Aún respiro

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I

Respiro. Aún lo hago, pero no es suficiente o quizá ya lo hecho por demasiado tiempo. Los días pasan más rápido, el vacío se amplifica y la punzante realidad me atormenta con crudas ironías. El vaivén del tiempo, que se dilata y contrae en perjuicio mío, como riéndose de mí, como si fuese yo una simple marioneta o peor aún, un simple ser predestinado. Llevo en mi lomo, no el peso de los años sino el peso de las dudas, y mis pies no arrastran grilletes sino ideas, ideas pisadas por todos como un trapo atado a mis tobillos que van rasgando quienes se me acercan, mis amigos, mis cercanos, mis tristezas, y solo aquellos lejanos y desconocidos seres me dan calma y paz.

 

Aún respiro y quisiera dejar mi huella antes del exhalar por última vez, antes de formar parte del todo y brillar, como al principio. Las calles se sientes toscas, y las luces de mi ciudad invisible cada vez más tenues, más opacas, y las personas siguen caminando hacia atrás como sin darse cuenta de su anormalidad, y cuando me ven debo volver a ser un orate para concordar. Todos los días siguen igual pero nadie lo nota, nadie nota la asincronía de la vida, el tiempo y la conciencia.

 

He tomado un sorbo de agua, el vigésimo de la mañana, y me ha sabido igual. Tomar agua me resulta tan monótono y repetitivo que algunas veces me dan arcadas de solo imaginar. Lo exasperante de la cotidianidad, más que la monotonía, es la apariencia de inmutabilidad. Hace algunos meses caminando por una plaza, observé a varios de esos personajes que se llaman a sí mismos artistas callejeros, y hacen una que otra monería cual payaso de circo para poder ganarse el pan. Había dos mimos, que jugaban con pelotas, sillas y cajas invisibles mientras una mermada multitud les rodeaba a ellos y a un viejo sombrero negro donde los más bondadosos lanzaban una que otra moneda.

 

Más adelante estaba un malabarista al que casi no presté atención, y por último un hombre que hacía de estatua, y me conmovió. Lo miré por largo rato y prácticamente no se movía ni respiraba, y casi ni parpadeaba. El tiempo pasaba y él seguía allí, tácito, sin expresión y todos le veían impresionados. Luego de eternos minutos por fin se movió y se agachó en busca de una botella de agua que tenía a sus pies. Tomó un sorbo, la dejó a su lado y retornó a su postura, y se me hizo tan familiar. Yo también tomo sorbos de agua, y vuelvo a mi cotidianidad, pero nadie se aglutina en torno a mí, y pensé cómo se sentiría si nadie le mirase sus petrificadas poses, se sentiría como yo. Pero él sólo está actuando, yo no.

 

II

Soy una estátua, soy una estátua, me acosté pensando. Y aún sin llegar al sopor sigo pensando sobre un harem de almohadas. Me he esculpido a mi mismo, cada detalle, cada rasgo, y el tiempo pasa y sigo anclado a la plaza del mundo. Pasan jóvenes estudiantes que aún no despiertan, que viven felices en su achicado mundo sin preocupaciones. Me rodean pero como quien no quiere tropezar, pues ya no me miran, nadie mira algo que han visto miles de veces y no cambia. Pasan también los maletines que sujetan seres, autómatas sumidos en algún vicio que los aparta del abismo de la realidad inminente, de las mortajas de la sobriedad. Soy una estátua que en algún momento fue novedad, y seguramente en torno a mí había multitudes, pero en su momento no las noté, estaba ebrio de ingenuidad.

 

De mármol blanco como el David, y desnudo y esclavo de la realidad. Justo así soy.

Comentarios

  1. Mabel

    27 agosto, 2019

    Muy buen relato. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

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