La Cadena Invisible

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Mientras el humo hacía arder sus ojos, el viento traía una visión del pasado que ciertamente no tenía ganas de revivir.

Una sucia terraza servía de refugio provisorio para un alma que se sentía cada vez más sola. Mientras tanto, se distinguía una silueta doblando la esquina, como una luciérnaga, repartiendo su aureola luminosa de manera irregular a través de la oscuridad, lo único que no quería ver esa noche. Con la luz del día quizá hubiera sido diferente, las miradas ni siquiera se hubieran animado a cruzarse por temor a juzgarse. Pero a medida que el sol se esconde, las fuerzas para sostener el ataúd que guarda los sentimientos se desvanecen.

Él ocultó su presencia en la penumbra con la intención de permanecer como observador de aquella escena que le costaría mucho más que solo lágrimas de frustración. Ella comenzó a sentir que la brisa nocturna penetraba sus ropajes, provocándole un estremecimiento que la hizo disminuir la velocidad de sus pasos poco a poco. Levantó la vista con firmeza, como si se hubiera dado cuenta que alguien se escondía en lo alto de aquella construcción, queriendo ocultar los temblores eléctricos de su cuerpo. Se detuvo finalmente bajo la cálida luz del único farol de la cuadra y allí permaneció inmóvil, con la mirada fija en la cima del edificio, desafiante y misteriosa.

La ansiedad estaba haciendo estragos en su interior y a punto de ser abatido por el pánico, se aproximó al borde del abismo dejando su figura al descubierto. El viento que momentos antes había secado las lágrimas de los dos, entonces se detuvo. La escena de aquel duelo espiritual se volvió cinematográfica mientras se miraban. Ella sobre la calle, se imaginó descalza al sentir los pies fríos e inseguros, como si se encontrara sobre un suelo de cartón mojado, capaz de desintegrarse en cualquier instante. Él en las alturas, con las manos heladas se sintió desnudo, al tiempo que todo su cuerpo parecía sentir un aumento de gravedad absurdo que lo empujaba fuertemente y lo hacía cada vez más pequeño, aplastándolo a cada segundo que pasaba.

No dejaron de mirarse por un instante que para sus almas fue una vida, una era. A través de sus ojos, hablaron sus corazones, pidiéndose infinitos perdones. A través de sus labios, solo el silencio se atrevió a despuntar. Mientras tanto, su orgullo se lanzaba en picada hacia una batalla que ninguno de los dos ganaría. De repente ambos se volvieron meros espectadores de lo que entre ellos ocurría, una trifulca de emociones construía poco a poco un lazo que los ataba de nuevo, una cadena invisible que se formaba lentamente ante sus miradas arrogantes.

Aquella cadena permanecería siempre con ellos como extremos, amarrados a un inevitable destino que aún ignoraban. Destino que fue una visión para él y una maldición para ella, amarse o perecer en el intento.

Ningún sonido en la ciudad pudo vencer aquel profundo y obscuro silencio que tenía a ambos atrapados, sin poder moverse, sin apartar la mirada. Para él, los hilos se habían desgarrado hacía mucho tiempo, pero se dio cuenta muy tarde que ya no tenía un papel principal en la historia. Ella se imaginó de golpe atrapada en un limbo sin final, en un círculo vicioso de dolor y desencanto que no se acabaría, un ciclo de ironía. Nada fue lo que esperaban, todo fue exactamente lo que no querían que fuera, simplemente fueron lo que nunca quisieron ser.

Ya no había palabras que pudieran decirse ni más silencios que contemplar, solo restaba entregarse al instinto, el destino de los que juegan siempre con intenciones de perder. Mientras el tiempo corría lento y el aire se volvía denso entre ellos, él dio un paso más hacia el borde del abismo. Inmediatamente, ella vio sus intenciones y se aterró. Un escalofrío trepo desde lo gélido de sus pies hasta lo blanco del cuero cabelludo, seguido de un impulso instantáneo que la empujó hacia adelante. La primera impresión desde su perspectiva fue que él se arrojó al vacío, pero la realidad es que solo se dejó caer, a modo de reseña de su manera de enfrentar la realidad, simplemente dejarse caer.

Mientras observaba el descenso de su cuerpo humillado e inerte, corrió desesperada como si su intención fuera amortiguarlo, tratar de evitar el resultado final del prolapso. Pero no pudo salvarlo, ni siquiera entender sus razones. Lo suyo había sido una ilusión fugaz, un sueño infinito, una odisea de caprichos fortalecidos en torno a un amor enfermo y obsesivo, algo que tarde o temprano los mataría a ambos.

Ella encontró ese pensamiento en su interior, en medio de su entereza y tanta indecisión. Él decidió arrojarse desde aquella altura con el objetivo de rescatar la esencia de lo que habían compartido, de no destruir lo bueno y enterrar de una vez lo malo. Pero para ello debía romper la cadena, solo así ambos saldrían librados.

Él se salvaría de su miseria y sufrimiento constante, ella de la progresiva decadencia a la que estaba destinada permaneciendo a su lado. Para que ambos pudieran al fin ser libres, ella debía vivir y él debía morir.

Comentarios

  1. Mabel

    27 agosto, 2019

    ¡Excelente historia! Un abrazo Gabriel y mi voto desde Andalucía

  2. ANTONIO A

    30 agosto, 2019

    Poético. Literario. Incierto. La incertidumbre de lo que se deja sin decir.
    Me gusta.

  3. relatosaparte

    9 septiembre, 2019

    Un relato precioso y triste a la vez. Lleno de sentimiento y emoción. Un saludo.

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