Un encuentro inesperado

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Matías solo sabía que no sabía dónde estaba.  El corredor oscuro que recorría lo llevaba lejos hacia quien sabe dónde. Él ignoraba esto, pero igual lo recorría sin saber muy bien por qué. No se sentía confundido, enojado o asustado, solo sentía que tenía que llegar a aquella puerta al final, como si algo lo atrajera o empujara hacia ella. No se opuso al extraño deseo, acercándolo más y más, hasta al fin llegar al mango de la puerta.

Entró despacio, como un niño que entraba a un lugar al cual no debía. Una sensación extraña traspaso su cuerpo, como unas ansias por llegar a ver lo que ahí había. No quedo decepcionado.

Entró a una gran habitación blanca, sin detalles o ventanas por la pared. Primero pensó que estaba afuera, pero no era así. Estaba adentro, en una habitación mediana, de cuatro paredes blancas, completamente cerrada y con una sola puerta para entrar o salir. Toda aquella extrañez solo hizo que aquellos muebles desorganizados, aquellas revistas, juguetes y golosinas tiradas, aquellos libros y el televisor sonando a todo volumen llamaran aún más su atención. Tampoco era lo más extraño. Aquel honor lo recibió el niño que jugaba divertido, en la consola conectada al televisor.

Matías vio aquella escena con sorpresa pero también con una calma casi mágica. Nunca había visto ese lugar, pero los muebles, el televisor, hasta el mismo niño lo lleno de seguridad y, peor aún, nostalgia. Se movió, no dándose cuenta que lo hacía, lo que llamo la atención del chico. Al verlo le dijo.

–          ¡al fin alguien llega! – gritó animado – Pensé que nadie vendría. Ven para acá.

Matías le hizo caso, dejándose llevar por la voz autoritaria de un niño tan pequeño, no dudando en sentarse sobre el viejo pero cómodo sillón. Por alguna razón no sentía ninguna presión o fastidio al tratar con el niño, casi como si fuera un viejo amigo o un familiar que no veía desde hacía tiempo. Aunque, para él, no fuera ninguna de estas cosas.

Sin perder tiempo el niño retomo su juego, continuado donde lo había dejado. Matías lo veía como su fiel público, sin querer interrumpir. Tardo un rato en darse cuenta de lo que estaba jugando. Poco a poco recordó los sonidos, las imágenes y las sensaciones. Era un juego de peleas, donde personajes famosos y reconocibles para cualquier fan saltaban y volaban por los aires mientras peleaban. Cuando al fin se dio cuenta le pregunto.

–          ¿Estás jugando súper smash? Hace años que no lo veo.

–          ¿Ah, sí? ¿quieres jugar? Es aburrido jugar solo. Antes lo hacía con mi hermano pero ahora no está.

–           ¿en serio? ¡Si, dale! Dios, no recuerdo la última vez que lo jugué.

–          ¡Perfecto! ¡Necesitaba un oponente! Toma.

Se le hizo difícil a Matías ocultar su emoción, mientras sonreía como un tonto. Agarró el control que le dio el niño y, con una vieja nostalgia, empezó a usarlo. Fue como volver a caer en viejas costumbres. Rápidamente eligió a su personaje, usando el control de forma correcta y rápida. En la pantalla, al marcar al personaje, el anunciador dijo el nombre de este a lo cual el niño comento.

–          ¡OH! ¿También juegas con él? – dijo imitando los mimos movimiento que Matías y escogiendo el mismo personaje –  ¡él es mi favorito, es el más fuerte de todos! Te tengo que advertir, soy muy bueno con él.

En respuesta, Matías solo le sonrió al decirle.

–          Ya lo veremos.

Con eso comenzaron. Escogieron el mapa y la batalla empezó.  La música bombardeo a Matías con una nostalgia espeluznante. Ambos se movían de plataforma en plataforma dando buenos golpes el uno al otro. El primero stock lo tomó Matías, celebrando su pronta victoria y emocionado de volver sentir esa agitación. No duró mucho, cuando el niño, con su personaje, no solo tomo su stock sino también el siguiente. Uno más y perdería. Pronto ambos estaban en su última vida. La presión se asentó, casi que podía gritar mientras se movían por el mapa de arriba a abajo, cada uno tratando de dar el último golpe al otro. La energía y las ganas de ganas de sentía en el ambiente, ambos sabían que un solo movimiento correcto le daría la victoria a uno de ellos.

Fue el niño quien, emocionado, dio el último golpe a Matías, haciéndolo volar al borde de la pantalla, causando una gran explosión de colores. Con una emoción, el niño saltó gritando y celebrando la victoria. Matías era todo lo contrario, dejando caer el control por la incredibilidad de lo que paso. El niño volteó a ver a Matías para decirle.

–          ¡En tu cara!

No estaba feliz, solo dejó caer, derrotado, en el sillón.

–          ¡So… solo fue suerte! – le dijo rápidamente retomando su sonrisa y el control – La siguiente ya verás.

El niño se la devolvió y ambos volvieron de inmediato al juego. Así pasaron las horas, jugando ambos emocionados mientras uno derrotaba al otro y entre ambos discutían, hablaban y se reían. Viéndolo de cualquier manera era ridículo, pero parecía que ese era el sentido. Ambos solo jugaban y disfrutaban sin pensar en nada más que eso. Era un carnaval de risas y gritos, que llenaba todo aquel espacio de una energía casi mágica de tranquilidad y seguridad. Fue tras la última partida cuando el niño grito satisfecho y algo agotado.

–          ¡Creo que nunca he jugado tanto tiempo!

–          No sabes nada – le contesto Matías – con mis amigos pasábamos días enteros jugando.

–          ¡que genial! ¿Hacían torneos? ¿Cómo eran? ¿Quién era el mejor?

–          Torneos, competencias, eventos, cosas estúpidas, de todo. ¡Y obviamente yo!

–          ¡¿En serio?!

–          No… – sonrió de manera burlona – todos éramos igualmente malos. Pero aun así era divertido.

El niño solo le dedico una mirada irritada a Matías.

–          ¡Dios, si eres estúpido!

Ambos se rieron. Hablaron un poco más sobre eso, de cómo se reunían los amigos para jugar y divertirse, para pasar un tarde entera de solo juego y diversión, de cómo todos esperaban esos momento durante las semanas largas y difíciles. Ahora era el niño quien no podía ocultar su emoción.

–          ¡Que genial! Quisiera hacer eso… pero no conozco a nadie.

–          Hay gente, niño, ya encontraras. No tienes ni idea de lo intenso y dedicado que son por este juego. Además, si juegas con gente así te volverás muy bueno.

–          ¡Yo ya soy bueno! ¡y no soy un niño! Tengo un nombre.

–          ¿Y cuál es?

–          ¿es en serio? No puedes ser tan tonto

El niño le dijo dedicándole una cara burlona. Matías solo reacciono con curiosidad.

–          ¿Qué?

–          ¿No te has dado cuenta? ¿No me recuerdas de algún lado?

–          … ¿debería?

–          ¡Vamos, tarado! ¿Cómo no te das cuenta quien soy, Matías?

–          ¡Oye! ¿Cómo sabes mi nombre?

–          Es simple, tonto, ese es mi nombre.

–          Espera… ¿tenemos el mismo nombre?

El niño lo miró incrédulo.

–          Dios… ¡No puedo ser tan estúpido de grande!

–          De que estas…

Pensándolo en retrospectiva, era bastante obvio. Aquellos rulos, las mismas marcas en la piel, aquellas viejas costumbres y una voz muy conocida. Matías casi que saltó cuando se dio cuenta de quién era el niño que estaba enfrente. Bueno, en verdad si saltó, llevándose el sillón consigo para atrás y con él todo en lo que en él había. Al caer al suelo lo único que escucho fue la riza del niño, del Matías más joven, el cual solo apuntaba y reía como loco.

–          Tienes que estar bromeando… -dijo Matías, el mayor, una vez se acomodara del suelo.

–          Honestamente – dijo el niño con un tono decepcionado y burlón – pensé que sería más serio de adulto.

–          ¿de verdad eres yo?

–          Eso creo.

–          No entiendo nada

–          Yo tampoco, pero es divertido ¿No te parece?

El niño miraba al adulto aun con expresión burlona, mientras él miraba al niño con sorpresa, sospecha y ansiedad. La revelación fue un impacto para Matías adulto, haciéndole hiperventilar y cuestionar, ahora de forma consiente, todo lo que había en esa habitación. La realidad le pego, y esta realidad era rara. Así duró un rato, hasta que el niño lo despertó diciéndole.

–          Oye ¿estás bien?

–          Debe haber una razón ¿No? quiero decir, esto no es normal.

–          ¿No lo es? Mamá me dice que los adultos siempre pueden hablar con su niño interior.

–          ¡Ella no lo decía así!

–          aaaaaah… ¿No?

–          ¡NO!

–          Aaaaaah. Ok

La cara que puso Matías adulto, más que preocupar, solo hizo reír al niño. Era una risa honesta y larga, una de esas contagiosas que aun cuando terminan no puedes dejar de pensar y volver a reír. El niño no dejaba que terminara, burlándose de su versión adulta sin parar y cayendo de vuelta en la risa hasta llorar. Pronto las burlas fueron mucho para el pobre adulto, el cual tras superar su vergüenza, se contagió con ella. Además, tenía que admitir, era algo cómico. Pronto se volvieron dos risas que hacían eco en aquella extraña habitación.

Tardó un rato a que volviera el silencio y con ella la tranquilidad, casi mágica, que se siente al estar satisfecho. Se notaba el cansancio de ambos tras aquella larga sesión y las risas descontroladas. El adulto arregló el sillón y ambos se sentaron en él, el niño recostando su cabeza en el hombro del adulto. Ya ninguno hablaba, el cansancio era mucho para ambos. Solo dejaron el agotamiento y el sentimiento de felicidad los dirigiera a un sueño suave, o, al menos, a una agradable siesta.

Un silencio tranquilo se hizo entre los dos mientras el tiempo pasaba. Junto a él una abundante nostalgia, agradable, cálida, algo melancólica, consumió tanto al niño como al adulto. Era difícil saber si estaban durmiendo de verdad, ya todo eso parecía un sueño para empezar. Matías, el adulto, solo veía aquel niño dormir con calma y con una sonrisa. Él lo intento pero no lo logró, en cambio su atención volvió al niño, el cual ahora lo miraba.

–          Lo siento ¿Te desperté? – dijo el adulto.

Él negó con un movimiento de la cabeza. Al abrir bien los ojos se volvió acomodar sobre su versión adulta.

–          ¿sabes? – le dijo la versión adulta – siempre quise jugar contra mi versión más joven.

–          Fue divertido.

–          Sí que lo fue… Hacía años que no hacia esto.

–          ¿Por qué?

–          Varias cosas se pusieron en el medio. Responsabilidades y deberes. Cosas así.

–          Suena aburrido. No me gusta.

–          No es tan malo. Algunas son divertidas.

–          ¿Tan divertido como esto?

–          ¡Nada es tan divertido como esto! Pero… algunas divierten a su manera. Llenan más ¿entiendes?

–          No… – dijo con un bostezo el niño.

–          Obvio que no, sigues siendo pequeño. Cuando crezcas un poco entenderás de lo que hablo.

–          Pero ¿Acaso tú no extrañas todo esto? ¿los juegos? ¿No tener responsabilidades?

–          Claro que lo hago… Pero cuando creces te das cuenta que hay más. No necesariamente algo tiene que ser divertido para disfrutarlo.

–          Si, supongo que sí.

El adulto abrazó al joven, como un padre haría con su hijo. Él podía ver como no podía dormir, solo miraba hacia el frente con una cara preocupada. No tardo mucho antes de que Matías niño se separara un poco y le dijera.

–          Oye… ¿Te puedo preguntar algo?

–          Sí, claro.

–          Ser adulto… ¿Lo hacemos bien? quiero decir… ¿la cagamos?

Ante esa pregunta, el adulto solo pudo reírse un poco.

–          No, no la cagamos.

–          ¿en serio? Quiero decir, siempre pensé que ser adulto era difícil. No quiero ser adulto y no ser nadie ¿sabes? Solo… cuando llegue el momento…quiero lograr ser un buen adulto.

Antes de responder, Matías adulto solo dio un gran suspiro.

–          Solía pensar mucho sobre eso. Pero cuando creces te das cuenta que hay más, hay cosas más importantes, hay gente más importante para ti ¿entiendes?

–          creo… un poco.

–          Mira – el adulto se paró frente al niño, arrodillándose para mirarlo a la cara – ¿quieres saber si en el futuro todo está bien? ¿si somos un buen adulto?

El niño afirmo con un movimiento de cabeza. Hubo un momento de silencio y de meditación lo suficiente como para que Matías adulto mirara a Matías niño con una sonrisa antes de responder.

–          Cuando crezcas… Todo va a estar bien. No es fácil y lo sabes, pero lo harás bien. Ya lo haces bien

No fueron las palabras que calmaron al niño, cualquier palabra era lo mismo para él. Fue aquellos ojos y aquella sonrisa segura lo que lo calmo por dentro. “todo va a estar bien” Eso es lo que decía la mirada de su versión adulta.

Pronto la tranquilidad volvió y con eso, ambos cayeron dormidos sobre el cómodo sillón. El cuarto, los muebles, el televisor y los juegos fueron borrados, suplantados por una espesa oscuridad. Poco a poco, al abrir los ojos lo que veía era la luz agradable de la mañana. Poco a poco Matías se levantó de aquel viejo sofá sintiéndose algo pesado pero agradable ante todo. Más allá de eso, sentía una cierta paz. Una voz lo interrumpió mientras se estiraba.

–          ¡Matías! ¿ya estas despierto? – pregunto la voz – Te quedaste dormido sobre el sillón de nuevo. Ven que ya vamos a desayunar.

El niño se paró energético del sillón y, tras estirarse, camino hacia la cocina.

–          ¡Voy mamá!

Su madre, la cual estaba terminando de preparar el desayuno, le dijo.

–          ¿dormiste bien, dormilón?

–          Si, aunque tuve un sueño extraño.

–          Aw amor, ¿Una pesadilla?

El negó con un movimiento de cabeza y dijo.

–          No, un sueño agradable.

–          Con eso basta.

Con la madre le sonrió.

 

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