Isha, crónica de un exilio

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           CAPITULO 1                                    Conspiración

 

Testigo fue la taberna cercana a palacio, de una conversación que haría temblar los cimientos del reino de Iycka. Sentados en un rincón apartados del resto de las gentes, Ihor el sobrino del rey, y Rurik un mercader de malas praxis, ultimaban los detalles de un plan que venían preparando desde hacía tiempo.

—Espero, Rurik, que el mercenario que has contratado cumpla con las expectativas.

—Por supuesto, Ihor. Es uno de los mejores arqueros del territorio.

—¿Cuándo llega?

—Al anochecer.

—¡Perfecto! —Exclamó Ihor mientras se frotaba las manos. Acercó su frente a la de Rurik y le musitó —mañana, antes de que el sol esté en lo alto, mi tío y mi prima deben de haber emprendido su viaje hacia el inframundo. Por la tarde a mi madre la coronarán reina, abdicará a mi favor, y por fin yo seré el rey.

A Rurik, que es un tipo metódico y enemigo de las sorpresas, le sacaba de quicio que Ihor fuera tan irreflexivo e impetuoso.

—No, Ihor, no— le replicó a punto de perder los estribos— debemos ser cautos y esperar al menos un día. A parte de que llegará agotado, hay que darle tiempo para que busque el lugar y el momento más adecuado. Si fallamos…

—Déjate de elucubraciones mentales y pide que nos sirvan el vino de una vez.

   Rurik apartó su melena negra como el carbón de su rostro quemado por el sol y descargó su malestar en una pobre sirvienta.

—¡Eh, tu, muchacha! Traes el vino ¿O tengo que ir a buscarlo?

—Ya voy, ya voy—le respondió ésta mientras era manoseada por uno que había en una mesa cercana ellos.

En cuanto aquella sirvienta les trajo las jarras, Ihor le acercó una a Rurik, levantó la otra con su mano, y con una sonrisa de victoria, exclamó:

—Celebremos que mañana cambiarán nuestras vidas… ¡Venga!, borra esa imagen de asco de tu rostro y brinda conmigo.

Trago a trago el alcohol iba tomando posesión de Ihor. Levantó  de nuevo la jarra, y…

—¡Por ti, madre!… Pronto estarás orgullosa de tu hijo.

Rurik daba por hecho que Doña Sigrit, la madre de Ihor, estaba al corriente del plan, pero ese comentario le hizo dudar.

—Por cierto… Tu madre, que es una mujer muy sensata, quizás estaría de acuerdo conmigo en retrasar un día…

—¡Otra vez con lo mismo!… Ella no sabe nada.

—¡¿Cómo?! —Exclamó Rurik mientras escupía el sorbo de vino de su boca— ¡Te has bebido el juicio! —y musitó— ¿Cómo vamos a matar a su hermano sin que ella dé su consentimiento?

—Luego me lo agradecerá. Tú, tranquilo…

—¡¡¿Tranquilo?!! —exclamó Rurik horrorizado.

La respuesta le cayó como un mazazo. Ahora ya era tarde para echarse atrás, y solo podía rogar al destino que le fuera favorable y todo saliera tal como lo tenían previsto, de lo contrario, acabaría siendo fulminado por el odio de esa mujer, que ya lo culpaba de ser el causante de que  su hijo, a sus treinta años, aún fuera un libertino y no asentara cabeza.

—No me he bebido el juicio, Rurik. Es mi oportunidad de demostrarle que soy capaz de llegar a lo más alto por mí mismo; se lo merece. Ya es hora de que regrese al reino. Aun no entiendo por qué tuvo que pagar ella las consecuencias de la enfermedad de mi prima.

—Una enfermedad rara, la que paso la princesa Isha— apuntó Rurik.

—Por mí como si se hubiese muerto. Juré por los dioses que restituiría el honor de mi madre, y ahora es el momento de demostrarle que tengo agallas y que soy digno de ella.

—Pues ten cordura y déjame hacer la cosas a mi manera. Las prisas son malas compañeras de viaje.  En éste nos jugamos el cuello. Un fallo y vamos directos a la…

—Déjate de sermones, Rurik —le interrumpió Ihor mientras enrojecía su tez blanca— no hay tiempo.

—¡¿Por qué no hay tiempo?!

—¡Por qué Thass puede presentarse en cualquier momento! —le musitó con energía— ya debería haber regresado. Tiene ojos y oídos por todas partes, y el plan se nos puede venir abajo.

—Lo sé, es muy astuto, pero…

—¡No hay peros que valgan! Tú cumple con tu parte y yo cumpliré con la mía ¡¿Estamos?!

A Rurik ese trato autoritario que Ihor acababa de dispensarle, y al que no estaba acostumbrado, le hirió en su orgullo. Lo conocía desde sus épocas de juventud. Ese ego acompañado por esos delirios  de grandeza, ya le habían acarreado más de un rifirrafe entre los cortesanos a los que no dudaba en menospreciar siempre que la ocasión se lo permitía. Él pensaba ser distinto a los demás,  pero Ihor, que ya acariciaba el poder, le abrió los ojos, y ahora solo cabía esperar que cumpliera con su parte del trato, nombrarle “La mano del rey”. Se encomendó a los dioses, pidió más vino, y una mujer que le acompañara esa tarde. La noche se presentaba movida ultimando el plan con ese mercenario.            

  

AVANCE  CAPITULO 2                          EL  REGRESO

 

           Al parecer, no todos los dioses estaban de acuerdo con el juramento de Ihor; y aquella misma tarde, Thass “La mano del rey” aparecía en lo alto de las montañas del Valle de Iycka.

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