es una risa seca, era una risa paralitica, una risa llena de nervios.

—Se fuerte, que yo te quiero y cuando regreses de tu odisea, viviremos si no la misma historia, quizás otra historia — fueron sus palabras de despedida, palabras que se ahogaban por el sentimiento. Palabras que se quebraban en la garganta.

En la solemnidad del momento, se desglosa ante la mente de Luis parajes de la Odisea. Aquella excursión fantástica e irreal de Odiseo, que resultó una lucha de la inteligencia y la astucia contra la fuerza, Fueron veinte años de la partida a Troya y regreso de Ulisas a Itaca. Y ya casi sin esperanza en esa leyenda perdida, aparecen los ruegos de Atenea a Zeus para la liberación de Odiseo de los brazos de la ninfa Calipso.

« ¿Cuánto tiempo estaré perdido en esa montaña? ¿Cuánto tiempo será suficiente para el regreso? ¿Tendrá Paola la misma paciencia de Penélope? … Coño, que aún no arranca la ausencia y ya estoy pensando en un vacío tiempo de regreso»

Uno que otro de sus acompañantes de aventura también se despide de su novia. Eran seis camaradas integrantes de la guerrilla urbana, de las Unidades Tácticas de Combate (UTC). Seis estudiantes que se entregaban en ese momento a un ideario, a un destino casi incierto. Pero no conocían entre sí de sus nombres, de sus zonas urbanas de operaciones. Era lo deseable. Solo se presentaban con sus “alias”. Seis estudiantes para reforzar a un frente guerrillero. Las tres mujeres acompañantes sólo hasta la entrada de la montaña eran de la juventud comunista, quizás también estudiantes de la universidad o preparadoras o profesoras o trabajadoras del Aula Magna, pero Luis no las conocía o no las recordaba.

 «Ellas solo colaboraban para despistar. Nadie podría sospechar de un grupo de jóvenes que iban a tomar un baño o a divertirse en la playa o en un río. Que iban a disfrutar, que iban a un no sé qué. Y llevábamos ropa playera de colores, los bolsos, los trajes de baño, las cámaras y llevábamos las carpas, las sombrillas, hasta una tabla de surf y un botiquín de primeros auxilios. Pero también y muy adentro se anidaba en nuestros corazones las ilusiones de pelear por una patria nueva» 

Las nueve personas con sus equipajes se distribuyen en dos carros. El encargado de la operación entrega a los choferes los papeles de propiedad y circulación en regla, asegurando que no habría problemas, que los carros habían estado en el taller para el chequeo mecánico correspondiente. Que gracias a Dios todo iría bien. En el Opel Corsa se coloca en la parte de atrás el equipaje y se sientan adelante, Mario, el chofer que luego serviría de guía para subir, también Margarita que así dijo llamarse y Luis al lado de la puerta. Todos los demás y la otra parte del equipaje en la Toyota Hilux, que por razones estratégicas, se mantendría en el trayecto a cierta distancia, se mantendría a ciertos minutos del Opel, y 

Eran Paola y Luis, que se separaban por vez primera desde aquel día en que se conocieron hacía seis años atrás, cuando estudiaban en el Liceo y el comienzo en la Universidad. Y no esperó Paola a que arrancara el carro, envuelta en llanto se alejó. Desde la ventanilla del carro Luis la vio que se alejaba. Se alejaba con un profundo dolor, con el mismo dolor de amor que los envolvía ante el emprendimiento de la aciaga aventura. El dolor por el temor a perder al ser querido y no estar cerca para evitarlo. En su andar ligero se perdió ante sus ojos, se perdió de vista ante un adiós sin olvido.

Al rato el carro se enrumba saliendo de la ciudad universitaria y rueda por distribuidores y autopistas para escapar de la Capital y dirigirse hacia la zona extra-urbana que conduce al oriente del país, en busca de punto estratégico para subir a la montaña. Al comienzo el Opel absorbe y va dejando atrás el carnaval de luces que alumbran la zona urbana. Luego toma por largo tiempo una carretera angosta y sin alumbrado que serpenteaba cerros, obligando al Opel a destrozar con sus faros encendidos la oscuridad de la noche. Obligando a tres pares de ojos a mirar todo el tiempo hacia adelante, a no tratar de pensar, a no tratar de recordar y solo auscultar la oscuridad de las sombras que embriagaban la noche. 

En esos momentos, Luis no quería pensar o recordar. Era que no debía pensar o recordar, que no podía distraerse. Pero una nube preñada de añoranzas se estacionó en sus recuerdos y para sentirse vivo pasó su brazo sobre el hombro de la compañera que llevaba al lado. Si, sobre el hombro de Margarita, que así dijo llamarse. En instantes, Luis percibió a Paola, para recibir una mirada de reproche Pero él solo quería sentir el calor de la piel de Margarita, que así dijo llamarse. Quería sentir ese calor porque quería asegurarse de que no estaba soñando dormido. Que estaba soñando, pero no estaba dormido, al momento en que ese oleaje de melancolía lo envolvió y sus aguas se deslizaron hacia los recuerdos, evocando pasajes de esos días en el Liceo. De esos días en que se enamoraron con la promesa de que sería para toda la vida. Y eso fue a principios del cuarto año de bachillerato en el Liceo, y…

De repente, la carretera dejó de serpentear y el coche baja a velocidad moderada por una cuesta que se convirtió en una recta. Una patrulla policial que viene de frente, hace un cambio de luces y como pudo dio la vuelta colocándose detrás del Opel. Se oye el ulular de la sirena para obligar a detener el coche, que se orilla en la angosta carretera con las luces intermitentes encendidas. No hay miedo, salvo que fuera una delación. Un oficial de policía se acerca y pide los papeles del carro y documentos de identidad de los tres ocupantes, mientras alumbra los rostros con una linterna. Se puede observar a otro agente policial que se queda tras el Opel con un revolver 38 en una mano. El oficial pide y revisa la documentación, al mismo tiempo los conmina a salir del auto para requisarlos. Luego revisan el equipaje y otean la maletera del auto. En ella solo descansan el caucho de repuesto y una caja de herramientas. Al terminar la requisa, hacen entrega de la documentación con la señal de que se introduzcan de nuevo al auto. Los policías se colocan hacia el lado contrario del chofer y uno de ellos, asoma la cara por ventanilla y cerca del rostro de Luis, con aliento de perro callejero ordena la prosecución.

—Disculpen, todo bien. Que tengan buen viaje

Eso dijo, en el momento, que de la oscuridad que baña la carretera, surgen las luces de un Fairlane 500 que viene en sentido contrario. El carro acelera y al pasar al frente del Opel, se nota el asomar por la ventanilla trasera, la punta de un arma. 

Se oye una voz —Policías, hijos de puta— y luego el ruido de metralla que descocía la parte baja de la carrocería de la patrulla policial. Los pasajeros del Opel bajan las cabezas y se acurrucan uno sobre otro, esperando un posible regreso. Mientras, desde su radio portátil, los agentes agachados se comunicaban con la Comandancia. Parecía solo un acto vandálico. Pero el carro ametrallado empieza a arder

—Abran la puerta, párense sobre el estribo y se agarran como puedan —les dice Mario— y rueda el carro unos cien metros, justo en el momento que el carro policial explota y se desintegra en llamas. Los policías caen y se reincorporan.

—Arranquen y piérdanse 

Mario, Margarita y Luis continúan su ruta con el silencio de canto en la voz

—Mal augurio, mal presagio. Han podido pensar en una conexión de nosotros con el hecho y retenernos para averiguaciones —murmura Mario el chofer— y siguen con el mutismo a cuesta, los pensamientos en quiebra y una hoguera de impaciencia por llegar a la playa.

Pasada dos horas caen en una carretera extraurbana que conduce hacia el oriente del país. Es una carretera plana y ancha que corteja al mar atrayendo su olor salobre y alumbrándose con luz de luna llena. El coche se desvía para tomar una de las calles engranzonadas que conducen a la playa. Están llegando a la playa de Machurucuto, la playa en donde iban a acampar, la playa que estaba diagonal al lugar por donde subirían como guerrilleros a la montaña. La montaña llamada “El Bachiller”. La montaña de sueños, la montaña mágica.

Son ahora las once de la noche y mañana empieza el pedregoso encuentro con la montaña, que ya revelan cautos pasajes de incorporación y estadía de la lucha armada. Se instalaron las carpas y Luis se excusa de compartir. No es que quería dormir, no tenía aún sueño solo quería soñar, quería soñar despierto y recordar cosas. Soñar y recordar despierto aquello que quería soñar y recordar dormido. Traer parte de su pasado y vivirlo ahora, vivirlo en este momento de su existencia como si fuera el presente. Recordar con nostalgias y alegrías, trazos de cosas y situaciones especiales de la adolescencia. Pero se durmió y sucedió. Se durmió y sucedió que recuerdos brotaron de su memoria y vivió lo que pudo recordar como si lo estuviera viviendo ahora. Evocó a sus padres, hermanos, amigos, a Paola y también a su querido abuelo, aquel pedazo de vida, que cual torrente de luces y saberes, le sembró la semilla de la insurrección, de la rebeldía, del ser contestatario. 

«Es un mal augurio, mal presagio, no olvidaba esas palabras. Y era mi otro yo, mi otro yo, que ahora jodiendo, me pintaba sobre la montaña, que me perfilaba en un lienzo pintado de muerto con un certero balazo alojado en la cabeza, o ya con el cuerpo ametrallado, desangrando, agonizante, muriendo sin la debida atención médica. Y ahora miro el rostro de mi madre lagrimeando su pena, su angustia. La miro y la veo con esa entereza que mostraba ante las dificultades, bebiendo alivio en las cartas. La miro que busca mitigar el dolor en las cartas del tarot de alguna gitana, de alguna adivina, que la consuela, alimentándola con los milagros de una estadía inquieta, aventurada, pero que estoy vivo. Y esa gitana le negaba la verdad, mientras me ahogo en los recuerdos y pensamientos con la tierra que palean mis camaradas. Tierra cayendo sobre mi cuerpo que yace en el fondo de una fosa. Una fosa que me recibe al pie de un árbol en la montaña. Esa montaña mágica que ahora me traga y no me devuelve»

Al día siguiente en la playa, el grupo se levanta compartiendo una reunión como a las ocho de la mañana. Reciben algunas instrucciones para la sobrevivencia militar en la montaña, acompañado de la respectiva catequesis política. Más tarde, Caminan y se bañan en la playa sin agotar energías. Se acuestan por buen rato a la sombra y comen con moderación y sin probar alcohol. Agotan ese tiempo y ya es mediodía.

Había llegado la hora de escalar la montaña y de montarse en el Opel Corsa los seis camaradas y el guía que hacía de chofer. Empiezan a despedirse de las muchachas que regresan a Caracas en la Toyota Hilux con toda la indumentaria playera.

Margarita la camarada que Luis llevaba al lado durante el trayecto de venida, y a quien en verdad no le había prestado atención alguna, se le acerca.

—Por favor camarada, es posible que allá arriba puedas encontrarte con Lino y quiero que le digas estoy bien y que lo quiero mucho.

— ¿Será Lino Andarcia?

—Sí, el mismo

—¿Y desde cuándo y de dónde lo conoces?

—De Puerto la Cruz, él estudiaba en el Colegio Pio XII y yo en el Colegio de monjas Nuestra Señora de la Consolación María Rosa Molas.

—Ahora que miro con atención tu rostro, entonces tu eres Katherine, Katty, aquella blanca y delgada lagartija de ojos azules, a quien en nuestra fiesta de graduación del segundo año, tomé de la mano y corrí para llevarla detrás de un árbol y estamparle un beso en la boca como regalo de cumpleaños y al mismo tiempo soltarla e irme sin palabra alguna.

—Bien que me recuerdas y no solo no fuiste a mi fiesta de cumpleaños esa noche, sino que no volví a verte por muchos años. Aunque luego supe que por la expulsión de ustedes dos del Colegio, a ti te enviaron de estudios a los Estados Unidos.

—Cómo no recordar. Fue mi primer beso de amor para una chica que me gustaba. Sé que es tarde para disculparme. El viaje a USA estaba previsto para el día siguiente, pero tuve que trasladarme a Caracas al atardecer de ese día. Entonces… Lino se apropió de tus encantos en la medida que te hacías mujer. No llegó a comentarme nada y eso que reanudamos nuestra amistad en la Universidad.

—Lino es un entrañable amigo y no tiene idea de que nos conociéramos. Ya sea Lino o cualquier otro, entiende que entre nosotros no había ningún romance, apenas teníamos trece años y si es cierto que se me aceleraban los latidos del corazón cuando te veía, ni siquiera llegamos a tomarnos de la mano, salvo ese día del beso.

— ¡Dame un minuto Mario! —Bueno Katty los caminos de la vida están abiertos, quizás nos volvamos a encontrar. Deséame suerte. Ahora te daré dos besos, uno de Lino y uno mío.

—Chao Luis, sigues siendo tan apuesto, jovial y locuaz. Confieso que te reconocí en la Universidad. Se de tus amores con Paola porque he compartido aulas con ella en la Facultad de Ingeniería. Aún me ronda el síndrome del primer amor que nunca se olvida y del que a mí solo me quedó el sabor de lo invisible. Suerte para ti y Lino.

—Te quiero Katty, quisiera no morir para volver a verte y que Dios decida si estoy destinado a curar ese síndrome. Por cierto que hace unos seis meses, me decía mi madre que entre su joyero encontró y volvió a guardar, un sobre con varios pliegues de fino papel rosado y escrito a mano con el poema “El seminarista de los ojos negros” de Miguel Ramos Carrión y firmado por Katty. Recordé entonces, aquel sobre que disimuladamente introdujiste en la bolsa donde yo recogía en misa las contribuciones de feligreses.

—Seis meses!, pues mira que yo conservo a diario y oculto en el paladar, el sabor inocente de tu saliva de niño y que otros besos no han podido borrar.

—Será por aquello de que el amor te rompe el corazón una vez, pero el recuerdo lo hace mil veces.

Sonrieron a la vez y levantaron la mano en señal de adiós

***

El guía toma su radio trasmisor portátil para comunicarse con el grupo armado que les espera al pie de la montaña. Recibe la contraseña “vía despejada” y el carro se desliza por la calle de granzón para retomar la carretera extraurbana y dirigirse al cercano poblado de Cúpira, buscando el punto donde deben bajar del carro para tomar a pie el curso de ascenso hacia el campamento en la montaña. El guía recibe instrucciones para estacionarse a orillas de la carretera y bajan del Opel vestidos de ropa común, un sombrero de cogollo y calzados con botas de plástico, que les entregan en el sitio. Toman el derrotero de una quebrada, que pronto abandonan para seguir por una pica poco trillada, a fin de no tropezar con pobladores campesinos de la zona. No convenía ese contacto por ahora.

Llevan aproximadamente cinco horas de mal camino y la tarde está por terminar de consumirse. El guía advierte que pronto acamparan para hacer contacto con el grupo armado que debe acompañarlos hacia el campamento. De repente, un grupo de la base No 2 los sorprende en un claro de la montaña y Luis observa que al mando viene un joven alto con rango de comandante, lleva espesa barba, traje y sombrero verde oliva. En sus manos porta una ametralladora Thompson calibre 45 con dirección de tiro hacia el suelo. Lo acompañan otros tres guerrilleros, un joven trajeado hasta con gorra de kaki y dos campesinos de la zona unidos a la guerrilla. Los tres van armados con carabinas FN 30. Luis distingue, que el joven trajeado de kaki es Lino, su compañero de aulas en la facultad de ingeniera. Se saludan con un efusivo abrazo, pero sin comentar el haber sido amigos en la infancia y que juntos cursaron la primaria en un colegio de salesianos en Puerto La Cruz, de donde serían expulsados al culminar el segundo año. Se habían separado en la secundaria, pero en la universidad haciendo tiempo, revivían las anécdotas del colegio.
El guía Mario se regresa, mientras el comandante dice que el camino había sido previamente peinado, a fin de evitar cualquier enfrentamiento armado con fuerzas del gobierno.

Para cambiarse en el sitio reciben el uniforme verde oliva con gorra y una pañoleta para cubrir el cuello, botas pantaneras de campaña, además un fusil FN30 con cincuenta balas, una cantimplora y una brújula. Luis recordó al instante, que hacía poco tiempo, había participado en una operación de asalto a una fábrica de uniformes y pertrechos militares, después de rondarla por semanas para observar y planificar el atraco con tres grupos. En la operación, logran inmovilizar y desalmar la custodia militar, mientras el personal obrero y administrativo de la fábrica yacía acostado en el piso. Al botín de vestimenta militar y rollos de tela para su confección, lo acompañan con unas pocas pistolas automáticas, subametralladoras y granadas fragmentarias encontradas en el lugar. Ese bastimento para aprovisionar la guerrilla rural, fue trasladad en un camión del ejército, que también aprehendieron y cuya entrada al taller fue la contraseña para iniciar el asalto. 

Así mismo obtienen para el inicio de su estadía en la montaña, un pesado morral impermeable con una hamaca, una cobija, un plástico para la lluvia, un tazón de peltre para comer y una cuchara. Cada uno había traído su bolso con efectos personales de limpieza y aseo. Luis esta contento y feliz de verse como un auténtico guerrillero. En la oscuridad alguien, un campesino de la zona, se asoma con dos termos y sirven atol de harina de maíz y luego en el mismo envase el agua de papelón caliente. Los integrantes de la columna guerrillera se recuestan y dormitan con los ojos abiertos por media hora.

La marcha se reanuda y Luis siente su cuerpo invadido por una abismada ineptitud, que se sufre cuando a cada paso se hace duro el andar porque las piernas tienen una tirantez leñosa, los hombros y la espalda se entumecen, se encorvan con el peso. El cuerpo tiende a rendirse ante un agotamiento transido y progresivo. El viento espeso que acompaña la pertinaz lluvia dispersa cualquier signo de palabra alentadora. El comandante se coloca al frente de la cuadrilla junto con el guía, los otros tres se colocan a la retaguardia de la columna guerrillera. Cobijados por una pertinaz llovizna, emprendemos la travesía hacia arriba, hacia la montaña, hacia la Fila de Chaguaramal. En la medida que la cuadrilla avanza, la arboleda acalla la lluvia, pero ahora una fría neblina acompaña la entrada nocturnal. El jadeo de la brisa mueve las ramas de árboles, arbustos y cortinas de matorrales que llenan las vacías tinieblas, rasgando con crueldad nuestros cuerpos. El aire húmedo, espeso y frío obstruye la respiración que me ronronea como un silbido asmático. La silente peregrinación se acompaña con el crujir de las botas sobre el fango y el ruido impreciso de las aves y otros animales que buscan cama. Para no dejar rastros, ascendimos en fila por el borde de una quebrada de río, guardando corta distancia unos de otros y tratando de ajustarnos a la luz de la linterna del guía. A la distancia y en soledad, por el color blanco se distinguían figuras de algunas aisladas casas, mientras oíamos el ladrido de perros. 

Ahora siguen las huellas de una trocha, siempre en peregrinación por una empinada senda hacia la altura de la montaña. Diez hombres caminando cabizbajos y en silencio, en fila india, separados uno o dos pasos el uno de otro. Se siente sobre el cuerpo el chapoteo de la lluvia y se oyen los chillidos y gritos imprecisos de monos y pájaros sobresaltados por la invasión de sus predios nocturnos. A medida que avanzan se hacía más alucinante un juego de luces sobre el espacio negro que cubre la travesía. Por un lado los focos de las linternas de los guías que se encendían en forma intermitente para insinuar el camino y por otro brillaban las diminutas luces discontinuas de las luciérnagas. Termina el escalado hacia arriba y ahora caminan en sentido plano. Hacen un previo en el camino y el comandante hace correr la voz de que están por llegar a la base guerrillera principal. El comandante se acerca a Luis:

—Tenemos entendido dominas el inglés porque estudiaste por dos años en la Technical Charter High School en Carolina del Sur y con seguridad vamos a necesitar de tus servicios para algunas traducciones de material sobre estrategias y tácticas militares.

—Estaré a la orden mi comandante 

No era el momento apropiado, pero al aminorar la marcha y por lo de estudios del English, Luis recuerda a Ronald su profesor de inglés en el quinto año de bachillerato. Un militar retirado, quien le pidió visitarlo con cierta frecuencia para ayudarle a traducir del inglés y transcribir a su computadora, sus clases de estrategia militar que dos o tres veces al mes exponía ante un destacamento militar, en una ciudad al sur oeste del país. Así el profesor Ronald brindaba a su alumno Luis con apenas 18 años, la temeraria impronta de acercarse a su linda y treintañera esposa.

En la primera semana de trabajo en casa de Ronald, Luis se sentaba ante el ordenador y mientras los veía ir y venir, no paraba hasta terminar. A la semana siguiente, ya conversaba con ellos y recibía invitación para acompañarlos a comer. El calor interno empezó a brotarle aquel sábado en la tarde de la tercera semana, cuando Ronald lo invitó para una de sus íntimas reuniones, donde ambos tomaban y bailaban. Apenas tomó un whisky, después de campanearlo hasta que el hielo se disolvió. Ese día al bailar, notó que lo hacían con recato; pero ya empezaba a pagar culpas al ver con disimulo, el movimiento sensual de ella cuando bailaba. Sin embargo, se disculpaba ante la invitación de sacarla a bailar.

La escena le recordaba al Padre Rosario, el Director Espiritual del colegio Pio XII cuando cursaba el segundo año de bachillerato: «Podemos leer en Job 31: que Job reafirmaba su integridad al expresar su pacto con los ojos para no mirar con lujuria a ninguna mujer» y a continuación «En Mateo 15:19 se expresa, que los ojos son la ventana del alma que alimentan la mente y aunque no lo crean, es el motor de nuestra sexualidad y si los ojos son esa ventana de entrada, entonces la mente es el reino de la fantasía y el deseo».

Eran tiempos de asomo de los vapores de la pubertad en el cuerpo de Luis, cuando sentía que la sangre golpeaba su vientre con un revoletear de mariposas ante un pensamiento pecaminoso o un estímulo físico. El roce sensible con las sábanas, el sonido persistente de una gota de agua, la desnudez de las flores, las embestidas amatorias del gallo. Todas esas sensibilidades ávidas de repuestas y los escritos que le decomisaron junto a Lino Andarcia sobre putañerías bíblicas, causaron de su expulsión del Colegio Salesiano Pio XII.

En días subsiguientes, Luis observó una conducta poco usual en la señora del profesor Ronald, cuando se tendía en el gran sofá para leer. En momentos que Ronald salía a hacer alguna diligencia y estando Luis en el ordenador en posición diagonal al sofá, ella recogía los pies haciendo que las rodillas se levantaran y su vestido o falda se rodara, dejando al descubierto sus atractivas piernas y parte de sus no menos torneados muslos. Luis la miraba de reojo buscando alguna señal motivadora. Pero mientras Luis pincelaba bocetos en el lienzo de su mente, ella permanecía indiferente.

Un jueves después del mediodía, Ronald lo llama urgente para ayudarle a pasar un trabajo. Luis nota su voz algo pesada y cuando llega, lo recibe muy tomado y riéndose.
—Vamos hombre, acompáñanos que la tarde apenas está naciendo. Es más, esta noche te invito a dormir en casa.

Con un vaso en la mano, le tiende el otro brazo sobre los hombros y se acercan a la mesa del comedor, donde la esposa de Ronald lo saluda y le brinda un vaso de vino, a sabiendas de que poco tolera el licor fuerte.

—Sabes amor, ante la suspensión del visado para que me acompañes a San Cristóbal a dictar clases, he pensado que en esos días, Luis se quede a dormir en casa para que te acompañe y no te sientas sola. 

Luego, toman asiento en la sala y ella queda al lado de su marido en el sofá, luciendo un corto vestido. Conversan mientras oyen el lento andar de música del ayer rebosante de boleros y baladas, al gusto de Ronald. En las voces inconfundibles del trió Los Panchos, se oyen los acordes de “Aquellos ojos verdes” de Nilo Meléndez “Aquellos ojos verdes serenos como un lago, en cuyas quietas agua un día me miré, no saben la tristeza que en mi alma dejaron, aquellos ojos verdes que ya nunca besaré”. Mientras Luis les presta atención, ellos hablan acerca de la historia del bolero, recuerdan que el primero bolero del que se tiene conocimiento es “Tristeza” en 1.895, cuya autoría se atribuye a José Sánchez nacido en Santiago de Cuba. Hacen mención de que ciertamente el bolero tiene su origen en manifestaciones de la danza gitana y al llegar a América, específicamente a Cuba, se fusiona con el ritmo africano de donde adquiere ese compás cadencioso.
En cierto momento, empiezan a sonar ahora las notas de bolero “Asi” de María Grever “Por qué al mirarme en tus ojos sueños tan bellos me forjaría, mira…mírame mil veces más…” y Luis observa que profesor Ronald atrae a su esposa hacia sí para abrazarla, comentando:

—Can we dance?

Pero lo hace con tal brutalidad, que ella se ve obligada a levantar las piernas y dejar al descubierto gran parte de sus muslos. Ronald se levanta tambaleante con ella de manos y comienzan a bailar en la sala. La confianza o la borrachera rompe la probidad y empieza a subyugarla, a manosearla, induciendo a su esposa a un rítmico movimiento de caderas, mientras la calza a su cuerpo. Ella cada vez que queda frente a Luis lo mira. Él la mira y cree adivinar en sus ojos, la angustia, el desasosiego y una casi imperceptible picardía en una sonrisa que perturba. Por el respeto a su profesor, Luis percibe el gesto de la señora, como una gracia del licor ingerido, como un desencuentro, algo pasajero y normal, pretendiendo olvidar las insinuaciones de su otro yo.

Después de muchas copas y bailes entre ellos, el cielo cierra sus párpados y la noche hace desaparecer esa larga tarde, que a Luis se le hacía interminable. Ronald se rinde, va a la sala de baño de la recamara y de allí se larga en su cama. Su esposa regresa luego de acompañarlo y Luis cree ver en su ardiente rostro, el misticismo del néctar deseado y no probado.

—Ronald se acostó. Eso le sucede cada vez que tiene que viajar. El pánico le hace beber sin medida como estímulo para calmar sus nervios. ¿Quieres que bailemos?

Luis se niega con un movimiento de cabeza y le miente diciendo que tiene sueño, queriendo disolver las huellas que lo niegan. Se dan las buenas noches, mientras él se dirige al cuarto que le han asignado. Más tarde, Ella toca a la puerta y al entrar, Luis la mira trajeada con una fina y transparente bata blanca de dormir, a través de la cual puede distinguir, los reducidos mantos que pretenden cubrir, arriba los contornos de dos redondos y turgentes diamantes y más abajo el cofre donde guarda su más preciada alhaja de placer.

—Disculpa Luis, es para decirte que no trasnoches, porque tenemos que estar en el aeropuerto a las nueve de la mañana y quisiera que nos acompañes. Si no se te ofrece algo, que tengas un buen dormir.

Luis no supo a qué hora de la noche o madrugada le asistió el sueño. Se debatía entre la fidelidad a su profesor que le brindaba su confianza o sucumbir ante las sutiles insinuaciones de su esposa, que suponía se podían materializar al quedar a solas ese fin de semana. Si tal supuesto se hacía realidad, no podía hacer el papel de tonto y negarse. Su abuelo materno Carlo no lo querría ver cuando le tocara ir al cielo. En algún momento, pensó en conversar esa situación con su novia Paola y dejar esa pasantía del inglés. Pero tampoco tenía ninguna seguridad de que lo que pensaba era estuviera cierto.

En la mañana, al concluir el desayuno se dirigen al aeropuerto a despedir a Ronald. Dos horas más tarde, del aeródromo la acompaña al supermercado para hacer unas compras. La nota alegre, pero sin recibir insinuación alguna. Luis le solicita llevarlo a casa de su novia Paola, quien debe viajar a Caracas para acompañar a su madre en el pre y post operatorio de una delicada intervención quirúrgica. Luis le comenta a la señora:

—Pasaré por su casa como a las seis y media, porque después de hablar con Paola, iré a la residencia para comer, asearme y dormir un poco.

Al despedirse de Paola después de una larga conversación, ella le hace una recomendación al momento del beso de separación.

—Sé que eres muy formal Luis, pero te pido que tengas cuidado. El profesor Ronald es hombre armado por ser militar retirado y además muy celoso. Su esposa Laura es una tentación, de rostro muy hermoso y cuerpo escultural. Es extraño que te haya brindado esa confianza de darte entrada a su casa. Bueno puede ser porque dominas el English. A nuestro compañero Juan le armó un lío a la salida del Liceo, por acercase a la ventanilla de su coche y preguntarle a su señora donde localizarlo.

De nuevo Luis intenta confesarse con Paola, pero esta vez era inútil. No debía causarle una preocupación adicional a la que tenía por su madre.

A la hora acordada se presenta en la casa de Laura. La esposa de Ronald lo recibe y la estadía transcurre de manera normal. Luis en el ordenador con las transcripciones y Laura en sus quehaceres hogareños. Cenan y más tarde se despiden y entran en sus dormitorios. Luis toma de la mesa de noche y de forma casual, la novela “Alfie” de Bill Naughton con la idea de provocarse el sueño.

Debería ser tarde en la noche, cuando leía el capitulo XI. La puerta se abre y entra Laura, enfundada en una bata corta pero esta vez más discreta.

—Luis por favor acompáñame, tuve un sueño horrible y estoy asustada.

Luis se levanta y se deja guiar tomado por la mano de Laura, que lo conduce hacia su recamara matrimonial.

De repente suena un disparo…

Luis junto a sus compañeros se lanzan al suelo y ajustan sus armas en posición de defensa, en tanto que muere el pensamiento con el profesor Ronald y su esposa. Al no producirse más disparos, Lino y los otros dos guerrilleros de la retaguardia, los rebasan para conocer la causa del disparo. Al regresar, la información es que a un camarada de guardia nocturna se le fue un tiro y asustado trató de huir. Fue capturado y será fusilado sin contemplaciones. Era una seria advertencia a todos para evitar la deserción.

Más tarde, a la distancia se divisa lo que parece una disminuida pista de aterrizaje. Es una hilera de linternas acompañadas de cuerpos desfigurados por el espectro gris de oscuridad y la neblina. El comandante de la base 2 y su cuadrilla toman el camino de regreso. Lino se queda porque pertenece a esta base. Entrada la media noche, son recibidos por camaradas que conforman puntos de guardia y vienen a su encuentro, camuflados con las caras pintorreadas en oscuros y el uniforme embarrado de lodo adornados con hojas de ramas de árboles. El campamento de la base principal se encuentra estratégicamente oculto bajo una intrincada arboleda, constituido por unas barracas improvisadas, techadas de palmas y sostenidas con gruesos tallos de árboles. De una de ella salió el comandante de la base enfundado en una chaqueta muy parecida a las jackets usadas por los rangers del ejército norteamericano. Da la bienvenida y ordena un servicio de café para los recién llegados. Luego invita a hacer cama para dormir. Algunos veteranos indican la forma de guindar las hamacas en forma de literas y hacer el nudo fuerte, pero fácil para desanudarlo en caso de un escape de emergencia. Son las once de la noche y les advierten la hora de despertar. Con el cansancio en el cuerpo, Luis despeja toda imagen de la mente para descansar y no recordar para no soñar.

…..

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