Explosión (II)

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Cuando trajeron a Mihaela Balan, hacía guardia nocturna en los barracones un joven fornido llamado Kajus, veterano en el lugar y con la cara picada de viruelas; se comentaba que era originario de Lituania, y hacía poco que ostentaba tal cargo. Alain opinaba de veras que se trataba de un diestro profesional, discreto y espabilado, pero le descubrió un fallo imperdonable: era descuidado. Y demasiado confiado. Durante las vigilias nocturnas, Tier solía presentarse sobre alguna hora aleatoria de la noche para merodear por los barracones y los calabozos, con la intención de sorprender a los chicos en algún renuncio, y así mantener o reinstaurar el orden. Pero aquella tarde, que era un viernes, Tier se había reunido con otros superiores, y luego fueron a celebrar fuera del recinto el motivo secreto de su encuentro y de sus acuerdos, algo que Alain dedujo porque les observó saliendo bastante alegres tras varias horas encerrados a cal y canto en el interior del edificio.

 

Kajus llevaba en pie muchas horas y acusaba la falta de sueño, a veces renqueaba mientras realizaba sin cesar los cansinos tramos de varios metros arriba y abajo, caso omiso a las lamentaciones, si acaso un grito lo suficiente déspota como para que se impusiera el silencio; le pesaba el rifle que descansaba tras su espalda, le ardían las sienes de puro cansancio y se le cerraban los ojos de agotamiento.

 

— Oye, si quieres te relevo —sugirió Alain—. Duerme unas horas, no tiene por qué enterarse nadie. A mí no me importa.

 

— ¿De veras?

 

— Claro.

 

— Bien…bueno…ya sabes qué hacer. En realidad están más muertos que vivos. Sólo has de vigilar que no hagan movimientos raros, sobre todo que no se te mueran en la noche, y si se ponen a hablar entre ellos o les da por revelar algo me llamas enseguida, cueste lo que cueste; si debes echarme encima una jarra de agua fría para despertarme, no lo dudes: hazlo. No me molestaré. No les hagas ni les digas nada, ¿entendiste bien? —. Después le entregó un manojo de llaves separándolo del mosquetón que tintineaba sujeto a las presillas del pantalón, correspondiente a las cerraduras de las diversas jaulas. Quiso ofrecerle también su rifle, pero Alain no solía aceptar armas ajenas. Kajus no pudo reprimir un bostezo y un estiramiento desmesurado de los músculos de las extremidades, y se despidió dejando una nueva advertencia —: si ves que se acercan los faros del coche de Tier, corre como alma que lleva el diablo hacia la habitación para que nos intercambiemos. Emm…y gracias por ofrecerte. En realidad no siento ya las piernas, estoy muy cansado.

 

— Puedes ir tranquilo.

 

No era la primera vez que Alain hacía guardias similares. Preparado para la ocasión, antes incluso de obtener la respuesta afirmativa de Kajus, lo había previsto y llevaba consigo un potente fusil de repetición que Tier le había regalado hacía pocos días, el más recio que hubo sostenido entre sus manos, una reliquia americana llamada Steir Mannlicher del calibre 23. Se trataba de un obsequio a título personal recibido a puerta cerrada, en un acto de generosidad sin precedentes, de ésos que en Tier se producían muy de tanto en tanto.

 

Alain siempre ofreció una impresión equivocada al mundo en cuanto a su físico, y en aquella etapa de su vida, en plena adolescencia, aún se hacía más evidente, sobre todo respecto a las miradas ajenas y nuevas. El entorno donde vivía tenía mucho que ver a la hora de emitir dichos prejuicios. Mientras se rodeaba de bravucones, hombres jóvenes y muchachos como él pero con facciones toscas que ya les venían dadas por genética, muecas en su mayoría agresivas, costumbres brutales, temperamentos impetuosos e impacientes, espaldas y brazos fornidos que amedrentaban más y mejor, en su mayoría acusando una evidente falta de higiene personal, él parecía la antítesis a toda aquella fauna tópica. Cuando Mihaela Balan logró aclarar y afinar su vista, y al fin consiguió enfocarle, se le antojó un elegante y triunfante ciervo inamovible y seguro entre una manada precipitada en estampida de desgarbados ñus.

 

Alain parecía amable y menos déspota que la gran mayoría, aún con sus botas pesadas de ejército y el largo y poderoso rifle repiqueteando monstruoso sobre sus omóplatos a cada paso. Siempre caminaba con una postura muy recta, sin desfallecer. Nunca hablaba, pero siempre saludaba al entrar, y se despedía al salir; a veces, cuando conseguía escaquearse de cualquier mirada imprevista, se sentía compasivo y acercaba un cuenco de agua al más malherido. Hacía caso omiso a los ruegos desesperados de los prisioneros, pero no les reprendía, ni les insultaba ni les lanzaba miradas feroces junto a improperios desdeñosos. Había en su silencio un halo de respeto y consideración por la situación, como si él tampoco disfrutase con ello. Aunque era fuerte, no tenía esa apariencia de toro tan común en los demás que tanto espantaba, y sus rasgos aniñados y dulces daban la falsa sensación de que el chico estaba en un lugar equivocado, de que esa violencia inagotable no iba con él. Por eso siempre que los prisioneros le rogaban su salvación, intentaban pactar con el diablo y dar luz a la esperanza, dirigían a él todas sus demenciales propuestas, aunque éstas fueran un despropósito inútil y nunca obtuvieran respuesta alguna.

 

Esa noche de viernes Alain observó más que de costumbre a Miahela Balan. Se había sentido atraído hacía días por su belleza desvalida, y por su actitud de resignación indolente. Estaba desnuda a la intemperie, y comenzaba a levantarse un frente frío, pero ni siquiera protestaba entre dientes ni emitía un mero quejido. Se habían ensañado con ella a lo largo del día, porque se les agotaba el tiempo pactado en la negociación; según había oído decir a un imprudente Kajus, ella repetía obstinada que no sabía dónde había ido a parar una notoria cantidad de dinero en metálico dispuesto en bolsas y maletines. El caso era que la habían seguido e investigado, y estaban seguros de que ella administraba un porcentaje del mismo bajo su poder, o bien encubría a su amante, quien tampoco daba su brazo a torcer en tal asunto y no tenía intención de confesar el paradero del dinero con el fin de salvarla. Mihaela cometió el error de contradecirse una vez: pasó de no saber a no recordar. A Tier nunca se le escapaban ese tipo de sutilezas. Alain, sin embargo, atribuía el lapsus lingüístico a las degradaciones y palizas recibidas durante seis días, a los desvanecimientos y a los períodos de inconsciencia. Estaba acostumbrado a recibir de las mujeres allí recluidas propuestas sexuales a cambio de una celda semiabierta con disimulo, pero con ella sólo mantuvieron miradas que se encontraban al mismo tiempo. Mihaela sentada contra la pared, encadenada y frágil víctima de un febril sopor, temblando de leve hipotermia tras ser regada con una manguera a presión y cubierta de heridas; cuando caminaba ante ella parecía implorar que le salvara la vida por telepatía. Esa sensación, y la ausencia total de gritos, llantos y súplicas fue lo que le excitó, obnubiló su conciencia y no le hizo sopesar las consecuencias de sus actos. Por eso se contuvo cuanto pudo y convirtió la ausencia de Tier en una oportunidad.

 

Cuando abrió la puerta del cubículo, sintió cómo era examinado por los temerosos testigos, que le enfocaban a través de la oscuridad, aunque imaginó un griterío que no existió. Estaba cometiendo una imprudencia grave, no quería ni pensar en el castigo que sufriría si alguien le espiara o le descubriera cometiendo dicha tropelía.

 

— Vas a venir conmigo — ordenó de manera escueta a Mihaela, mientras la liberaba de los grilletes y observaba el cerco morado que la presión de éstos había tatuado en sus muñecas y tobillos, dificultando la circulación sanguínea. Ella le miraba asustada y huidiza, muda de la impresión y la sorpresa, mientras agarraba con firmeza la mano que se le tendía. Días anteriores, cuando el gigante de las cicatrices la mandaba llamar para atormentarla a preguntas que no sabía cómo responder, éste jamás tuvo la humanidad de ayudarla a levantarse, y se encontraba tan débil y herida que le era imposible mantenerse en pie o caminar. Era posible que tuviera un tobillo fracturado, y como los grilletes apretaban contra la inflamación éste había adquirido un color violáceo tirando a negro, apenas notaba sensibilidad en los pies y no le quedaba más remedio que desplazarse a rastras. Tras incorporarse, fue su propio cancerbero quien le ofreció un hombro para apoyarse en él y lograr caminar. La mujer no entendía ese dechado de amabilidad, pero se dejó llevar; en el fondo seguía creyendo en la bondad y la clemencia de las personas. No tenía más remedio que hacerlo.

 

Tras cerrar todo con llave, vigilando hacia ambos lados asegurándose de que no había nadie pernoctando por libre a esas horas de la noche, la alzó en brazos para ir más rápido y así la pareja se adentró en las profundidades del bosque, que a esas alturas de la noche resultaba más desconcertante que nunca, lleno de hierbajos, castaños, hayas y pinos, montículos de tierra y terraplenes. “¿Nos vamos de aquí? ¿Vas a sacarme de este sitio?”, musitaba la chica sin apenas fuerzas, entre susurros, y sin obtener respuesta ninguna.

 

El clima era húmedo, e incluso la potente energía de Alain parecía menguar a medida que avanzaba siempre alerta, transpirando e hiperventilando, con Mihaela y el rifle a cuestas. Cuando creyó que se habían adelantado lo suficiente y dejaron bastante atrás casa, calabozos y barracones, la tendió en el suelo para recuperar la compostura, sin dejar de observar la desnudez en un cuerpo joven y ahora maltrecho, atraído por su belleza más allá de las heridas, de la pestilencia, de los moratones y los estragos de lo vivido. Pareció compadecerse de ella por segundos. Mihaela no sabía qué más decir, cómo actuar, qué pensar.

 

De pronto, la mano de Alain apresó su cabello con fuerza e hizo inclinar la cara hacia arriba, buscando la atención directa con sus ojos, y con voz queda le recitó unas instrucciones macabras:

 

— Te voy a dar unos tres minutos de ventaja. Tú intentarás encontrar la salida y cuando haya pasado este tiempo, yo saldré a cazarte — aturdida, y presa de un bloqueo mental, la chica le miró como si no comprendiera sus palabras, sin realizar el menor movimiento. ¿Era acaso una broma de mal gusto, una nueva humillación macabra para ver su reacción? ¿Se trataba de un simple juego hasta llegar a la casilla de salida? Sin embargo, salió de dudas cuando él abandonó la postura en cuclillas e hizo evidente su altura imponente y sus intenciones, agarró el guardamanos del arma y, mientras esperaba que la chica obedeciera sus órdenes, se acercó el rifle a la cara para regular la mira telescópica, aunque era un sinsentido utilizarla a esas horas de la noche. Mihaela intentó incorporarse, aunque le fallaba una pierna; ni siquiera reunió valor suficiente para gritar, y reptando lo más rápido que pudo, agarrándose a los troncos y las ramas, buscó una alternativa, un refugio, un escondite, mientras la voz de Alain se iba alejando. No cesaba de repetir, casi musitando: “corre, ratoncito. Corre, corre, corre”.

 

Alain esperó con paciencia, sumido en una mezcolanza de trance y deleite, disfrutando de la exasperante agonía de su víctima implorando una salvación que solo él podía otorgar; había fantaseado varias veces con una situación similar, pero nunca hubo resultado tan placentero como el vivirlo en propia piel. Estaba tan excitado que tuvo que realizar verdaderos esfuerzos para no dejarse llevar por el ímpetu de los instintos y poder controlarse hasta el desenlace deseado, con el fin de llevar todo su plan a cabo.

 

Esperó tranquilo mientras Mihaela se internaba en la lobreguez nocturna del bosque; para ella era una zona enigmática, y no tuvo en cuenta que Alain conocía al dedillo cualquier kilómetro cuadrado, cualquier zona, por más inhóspita que ésta pareciese. La escapatoria no era más que una utopía, tan sólo eran partícipes de un juego cruel cuyo resultado estaba escrito de antemano. Tres minutos después, con rigurosa puntualidad, Alain comenzó a buscarla con parsimonia, convencido de que más tarde o más temprano la iba a capturar sin problema. Para entender esta descompensada y extraña persecución, recordemos como los gatos juegan con los ratones antes de darle muerte; los felinos parecen divertirse cuando atrapan un roedor, incluso antes de rematarle le conceden una última oportunidad fingiendo clemencia. También lo hacen las orcas con las focas. Es un juego siniestro que hay en la naturaleza, como si el depredador ofreciera una segunda opción a la víctima, aun a sabiendas que es mentira. Extraño divertimento.

 

A lo largo de su camino agónico, avanzando con lentitud debido a su mal estado físico entre jadeos, recorriendo en realidad muy poca ventaja, la chica se había herido entre los matorrales, sangraba, había dejado muestras por todo el terreno. Alain venteaba, olfateaba, exagerando sus gestos y ademanes corporales para retrasar el momento del encuentro, disfrutando del terror que su presencia cada vez más cercana infundía a Mihaela Ésta había entrado en una zona de arbustos con espinas, un callejón sin salida, ya se mostraba muy débil, se había arañado todo el cuerpo y los rasguños menguaban su marcha, dejando huellas tras su paso que eran muy visibles. En un vano y atormentado intento por salvarse, implorando un milagro, oyó un disparo que pudo sortear y que juraría haber notado rozar su hombro, y luego otro, aún más estruendoso. La bala, esta vez certera, se incrustó en su tibia, por detrás, e hizo que se desplomara sobre el suelo y los huesos del pie se rompieran en otros cien pedazos. Cayó de rodillas ardiendo y aullando de dolor, preguntándose por qué ese loco se ensañaba tanto, por qué no acababa más rápido con ella, sabiendo y pudiendo hacerlo.

 

Pero así era como Alain la quería y la necesitaba. Tras tanto tiempo buscando plasmar las fantasías sexuales de sus húmedos sueños nocturnos, al final había logrado hallarla en la más palpable de las realidades. Mihaela escuchó cómo se abrían helechos y matorrales a sus espaldas, unos pasos sosegados que se acercaban y una respiración tranquila y tenue acompañada por los quejidos de hojas pisadas y rotas; realizó un último esfuerzo por deslizarse sobre el suelo e intentó idear un subterfugio para llevarlo a engaño, pero apenas le restaban fuerzas y su cerebro se había cerrado en banda a causa del tremendo dolor. Se sintió como una presa, el cebo para un pasatiempo de búsqueda y captura.

 

Al ser cazada, el apuesto demonio que le había tocado en suerte la mantuvo despierta, golpeaba levemente su cara y susurraba en su oído impidiendo que cerrase los ojos. La quería destrozada pero despierta, muerta en vida, para su propio disfrute: así se lo hizo saber. En aquella amalgama de muerte y naturaleza viva, Alain entró dentro de ella y la fue embistiendo contra la tierra en un acto primitivo sexual, morboso y violento, mientras Mihaela luchaba por desfallecer entre sus entradas y salidas. Parecía que él estuviera fuera de sí cuando, en el éxtasis del momento, agarró su cabeza por detrás y la revolvió contra el suelo, sin dejarla respirar, en una fusión asfixiante con la tierra húmeda; el suelo la absorbió y aquel fue su final.

 

Alain se asustó cuando se repuso y comprobó que ella no respondía, no respiraba, ni siquiera al intentar reanimarla. No es que no hubiese contemplado esa factible posibilidad antes de planear sus propósitos, pero no quería sentirse culpable directo de ello, y por supuesto aquel no era el lugar más idóneo. No pretendía dejar cadáveres por el camino a cuenta de sus excesos, y no se refería precisamente a la chica cautiva; ella era responsabilidad de otra persona, quien no había siquiera titubeado cuando le propuso desviar sus obligaciones. Respiró hondo al tomar consciencia de lo sucedido, sin apartar los ojos del cuerpo inerte y desnudo tumbado de espaldas que tenía delante, y decidió irse sin más, esperar hasta el amanecer y no ofrecer ninguna explicación de lo sucedido; como si lo ignorase y no tuviera nada que ver con él. Si Kajus le inculpaba, él mismo habría de confesar una infracción grave ante Tier, y las consecuencias serían peores que la pérdida de aquella mujer. Los muertos no resucitan, pero los vivos deben mantenerse a flote en mitad de las tempestades, y la desconfianza e insubordinación en ese lugar era algo imperdonable. Entonces se repuso, deshizo el camino del bosque con las espaldas rectas y la cabeza bien alta, el rifle entrechocando contra sus espaldas, y esperó la vuelta de Tier caminando metros arriba y metros abajo por los barracones ante la mirada atónita y los rostros boquiabiertos de los demás reclusos, urdiendo excusas lógicas que le salvaran el pellejo en el caso de haber de usarlas. Aunque estaba tranquilo y satisfecho: había salido todo tan bien que era muy extraño que aquel incidente le salpicase.

 

Comentarios

  1. Klodo

    5 agosto, 2019

    Prosa diáfana, informativa, detallista y serena como un remanso.
    Alain alcanza una estatura de ser humano, con todos sus veri
    cuetos psicológicos.
    La trama de la novela avanza como un río caudaloso.
    Muy buen trabajo, Estefanía
    Recibe mis atentos saludos
    Sergio

  2. Esruza

    6 agosto, 2019

    ¡Escalofriante comportamiento, cruel, inhumano!

    Mi voto Estef

    Abrazo afectuoso

    Estela.

  3. Dites

    6 agosto, 2019

    Fascinante, aunque pueda parecer morboso. Un personaje muy bien creado, y esperando el desenlace.

  4. GermánLage

    21 agosto, 2019

    Un pasaje a la altura de los mejores de la novela, tanto por imaginación creativa como por precisión del lenguaje. Excelente, Esteffy.
    Un abrazo.

  5. JR

    2 septiembre, 2019

    Impresionante tu manejo del suspenso y la tension. Creo que uno de los mejores pasajes en este mundo de horror en el que se han envuelto tus personajes.

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