CHARLAS

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Alain vivió cambios sustanciales que afectaron su rutina diaria tras la misteriosa reunión de Tier, poco después de la muerte de Mihaela. Un buen día, en mitad de la jornada lectiva, fue precisamente Tier quien interrumpió una de las clases de historia, donde analizaban tácticas y barbaries utilizadas por el sanguinario Vasili Blojin y demás miembros del ejército ruso de Stalin, le cogió por banda e instó a que incumpliera el resto del horario pautado. Alain obedeció temiéndose lo peor, caminando tras el austríaco como un autómata sin mediar palabra y mirando al suelo, hasta que adivinó que no había nada por lo que temer, pues éste le dirigió hasta su catre de buena fe para que embolsara sus pertenencias.

 

— Hoy cambias de habitación. Te lo ganaste, chico —, exclamó Tier con orgullo y un amago de esa sonrisa tétrica suya repleta de cicatrices, señalando con histrionismo el final del laberíntico pasillo de la segunda planta en la cual se encontraban. Alain dedicó una última mirada a aquella habitación inmensa y austera de cuartel, con dos filas de camastros chirriantes y viejos, testigos de sonrisas, de miedos, de oraciones desesperadas, de pactos de sangre, de promesas juveniles que acabarían rompiéndose al tiempo, de recuerdos y melancolías nocturnas, de confidencias y riñas adolescentes, de lágrimas y fantasías garabateadas. Tomó conciencia de que se le otorgaba un premio que pocos lograban obtener: la realidad era que no había espacio suficiente para tantos chicos, y la selección resultaba despiadada y a menudo injusta. Ahora le brindaban un futuro en el que dormiría acompañado tan sólo por dos hombres más, lo cual significaba que dispondría de medio armario para él solo en lugar de un ridículo compartimiento con la medida de una taquilla cuadrada y minúscula que no daba siquiera para emperchar una camisa. Tendría ropa de cama decente que abrigaba mucho más que las sábanas ajadas, las cuales apenas cubrían su ya largo cuerpo, tras el último estirón, durante las heladas noches de invierno. Gozaría de más espacio, aunque en cierta forma se había acostumbrado al sentimiento de claustrofobia y había adoptado obediente la actitud de mantenerse silente y atento, pero con cautela y sin inmiscuirse en ningún follón ajeno, observador y cauto, procurando ocuparse tan solo de sí mismo y aprendiendo a disfrutar de su soledad interior, aislándose en mitad de un tumulto de gentío saturado de testosterona desbordante, entre un continuo lanzamiento de enseres personales, comentarios jactanciosos de matones y bramidos varoniles.

 

Tier caminaba y parloteaba sobre aquel avance, el denominado “paso de calidad” en su vida, mientras palmeaba sus hombros con energía; le mostraba la libertad de acceso a un cuarto de baño menos concurrido que aquel en el que veinte jóvenes se duchaban separados por ligeras láminas casi transparentes y se vestían en banquillos interminables e incómodos, sin derecho a intimidad ni a sentir vergüenza al exponer la desnudez en su totalidad. De repente, tenía a su disposición una ducha con toallero, espejo individual, inodoro y puerta con cerrojo para poder encerrarse más de dos minutos sin que nadie le sorprendiera o golpeara las paredes con los puños para que acelerase el ritmo de cualquier cosa que se le ocurriera hacer en privado. Se fijó, al cruzar el umbral de la entrada de su nueva habitación, que en la parte superior de la puerta había una barra de tracción atravesada de lado a lado, para avivar el entreno por placer incluso en sus horas libres, y un pesado banco de abdominales resguardado estratégicamente bajo el somier.

 

— Esta maravilla de invento servirá para muscularte temprano, nada más levantarte…para descargar adrenalina — se le adelantó Tier, al adivinar la dirección de su mirada, dando pequeños golpecitos a la ingeniosa barra colocada sobre la puerta, orgulloso de su propio ingenio—. La he hecho colocar en exclusiva para ti. Tus compañeros no son muy dados al deporte, pero tú eres de los míos, chico—. Y en un arrebato excepcional de cariño le asió por los hombros, ambas caras muy cerca la una de la otra, nariz contra nariz, y le recalcó: “de los míos. Siempre lo he sabido”.

 

Y luego se despidió, volviendo a su matiz grave de siempre, advirtiéndole de nuevo sobre lo estricto de los horarios y sus tareas pendientes, y le dejó ahí parado; abrumado por tanta novedad, asumiendo los cambios, relegado a lo que, en parte, él creía un nuevo paraíso desplegado ante sus ojos, planteándose a cada minuto cuánto habría de pagar por dichos privilegios, cuál sería el verdadero precio y cuándo se lo cobrarían.

 

Alain se mostró muy prudente al conocer a sus otros dos compañeros de cuarto, algo más mayores pero también jóvenes y en pleno aprendizaje y efervescencia hormonal, que eran más charlatanes y efusivos que él y no medían las palabras, se quejaban a puerta cerrada y criticaban sin miras al resto del mundo como buitres, gozando de confianza y plena libertad a la hora de enjuiciar a los demás sin excepción de rangos, y sin temer reacciones en contra ni posibles traiciones. Alain declinó entrar en su juego, limitándose a escuchar con la boca cerrada y respondiendo con evasivas a cada pregunta impertinente de doble filo cargada de curiosidad; y aunque eso no conllevó que se pusieran en contra suya de manera radical, fue como si levantara frente a ellos un muro invisible, con un hermetismo absoluto y un indirecto rechazo, provocando un mutismo revelador siempre que hacía acto de presencia o se acercaba demasiado.

 

En cuanto a su nuevo estatus, tenía la ventaja de ofrecer un relajo en las obligaciones y más lasitud respecto a los quehaceres, más confianza depositada en él  —lo que implicaba exigencias menos rigurosas—, pero Alain se sentía inseguro y abrumado ante la libertad que se abría de repente en su horizonte, casi como un funambulista tembloroso caminando sin red. Prefería ceñirse a la severidad y la disciplina a las que estaba acostumbrado, que no representaban más que su zona de confort, mientras deducía que era observado con lupa tanto por Tier como por Andonov, así como por los respectivos secuaces de ambos, en cada uno de sus movimientos y acciones imprevisibles. Porque la gratuidad no existía.

 

Tier, por su parte, no cesó en su costumbre de intentar batidas nocturnas, realizando rondas en las vigilias durante horas intempestivas. Conociendo de sobras el problema de insomnio de Alain, que era similar al suyo, en su primera noche tras el cambio de habitación decidió sincerarse con el chico, igual que haría un padre preocupado y aleccionador con su hijo. Alain, oculto por la colcha desde los pies hasta la cabeza, escuchó bien despierto cómo entraba Tier con pasos firmes pero flemáticos, cerraba la puerta a sus espaldas con lentitud y, sin hacer ruido, echaba un ojo a la litera de arriba y a la otra cama, levantando la cabeza y cerciorándose de que los otros chicos se hallaban completamente dormidos y roncando a pierna suelta, midiendo las respiraciones profundas de ambos. Luego se sentó en el borde del lecho de Alain sin necesidad de despertarle, porque tenía la seguridad de que éste estaba atestiguándolo todo. Alain sintió como cedían los muelles, notó como a su mentor austríaco le abandonaba esa famosa entereza intimidatoria que le convertía en un ser tan peculiar y comprobó la presión de aquella estentórea compañía a su lado.

 

— Quiero hablar contigo — le dijo. Y aunque no se lo pidió, él descubrió su cabeza, y para nada somnoliento abrió bien los ojos intentando enfocar su figura en la oscuridad, con el fin de escucharle con atención, porque presentía que se trataba de algo importante. Tier, dándole la espalda, fijó los ojos a lo lejos, a través de la pared, y cruzando nervioso las manos prosiguió  su discurso con voz neutra y tono pausado — Eres fuerte, Alain. Lo supe desde la primera vez que te vi. Y has de saber que por más fuerte que te creas, aún lo eres más. Tienes una voluntad de hierro. Garra. Determinación. Siempre te admiré por ello. Porque, algún día, te llevará al éxito—.

 

Mas luego, contra todo pronóstico, se giró hacia él y le acarició el rostro, afinado y de rasgos delicados, casi lampiño y con cuatro pelos castaños mal puestos sobre la barbilla, ocupando con su mano enorme de boxeador casi media cara. Alain atendía estupefacto, aunque sin dejar entrever sus sentimientos, aguardando.

 

— Pero en este mundo nadie te aupará. Verán que destacas y te despreciarán; tendremos que trabajar en ello. Mientras más lejos llegues, más afilarán sus dagas los demás. Nunca les des la oportunidad.       

 

Y así, resolviendo la incursión con un suspiro hondo, Tier se levantó dispuesto a reanudar sus visitas vespertinas a las siguientes habitaciones, dejando a Alain pensativo durante el resto de la noche, dándole vueltas a todo lo ocurrido con tanta premura e intensidad en los últimos días e instantes, intentando no perderse en la abundancia. Y fue cuando el chico pensó en su integridad moral…y tomó conciencia en ese preciso momento de que la estaba perdiendo. Aunque también descubrió que eso era algo que no le importaba.

 

Comentarios

  1. Dites

    14 agosto, 2019

    Ahora soy yo el que se va a quedar sin dormir. Increible.

  2. Luis

    14 agosto, 2019

    Muy bien escrito, como siempre, y muy rico interiormente. Un abrazo Esteff, y mi voto!

  3. Estela Rubio

    14 agosto, 2019

    Yo también, igual que Dites, Estef. Qué bárbara.

    Tú síque eres escritora-

    Mi voto y un abrazo

    Estel

  4. Mabel

    14 agosto, 2019

    Muy buena historia. Un abrazo Estefanía y mi voto desde Andalucía

  5. GermánLage

    21 agosto, 2019

    Otro episodio a la altura de los mejores, en este caso, precisando la génesis de ese Alain frío y sin escrúpulos que ya conocimos.
    Adelante, Esteff. Supongo que el final ya estará más cerca.
    Un abrazo.

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