Tertulia en Los cuatro gatos sobre el tejado de zinc

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Carmen entró en la librería «Los cuatro gatos sobre el tejado de zinc». Aún era temprano. Flavio apenas la saludó con un movimiento de cabeza, afanado en atender a un adolescente que no acababa de decidirse entre las dos novelas que descansaban sobre el mostrador.

 ─Yo te aconsejo Los demonios exteriores ─lo oyó decir Carmen, quien no pudo reprimir una sonrisa: al librero le volvían loco los relatos de David Rubio Sánchez.

 ─No sé ─pareció dudar el muchacho mientras jugueteaba con una de sus rastas ─. No lo conozco.

 ─¿No me has dicho que querías algo de ciencia ficción que te hiciera pensar? Pues Los demonios exteriores es de lo mejor que tengo. Si te gusta la ciencia ficción y eres exigente, no te defraudará.

 Lucas, el viejo persa, se acercó de manera furtiva a Carmen y, mimoso, restregó la cabeza en sus piernas. Ella lo levantó en alto.

 ─¡Lucas, querido!, ¿me has echado de menos?  ─le preguntó.

 Flavio no pudo reprimir una carcajada desde detrás del mostrador.

 ─Es un donjuán de cuidado ─le aseguró a la recién llegada después de despedir a su joven cliente ─. Sólo quiere cuentas con las chicas guapas.

 Rodeó el anaquel en el que se exponían las novedades de las pequeñas editoriales y se aproximó a Carmen.

 ─Es que ha salido a su dueño, igualito de zalamero ─replicó la muchacha. Le tendió las manos y lo besó en las mejillas ─. Por lo que veo, soy la primera en llegar. A estas dos, como siempre, les encanta hacerse las interesantes.

 Como si estuvieran esperando estas palabras para hacer su aparición, en ese momento se abrió la puerta de la librería y entraron dos mujeres. Sol, la más alta, portaba dos bolsas de cartón que la obligaban a inclinarse hacia delante por el peso.

 ─¡Pues claro que llegamos tarde! ─exclamó Clara, que llevaba en sus brazos como si de un niño se tratara, un paquete envuelto en papel de estraza─. Si no es por nosotras, nadie se acuerda de traer las cervezas y algo para picar.

 Desde la trastienda asomó la cabeza de María.

 ─¿Puedo apuntarme a la tertulia? ─preguntó imitando la voz de una niña buena y aplicada.

 Flavio la miró con ternura antes de refunfuñar y fingirse enfadado:

 ─Pero si nunca te lees las novelas que proponemos…

 ─Y eso qué importa: siempre saco algo de vuestra charla. ─Besó a su chico en la mejilla y añadió mimosa─: ¡Jo!, anda, déjame quedarme.

 Carmen, que estaba ayudando a las otras a preparar una mesa con los aperitivos, soltó un carcajada.

 ─Nunca, siempre: parecéis Ana Madrigal cuando se atasca.

 ─Pero si sí que la he leído… ─protestó María.

 ─¿Te la has leído entera de verdad? ─Rio Clara─. Eso sí que sería una novedad.

 ─Claro, entera… ─Guiñó un ojo y añadió─: Bueno, al principio sólo leía los principales capítulos, picoteando aquí y allá, lo justo para saber de qué iba. Luego…

 Carmen la abrazó y la empujó hacia el pequeño sofá.

 ─Anda, no los hagas caso y siéntate a mi lado, que hayas leído la novela o no es lo de menos. Lo cierto es que cada vez que vienes, nos descubres algo nuevo del libro que nos traemos entre manos.

 Sol, que no había dado su parecer, distribuyó lo platitos con los aperitivos. Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y extrajo del bolso el libro que les había tocado leer aquel mes.

 ─A ver, chicos ─les llamó la atención ─. Menos charla y vamos a empezar.

 Lucas saltó al regazo de Carmen y se hizo un ovillo. Por un momento, no se oyó en la librería más que el ronroneo del gato. Sol, que no soportaba perder el tiempo, chasqueó la lengua para mostrar su fastidio. Le dio la vuelta al libro y leyó en voz alta la contraportada:

 ─«Genoveva, vuelve. Rafael se muere y quiere veros». Este es el mensaje del telegrama que recibe Genoveva tras dieciocho años sin saber nada de su familia; un mensaje que la pondrá en camino hacia un pasado que creía olvidado. En su viaje a Torrealta repasará su vida, los recuerdos más felices de su primera juventud, como su llegada a España desde París con dieciséis años, la cariñosa acogida de su familia, el verano en Ararat, sus primas, el placer de la amistad, los bailes de sociedad, el despertar del primer amor; pero también le trae a la memoria el recuerdo más doloroso: el descubrimiento de un secreto que la obligó a abandonar su inocencia y su vida acomodada de recién casada. Blanca como la espuma es una historia de superación y esperanza. Genoveva es una mujer de finales del siglo XIX capaz de sobreponerse a la desgracia y forjarse su propio destino. ─Levantó la mirada y se aclaró la garganta─. ¿Quién se atreve primero a dar su opinión?

 Carmen agachó la cabeza y rascó a Lucas por detrás de las orejas. Clara exhaló un prolongado suspiro.

 ─Como siempre, empezaré yo. A mí me gustó más Despierte el alma dormida, pero ya sabéis lo que me chiflan los temas de salud mental.

─Sí, ya nos lo has dejado claro millones de veces: lo tuyo sí que es pasión profesional ─terció Carmen.

 ─Es decir, que no te ha gustado ─puntualizó tajante Sol.

 ─Sí, sí. Sí me ha gustado ─protestó Clara─. Me encanta cómo Genoveva es capaz de sobreponerse a su desgracia y empezar de nuevo.

 ─¿No te parece demasiado buena la protagonista? ─preguntó Sol arrugando su naricita respingona─. Demasiado sumisa y obediente, ya sabéis a qué me refiero. Le falta un poco de rebeldía.

 ─Imagínate lo que sería a finales del XIX enfrentarse a su familia ─señaló Carmen─. No. A mí me parece que fue muy valiente, que fue capaz de superar los prejuicios sociales a través de una revolución tranquila, si me permitís la expresión.

 ─¿Tú crees? ─la interpeló Sol─. ¿No te parece, más bien, un cuento? Todo lo que le pasó, el secreto que la empuja a huir de su familia y comenzar una nueva vida. No sé, no sé.

 ─Cuento no es porque se basa en una historia real ─aclaró María y se inclinó hacia la mesa del para coger un puñado de galletitas saladas.

 ─¿Cómo lo sabes? ─preguntó Clara, que estaba releyendo algunos párrafos.

 ─¿Cómo lo voy a saber? Me lo contó Ana el otro día. Quedamos para tomar un café y le saqué todos los secretos.

 ─¿Y qué más te contó?, ¿qué secretitos son esos? ─quiso saber Sol.

─Pues después de la primera novela, que le salió mejor de lo que esperaba, anda un poco nerviosa. Ya sabéis, insegura y llena de dudas. Esta la ha puesto en Amazon y piensa publicar un post en su blog para anunciarla. Me ha pedido que le dé publicidad por ahí, que le hable a la gente de la novela y la anime a poner comentarios en Amazon ─. María mordisqueó una galletita y se volvió a Flavio─. Y tú, ¿qué dices? Con lo que te encanta dar tu opinión, no has dicho una palabra en toda la tarde.

El librero parecía distraído cebando su pipa. El aroma del tabaco llenó la estancia e hizo volar a Carmen hasta su infancia. Era el olor de la casa de sus abuelos, la promesa de un verano lleno de diversión en la costa.

─¡Venga, Flavio, no te hagas tanto de rogar ─lo apremió Clara─. ¿Te ha gustado o no? ¿O es que, tanto decirle a María, no te has leído la novela?

─No sólo la he leído, sino que me ha gustado mucho.

─¿No te parece anticuada? ─le preguntó Sol para pincharlo: Flavio siempre estaba alabando los libros que planteaban retos nuevos, los más vanguardistas.

─Al contrario ─replicó ─. Yo creo que aborda temas muy actuales: el racismo, los prejuicios sociales y reivindica el papel de la mujer como dueña de su destino.

Carmen asintió. María se levantó de su asiento y se plantó en medio del grupo.

 ─Dos a dos. ¿Qué hacemos con Blanca como la espuma?, ¿la indultamos o la mandamos al foso de los leones?

─Oye, oye, que yo tampoco he dicho que no me haya gustado ─protestó Sol.

─Ni yo ─replicó Clara─. Yo sólo he dicho que me gustó más la otra: Despierte el alma dormida. Pero también he disfrutado con ésta. Sus relaciones con su familia me recodaban a mi adolescencia, cuando íbamos al chalet de la sierra y nos reuníamos toda la familia. Yo también tuve una prima Virtudes y una tía Pilar.

─Entonces, ¿la salvamos? ─preguntó María.

─Por mi parte, le doy un siete ─afirmó Carmen.

─Pues yo le doy un ocho ─replicó María tras servirse la segunda cerveza.

Clara soltó una carcajada.

─Pero si ni siquiera la has leído…

─Es que como no me dejáis terminar… Es verdad que empecé a leerla a saltos, pero me enganché tanto que me ha tenido pegada al Kindle todo el fin de semana. No me levanté del sofá hasta que no la terminé el domingo por la noche. Y, ayer, me planté en casa de Ana para decirle cuánto me había gustado. Estaba deseando comentarla con alguien y no podía esperar hasta hoy para veros.

En un instante se formó un barullo de voces. Todos querían dar su opinión pero ninguno escuchaba a nadie. Carmen dejó a Lucas en el suelo y alzó la voz:

─¡Vamos chicos! Está más que claro que salvamos la novela Blanca como la espuma; ahora nos queda elegir un nuevo libro para este mes.

María corrió hacia uno de los anaqueles y regresó con un volumen entre las manos.

─Éste os va a hechizar a todos.

***

Sí, queridos amig@s, he puesto en Amazon mi segunda novela, Blanca como la espuma; por eso he andado desaparecida estos meses. Como ha dicho María, me ha costado más que la otra y no la he dado a conocer hasta que no he contado con cinco opiniones: dos de profesionales la escritura, que me han ayudado mucho con sus informes de lectura, y las de tres amigas. En esta ficción se recogen sus pareceres resumidos. Miles de gracias a los cinco.

Como Despierte el alma dormida, Blanca como la espuma se desarrolla entre finales del siglo XIX y principios del XX, y versa en torno a un secreto que tuerce el destino de la protagonista. Si os cosquillea la curiosidad y queréis conocer este secreto, podéis adquirir la novela en formato digital o en papel:

Formato digital

En papel

 

Comentarios

  1. Mabel

    22 julio, 2019

    Muy buena historia. Un abrazo Ana y mi voto desde Andalucía

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